Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 22 de junio de 2014

Muerte súbita (La foto, Diario Tiempo Argentino: 22 de junio 2014)



Neruda eligió mirar el océano, junto a su compañera, desde la tumba. Estuve en la casa de Isla Negra, frente al Pacífico. John Houston en su última película “Desde ahora y para siempre”, basada en el cuento “Los muertos” de James Joyce, enfoca la mirada hacia el amor: sobre algunas tumbas la nieve cae desconsolada. Nieva sobre Dublín. Cuando supe que yo quería una tumba con forma de pirámide, deseché la posibilidad del sol rabioso, lo odio, y en cambio imaginé la eternidad rodeado de aire frío y arropado con nieve. Alejada de la casa, en el parque, construí yo mismo la pirámide. San Martín de los Andes sería mi cementerio. Mi mujer se rió. Me miró con lástima. Llegado el momento solo le pedía silencio y discreción. En la comunidad siempre fui una sombra. Nadie notaría mi ausencia. Todo quedó dispuesto para mi muerte. Pero la historia al parecer no fue autorizada por el destino. Morí de forma repentina, casi súbita. Tuve que dejar mi vida, mis quehaceres en el escritorio silencioso, dejé de escribir allá en el sur. Ella me dijo que no me aguantaba más. Andate, morí rápido. Tuve que dejar la casa y mi futura tumba. Planteé enigmas en sus medidas que a nadie importan, hice mis cuentas como los egipcios, y tampoco se cumplirán mis pintadas proféticas: soy la prueba del fracaso. Cuando nieva me hago una escapada y le tomo una foto. En la última, ella y su nuevo faraón intentan retirarle la nieve. Lo hace con cada nevada para que no tenga ni siquiera la posibilidad de imaginar el sueño cumplido. Ella sabe que vuelvo del más allá. Al final, cuando nieva muero entre los árboles.

lunes, 16 de junio de 2014

Sepia (La foto, Diario Tiempo Argentino: 15 de junio 2014)



Hay momentos en que los colores de un paisaje suspenden sus funciones vitales. Ocurre ahora mismo: la mujer camina dentro de un cuadro que muta. Desde este banco de madera veo claramente la presencia viva y envolvente del aroma, que solo esta vez simulará ser un color. Cuando un paisaje torna sus silencios hacia el sepia, el tiempo se dispara alto en el cielo, y aquello que era rodeado por una mañana más, deviene al instante en final de último atardecer. Las fronteras entre los reinos atenúan su decisión, el aire se hace niebla, y las sombras se transforman en decididas espectadoras. Puede que el sol en su retroceso produzca un leve silbido en la escena, pero no estoy seguro. El paisaje que llega a su centro sepia es como la memoria de un hombre mayor, pierde contornos, deja escapar detalles: los pequeños habitantes de historias sin importancia. Se purifica y aligera el alma porque se presiente que el final de la gran historia se acerca. La mujer sabe que va hacia su muerte en sepia. Escribí una serie de relatos mínimos, pero quedaron en la nada del aroma, que es testigo y parte mientras no arremete. El título fue “En sepia”. Nunca lo publiqué. El aroma sepia, en el único instante en que atenta contra el paisaje todo, se funda sangre adentro de la persona atravesando la piel de la cara. Anida unos instantes entre los ojos, donde se guarda la memoria. No se respira mientras sucede la mutación de la luz, de la historia. La mujer camina hacia su muerte. Lo sabe. Va hacia la niebla del puerto, que siempre está más allá del encuadre. Recuerdo el día en que caminé sobre el aroma.

domingo, 11 de mayo de 2014

Un bote sobre adoquines (La foto, Tiempo Argentino: 11/05/2014)



Desde que supe que en Gualeguay vivió Catón, el río de adoquines de la calle San Lorenzo, que pasa junto a la iglesia San Antonio, me atrae decidido. Lo contemplo desde la escalinata de la iglesia, camino sobre sus aguas y sobre los distintos brillos con que el sol acompaña su discurrir calmo. Es inevitable, pienso en este río, y también en el Gualeguay, que corre unas cuadras más abajo. Pienso en los dos ríos cuando Catón es hombre muerto desde hace tantos años. Vivía con su madre en una casa que hoy nadie ubica. Pasó sus días, y muchas de sus noches en la puerta de la iglesia. El café con leche se lo regalaban en el Irún. Los cortejos fúnebres venían por San Lorenzo. Camino al cementerio pasaban frente a su mirada. Incluso los que provenían de los asentamientos en las tierras blancas. Él los recibía. Su vocabulario era escaso. Cuentan que fue un niño, un muchacho y un hombre con problemas bajo la boina. Preguntaba: ¿quién es el finadito? Escuchó los nombres de cantidad de gualeyos difuntos. Se colocaba entonces a la cabeza del cortejo. Como si se subiera a un bote pobre, tanto o más que él, y derivara por el río de adoquines que, en alguna vuelta de los misterios que hacen al hombre, bien podría unirse al Gualeguay de siempre, que muertos también se lleva cada verano. Catón a veces lloraba. Siempre guardaba respeto. El muerto, se cree, iba a su lado en el bote. Como si fuera un amigo que, con cara de perro bonachón, acompaña el alma a la otra orilla. Dicen que Catón se fue solo, que nadie lo acompañó. Preocupa la muerte en Gualeguay desde que falta el llevador en su bote.

viernes, 25 de abril de 2014

Marinero como papá (mi recuerdo para El Gallego Guillermo Pérez Bravo, hoy en el café La Poesía de SanTelmo se inaugura su muestra, y un sitio que avisa que este hombre nunca se fue de sus barrios).



Conocí a Guillermo Pérez Bravo, el Gallego, en la trastienda del Margot, en las primeras horas de una tarde de invierno. Sucedió en mis inicios como habitante explícito del barrio de Boedo. Me refugiaba a leer y escribir en la hermosa soledad que amanecía en los fondos de la esquina de San Ignacio y Boedo. Sucedió que en la susodicha tarde, allá por el 2000 y monedas, creí mi soledad entrecomillada por una amenaza. No me gusta que enturbien mis ceremonias. En mi mundo había otro habitante. Sospecha nefasta y recelo. Mantuve la educación: me saludaron y di mis buenas tardes. Me senté a la mesa con vista a los adoquines del pasaje. Distribuí libro, lapicera roja y hojas en blanco. Y automáticamente presté atención a los utensilios y el quehacer del invasor. Al instante reparé en que no tenía el meñique duro, y que se aprestaba a filetear un paño de madera. Pensé: un fileteador, que es como pensar en un poeta del pincel. No leí, hablamos un buen rato mientras él pintaba. Le obsequié un ejemplar del que en ese momento era mi único libro publicado. El Gallego prometió leerlo, y lo hizo. Nos encontramos tiempo después. Nos saludamos con afecto. Fue vernos pasar mutuamente hasta que lo encontré en el timón ubicado detrás de la barra del Cao. Me gusta ver el café todo como si fuera un barco, a la vista están sus tres mástiles sosteniendo su cuerpo alargado. Y más disfruto de saberlo y nombrarlo barco, desde que entrevisté al Gallego para el periódico Desde Boedo. Me contó que era nacido en Galicia, en el pueblo más lindo de Pontevedra: O’Grove, fundado por una familia de origen celta. Me dijo que volvió al pueblo para hacer la vida que había hecho su viejo, que había sido marinero. Quise hacer la entrevista porque de tanto cruzar la charla en el café sabía que era, además de un buen tipo, un buen observador del mundo que lo rodeaba. No me equivoqué, el Gallego era de espiar y de pensar la realidad. Era además un artista plástico que elegía llevar su oficio en silencio, lejos de toda exhibición, porque ante todo pintaba para él. Fue mi compañero de muchas tardes, yo iba con mi oficio a trabajar al Cao, iba feliz con mi tarea, y la felicidad era todavía mayor porque estaba el Gallego. Esa felicidad era bien simple: entrar al lugar donde te recibe el apretón de manos de un amigo. Se ocupaba de que yo tuviera la iluminación justa, elegía buena música. Era el hacedor de la comunión entre su barra y mi mesa.
Está la ausencia, desde el principio sabemos de la muerte, pero también sabemos de la memoria, que debemos practicar, junto a los vivos y los muertos, todos los días.

lunes, 21 de abril de 2014

Edgardo Lois por Tuky Carboni, poeta de Gualeguay (Diario El Debate Pregón (Gualeguay) 20 abril 2014)



Siempre  me he preguntado a qué se debe el desconcertante hecho de que grandes escritores y artistas en general que residen en provincias, no trasciendan ni alcancen lo que la sociedad en que vivimos denomina “fama”. Repaso la lista de escritores y poetas maravillosos que me han hecho vibrar en una secuencia más alta y que permanecen injustamente ignorados y siento una aguda punzada en el corazón. No sé si de tristeza o, francamente, de rebeldía.  Por ejemplo, Alfonso Sola González, el más encumbrado poeta que ha tenido la provincia de Entre Ríos (para mi modesto criterio), no ha sido reconocido ni siquiera en su propia provincia. Es también inexplicable para mí, que Mario Busignani, Poeta con mayúscula, nacido en Jujuy, no haya tenido casi repercusión a nivel nacional. O Jorge Ramponi, mendocino, haya permanecido ignorado para el gran público lector de la Argentina. O que a Esteban Antonio Agüero sólo se lo conozca masivamente en San Luis. Y así tantos otros heroicos escritores y artistas de provincia que dedican toda su vida a expresarse a través de la palabra escrita, los trazos del pincel o las notas, acaso sabiendo que jamás sus obras serán conocidas, ni siquiera por los que amamos la literatura y el arte; porque, así como otras personas no han oído hablar de los autores que cito más arriba, ¿cuántos existirán que yo no he descubierto y tal vez nunca descubriré? Además de injusto (tanto para el autor como para el lector), me parece una especie de desperdicio ecológico que obras tan hermosas e impecables no estén a disposición de gente que podría haber caído, al leerlos, contemplarlos o escucharlos, en esa  bendita “especie de incandescencia del espíritu”, como dice  Enrique Molina. Yo creía, hasta ahora, que el centralismo de Buenos Aires, tiránico y feroz, era el causante de que voces más límpidas, libres de smog e inocentes de esas trampas que se aprenden en la gran ciudad, silenciara deliberadamente las grandes voces provinciales; bien porque, si no entraban en la “trenza” capitalina no valía la pena proporcionarles un escalón para que  trascendieran; o bien porque el ciudadano de las grandes urbes y sus correspondientes popes culturales estaban literariamente empachados de asfalto, rascacielos y suficiencia intelectual y, por eso mismo,  no tenían la universalidad necesaria para apreciar a los que hablan del paisaje comarcal, las costumbres del hombre de la tierra o la gloria de los sembradíos que le dan de comer el pan de cada día hasta a los más prominentes señores capitalinos.
Desde hace no mucho, he comprendido cuán equivocada estaba. Puntualmente, desde que Edgardo Lois se radicó en nuestro pueblo. No debe hacer más de tres meses que lo conozco, personal y literariamente. Él viene de la Capital. Sabe hablar con conocimiento de causa de tango, de bares, de cafés, de gente de la noche que “se las sabe a casi a todas”, de muñecas rusas que no cesan de dar sorpresas, de hombres que “se la rebuscan” enseñando a hacer a otros lo que ellos saben hacer bien, de grandes avenidas profusamente iluminadas, de grandes aglomeraciones, de grandes “pavos reales”. Edgardo, tal vez porque el aire barrial de Boedo tiene la cualidad de tiernizar el corazón, resguardando esa parte más preciosa de nosotros mismos que nos hace esencialmente humanos y abiertos a otros horizontes, conserva intacta su capacidad de asombro. Un asombro y un deseo-capacidad de integración que se refleja en los muchos y muy buenos artículos que ha escrito sobre gente de Gualeguay o directamente relacionada a nuestro pueblo: Emma Barrandéguy, Carlos Montella, Derlis Maddonni, Pipo Etulain, Cachete González, Daniel González Rebolledo, Negro Medrano, Carlitos Ántola…
Edgardo tiene, si no me equivoco, ocho libros escritos en su haber; yo tengo tres  de ellos; mejor dicho, dos; porque uno, con hermosas fotografías y muy bellos textos, poéticos diría, me lo arrebató mi nieta Bianca que está siguiendo la carrera  en la F.U.C. de San Telmo. Los otros dos son: “Miradas escritas al acrílico” y “La Virutera”. “Miradas…” es una recopilación muy feliz de estampas vivenciales, iluminadas por el afecto y la sorpresa cotidiana. Está muy bien escrito, con una prosa rica, variada y personal. Una prosa lúcida; una prosa con un sentido estético-ético que, por momentos, incursiona en la filosofía; pero sin desbarrancarse jamás por los acantilados de la pedantería ni levantar vuelos acrobáticos destinados a deslumbrar. Dentro de su riqueza, es concisa y muy bien situada. Tiene estampas (no sé cómo llamarlas de otra manera) entrañables, como “Hipérbaton en la panadería”(con gusto y aroma de infancia universal), o “David Álvarez Morgade”, una conmovedora historia donde Edgardo Lois hizo “lo que cualquier amigo”: “acompañó el viaje al interior del llanto”. O “Héctor González, homo boedensis”, que “transitó el centro del Universo: su barrio y  las periferias un tanto desangeladas de los distintos más allá siderales”. Otras son jubilosamente  desacralizantes, como “La Hermenéutica de un documento de Samuel Tesler” que me provocó esa carcajada tan saludable, y tan necesaria para respirar, que instila en un texto esa especie de chispazo dorado: el sentido del humor bien manejado.
“Miradas escritas al acrílico” no es un libro para leer rápidamente y después olvidar en un estante de la biblioteca; es para leer pausadamente, tomándole el gusto, saboreando cada oración, deteniéndose para captar el sentido profundo del contexto, tomando distancia para volver a releer y experimentar nuevamente ese íntimo regocijo que se genera cuando se lee un texto bien escrito.
Y pensar que hace tres meses, yo no tenía ni idea de que existía “Miradas escritas al acrílico”, ni su autor, Edgardo Lois; pero tampoco tenía idea de que existía Mónica López Ocón; ni Rubén Derlis. Ni Hugo Ditaranto. Rostros humanos que se presentan ante mí, aureolados por el afecto sincero que Edgardo pone en su libro al hablar de ellos; letra que se encarna y dice: aquí estoy; yo también escribo; yo también merezco que me conozcas. Porque, como para muestra basta un botón, tres o cuatro líneas de ellos (siempre desde “Miradas…”) me bastan para saber que escriben buena literatura, que me deleitaré leyéndolos en el futuro, (Dios lo quiera) si mi nuevo amigo me alcanza otras páginas de ellos. Entonces creo, ahora, que  poetas y escritores porteños y provincianos nos debemos un acercamiento, una aproximación a través de la letra escrita. Para enriquecernos mutuamente. Para que tanta página que merece trascender no se pierda sin alcanzar su blanco. Para integrarnos. Para conocer más y mejor una idiosincracia, que también es nuestra; aunque a veces nos desconcierte un poco. Necesitamos muchos más embajadores de buena voluntad, como Edgardo Lois, este muchacho que ahora reside entre nosotros y nos ha traído de regalo otras voces, otros acentos, otras pasiones.
Otro día hablaré de “La Virutera”. Porque ¿sabés, Edgardo? “Tus libros se ganaron la lectura”.

domingo, 6 de abril de 2014

Madrugada (La foto, Tiempo Argentino: 06 de abril 2014)


Leí al poeta Víctor Cuello de González Catán, quiere que a su muerte cubran su cuerpo con: “pedazos de amapola / perfume de piedra / lluvia color vino / pasto / trozos de libro”. Leí ayer y entonces salí de casa con el primer aire de la madrugada. Tiré de mi coche fúnebre: sobre la bicicleta fui mi propio caballo. Caminé unos metros hasta la mitad de la calle. Me detuve. Miré el cemento tratando de identificar el límite de la luz. Pensé en morir cuando me rodeara la niebla. La niebla es una trampera silenciosa: creemos que todavía no llega cuando en realidad ya estamos dentro de ella. Puede que la niebla tenga algo o mucho de la sintonía de la muerte. Pensé: este es un buen momento para morir. De pie en la niebla, cabeza gacha, recreando las historias que fueron cara, las que nacieron cruz. Morir sin miedo, en la tranquilidad de un destino de hombre tibio. De morir en una madrugada, y si hubiera cambiado mi dirección postal: del beso del fuego al hogar húmedo en la tierra, me pregunto: ¿con qué señales cubriría mi cuerpo? Y entonces mi memoria se va de boca, desbarrancan mis tesoros, se amontonan por lograr un lugar en esta escritura y luego entre las velas de mi nao. La disputa amanece, adivino que el trabajo será arduo, quizá demasiadas memorias/amores de personas, objetos, e imaginaciones bárbaras, juegos para mi boca cerrada. Es posible, creo, que cuando un hombre está listo para irse en la niebla enseguida señala el puñado de recuerdos con que se arropará en la tumba. Cuando llega la niebla, la memoria es escueta, no desespera. No somos más que un puñado de recuerdos.

jueves, 13 de marzo de 2014

Una historia para Julia 66


Mamá Evangelina y papá acaban de dejarte en el jardín de infantes Tru-la-la. Es tu sexto día. Me dije: hoy le cuento a Julia que va muy contenta a jugar y bailar con nenes y nenas, que nunca tuvo un amague de llanto, que queda tan bonita con una remera blanca y un pantaloncito negro, zapatillas y medias blancas, gomita blanca que te agarra un poco de pelo: un plumerito al viento. Se te ve feliz cuando entrás, y feliz al salir. Tratamos de llevarte y retirarte mamá y papá juntos. Sabés, te veo caminar por la vereda rumbo al jardín, y otra vez lo que ya te anoté no sé cuántas veces: no lo puedo creer. Ayer, mientras esperábamos para entrar, una nena, que estaba a upa de la mamá, empezó a llorar. Vos llevabas el Chancho Cholito en las manos. Desde abajo, brazo estirado hacia la altura, le ofrecías el muñeco. Tenés 22 meses y unos días: hoy 12 de marzo te escribo, te cuento una más de tus historias.