Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 5 de abril de 2015

Banderas (La foto, Tiempo Argentino: 05 de abril de 2015)

Distintas maneras de llevar la misma bandera. Distintos los vientos que mueven los pliegues de todas las banderas y todas las patrias: la apariencia es una. El grito mueve el viento, luego el pliegue y la patria. En mi memoria guardo una primera bandera: la de los trabajadores que en marzo del 82 fueron a gritar contra el dictador Galtieri. Llegaron hasta Plaza de Mayo con banderas de la patria. Los recibieron a puro palo, escudos y gases lacrimógenos. Vi desbandarse la bandera por Callao y Corrientes. Días después vi a mucha gente volver a la plaza. Banderas al viento por las calles de Buenos Aires. Los gritos eran vivas para el General que ayer nomás fueron a insultar. Algo había cambiado, el General había metido mano a la bandera y con ella a la patria. La gesta de Malvinas. Gesta de gestación malsana, porque a los pocos meses, la patria parió muertos pibes, muchachos con diez sesiones de polígono fueron a la guerra. Pude ser uno de ellos. La bandera, la patria y el viento que soplaba desde la Rosada ganaba tiempo, vida para sustentar el engendro político/económico de la dictadura. Luego de la derrota frente al imperio, los que gritaban para elevar la bandera y la patria de la gesta, maquillaron la cara de los pibes muertos y les dieron apariencia de héroes. Aquella bandera y su patria, la de los que pateaban la puerta de los ciudadanos, asesinaba jóvenes: los mandaba a la muerte, como en el sur de la gesta. Hubo luego banderas otras de violencias sutiles. Hoy contemplo la bandera y la patria desde la memoria. La adivino otra, la descubro en la esperanza de mi hermano.

domingo, 1 de marzo de 2015

Una pared para todos (La foto, Diario Tiempo Argentino: 01 de marzo de 2015)

A veces pienso que en el origen, allá por los días del Big Bang, en medio de la nube de polvo, porque ahí se sentenció todo principio en una noche apasionada y luego también aquello de polvo al polvo que siempre serás, en esos amaneceres, además del verbo que dicen que fue, veo, imagino, estoy seguro, había una gorra, la madre gorra empolvada por el espíritu del viento que todo lo descalabra cuando de polvo se trata. Y la gorra fue tanto en el cielo como en la tierra. Papá me prohibió la gorra: Ni la de cartero, che, así me dijo. Él pintó toda la vida, entonces, papá también, en medio de su impulso creador, me acercó, me reveló la grandiosidad del pincel. Al principio no vi la luz, pero luego me hice hermano del pincel, de la herramienta y su sociedad de colores. Decidí pintar en la calle. Creo que desde hace años, luego de un gran esfuerzo, mucho laborar tratando de desmierdar la herramienta y la mano: el alma, pude avanzar en la eliminación de lugares comunes y fallas de origen para acercarme a los esquivos territorios del arte. No quise pintar cuadros para ser colgados en casas o museos, quise que mi pintura fuera una pared, en el afuera, una pared para todos. Pinté las gorras y los escudos, el bastón en el aire, el odio, el vacío en la mirada. Yo no existo sin mi pincel, por eso aparezco junto a él, de espaldas. Los de la gorra van de frente, porque la pared de una calle enseña, contribuye a la memoria. Mi cara no importa, alcanza con la línea y el color. Importa la mirada, la memoria de los muchachos que se detengan a ver. La vida pinta de aprendizaje. Luego de recuerdo.

domingo, 15 de febrero de 2015

La vida es elección y tironeo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 15 de febrero de 2015)

Para dejar nuestro registro en el universo hay que saber elegir, tomar una decisión. Para dejar huella en el cielo cercano, en la tierra: en una ciudad, y así hasta llegar a la célula madre: el barrio, hay que saber elegir, tomar una decisión. La vida es velocidad y tironeo constante. A veces las diferencias de chamuyo son claras; en otras situaciones las palabras son como niebla sobre el Riachuelo o el Gualeguay: las ideas, las posturas no poseen un troquelado perfecto, y entonces las figuras parecen cortadas por una tijera en manos de un pibe de primer grado. Y hay que tomar una decisión en el mundo de las marionetas y sus amos. Recuerdo que el amigo Salvador afirmaba que hoy, en estos días, la pregunta obligada se relacionaba con la ética. Fijate de qué lado de la mecha te encontrás, cantó El Indio. La ética del artista, la del periodista, la del vecino. Elegir la esquina desde donde mirar el paisaje, elegir la comida teniendo en cuenta los gustos propios: que no importe tanto la moneda y sí la cosecha de una identidad. No andar tragando alimento balanceado para pollos. El Profe Ricardo me dijo antes de morir: Pollo no como, pollo comen los suicidas. Lo dijo por esto de estar embobados por una luz, sin sueños. Un pensador de Boedo anotó: Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara. La vida es elección y tironeo, un partido confuso en el que hay que tratar de elegir sobre qué pared recostaremos nuestra memoria y la de los nuestros, con o sin Dios, que ese es un detalle en el alma. Cuidar la memoria: a resguardo del olvido, de la destrucción.

domingo, 1 de febrero de 2015

Palabra de fantasma (Diario Tiempo Argentino: 01 de febrero de 2015)

Era pibito cuando me habló al oído el primer fantasma. Me dijo: Tu abuelo, el papá de tu mamá, está muerto. No tuve miedo mientras ese primer mensaje entreabría la puerta del más allá. Luego tampoco sentí algún tipo de reserva. Otro fantasma me dio pista de la muerte de mi compañerito de segundo grado. La muerte descalabra el mundo, y hubo razón para el llanto y la pena frente al nacimiento del muerto, pero casi enseguida emergía la presencia fantasma para relativizar la ausencia amanecida. Un fantasma me avisó que había muerto mi otro abuelo. Siempre sucedía que me avisaba un fantasma otro, anónimo, y sólo después yo registraba mi buen fantasma amigo, el que me acompañaría como en vida lo hiciera su persona. No hay soledad en mis días. Tengo fantasmas a mi alrededor o entre mis almas. Me cuidan. Con ellos mantengo una amistad, compartida la vida y la muerte. Se está un poco muerto desde el nacimiento. Recuerdo con claridad el día en que un fantasma me avisó de la muerte de Gabriel: El escritor está muerto. Después su fantasma inició la compañía, diría que iniciamos una escritura en conjunto, está a mi lado desde hace varios libros. Frente a la pantalla, sobre una mesa de café, cuando pienso en la nueva novela en la orilla del Gualeguay, ahí está, iniciando el diálogo. El último fantasma que me visitó me dijo que mi tío Juan había muerto en Estados Unidos. Aguardo su fantasma. Vendrá dentro de los nueve meses que lleva morir, el mismo lapso que lleva nacer, sostiene José Saramago y doy fe de esta verdad. Habrá brindis con Jack Daniel’s. A la salud de Juan y mis fantasmas.

lunes, 12 de enero de 2015

Con su blanca palidez (La foto: Diario Tiempo Argentino: 11 enero de 2015

Una mujer blanca como el azúcar trabaja sobre el océano palabrero. Construye una identidad, la suya. Acaricia el teclado como solo puede hacerlo una mujer. Hay una cuota de erotismo en ello. Las manos delicadas van y vienen montadas sobre el ratón. El pensamiento atento a la palabra dictada en el ciberespacio. Aparecen unas fotos, podría afirmarse que iguales, o casi, a las de ayer o a las de antes de ayer. Ella apenas las mira. De las manos nace un registro que se funde en la identidad de quien escribe, en las almas desde donde la inteligencia funda una manera de ser, de relacionarse con el mundo y sus criaturas. Piensa en el hombre, porque es un hombre el que espera en el otro extremo de esta historia. El movimiento que ella hizo sobre el teclado fue ínfimo. Miró como para asegurarse de que la señal fuera la correcta. Ella se adivina una mujer dulce, y dulce es, se lo decía a una amiga, su hacer a través de la palabra y la imagen. Lleva años repitiendo la ceremonia: no hay cansancio, no hay otro estímulo que la desvíe de su quehacer y compromiso. Es cierto que la felicidad existe, y que se la puede encontrar en distintos lugares, porque no hay un mundo solo: hay otros mundos, pero están en este. No recuerda quién lo escribió. Una vez segura de lo escrito, se dispuso a hacer el envío. Soltó las amarras del mensaje y el ciberespacio engulló su presencia, su esencia, en un instante. Alcanzó a leerlo: Ja. Enseguida picó fuerte al pie de las fotos: me gusta, y se sintió libre. Le contaron, no se acuerda quién, que hubo mujeres esclavas, pero ella también está libre de culpa. 

domingo, 21 de diciembre de 2014

Autopsia (La foto, Diario Tiempo Argentino: 21 de diciembre de 2014)

Estos jinetes abandonan la monta. Juran compromiso, cercanías éticas, pero después dejan el caballo o la yegua al costado del cemento. Alunizados y alucinados en su esencia, cuatro jinetes apocalípticos buscan el centro del universo para afirmar su filosofía de pestes y palos. Tan lejos en la memoria, en aquella odisea que soñaba el 2001, el mono exhibe el hueso, su sexo. Los jinetes detectan un invasor. Lo sospechan. No hace falta comprobar si lleva su dedo meñique duro. La sangre completa su músculo y se cierran los cascos. Ninguna gorra es buena, amiga el pensamiento con su ausencia. No hay plato volador a la vista, tampoco nave cigarro, pero sí están los invasores por todos lados. Y está ese invasor con cara de susto y remera a listones horizontales azules y blancos. Viene de otro cielo, adivinan urgentes los jinetes. Entonces lo rodean, como si cada uno de ellos fuera uno de los apoyos de la nave que cuentan en la Biblia vio Ezequiel, porque invasores hubo en todas las épocas. El invasor pareció reconocer el dibujo espacial y bajó la guardia, puso cara de: No, muchachos, si yo también soy de acá. Pero el hueso devenido en falo lustroso con mango invitó certero. Llegaron después los otros al banquete y le dieron al et como en bolsa. Acostaron el alien sobre uno de los escudos protectores. Quedó sobre una mesa de autopsias provisoria. Alguien acarició su cabeza. En esa despedida supo de una poesía de Marcos Silber, que también es de acá e imagina el frío de la injusticia: “Hurga acerito / del altillo al subsuelo; / su filo desciende / penetra en la gladiadora cuerpería”.