Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

sábado, 10 de octubre de 2026

Fotos escritas 3



 Óleo negro

 

Puede ser una pintura de mi viejo. En este mundo cruel. Puede ser. Él está de regreso. De pie en el centro de su universo. Frente al caballete. En su taller. La paleta de gamas bajas permanece sobre la mesita alta. La materia dispuesta en ella ha muerto. Sobre la paleta sólo recuerda el óleo negro. Que no es un color. Alabada y temida sea la ausencia de la luz. Y lleva apenas -como simulando un accidente, en un extremo de la paleta- un detalle de neblina. Un rastro. Porque sabe el artista pintor que por algún resquicio en el cielo asomará la Luna. Y sabe el buen fantasma de mi viejo que sobre la superficie que cubre la camiseta de Bochini, en un paquete, dentro de una bolsa, está él mismo hecho cenizas. Los fantasmas siempre conocen los detalles del después. El pincel grande que tiene en su mano izquierda está empastado de óleo negro. De noche espesa. De noche de la pura. Nunca escuchó cantar pidiendo que se pintara todo de negro. Amasa la materia. El pincel es grande. Como corresponde, el pincel es negro. En su momento, con marcador negro, Bochini, firmó la camiseta de Independiente. Es lógico que primero pinte el bote. El soporte de cartón es vertical. El bote queda alto. Flota sobre mucha agua. El bote es negro. El agua es de un río negro. Hay dos hombres en negro. Pequeños. Insignificantes. Simples humanos en un mundo tan vasto y negro. Un hombre de pie. El otro sentado. En el agua que parece querer escaparse del recorte de la superficie que le toca en suerte, flotan cuatro puntos de luz. La constelación que flota sobre el río será la magia que liberará la neblina rodeando al bote. La Luna quebrará el cielo para alumbrar la neblina que marcará los contornos de la composición nacida desde la materia negra. Mi viejo se ha ido. De seguro volverá para hacer algún retoque. Casi todo amanece negro en este mundo cruel.

 



Adoquines

 

El hombre joven come de una bandejita de plástico. Adivino. Supongo. Algo parecido a un guiso. El hombre sentado sobre el cordón de la vereda angosta. Sobre la callecita en diagonal. Sus piernas estiradas sobre los adoquines. Sopla un viento frío de mediodía de agosto. El hombre come apurado. Con miedo a que lo descubran infligiendo alguna regla ciudadana. O con vergüenza de que en estos tiempos de hambre, él aún tuviera algo para comer. El hombre joven come de una bandejita de plástico transparente, con cuchara de plástico blanca, y con el conjunto disimulado dentro de una bolsita plástica y blanca de mercadito chino. El hombre come dentro de la equis de su destino. Butteler, una calle con forma de equis. La calle no es de plástico. Por ella se puede ir y regresar del misterio. La escena sucede camino a la plazoleta Escondida, a la plazoleta Butteler, a la plazoleta Enrique Santos Discépolo. Otro hombre, el que observa la foto en el cuerpo de la urbanía –yo, el narrador-, detiene su mirada sobre los adoquines. Y recuerda una foto donde se ven unos pocos adoquines y, entre ellos, un riel maltrecho por donde otrora circulara el tranvía. El metal parece hundir su extremo en la tierra. En el secreto. Recuerda ese otro hombre la mañana que estuvo caminando con su padre sobre los adoquines de Oruro, casi tocando Humberto 1º, cuando el trazado de la calle se curva frente a la casa de cuento de terror, y Oruro, sin tener forma de equis, simula ser la cola de una serpiente. Incógnita del destino que se lleva, en el tren de la basura, los escombros de la memoria de esta vida.

 



Mesa

 

Sucedió en Boedo. En la órbita más profunda de lo humano. Viajeros de la urbanía alrededor de las mesas del café Margot. Desde pibe le escuché decir a mi viejo, y decir para que yo bien lo escuche, que en Boedo se había hecho hombre. En Boedo había sido pibito y muchacho de café. Y los años. Y alguna magia destinal me llevaron a vivir, a hacer mi vida en Boedo. Estaba el impulso de hacer realidad, de trabajar la escritura, y entonces el camino de mi viejo como artista plástico me llevó hasta el poeta Rubén Derlis. Y entonces el poeta me llevó hasta Mario Bellocchio en el momento en que comenzaba con su gran obra, ser el director del periódico Desde Boedo. Hace 25 años que escribo la contratapa de la publicación. Y en estos años hizo historia en el barrio la mesa de publicaciones donde, ante todo, se distribuía, mano a mano, el periódico. En la mesa de los sábados, en la vereda del Margot o en la de la inmobiliaria del Gordo González, tuve la suerte de conocer personajes notables. Dos de ellos están en esta foto. Dos hombres de tinta y pipas tomar. Diego Ruiz, más refugiado en la sombra para mejor contar la historia de la ciudad. Un galgo de ciudad, un fiel perro callejero guardián de la memoria que es parte de la urbanía que nos hace viajeros temporales. El poeta Rubén Derlis curiosamente permite que le dé un poco más el sol. Nacido en Chivilcoy, se hizo parte de los quehaceres mágicos de la poesía, y no se detuvo hasta devenir homo boedensis, y luego, a paso de tinta, papel y palabra, fundarse como homo porteñensis. Hoy, en estos tiempos crueles, se podrá decir que Diego Ruiz hace diez años que se fue a historiar el otro barrio. Se podrá decir que el poeta Derlis aparece de vez en cuando por Boedo. Y ante todo hay que decir que una foto de la mesa, de ayer, de hoy, prueba ese mientras tanto mágico de ciertas almas. Magia que tiene que ver con quienes eligieron contar la ciudad. La urbanía sideral del periódico Desde Boedo y sus hacedores. Sobre la mesa de publicaciones una partida de truco. En cada naipe una historia. 

martes, 15 de septiembre de 2026

Fotos escritas 2

 Café Margot

 


Fue el café Margot -de noche, en esta foto que anoto- una salamanca urbana. En Margot se congregaban almas. Era refugio. Brujas. Demonios. Diablas. Malignos. Obras de teatro donde lo poco o mucho de dios y diablo que guarda la criatura humana invita a encontrar señales. Margot como escenario donde los creadores hacían ronda alrededor de las mesas de madera del café. ¡Ay de los sueños en los dudosos territorios del arte! El Margot como cueva de encuentro de fantasmas imperfectos. En lugares como Margot anduvieron habitués de aquelarres donde la urbanía los hallaba trabajando para dar títulos a esta vida en la tierra. Poetas. Ante todo poetas. Músicos y periodistas. Artistas plásticos. Creadores varios con vieja estirpe de café. Había que conocer el nombre, la palabra: Margot, la cueva. El creador, el busca que piensa hallar la magia, entra sin miedo. Puede pasar y ocupar una silla en la ceremonia del alpedismo boedense. Lo transporta la urbanía, que a veces se refugia en el buche de un cuervo, y es dentro de esa urbanía donde silenciosa aguarda la poesía. Era poética la práctica del alpedismo boedense. Sentarse frente a una mesa, con las almas desnudas, en Margot, en Boedo, y hablar al pedo. Así encontré al poeta Rubén Derlis con el Profe Ricardo. Allá a finales de los 90. Mi amigo Derlis era el Diablo en la urbanía que se manifestaba en Margot. Él fue el Mandinga. Siempre habló como escribía, sin sombra. En Margot hubo alegrías. Gritos. Y hubo llanto, como el día en que la huesuda, la cegadora, se llevó para el otro barrio al Gordo González. En una salamanca urbana como Margot, el allegado, si es una buena persona, una comprensible confluencia de dios y diablo, podrá aprender a bocetar dentro de su arte. Aprenderá el chamuyo fundacional. Así sucedía en Margot.

Siempre se vuelve a Margot. Retorné y anoté esta foto porque hoy se hizo presente alguien aparecido en aquellos tiempos de margotianas aventuras. Charlé en la trastienda de Margot con Jota Ochoa, un joven colombiano, que andaba en los alrededores de la vaina de la escritura. Luego nos perdimos en el tiempo. Y desde allá lejos, porque fue viajero en Canadá por diez años entre demás cuestiones, hace poco regresado a Bogotá, me escribe. Al parecer sigue intrigado con la vaina de esta vida. Misteriosa vaina la memoria.

 

Telaraña

 


Cuándo apareció el primer boceto. Cuántos los culpables. Cuándo es que fueron de fundación los bocetos pegoteados. Ellos. Los que acecharon desde el primero de los días. Quedamos enganchados en la trampa de otro Dios de mercado. La telaraña se tejió en sintonía universo. Entonces, qué es lo que pensó la araña. El personaje de la madre. La hacedora. Dónde está la araña. La constructora del laberinto. De la maquinaria del horror que no para de crecer. Se extiende el mapa de dominación. Mordisco a mordisco. Se cuenta por ahí que el enviado, el Dios de mercado -un quía cruel el farabute-, se la pasa en juegos con sus mastines. Mientras tanto ella reúne magos falsarios en la casa, frente a la plaza. Ella convoca a sus sirvientes, los recorta con los dientes de un maltrecho mazo de cartas de tarot. Como si fuera muñeca de mala entraña. En la mismísima telaraña se prometió comida y hubo reparto de hambre. Se prometió terminar con la casta que vampirizaba al pueblo, y fue ella, y sus personajes de tarot, la casta más vasta. Ella, la hacedora de la baba que escupe entre beso y beso. Ahí la baba que hace realidad el tejido del laberinto, la gran mentira. Una titiritera que casi no habla. Es una especie de falsa monja de reclusión. Ella, nada más, se ocupa de parir los planes mientras se hace centro del universo donde abundan los millones de condenados. Porque hay millones que deberán morir. No hay para todos. No hay plata. Es simple. Se sienta a esperar mientras transcurre este tiempo de tejer en el tiempo. Ella teje. Es la hermana del enviado de un Dios de mercado. La que afila la trampera. Que dónde está el quía. Sólo ella lo sabe. Cada noche arropa su carcasa descarnada, su insana palabrería, y le regala un cuento donde siempre gana el malvado. Había una vez un país. Había una vez un muñeco. Había una vez tanta maldad. Mientras tanto la telaraña atrapa historias que pocos entienden. Al pie del cadalso la fila de los que eligen darle más tiempo a la criatura. Los que piden por favor. Que los dejen subir. Orgullosos repiten que ellos se hicieron solos. Que nadie, nunca, les dio nada.

 

Escondida


 

Algunas veces sigo el impulso de invitar a mi amiga Claudia de Bogotá. La invito a jugar a los sueños. Y a veces acepta. Porque ella es mujer de perecear cuando está en la cama. Ocurrió cuando vi la foto de la plazoleta. Plazoleta Escondida. Plazoleta Butteler. Plazoleta Enrique Santos Discépolo. La plazoleta en medio de la garúa y la niebla. Quieta. Quietísima. Soñada. Escondida. Claudia se negó a tomar la sombrilla, que tanto le sirve en Bogotá para la lluvia y el sol. Entonces ella dijo en el sueño que eran los paramitos de San Juan. Dijo ella que los susodichos paramitos eran una lluviecita cernidita, cernidita. Dijo que uno cree que no moja, pero aunque cernida, moja mucho, y entonces los días son un poco grises, de repente hay una nube y aparecen los paramitos, una lluviecita que dura un mes, y en ese mes sus apariciones. Dijo que así llaman a la lluvia. Por la fiesta de San Juan, el 24 de junio. La lluvia es tan sutil. Una lloviznita, cernidita, cernidita, como cuando se prepara tortas o ponqués. Decimos “cernir la harina”, entonces hay que pasar la harina por la coladera para que no queden grumos, por lo tanto los paramitos son algo así como “lluvia cernida”. Sucede luego en este sueño que escribo que aparece el Polaco Goyeneche cantando Garúa de Cadícamo: (…) Las gotas caen en el charco de mi alma (…). Y además corta la foto el filo frío del perfil del busto de Discépolo que se mantiene en su Tormenta: Aullando entre relámpagos, / perdido en la tormenta / de mi noche interminable (…). Mientras tanto Claudia, tan lejana como cercana, sueña en su cama que camina en una plazoleta escondida donde nadie más que nosotros sabe que sobre el tango que es Buenos Aires caen los paramitos de San Juan, una lluviecita cernidita, cernidita.

domingo, 16 de agosto de 2026

Fotos escritas 1

 El gesto

 

En el aire, en el viento, se escuchó el click. Porque de seguro se vio el gesto. En algún recoveco de la década del 30, el gesto. ¿Dónde? El lugar de la promesa, una calle de Buenos Aires. Alguien puede preguntarse. ¿Quién en el fuera de campo? Misterio. Importa el gesto sobre una vereda de la ciudad. Una calle de adoquines. Las casas. Todo se achica mientras entra en la lejanía. Una profunda perspectiva se lleva un par de autos al fondo de la toma. Pero no importa. Sólo anuncia, avisa el gesto. Hay cierta tensión en las miradas. Una cierta desconfianza. Las miradas señalan a un costado en el momento del disparo. Entonces se escucha el silbido de la velocidad de la muerte. Click. Ellos nada saben de Roland Barthes. No saben que ya nunca serán los que fueran cuando ese disparo, esa velocidad. Y tampoco saben que, sin consciencia de sus movimientos, guardarán el gesto. Habrán pasado casi noventa años cuando el otrora pibito de zapatos y medias blancas siga acariciando la fotografía pequeña. La guarda junto al documento de identidad. Un tesoro. Recuerda haber mirado a su hermana. Ella, la del vestidito claro, zapatos blancos, también las medias. Él lleva puesto un gran moño sobre el pecho. Pintitas blancas sobre tela oscura. Pantalón en una pieza con la pechera. Parece que alguien intenta hurtar algo en la escena. Hay cierta fragilidad en la mañana. Los hermanitos son sorprendidos. Por eso se refugian en el gesto. Es el punctum de la foto. Otra vez Barthes. Es el detalle. Es aquello que punza el tiempo. El gesto. El secreto que guarda la memoria. Es cuando se toman de la mano. Click. Un gesto para toda la vida.




 

 

La cúpula

 

Es una mujer empoderada. Está secuestrada. Quiere escapar antes de que decida el enamorado del horror. De lo inhumano. E inicie el fuego. Está presa en la cúpula. Presa porque muchos la quieren demasiado. Y también porque está la gente que no. Esa gente que la odia tanto. Hay amores peligrosos. Ella baila en el balcón. Baila durante el día. De noche simula escapar por las ventanas de otros pisos. Saca sus manos por las ventanas. Una de sus magias. Sus manos. Otras magias. Sus palabras. Sus miradas. Vio en un sueño que la cúpula del hotel Chile ardería cuando el piantado, el muñeco resentido, el adelantado de la crueldad, decida al fin echar fuego a la cárcel. La mujer piensa que la cúpula ha sido sacada de un cuento de terror. Parece tener un ojo. Bien alto el ojo. Parece ser una cara de animal que no termina de morir. Un animal con poco de humano. Una criatura atragantada en los misterios de la naturaleza. Una especie de mastín fantasma que hace juego con el muñeco, el adelantado. Hay días en que ella habla con otras mujeres. Desde el balcón a la calle. Dice que no la dejan salir. Dice que todos saben que está secuestrada. Dice que le dejan recibir pocas visitas. Y dice que todo el mundo sabe. Y que así cómo saben, algunos propios y otros tantos extraños, se dejan estar. Y callan. El muñeco carcelero es de inteligencia pequeña. Queda claro cuando, por ejemplo, se compara su manera de decir con la capacidad de gola y juego palabrero de la prisionera. Ella sabe de contar las historias. Es irónica. Pasa factura a cualquiera de sus carceleros. Hombres que esquivan las ideas de la mujer. El muñeco la ha visto sacar sus dedos por las ventanas del edificio. La ha visto levitar en el balcón de la cúpula. Crece en intensidad. Es hermosa. Habla. Ella se burla. Describe al detalle el paisaje que la rodea. La conspiración del poder. Ella sabe medir el miedo. Porque le tienen mucho miedo. Por eso está encerrada. El edificio es un lujo. Pero al muñeco resentido lo ciega la enfermedad. Su figura no lo ayuda. Un cachorro bajo, de tranco corto. Su discurso lo sentencia como animal bruto, ordinario. Un simple con intención de entrarle al fuego. Obediente. Arrastrado. Servicial y comprometido con sus mandaderos. La prisionera supo cuando llegó el día elegido. Entonces en la mañana, mientras el muñeco daba las órdenes, ella salió al balcón de la cúpula y bailó. Y una vez más sus palabras describieron la realidad. Fue en ese momento que el pueblo que la había escuchado durante su prisión se reunió en la esquina. Ella caminó entre las llamas. Como mujer empoderada de cuento fantástico. Ella reía. Ella se perdió entre la gente.



     

 

Colisión

 

Escribo sobre el cuerpo de mi escritura. Entran y salen palabras y frases. Digo que hace unos meses palabreaba en una nota: “Colisión”. Sucedió entonces que hubo una primera vez que escuché la palabra. No es moda. Tiene otra intención. En la estación tal del ferrocarril tal se produjo una colisión. Y otra vez escuché la palabra. Y otra. No se daba detalle sobre ninguna persona. No había auto, moto, camión ni camioneta asociada. Había una víctima. La víctima en la misma soledad que hasta la vía del tren la había llevado. ¿Chocó con el tren? No. Se produjo una colisión. No sé desde cuándo se usa colisión para no decir suicidio. Como si el sonido que produce la palabra limpiara de impurezas la escena. Como si fuera menos dolorosa. Ferrocarril tal no funciona por colisión. ¿Una colisión no mancha con sangre como sucede con el suicidado? Una colisión es sin familia, sin casa vacía, sin desesperación. Aquellos que escuchan la radio no piensan que detrás de la colisión hay un hombre, una mujer, que simplemente no aguantó más. Una vez descubierto que colisión era una salida elegante para una tragedia, acentué mi atención en los trenes. Es cuando pienso en estos tiempos violentos donde la libertad que avanza mata, estos tiempos en que el payaso emisario del anarco capital practica barbaridades que lastiman con solo pronunciarlas. Las desesperaciones se juegan sobre el paño verde de esta vida. La mayoría del pueblo tiene problemas. No hace falta más que salir a la calle en el frío. Ver a los que duermen en los cajeros automáticos sobre un pedazo de cartón. Pienso en cuántos habitantes del pueblo no tienen la posibilidad de la comida y el techo. Dónde hay un mango, viejo Gómez, los han limpiao con piedra pómez. Escucho la radio y dan el informe de los servicios. Ferrocarril tal mantiene un diagrama de emergencia por colisión en la estación del destino cruel. El número de los que colisionan, los que se descuentan, los suicidados en estos tiempos dolorosos va en aumento.




 

viernes, 24 de julio de 2026

Indio Solari: Fijate de qué lado de la mecha te encontrás





Hubo una última carta del Indio Solari. Pensé, sentí el impulso de que tuviera lugar en esta contratapa de Desde Boedo. El pensador, el artista creador, escribió. Palabra de poeta: 

 

Hay ruidos de platos vacíos en la Argentina.

Un sonido áspero.
Como ascensores cayendo dentro de hospitales apagados.
Como tizas partidas sobre pizarrones gastados en escuelas que ya no llegan a fin de mes.

Y mientras desde arriba venden épica financiera con sonrisa televisiva, abajo la realidad mastica gente.

Los jubilados cuentan monedas como si fueran balas sobrevivientes de una guerra perdida.
Les licuaron la vida despacito.
Primero los remedios.
Después la comida.
Después la dignidad de tener que elegir entre calefacción o un paquete de arroz.

Y todavía aparecen predicadores del ajuste diciendo que el sufrimiento “era necesario”.
Como si el hambre fuese una materia universitaria.
Como si ver ancianos revolviendo descuentos fuera parte del equilibrio fiscal.

Los laburantes tampoco llegan.
El sueldo dura menos que un semáforo en verde.
El consumo se desplomó porque ya no se compra: se sobrevive.
La heladera parece un teatro abandonado después del saqueo.

Y en las calles hay persianas bajas como párpados cansados.
Construcciones detenidas.
Fábricas respirando por tubos.
Comercios vacíos donde antes había ruido de monedas y olor a pan caliente.

La recesión avanza como hollín pegado detrás de las paredes.
Silenciosa.
Espesa.
Entrando en las casas mientras algunos influencers del mercado festejan numeritos como si la economía fuera un videojuego sin cadáveres.

También le metieron motosierra a la educación y a la salud.
Universidades asfixiadas.
Hospitales universitarios peleando por insumos básicos.
Docentes agotados enseñando entre ruinas presupuestarias y techos que lloran goteras.

Pero en la televisión hablan de libertad.
Siempre libertad.
Aunque millones estén cada vez más presos del miedo, de las deudas, de la angustia de perder el trabajo.

Y entonces aparece el gran truco del circo:
hacerte creer que la crueldad es valentía.
Que insultar es gobernar.
Que destruir es sincerarse.
Que el ajuste sobre los cuerpos cansados del pueblo es una especie de purificación divina.

Hay fanáticos aplaudiendo el incendio mientras el humo les entra por debajo de la puerta.
Gente defendiendo verdugos porque aprendieron a odiar más de lo que aprendieron a pensar.

Y lo más oscuro no es el personaje delirante que grita desde el escenario.
Lo verdaderamente oscuro es una sociedad agotada, partida, furiosa…
que empezó a normalizar que le rompan el alma a los más débiles mientras le llaman “cambio” al derrumbe.

La Argentina no se está quedando sin plata solamente.
Se está quedando sin alma.
Sin paciencia.
Sin futuro.

Y cuidado…
porque cuando un pueblo ya no siente el dolor del otro,
el monstruo deja de gobernar desde arriba.
Empieza a vivir adentro de todos.

 

Indio

 

Agranda el vacío que enturbia. Crece la entidad que devora. Es cuando mil veces maldita la muerte. Fundido a negro. Un herida. Un tajo entre las palabras. La necesidad de bocetar la herida. Toma aire la ausencia. Ha muerto el Indio Solari. No digo nada. En la luz amarreta de la mañana. Profundo el silencio. Estoy solo. Afuera el mundo cruel. Apenas una garúa en los ojos. Enseguida la memoria se brinda al rescate. La presencia del Indio como referente de la cultura. Artista. Testigo. Maestro. En los días en que mi identidad tomaba cuerpo y almas. Un puñado de almas. Una ricotera. Hace poco más de veinticinco años que por única vez asistí a una misa. Soy creyente, ahora, hoy, en la mañana triste que avanza. El estadio como altar de lo desesperadamente humano. “Todo preso es político”. “Ángel de la soledad y la desolación”. “Las más lindas piernas que vi”. “Cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón”. “Rara vez esta vida tiene sentido, amor”. “Fue por una lluvia que realmente moje”. “Vivir solo cuesta vida”. El día continúa. Parte de una novela eterna. 

martes, 16 de junio de 2026

Textos recobrados 8



Una certeza. Lo sé hace tiempo. Las fotos que tomamos al paisaje. Digo estas fotos que escribí hace años -y que ahora, al volver a leer, escribo- nacieron en un click -la velocidad de la muerte, anotó Roland Barthes en La cámara lúcida- que primero se dio en el interior de mi memoria. Con aquello que llevo cosechado en el interior de mis almas, de mi sangre, de mis patrias internas. Con cantidad de pequeñas palabras y casi insignificantes gestos que hicieron labor en el quehacer de los días, tomé las fotos del afuera. Rainer Maria Rilke escribió en su novela Los cuadernos de Malte Laurids Brigge que todos llevamos, desde que nacemos, la muerte en el pecho. Al frente. En las caras de la memoria. Cada uno tiene su muerte. Cada uno escribe las fotos que puede.

 

  

Mi abuela Eufemia

 

Un puñado de imágenes acompañadas por un guión mínimo hace posible el regreso a mi abuela Eufemia, la querida y la lejana. Puedo volver a la caminata con mis padres rumbo a su casa. Doce, quince cuadras hasta la abuela. Quedarme un fin de semana con ella, a mis ocho años, era la aventura. Significaba caminar en la mañana por calles rodeadas de eucaliptos gigantes. Mi abuela, el mundo fresco del día que recién comenzaba y yo. Solito iba hasta el almacén de la vuelta a comprarle al señor gordo un pedazo de queso, salame marca 58 y pan francés: un manjar. La luz de la Luna entraba por la ventana y llegaba hasta mi cama. Vuelvo a la noche en que levantaba la almohada y como si se tratara de un sueño descubría un cortaplumas cromado. Chiquito, casi de juguete, y era mío. Todavía tengo frío de metal en mi mano. Lo había visto en la estación de Martín Coronado y ella me lo había regalado. Lo guardo en un cajón del escritorio. Pero si quiero volver a mi abuela materna en viaje de tren que llega a una única estación: desciendo en el momento de la tarde, después del mate, en que Eufemia me habilitaba la lata cuadrada y apenas alta para que yo la colmara de papel, ramas y maderas chicas. Una lata con techo de alambre que servía para calentar el pan, y una puertita en la parte inferior para encender el fuego. Vuelvo al fósforo, al humito blanco que escapaba en la altura, a mi felicidad. La lata se calentaba, la llama asomaba y nos iluminaba en la eternidad de esta historia. Así vuelvo a mi abuela Eufemia, todo un viaje. Frente a una lata en llamas vuelo lejos, una vez llegué hasta Siria.

 

Mi vida como fantasma

 

Ocurre cada vez más seguido. Pienso en mi vida como fantasma. Cuando mañana sea la muerte fundiré mis almas en la simulación de la ausencia. Lo pienso como conjuro contra la Parca, porque, tristezas a silencio, es esta vida una maravilla para disfrutar hasta el último trago. Una vez recibido de fantasma debo tener ya visto un lugar de ronda. Mi amigo Gabriel, uno de los fantasmas que me acompañan en este mientras tanto de los días, eligió andar de recorrida en los alrededores de la cima del Mogote Bayo, en Merlo, San Luis. Con seguridad disfruta al contemplar desde la altura la extensa calma de un valle que al minuto deviene en mar. Porque el cerro es proa de navío, mirador marino, astilla verde en el aire verde de las sierras. En pensamientos reiterados llegué a imaginarme en una altura y de cara a uno de los mares posibles. Igual que Gabriel, me dije. Él mira el valle y ve el mar, mira el mar y ve el más allá. Pienso en la mejor de las rondas en mi cotidiano de fantasma: rondar un lugar desde donde todavía permanezca cerca, y un lugar desde donde pueda otear el más allá. Rondar así un tiempo hasta que perdamos la ansiedad por nuestra gente, porque se debe rondar extrañando. Mi lugar de ronda será en los barrios aledaños a un faro, un farol, mi último farol, como cuna para la otra vida: rondando en la tierra para mejor ver en el sueño. Una ola de gran porte saludará mi llegada. Elijo un faro viejo con memoria, dejo lo nuevo para los que sólo se ensuciaron en presente. Elijo un faro en Portugal, se cuenta que por sus costas vive de ronda el fantasma de Fernando Pessoa.

 

Miedo

 

El miedo inicia su ronda en los tiempos más tempranos de la vida. En el centro de esa calesita quedó mi memoria. El miedo básicamente se construye de sucesivas capas de soledad. Quizás el miedo se funde en el momento mismo en que perdemos el mar primordial, el refugio en la madre. A la soledad heredada luego se sumaron las criaturas extrañas, aquellas que viven o que usan las sombras para tomar forma y avanzar sobre hombrecitos que, como yo, intentaban cumplir con el descanso de la siesta y la noche. Por más que mis padres me daban pista de la no existencia de estos monstruos, yo sabía que estaban, y que sabían esconderse cuando había adultos en mi pieza. Recuerdo también una historieta en donde se derretía un espantoso tío Silas. La leí sentado en la escalera que llevaba a la terraza de la casa. Era otoño, de tarde. Con esa lectura volvieron todos los espantos almacenados en la memoria. Todos reunidos en torno a mi soledad. Busqué refugio en la casa donde mi mamá me tejía un chaleco contra fantasmas, para llevar debajo del saco mayor. Creo recordar que dijo: Es contra el frío de los aparecidos. Mi mamá tiene Dios como toda la buena gente. Ella tiene Dios porque tiene miedos, y miedo le tiene al mismísimo Dios. Es el miedo una de las mejores maneras de conservar el rebaño. Cuando era pibe, el miedo, la posible amenaza, se guardaba también al otro lado de la vía y en los pasillos de la casa abandonada. En ella había, además de miedo, un altar con una virgen y en una chapa nombres de personas, fecha de nacimiento y muerte. El miedo de mamá era a la muerte, a lo desconocido. El socialismo de papá tuvo que transar con el miedo de mamá, y me bautizaron ya grandecito. El cura cobró. Ellos no eran casados por iglesia. Fui por un pasillo largo hacia la luz que debía salvarme. Yo miraba hacia atrás y a la derecha, siempre los monstruos aparecen de ese lado. Pensé: mejor un chaleco de mamá, que un Dios que alquila la luz con plata de papá. Me llevaba mamá, pero iba solito.

 

Muerte súbita

 

Neruda eligió mirar el océano, junto a su compañera, desde la tumba. Estuve en la casa de Isla Negra, frente al Pacífico. John Houston en su última película “Desde ahora y para siempre”, basada en el cuento “Los muertos” de James Joyce, enfoca la mirada hacia el amor: sobre algunas tumbas la nieve cae desconsolada. Nieva sobre Dublín. Cuando supe que yo quería una tumba con forma de pirámide, deseché la posibilidad del sol rabioso, lo odio, y en cambio imaginé la eternidad rodeado de aire frío y arropado con nieve. Alejada de la casa, en el parque, construí yo mismo la pirámide. San Martín de los Andes sería mi cementerio. Mi mujer se rió. Me miró con lástima. Llegado el momento solo le pedía silencio y discreción. En la comunidad siempre fui una sombra. Nadie notaría mi ausencia. Todo quedó dispuesto para mi muerte. Pero la historia al parecer no fue autorizada por el destino. Morí de forma repentina, casi súbita. Tuve que dejar mi vida, mis quehaceres en el escritorio silencioso, dejé de escribir allá en el sur. Ella me dijo que no me aguantaba más. Andate, morí rápido. Tuve que dejar la casa y mi futura tumba. Planteé enigmas en sus medidas que a nadie importan, hice mis cuentas como los egipcios, y tampoco se cumplirán mis pintadas proféticas: soy la prueba del fracaso. Cuando nieva me hago una escapada y le tomo una foto. En la última, ella y su nuevo faraón intentan retirarle la nieve. Lo hace con cada nevada para que no tenga ni siquiera la posibilidad de imaginar el sueño cumplido. Ella sabe que vuelvo del más allá. Al final, cuando nieva muero entre los árboles. 

martes, 10 de marzo de 2026

Textos recobrados 7

 

La vida como una sumatoria de fotos únicas. El fusil automático liviano con munición en la recámara. Una foto. Y otra foto la de aquella mujer en la sombra, antes del primer abrazo. Una foto arriesgada es la que muestra el mientras tanto de cuando se elige la esquina desde donde mirar el paisaje de la vida. Y está la foto de un final. Imaginaria la Parca en el click sobre el que todos preguntamos. Porque llegará el momento y habrá que recitarlo, escribirlo, dibujarlo. ¿Será como se nombra en la foto? Imágenes aparecidas. En ellas los aparecidos. En muchos de los días de mi vida escribí fotos. Algunas andan en el viento por las calles de Boedo.

 

La sombra de mi fusil

 

La única vez que apoyé un fusil sobre mi hombro, fue cuando me obligaron a pasar un año defendiendo a la patria. Fui a prácticas de tiro con mi fusil automático liviano. Primero debía apuntarle al chileno, y después resultó que no tanto al chileno, y sí a los ingleses. Me explicaron que el fusil era mi novia, que debía cuidarla y tenerla siempre limpia y dispuesta. Si iba a una guardia debía estar atento, no al posible ataque exterior, sino a las condiciones en que recibía el fusil: si había algo roto o un faltante, la patria le cobraba al soldado. Un fusil igual al mío, automático y liviano, le sirvió al sargento para aplicarle un culatazo en la cabeza a un gringo colorado que venía del campo: no había manera de que dejara de llamar escopeta al fusil. El sargento hizo su labor docente. No lo voy a negar, me entusiasmaba la posibilidad de usar mi fusil. Si estaba en un puesto de guardia alejado y algo ocurría debía avisar con un disparo al aire. Una vez cargué y estuve a punto, pero no, porque me cobraban las municiones. De la única manera que hubiese hecho una inversión, y esto lo hablé con mi viejo, era si me decidía a disparar sobre cabos, sargentos o tenientes. Ni el chileno, ni el inglés, no, mi munición para mi sargento: ellos las bestias, los borrachos, los que pagaban orgullosos el amor triste de las chicas de la ruta. En la Escuela de Caballería, Campo de Mayo, año 81, aprendí lo peor: a querer asesinar, a odiar, a robar al compañero. La ley: no a la vida solidaria. Recuerdo la vez que mi sombra tomó la sombra de mi fusil y le disparó al miserable: Berón de Astrada.

 

La sombra

 

La sombra es el perro más fiel que conocí, le dije a Batuque, mi perro, que muerto duerme su ausencia bajo la sombra del limonero. El mundo es una sombra, pensé después. Alma pura, cuentan que es todo el cuerpo de la sombra. Recomiendan también que hacia ella hay que mirar, que a ella hay que invitar un café para saber de quién, o de qué se trata la persona que nos interesa desentrañar. Llegar a la mujer a través de la sombra de su mano, de su pelo, de su pollerita de dibujar nuevos barriletes sobre el cemento. Nada más hermoso que intentar ver la sombra de una mujer que usa boina, una sombra de esas que salen a desestabilizar la noche. Intentar ver el dibujo para conocer sus secretos y sus placeres. Ver en la sombra como si leyera la mejor poesía, como si oteara las señales en la borra del mejor café. Es que mirar en la sombra es un oficio que roza y se nutre en lo fantástico. Hay infinidad de sombras en el mundo de adentro y en el de afuera; tantas sombras como almas cuando se mira desde un quinto piso o cuando se mira hacia las memorias de quienes fuimos. Un alma y una sombra, luego un puñado de decisiones. Le digo a Batuque que Rolando, nuestro padre, siempre pintó sombras en el cielo y en la tierra. Él no cree en Dios, cree en la sombra. Por eso, pienso, pero no le digo, que Batuque duerme bajo la sombra del limonero, y yo miro en las sombras de la mujer, y obvio, en las mías. Tomé la mano de la muchacha de la boina, la noche quedaba en San Telmo, y con una luz en la ochava, vi sobre los adoquines que nuestras sombras andaban de la mano. Íbamos camino al primer abrazo.

 

La vida es elección y tironeo

 

Para dejar nuestro registro en el universo hay que saber elegir, tomar una decisión. Para dejar huella en el cielo cercano, en la tierra: en una ciudad, y así hasta llegar a la célula madre: el barrio, hay que saber elegir, tomar una decisión. La vida es velocidad y tironeo constante. A veces las diferencias de chamuyo son claras; en otras situaciones las palabras son como niebla sobre el Riachuelo o el Gualeguay: las ideas, las posturas no poseen un troquelado perfecto, y entonces las figuras parecen cortadas por una tijera en manos de un pibe de primer grado. Y hay que tomar una decisión en el mundo de las marionetas y sus amos. Recuerdo que el amigo Salvador afirmaba que hoy, en estos días, la pregunta obligada se relacionaba con la ética. Fijate de qué lado de la mecha te encontrás, cantó El Indio. La ética del artista, la del periodista, la del vecino. Elegir la esquina desde donde mirar el paisaje, elegir la comida teniendo en cuenta los gustos propios: que no importe tanto la moneda y sí la cosecha de una identidad. No andar tragando alimento balanceado para pollos. El Profe Ricardo me dijo antes de morir: Pollo no como, pollo comen los suicidas. Lo dijo por esto de estar embobados por una luz, sin sueños. Un pensador de Boedo anotó: Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara. La vida es elección y tironeo, un partido confuso en el que hay que tratar de elegir sobre qué pared recostaremos nuestra memoria y la de los nuestros, con o sin Dios, que ese es un detalle en el alma. Cuidar la memoria: a resguardo del olvido, de la destrucción.

 

Madrugada

 

Leí al poeta Víctor Cuello de González Catán, quiere que a su muerte cubran su cuerpo con: “pedazos de amapola / perfume de piedra / lluvia color vino / pasto / trozos de libro”. Leí ayer y entonces salí de casa con el primer aire de la madrugada. Tiré de mi coche fúnebre: sobre la bicicleta fui mi propio caballo. Caminé unos metros hasta la mitad de la calle. Me detuve. Miré el cemento tratando de identificar el límite de la luz. Pensé en morir cuando me rodeara la niebla. La niebla es una trampera silenciosa: creemos que todavía no llega cuando en realidad ya estamos dentro de ella. Puede que la niebla tenga algo o mucho de la sintonía de la muerte. Pensé: este es un buen momento para morir. De pie en la niebla, cabeza gacha, recreando las historias que fueron cara, las que nacieron cruz. Morir sin miedo, en la tranquilidad de un destino de hombre tibio. De morir en una madrugada, y si hubiera cambiado mi dirección postal: del beso del fuego al hogar húmedo en la tierra, me pregunto: ¿con qué señales cubriría mi cuerpo? Y entonces mi memoria se va de boca, desbarrancan mis tesoros, se amontonan por lograr un lugar en esta escritura y luego entre las velas de mi nao. La disputa amanece, adivino que el trabajo será arduo, quizá demasiadas memorias/amores de personas, objetos, e imaginaciones bárbaras, juegos para mi boca cerrada. Es posible, creo, que cuando un hombre está listo para irse en la niebla enseguida señala el puñado de recuerdos con que se arropará en la tumba. Cuando llega la niebla, la memoria es escueta, no desespera. No somos más que un puñado de recuerdos.

Textos recobrados 6

 

Está dicho. Escribo fotos. Es decir, las escribí hace unos años. La escritura también produce un ruidito, un click. Supongo que también le pasaba a Roland Barthes. La tinta daba su click. Él contó su cuento. El click era el sonido de la muerte sobre toda criatura que andara despreocupadamente en el paisaje de la vida. La criatura y sus objetos. La criatura y sus ficciones. En definitiva, la criatura mientras construye, imagina, los sucedidos para la memoria. Había una vez un tiempo en que yo escribía fotos.

 

Equilibrio

 

Desde pibe me explicaron que el mundo tenía un atenuante. La clave estaba en encontrar el equilibrio. Debido a este consejo, es que a medida que crecía, me iba corriendo más y más hacia una de las puntas del tirante del que cuelga mi mundo. Escuché con atención las señales contradictorias que parten de los mensajes del hombre. Empecé a anotar las dudas en un cuaderno. El conflicto se asentaba en las palabras. Pero la recopilación de mensajes no frenaba mi intención de acercarme al extremo. Lo hacía con cuidado, no sabía muy bien por qué, nunca lo supe, pero al parecer la razón, la lógica había hecho nido en mí. La cuestión del equilibrio parecía atendible, me decía, mientras escuchaba la palabra del hombre. Mi mundo tiene punta o extremo como lo tiene un bote de lo más pobre: apenas la madera y el sueño de flotar. Pobre era, siempre fui pobre, en esta y en otras vidas. Con el paso de los días llegué al límite de mi nave. Estando sentado, mis pies llegaban al agua. La punta contraria de la nao no se levantaba del agua. Si estaba de pie, el bote se alejaba del agua. En cuclillas recobraba la apariencia del equilibrio. Es que el hombre pesa distinto de acuerdo a las ideas que lo contienen. Tomé mi lanza y me decidí a esperar la jugada del destino. Aguardé en equilibrio para poner en jaque al descuidado. Preparé mi cuaderno para dar clases al extraviado. Tuve todo listo para dar consejo, para ser un hombre más. Las columnas de agua saludaron mi posición, el pájaro también, ambos son de rondar el reino del cielo. En el espejo del río vi mi cara cruzada por el filo de la soledad.

 

Pasajeros

 

Pensé en tomar bajo mi mando una barca pobre. Lo hice. Salí de mi refugio en la noche del primer día, hace ya tanto tiempo. Atrás quedó la soledad. Siempre se empieza solo, y siempre se termina solo. El río lleva su alma de barro en cada surco que funda la barca, y acomoda su cuerpo de respiración lenta en mi garganta. Llevo pasajeros desde la noche del primer día. Puedo decir que acompaño fantasmas en el principio y en el final de cada viaje. Son muchos los ríos, muchos los pasajeros. Un pasajero: un río. Se puede saber o no de la existencia de los ríos como hombres pasajeros. Creo que algunos llegan a saberlo. Recuerdo las caras de los que piensan sobre su condición pasajera sobre mi río. Pero nada cuento. Hay un momento del tránsito en que las respuestas ya no interesan, es que las palabras se hunden en el barro. Algunos abordan mi barca con las manos vacías, por pobres o descreídos, otros llegan con ofrendas: pequeños objetos, panes, frutas, pañuelos de colores. Sé de los caminos que los llevan hasta mi río. Ellos forman una procesión en silencio. Todo aquello que hubo para decir fue dicho o callado. Por lástima o cobardía son demasiados los que eligieron callar. Los veo cuando empiezan a andar sobre las aguas bajas de la orilla. Desde la barca ellos pueden ver hasta el recuerdo más lejano: cuando los primeros pasos, las primeras escaramuzas del amor, el sabor de la primera injusticia, el dolor de la ausencia. Desde la barca se llega hasta el firmamento de la memoria. Ellos se guardan en ese cielo. Llevo fantasmas: los pasajeros siempre se acercan a la orilla de mi río.

 

La libertad

 

Hace años conocí a un hombre de mediana edad. Hablaba poco. Hay hombres en la ciudad que experimentan una pulsión vital que los define como superhéroes. Lo traté durante un invierno lluvioso. Salía por las noches escondido bajo un amplio piloto. En la primera salida llevó en el bolsillo interno de su capa una pistola Robin Hood de aire comprimido. Ante el fracaso de la opereta, se decidió luego a llevar un cuchillo con mango de madera, rebatible, que su amigo, el Tata, le había traído de París. No había experimentado con la pistola en su departamento alquilado. Lo ganó el impulso y la noche. El superhéroe caminó rumbo a Boedo. Llovía cuando se detuvo frente a la primera botella de gaseosa (libre de etiqueta y sustancia original) llena de agua, y atada con una piola a un árbol flaco. Quebró la Robin y cargó el balín. En cuclillas encañonó a la botella de la cintura para abajo y le aplicó el golpe del disparo. El balín de plomo dio rebote, pero no fue gol. Murió triste dentro de un charquito cercano. Luego, con el cuchillo inició su etapa de apuñalamiento malevo en una Buenos Aires recuperada para la justicia. El hombre tenía un basamento ideológico para su hacer durante la lluvia. Así aparecía su veta de superhéroe. Eran días en que la ciudad toda había sido invadida por estos artefactos, las botellas de agua, unidos por una mecha a árboles y rejas. La gente comentaba que el dispositivo era para que los perros no hicieran sus necesidades en el lugar. La botella incolora era como un fantasma malvado. El hombre decía estar en una cruzada a favor del “libregarco”, ese era el término utilizado, de los canes del pueblo. Además me dijo que no entendía por qué se podía “comer” (cuando había qué), y por qué (y aquí ya aparecía el recorte en la libertad de expresión) había que “hacer sus necesidades”. Comer y cagar en libertad, era el lema. Que mañana hubiera botellas de gaseosa llenas de agua sobre las mesas, su terror futurista. Además le gustaba comer con vino tinto libre.

 

La máquina

 

Un milonga poco rana le dijo mil veces a la percantina que no le diera más letra para que él encendiera su máquina de sacar chispas. La susodicha máquina cortaba humo de cigarrillo, palabras, frases de amor: las que eran lugar común y las que no, sábanas, sonrisas, momentos. Ella, según el galán, se especializaba en sentarse en una butaca un tanto más alta que el resto, y desde ahí proclamaba sus verdades. Ella era artista surrealista. Pintaba un eterno cuadro con toros y libélulas que tomaban vodka en vaso chico y a fondo blanco. En el cielo volaban hombres felices que escupían para arriba. Había lugar para el obelisco, un tranvía, Gardel, una fina transparencia olvidada, y el suelo estaba cubierto de agujeros de taco aguja, arte que ella también había descartado. El milonga le preguntó qué era todo ese embrollo. Ella, empapada de surrealismo, cumplió con una palabrería con aroma a cadáver exquisito, poema tan distinto al tango que los dos venían escribiendo. El milonga le batía: Qué decís, chirusa, que no todo es recorta y pega bretoniano, y entonces ahí nomás, se le salía la cadena y en un segundo se encendía su máquina de sacar chispas. Es posible que artefacto semejante lo hubiera heredado de su padre; el sueño de un diálogo sensato, también. De muchacho aprendió que la vida no es un poema, y menos surrealista. El milonga salía por las noches, tenía su refugio en un sótano de Palermo que la jugaba de milonga globalizada: cartón pintado y pretensión. Ahí soñaba, junto a un puñado de abacanados milongueros, que eran hombres de antes, que eran el reaseguro de la amistad porque vivían entre los códigos del tango. La filosofía del milonga era: no desearás la mujer del próximo. Creía ser el último macho con una máquina de sacar chispas. Pero después de la revolcada que refería a los amigos, no se iba a un bulín, volvía a casa. La percantina seguía tomando vodka con las libélulas, y él bebía, en copita, una medida de tiempo espeso cortado con un pelo de bigote de Dalí.