Está dicho. Escribo fotos. Es decir, las
escribí hace unos años. La escritura también produce un ruidito, un click.
Supongo que también le pasaba a Roland Barthes. La tinta daba su click. Él
contó su cuento. El click era el sonido de la muerte sobre toda criatura que
andara despreocupadamente en el paisaje de la vida. La criatura y sus objetos.
La criatura y sus ficciones. En definitiva, la criatura mientras construye,
imagina, los sucedidos para la memoria. Había una vez un tiempo en que yo
escribía fotos.
Equilibrio
Desde pibe me explicaron que el mundo
tenía un atenuante. La clave estaba en encontrar el equilibrio. Debido a este
consejo, es que a medida que crecía, me iba corriendo más y más hacia una de
las puntas del tirante del que cuelga mi mundo. Escuché con atención las
señales contradictorias que parten de los mensajes del hombre. Empecé a anotar
las dudas en un cuaderno. El conflicto se asentaba en las palabras. Pero la
recopilación de mensajes no frenaba mi intención de acercarme al extremo. Lo
hacía con cuidado, no sabía muy bien por qué, nunca lo supe, pero al parecer la
razón, la lógica había hecho nido en mí. La cuestión del equilibrio parecía
atendible, me decía, mientras escuchaba la palabra del hombre. Mi mundo tiene
punta o extremo como lo tiene un bote de lo más pobre: apenas la madera y el
sueño de flotar. Pobre era, siempre fui pobre, en esta y en otras vidas. Con el
paso de los días llegué al límite de mi nave. Estando sentado, mis pies
llegaban al agua. La punta contraria de la nao no se levantaba del agua. Si
estaba de pie, el bote se alejaba del agua. En cuclillas recobraba la
apariencia del equilibrio. Es que el hombre pesa distinto de acuerdo a las
ideas que lo contienen. Tomé mi lanza y me decidí a esperar la jugada del
destino. Aguardé en equilibrio para poner en jaque al descuidado. Preparé mi
cuaderno para dar clases al extraviado. Tuve todo listo para dar consejo, para
ser un hombre más. Las columnas de agua saludaron mi posición, el pájaro
también, ambos son de rondar el reino del cielo. En el espejo del río vi mi
cara cruzada por el filo de la soledad.
Pasajeros
Pensé en tomar bajo mi mando una barca
pobre. Lo hice. Salí de mi refugio en la noche del primer día, hace ya tanto
tiempo. Atrás quedó la soledad. Siempre se empieza solo, y siempre se termina
solo. El río lleva su alma de barro en cada surco que funda la barca, y acomoda
su cuerpo de respiración lenta en mi garganta. Llevo pasajeros desde la noche
del primer día. Puedo decir que acompaño fantasmas en el principio y en el
final de cada viaje. Son muchos los ríos, muchos los pasajeros. Un pasajero: un
río. Se puede saber o no de la existencia de los ríos como hombres pasajeros.
Creo que algunos llegan a saberlo. Recuerdo las caras de los que piensan sobre
su condición pasajera sobre mi río. Pero nada cuento. Hay un momento del
tránsito en que las respuestas ya no interesan, es que las palabras se hunden
en el barro. Algunos abordan mi barca con las manos vacías, por pobres o
descreídos, otros llegan con ofrendas: pequeños objetos, panes, frutas,
pañuelos de colores. Sé de los caminos que los llevan hasta mi río. Ellos
forman una procesión en silencio. Todo aquello que hubo para decir fue dicho o
callado. Por lástima o cobardía son demasiados los que eligieron callar. Los
veo cuando empiezan a andar sobre las aguas bajas de la orilla. Desde la barca
ellos pueden ver hasta el recuerdo más lejano: cuando los primeros pasos, las
primeras escaramuzas del amor, el sabor de la primera injusticia, el dolor de
la ausencia. Desde la barca se llega hasta el firmamento de la memoria. Ellos
se guardan en ese cielo. Llevo fantasmas: los pasajeros siempre se acercan a la
orilla de mi río.
Hace años conocí a un hombre de mediana
edad. Hablaba poco. Hay hombres en la ciudad que experimentan una pulsión vital
que los define como superhéroes. Lo traté durante un invierno lluvioso. Salía
por las noches escondido bajo un amplio piloto. En la primera salida llevó en
el bolsillo interno de su capa una pistola Robin Hood de aire comprimido. Ante el
fracaso de la opereta, se decidió luego a llevar un cuchillo con mango de
madera, rebatible, que su amigo, el Tata, le había traído de París. No había
experimentado con la pistola en su departamento alquilado. Lo ganó el impulso y
la noche. El superhéroe caminó rumbo a Boedo. Llovía cuando se detuvo frente a
la primera botella de gaseosa (libre de etiqueta y sustancia original) llena de
agua, y atada con una piola a un árbol flaco. Quebró la Robin y cargó el balín.
En cuclillas encañonó a la botella de la cintura para abajo y le aplicó el
golpe del disparo. El balín de plomo dio rebote, pero no fue gol. Murió triste
dentro de un charquito cercano. Luego, con el cuchillo inició su etapa de
apuñalamiento malevo en una Buenos Aires recuperada para la justicia. El hombre
tenía un basamento ideológico para su hacer durante la lluvia. Así aparecía su
veta de superhéroe. Eran días en que la ciudad toda había sido invadida por
estos artefactos, las botellas de agua, unidos por una mecha a árboles y rejas.
La gente comentaba que el dispositivo era para que los perros no hicieran sus
necesidades en el lugar. La botella incolora era como un fantasma malvado. El
hombre decía estar en una cruzada a favor del “libregarco”, ese era el término
utilizado, de los canes del pueblo. Además me dijo que no entendía por qué se
podía “comer” (cuando había qué), y por qué (y aquí ya aparecía el recorte en
la libertad de expresión) había que “hacer sus necesidades”. Comer y cagar en
libertad, era el lema. Que mañana hubiera botellas de gaseosa llenas de agua
sobre las mesas, su terror futurista. Además le gustaba comer con vino tinto
libre.
La máquina
Un milonga poco rana le dijo mil veces a
la percantina que no le diera más letra para que él encendiera su máquina de
sacar chispas. La susodicha máquina cortaba humo de cigarrillo, palabras,
frases de amor: las que eran lugar común y las que no, sábanas, sonrisas,
momentos. Ella, según el galán, se especializaba en sentarse en una butaca un
tanto más alta que el resto, y desde ahí proclamaba sus verdades. Ella era
artista surrealista. Pintaba un eterno cuadro con toros y libélulas que tomaban
vodka en vaso chico y a fondo blanco. En el cielo volaban hombres felices que
escupían para arriba. Había lugar para el obelisco, un tranvía, Gardel, una
fina transparencia olvidada, y el suelo estaba cubierto de agujeros de taco
aguja, arte que ella también había descartado. El milonga le preguntó qué era
todo ese embrollo. Ella, empapada de surrealismo, cumplió con una palabrería
con aroma a cadáver exquisito, poema tan distinto al tango que los dos venían
escribiendo. El milonga le batía: Qué decís, chirusa, que no todo es recorta y
pega bretoniano, y entonces ahí nomás, se le salía la cadena y en un segundo se
encendía su máquina de sacar chispas. Es posible que artefacto semejante lo
hubiera heredado de su padre; el sueño de un diálogo sensato, también. De
muchacho aprendió que la vida no es un poema, y menos surrealista. El milonga
salía por las noches, tenía su refugio en un sótano de Palermo que la jugaba de
milonga globalizada: cartón pintado y pretensión. Ahí soñaba, junto a un puñado
de abacanados milongueros, que eran hombres de antes, que eran el reaseguro de
la amistad porque vivían entre los códigos del tango. La filosofía del milonga era:
no desearás la mujer del próximo. Creía ser el último macho con una máquina de
sacar chispas. Pero después de la revolcada que refería a los amigos, no se iba
a un bulín, volvía a casa. La percantina seguía tomando vodka con las
libélulas, y él bebía, en copita, una medida de tiempo espeso cortado con un
pelo de bigote de Dalí.

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