Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 11 de octubre de 2015

El desalojo (La foto, diario Tiempo Argentino, 11 de octubre de 2015)

El pibe Rolando fue testigo de la jugarreta desesperada de su padre. Plena década del 40 en el barrio de Boedo. En noche de luna pobre, Julio Martín, el padre, abrió el cajoncito de la mesa y extrajo el tesoro. Todos dormían en la pieza. Abrió el envoltorio de papel de diario. Observó. Dio dos pasos hacia la puerta, pero desde la oscuridad Rolando dijo presente. Intentó que el pibe siguiera en la cama, pero fue imposible. Caminaron los dos por el patio de tierra hasta el galponcito de madera. Sobre ese patio Rolando, un día, enterró un tesoro: una vieja escupidera repleta de bolitas. No hizo mapa y se perdió el dato del lugar en su memoria: pudo volver a las bolitas sólo en sueños. Julio Martín buscó las herramientas necesarias y la escalera. Enfilaron hacia la puerta de calle. Independencia dormía tranquila. El hombre extrajo del bolsillo del pantalón la primera señal: la chapa enlozada con el número 3769, y entonces el local del frente perdió su número original: 3763. Julio Martín miró su obra y procedió a correr la escalera. Del bolsillo salió el número 3771, que al ser izado bajó el 3765. Vuelta a mirar: padre e hijo, en la noche y el silencio, trabajando por la familia. Se movió la escalera y entonces subió el 3773 para ser arriado el 3767, que era el número de la casa del gallego Ortega, el padre de Pichín. Julio Martín sabía desde hacía unos días que se venía el desalojo, una vez más en la vida familiar había que ganar tiempo para la huida. Entonces actuó de manera decidida. Marchó en la noche con destornillador, escalera, y Rolando. El oficial de justicia de pie, eterno, con su mano derecha apoyada sobre la puerta. Pasaron los años de su eternidad y nunca pudo despegarse de esa imagen. En sueños volvía sobre la chapa enlozada donde se leía el número del domicilio: Independencia 3771, y la dirección errada que llevaba el papel de la justicia. Así lo sueña Rolando. Él me contó la gambeta que hizo mi abuelo. Es una historia que voy a contarle a Julia, mi hija.

domingo, 13 de septiembre de 2015

El puerto y el carro (La foto, Diario Tiempo Argentino: 13 de septiembre de 2015)

La tierra de los hombres está salpicada de puertos. Si el dibujo se hace a partir de los sentimientos de pertenencia de las criaturas, el mapa portuario resulta imperfecto y cambiante. Un puerto: un territorio: una ciudad y su zona de influencia. El hombre que quiere y puede, elige dónde morir. Junto a cada puerto hay un socio de la muerte. Este personaje, durante su vida, y lo seguirá haciendo durante su muerte, será el encargado de tener trato con los fantasmas amanecidos. En Gualeguay, el elegido por la suerte o el destino, fue Catón. Nacido a principios del 1900 y muerto un día cualquiera de 1970. Catón realiza su servicio con un agregado. Se toma el trabajo de acompañar los cortejos hasta el cementerio. Luego de la hora de cierre del camposanto, acomoda sus elementos: balde con agua y jarro, y una bolsa de galleta. Después de la cena vuelve al cementerio e inicia la recorrida por las tumbas del día. Los fantasmas lo siguen hasta la orilla del Gualeguay, donde Catón toma prestado el bote pobre de un pescador. Pregunta a sus seguidores: Quién quiere partir hacia los confines de la naturaleza, quién quiere quedarse en la ciudad y el río. Avisa: El que se queda, trabaja más. La mayoría elige partir. Catón ofrece un jarro con un poco de agua y media galleta a los que suben al bote. Los cruza de orilla. Dice a los que se quedan: Es más trabajo porque hay que tentar la memoria de los vivos, cada día. Los fantasmas aguardan siesteando en la arboleda del parque Quintana. En la oscurecida construyen un carro de etérea apariencia de lata. Algunos montan la nao, otros tiran de ella, otros corren contra la brisa. El carro y su compañía baja en los fondos de las casas, en las plazas, en las chacras. En cada lugar los fantasmas hacen la vida como si nada los hubiera desplazado. Así se recuesta la memoria en la noche. La comitiva se establece sobre un último lugar, y allí aguarda hasta que el sol indica que es tiempo de hacerse niebla, humito, una simple apariencia de humedad.

domingo, 2 de agosto de 2015

Un helado en la Luna (La foto, Diario Tiempo Argentino: 02 de agosto de 2015)

El caballero de Providence le contó a Charles Dexter Ward, su amigo, que los gatos saltaban a la Luna desde los tejados más altos de algunas mansiones. Porque el salto no era posible desde todas, le expliqué a mi hija Julia mientras mirábamos por la ventana cómo el gato negro y blanco del vecino caminaba las alturas rumbo a la Luna. Lo que veíamos no era a orillas del Miskatonic, sino a unas cuadras del Gualeguay, dos ríos con historias. Se ve que tanto en Arkham como en Entre Ríos, se goza de lunas maravillosas que fomentan el misterio felino. En la ciudad, Julia y yo, ya teníamos una Luna de considerables dimensiones, pero nada que ver con la que hoy nos visita en la zona de chacras, que es donde vivimos. Es más, puedo afirmar que mi familia goza de una Luna propia. Es la que sale de entre los árboles, a la izquierda del jardín. Esplendorosa, poética luz que en sus mejores noches nos permite ver el jacarandá y el espinillo, que se guardan hacia el final del terreno. Tan fuerte y clara es su presencia que Julia, la otra noche, me dijo que la Luna no tenía ojos ni boca, que tampoco tenía, y no me dijo pómulos, pero los señaló en mi cara. Muchas cuestiones se desvirtúan en Gualeguay debido a la presencia de esta Luna. Por ejemplo, la mayor cantidad de apariciones de hombres lobo en la zona: una Luna tan tentadora agita distintas sangres. El hombre lobo, confundida su esencia, sale en noches en que definitivamente no hay la Luna que sabemos hace falta. Esta bestia gualeya tiene características propias, de ahí mi calma al citar su presencia. Esta criatura mata sólo la vaquilla que se va a comer en los fogones del campo, donde corre el mate, el vino y la galleta. Muchos ciudadanos comunes son aceptados en las enramadas y entonces las bestias y los hombres, gracias a la Luna,  viven de asado en asado. Le dije a Julia que una noche la voy a llevar a tomar un helado de limón, pistacho y crema del cielo a la Luna más grande, donde dicen que se ve la figura de un burrito.

martes, 28 de julio de 2015

Nuevo libro: Una historia para Julia

Luego de unos años de silencio, estoy de festejo con un nuevo libro: Una historia para Julia. Textos cortos que empecé a escribir desde antes de nacer Julia, mi hija. En los 100 textos le cuento a Julia pequeñas historias que tienen que ver con su crecimiento, con las sorpresas que hay en el mejor paisaje en el que estuve: la paternidad. Es un libro de autoría compartida: nada podría haber hecho sin mamá Evangelina, mi compañera, y sin Julia y su mirada. Tres años de Julia en 100 textos, esta es la propuesta de lectura.
El motivo de tapa es un óleo de mi viejo: Rolando. Una maternidad pintada en 1962. Los modelos del artista plástico: mi mamá Adela y yo.
La editorial es Ediciones del Clé del poeta Ricardo Maldonado, que realiza sus magias, la escritura y la edición, en su casa de Nogoyá, Entre Ríos.
La edición es cuidada, de buen gusto. Las historias de Julia están bien vestidas de libro, da gusto tener un ejemplar en las manos.
Julia anda por la casa con su libro, sonríe. El libro de Julia, le digo.

domingo, 5 de julio de 2015

Presentación de "Voz Varia" de Ricardo Maldonado

Por primera vez en esta vida soy parte de la presentación de un libro.

Miedo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 05 de julio de 2015)

El miedo inicia su ronda en los tiempos más tempranos de la vida. En el centro de esa calesita quedó mi memoria. El miedo básicamente se construye de sucesivas capas de soledad. Quizás el miedo se funde en el momento mismo en que perdemos el mar primordial, el refugio en la madre. A la soledad heredada luego se sumaron las criaturas extrañas, aquellas que viven o que usan las sombras para tomar forma y avanzar sobre hombrecitos que, como yo, intentaban cumplir con el descanso de la siesta y la noche. Por más que mis padres me daban pista de la no existencia de estos monstruos, yo sabía que estaban, y que sabían esconderse cuando había adultos en mi pieza. Recuerdo también una historieta en donde se derretía un espantoso tío Silas. La leí sentado en la escalera que llevaba a la terraza de la casa. Era otoño, de tarde. Con esa lectura volvieron todos los espantos almacenados en la memoria. Todos reunidos en torno a mi soledad. Busqué refugio en la casa donde mi mamá me tejía un chaleco contra fantasmas, para llevar debajo del saco mayor. Creo recordar que dijo: Es contra el frío de los aparecidos. Mi mamá tiene Dios como toda la buena gente. Ella tiene Dios porque tiene miedos, y miedo le tiene al mismísimo Dios. Es el miedo una de las mejores maneras de conservar el rebaño. Cuando era pibe, el miedo, la posible amenaza, se guardaba también al otro lado de la vía y en los pasillos de la casa abandonada. En ella había, además de miedo, un altar con una virgen y en una chapa nombres de personas, fecha de nacimiento y muerte. El miedo de mamá era a la muerte, a lo desconocido. El socialismo de papá tuvo que transar con el miedo de mamá, y me bautizaron ya grandecito. El cura cobró. Ellos no eran casados por iglesia. Fui por un pasillo largo hacia la luz que debía salvarme. Yo miraba hacia atrás y a la derecha, siempre los monstruos aparecen de ese lado. Pensé: mejor un chaleco de mamá, que un Dios que alquila la luz con plata de papá. Me llevaba mamá, pero iba solito.

martes, 16 de junio de 2015

Guía de Buenos Aires (una ficción) en bar La Poesía, Chile 502, San Telmo

Doce fotos de Eduardo Noriega pertenecientes a nuestro libro: Guía de Buenos Aires (una ficción), están siendo expuestas en la sala Raúl González Tuñón de La Poesía. La muestra cierra a finales de julio.