Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 10 de marzo de 2026

Textos recobrados 5


 

Apenas un puñado de fotos de tierra adentro. Palabras desde el cuore. El lugar donde se cuecen las almas que nos fundan en los barrios de la urbanía de la sangre. Almas como patrias. Somos un conjunto de patrias internas. Entre ellas somos memoria.

 

Finirla

 

A todos nos llega. Habrá que finirla, muchacho, avisaba Julián de Buenos Aires. En el barrio de donde vengo había un sabihondo que también te la explicaba. A los más limpios de alma, a los acechadores de la suerte, a los poetas melanco, y a los turros, a todos en esta fauna de la vida, les llega su Parca, la demócrata. Se lleva al rico que anota un día más de ostentación; chau para el pobre en sus dos categorías: el que sólo se lleva su verdad ácrata, y el humillado que parte con un chamuyo de domingo bajo el brazo. Funeral de lujo escuché que tuvo un astronauta ruso. Eterno el diquero en la órbita, sin aire no hay bichos. En cambio por estos lares sobra el aire y viene cargado, porque el bicherío presto se reúne adentro y afuera. Cuanta más moneda tenés más bichos juntás. La moneda tiene aroma, también la madera de mucho lustre. En el barrio que más quiero hubo un pintor que compuso un paisaje de La Boca en el interior de su sobretodo. Distinto hizo el fileteador que le mandó fioritura a la cáscara. Exhibía los navíos, uno para su mujer, en el living de su departamento en San Telmo. Es distinto irse en colores que en brillo de madera casi espejo. En mi caso elegí la palabra: tengo la receta de una rápida memoria escrita en un papelito para que bien encaje en la pilcha de todos los días. Y eso sí, encajonados los recuerdos, me voy para el fuego. Para hacerme humo y ceniza. La escritura es mi manera de sumar historias en la historia de la ciudad. Finirla como hoja y tinta, si es posible en letra de molde. Con la mirada detenida en el corazón de la llama. Escribiendo colores.

 

Hublina

 

 

Niebla del Riachuelo amanecida en los barcos carboneros, niebla que me rodea desde el día en que nací a tu lado. Niebla rancia de recuerdo seco, así fue cuando dije adiós. En mi lugar quedó el smog enganchado en los últimos diez centímetros de mi sombra. Recuerdo que el poeta Ergoto de Bonaero bautizó una nueva palabra y jamás volvió a decir smog. Hublina, dijo, porque ahora lo sé, aquello que me rodea es una mezcla de humo y neblina. Después de la noche del dolor, cuando dormimos enamorados en el cementerio, en el turbio fondeadero donde perdimos el corazón. Fue después, cuando la niebla, mi hublina, comenzó a suspirar de alegría en el recuerdo. Nunca más volví. Jamás volveré. Mi hublina rodea, persigue, habla. Tres ruedas son las que no se detienen en el centro de mi alma. Me llevan, me transporto. Niebla y recuerdo hublinoso afuera, y por adentro una garúa espejada en el alma. Atrás, lejos, el sol que a nadie importa. Sólo la niebla, otra vez la niebla en mi universo: la calle, la esquina, el barrio. Otra vez la hublina, mezcla de humo y neblina. Mi humo es el que nace en los muertos, como sucede en cada amanecer en la ciudad de Benarés, en la India, donde el humo nace muerto y persigue, herido de melancolía, el quehacer de los vivos. Él sigue amarrado al recuerdo. Fue como si le hubiera robado la sombra y regalado una noche sin grillos a orillas del Riachuelo. Quizás él piense en mi maldad. Quizá sueñe con mi especial inclinación para fundar vidas desgraciadas. Pero fue la niebla de los muertos, mi hublina de alma posesa, aquella que escapa, vuela, sobre tres ruedas.

 

Infierno

 

Por qué hay que esperar tanto la buena vida. No maté a nadie, y sin embargo, el infierno es mi compañía. Hay momentos en que sé que podría matar. Mi madre me dijo que la vida era linda. En cambio mi padre me aseguró que la vida había sido linda, que ya no, me dijo que así le había contado el abuelo a su papá. Me aseguró que así andamos todos los hombres, cayendo al pozo mientras nos deslomamos pensando en la altura. Ahí siempre se balancea una zanahoria. Cuelga en el cielo del parabrisas, como el Sol o la Luna. Para el que lo quiera ver, también cuelga, pero bien quieto, el espejito retrovisor que avisa de la vida que se fue tras la zanahoria, la que siguen inventando los mismísimos hombres. La condena tiene su forma. La tortura por la esperanza, le dije a mi padre. Él me señaló la piedra, la montaña, la altura. No hay Dios, dijo. La tierra es toda de los hombres, y también el cielo, si le sacás la cáscara. Además, dijo mi padre, este mundo está más que revuelto. Un revuelto Gramajo que estrangula los espíritus. A muchos ya no les importa tratar de ser buenas personas, y a la mayoría de los que sí, les alcanza luego con pasar por el laverap que abre los domingos en la iglesia. Es que es difícil, padre, ser buena gente. Me dijo que lo sabía, que eran tiempos sin memoria, que la gente se va olvidando de para qué vino a esta tierra, que es para vivir en paz, para trabajar un alma, una identidad que defienda la buena vida, amistosa y solidaria. Para encontrar la felicidad. Lo perfecto no existe, dije. Lo sé, quien esté libre de miserias que tire la primera piedra, dijo mi padre.

 

La cocina

 

La vida es una suma de tiempo que deja rastro visible en los cacharros de la cocina. Vuelta y vuelta se cocinan los días. Condimento a gusto de esperanza, sueños, miedos, muertes silenciosas. Cacharros en tensión: en ello pienso cuando miro la vida del que cuenta historias: cuántas más saldrán del caldero, cuántas más entrarán en el silencio tiznado de la historia. Cuánto dura la cocina de la escritura, cuánto tarda en cocinarse un personaje creíble en una cocina económica que respira con la leña justa. Un hombre de tinta que muchas veces tarda en tener nombre y que nace en los recreos del que tiene que ganar la moneda para su sustento. La idea es sorprender al arte con la mejor caricia. De caradura este escritor mete mano, toca, ofende, raspa, la pollerita de los días y noches sin fisuras: revuelve, sin paz, con el pensamiento, en el papel, con la tinta, con teclas, repitiéndose ideas sobre los cacharros fundacionales de su cocina. Una batería chamuscada le resguarda la inventiva, las dudas: a qué inventar, si la mejor literatura está en la calle, en las brasas, la leña, en el fuego inesperado de mi propia cocina. El escritor sabe de la última cena. Sabe que llegará sin aviso, lenta o rápido serán detalles que solo importarán a los demás, los que todavía tengan lugar en la mesa, los que sigan manchando cacharros de cocina. Con el barco escorado habrá que encarar la última página en blanco, mancharla, dejar constancia del límite de la sombra en la pared más cercana. Habrá que utilizar una braza apagada mientras bajo la económica quedan tres tirantes y el corte de una rama.

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