Apenas un puñado de fotos de tierra adentro.
Palabras desde el cuore. El lugar donde se cuecen las almas que nos fundan en
los barrios de la urbanía de la sangre. Almas como patrias. Somos un conjunto
de patrias internas. Entre ellas somos memoria.
Finirla
A todos nos llega. Habrá que finirla,
muchacho, avisaba Julián de Buenos Aires. En el barrio de donde vengo había un
sabihondo que también te la explicaba. A los más limpios de alma, a los
acechadores de la suerte, a los poetas melanco, y a los turros, a todos en esta
fauna de la vida, les llega su Parca, la demócrata. Se lleva al rico que anota
un día más de ostentación; chau para el pobre en sus dos categorías: el que
sólo se lleva su verdad ácrata, y el humillado que parte con un chamuyo de
domingo bajo el brazo. Funeral de lujo escuché que tuvo un astronauta ruso.
Eterno el diquero en la órbita, sin aire no hay bichos. En cambio por estos
lares sobra el aire y viene cargado, porque el bicherío presto se reúne adentro
y afuera. Cuanta más moneda tenés más bichos juntás. La moneda tiene aroma,
también la madera de mucho lustre. En el barrio que más quiero hubo un pintor
que compuso un paisaje de
Hublina
Niebla
del Riachuelo amanecida en los barcos carboneros, niebla que me rodea desde el
día en que nací a tu lado. Niebla rancia de recuerdo seco, así fue cuando dije
adiós. En mi lugar quedó el smog enganchado en los últimos diez centímetros de
mi sombra. Recuerdo que el poeta Ergoto de Bonaero bautizó una nueva palabra y
jamás volvió a decir smog. Hublina, dijo, porque ahora lo sé, aquello que me
rodea es una mezcla de humo y neblina. Después de la noche del dolor, cuando
dormimos enamorados en el cementerio, en el turbio fondeadero donde perdimos el
corazón. Fue después, cuando la niebla, mi hublina, comenzó a suspirar de
alegría en el recuerdo. Nunca más volví. Jamás volveré. Mi hublina rodea,
persigue, habla. Tres ruedas son las que no se detienen en el centro de mi
alma. Me llevan, me transporto. Niebla y recuerdo hublinoso afuera, y por
adentro una garúa espejada en el alma. Atrás, lejos, el sol que a nadie
importa. Sólo la niebla, otra vez la niebla en mi universo: la calle, la
esquina, el barrio. Otra vez la hublina, mezcla de humo y neblina. Mi humo es
el que nace en los muertos, como sucede en cada amanecer en la ciudad de
Benarés, en
Infierno
Por qué hay que esperar tanto la buena vida.
No maté a nadie, y sin embargo, el infierno es mi compañía. Hay momentos en que
sé que podría matar. Mi madre me dijo que la vida era linda. En cambio mi padre
me aseguró que la vida había sido linda, que ya no, me dijo que así le había
contado el abuelo a su papá. Me aseguró que así andamos todos los hombres, cayendo
al pozo mientras nos deslomamos pensando en la altura. Ahí siempre se balancea
una zanahoria. Cuelga en el cielo del parabrisas, como el Sol o
La
cocina
La
vida es una suma de tiempo que deja rastro visible en los cacharros de la
cocina. Vuelta y vuelta se cocinan los días. Condimento a gusto de esperanza,
sueños, miedos, muertes silenciosas. Cacharros en tensión: en ello pienso
cuando miro la vida del que cuenta historias: cuántas más saldrán del caldero,
cuántas más entrarán en el silencio tiznado de la historia. Cuánto dura la
cocina de la escritura, cuánto tarda en cocinarse un personaje creíble en una
cocina económica que respira con la leña justa. Un hombre de tinta que muchas veces
tarda en tener nombre y que nace en los recreos del que tiene que ganar la
moneda para su sustento. La idea es sorprender al arte con la mejor caricia. De
caradura este escritor mete mano, toca, ofende, raspa, la pollerita de los días
y noches sin fisuras: revuelve, sin paz, con el pensamiento, en el papel, con
la tinta, con teclas, repitiéndose ideas sobre los cacharros fundacionales de
su cocina. Una batería chamuscada le resguarda la inventiva, las dudas: a qué
inventar, si la mejor literatura está en la calle, en las brasas, la leña, en
el fuego inesperado de mi propia cocina. El escritor sabe de la última cena.
Sabe que llegará sin aviso, lenta o rápido serán detalles que solo importarán a
los demás, los que todavía tengan lugar en la mesa, los que sigan manchando
cacharros de cocina. Con el barco escorado habrá que encarar la última página
en blanco, mancharla, dejar constancia del límite de la sombra en la pared más
cercana. Habrá que utilizar una braza apagada mientras bajo la económica quedan
tres tirantes y el corte de una rama.


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