Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















UPCN Feria del libro 2018

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Presentación de "La marca de Gualeguay 1".

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 13 de octubre de 2023

Soldado Cartasso

Grabado de Juan José Cartasso


La expresión en la cara del soldado. Casi un personaje de ficción. Apareció el colimba. ¡Atención, soldado Cartasso! ¡En posición de llanto ocupe su tristeza! Descubierto soldado desde el misterio de la creación. Años después de mi paso por la colimba (febrero 1981 hasta poco antes de Malvinas). Soldado Cartasso. Una cara que dice la cara de todos. La cara en una copia de grabado. La copia dentro de una foto. Ésta en el taller del artista. Era 2008. Apareció la imagen mientras respetaba el impulso de escribir un libro memoria sobre el servicio militar obligatorio. Hace quince años escribí Subordinación y valor (para defender a la patria).

Entonces apareció un grabado. La expresión de una cara. En el trabajo del grabador, del artista. En mi memoria. Escuela de Caballería. Campo de Mayo. Última dictadura cívico/militar. Siempre memoria. En los primeros días de instrucción supimos que ellos tenían la facultad de golpearnos hasta donde entendieran que estaba bien, de insultarnos como personas, de denigrar nuestras familias, y de mostrarse satisfechos de su proceder. Un asunto de vital importancia: ser demostrativos era la prueba de la no existencia del soldado. En esos días se fijó en mí una sensación hasta ahí desconocida: respirar dentro de una trampera infinita. Sentía que la colimba era una especie de reino eterno, absoluto, algo que tuvo principio, pero que no tendría fin. No es un error anotar que lo “sentía”. Porque no lo pensaba. El frío estaba en mí. Era tal el descalabro humano que presenciaba que no podía imaginarme un final feliz. La noche de la humanidad existía y yo estaba dentro de ella. Me llevaron para aprender a defender a la patria, y creo que desde esos días, y a pesar de mi inconsciencia -era un pibe que poco o nada entendía de la vida- empecé a preguntarme qué cosa era la patria. En un capítulo de uno de mis libros, allá por el 2001, me pregunté por la patria. Siempre las mismas preguntas. Cuál mi patria. Cuál la patria de ellos.

Conocí al artista plástico Juan José Cartasso (1924-2017) a través de mi padre. Amigos y colegas. Pude charlar con Cartasso. Declaraba: Soy un creador de formas. Hubo charlas de café -mientras se construía nuestra amistad- y una entrevista a la que regreso: Mi papá tenía una empresa de pintura y yo desde chiquito andaba revolviendo colores con pinceles. Él me engañó, porque una vez me llevó a ver algunas casas en la calle Goyena, que eran casonas, y en el techo había pintados angelitos. Me dijo: cuando vos seas grande, yo voy a hacer pintar las paredes y vos vas a pintar los angelitos; y yo quería crecer para pintar angelitos. Yo nací adentro de un tacho de pintura. La entrevista ocurría en 2008, en su taller. Sábado a la tarde. Me regaló un grabado. Y sucedió que, entre los trabajos que vi sobre una mesa, había una fotografía de una de sus obras. Era una cara, pura oscuridad y sufrimiento. Pregunté si era posible quedarme con una copia de la foto. La imagen me impresionó, quería guardarme tanto dolor. No sabía por qué. La foto quedó apoyada contra mi computadora. Desconozco la razón que tuvo el artista para componer el trabajo, pero Cartasso me contó que de joven había dibujado muchos muertos, y si bien el pibe, el muchacho, no estaba muerto, su sufrimiento era de muerte.

Estos detalles cotidianos acompañaron las primeras páginas de Subordinación y valor. La foto ocupó su lugar transitorio sobre mi escritorio hasta el momento en que empecé a mirarla cada vez con mayor detenimiento: la cara del muchacho sale de la noche que en apariencia se guarda sobre la pared. Creo o siento que tiene los ojos cerrados, que los cierra de dolor e impotencia. La boca abierta, un abismo más oscuro que la noche. Labios gruesos. Llanto casi seguro. Una oreja se recorta contra la claridad que habita sobre un pequeño sector de la pared. La piel de la cara está invadida por la carcoma de la noche. La nariz es gruesa. Un grito como único final posible para esa oscuridad. Y es el pelo corto el elemento que termina por revelarme la sustancia verdadera del grabado de Cartasso: un colimba. Acaso, el rostro del soldado desconocido.

La imagen estaba en mis manos. Tuve así la certeza que de no encontrar las palabras justas para contar un colimba, la obra de Cartasso podría ayudar, es decir, la imagen pasó a ser parte de un libro que, si bien sería escrito, nunca fue publicado.

Sucedió entonces que desde el hallazgo tuve la ocurrencia de contar lo sucedido: la aparición del soldado Cartasso. Contar que la expresión “soldado Cartasso” era una manera de decir la tortura, la humillación, el dolor, el sufrimiento de un colimba.

El soldado anónimo tenía en su cara la expresión del soldado Cartasso apenas un instante antes de hacer el disparo en la noche. Intento de suicidio en la primera guardia. En la primera parte de la noche. En la puerta del polvorín. Porque en la Escuela de Caballería, en Campo de Mayo, se vivía en mala noche.

La orden fue pararse al pie de la cama. Todos ocuparon su lugar. El sargento tenía a un soldado tomado de los pelos. La orden fue formar una fila. El sargento mandó salto rana al soldado mientras lo pateaba. La fila empezó a moverse. Había que pasar frente a la cama del soldado que estaba siendo castigado. Luego del baño diario se colocaba el toallón extendido sobre la cama. Sobre el toallón un ejército de moscas nerviosas trataba de nutrirse de la mugre acumulada. Doscientos muchachos bañándose juntos en un tiempo mínimo. Todos se ocupaban de lo suyo. Nadie veía al soldado que no se bañaba. Que apenas corría el agua, utilizaba el toallón para cubrirse. El sargento, de dudoso amor a la docencia, ordenó al soldado que se desnudara y así lo sacó al playón. Hacía frío. A principio del otoño. Lo llevó a las patadas hasta los piletones que se usaban como bebederos para los caballos. Sargento equipado con clásico cepillo de mano para refregar la ropa. Madera y cerda amarilla. Soldado en el piletón. El sargento abrió la canilla, y cargó el cepillo con jabón. El agua helada golpeó sobre el cuerpo del soldado. El ciudadano bajo bandera, a esa altura de la barbarie del sargento, exhibía en su cara la expresión que lleva el soldado Cartasso. A partir de aquel baño, el soldado era llamado por los divertidos maestros de la suboficiadad de la patria de ellos: el sucio.

En la entrevista, Juan José Cartasso, habló de un detalle en el quehacer del artista: Para pintar o grabar, primero debe saber dibujar, entre los grandes pintores del mundo no hay uno que no sea un gran dibujante; hay que saber desdibujar y para hacerlo primero hay que saber dibujar, en eso no se puede mentir; el grabado te ayuda a entender y componer el blanco, el negro y el gris, y cuando una persona sabe hacerlo puede pintar lo que quiera. Quince años después de aquella charla me reencuentro con este pensamiento de Cartasso. Digo entonces que este artista grabador hizo suya la capacidad de entender y componer el blanco, el negro y el gris en las profundidades del alma humana. Solo de esta manera pudo “decir” el alma sufriente de un soldado. El alma desesperada que portaba el colimba que fui. Fuimos tantos los soldados humillados por la patria. Muchachos compañeros atrapados en la trampera de la patria, la de ellos.

El arte de Juan José Cartasso, en aquel mientras tanto de hace quince años, se sumó a mis papeles de trabajo. La escritura trabajó sobre una memoria en la que siempre estoy de regreso. Una besana de gubia a fondo. Servicio militar obligatorio. Antes y después de la colimba. Un tajo salvaje. Inhumano. Escribí a lo largo de un año. Incluí casi todos los nombres que recordaba. Los nombres de los humillados, y el de los torturadores. Entre pensamientos sobre la escritura, entre los sucedidos de la vida cotidiana donde se daba el impulso para aquella escritura, creció el recuerdo de la violencia vivida en la Escuela de Caballería.

Hubo una vez un encuentro de café. Un café después de comprender que la expresión de la persona del grabado me llamaba. Un café después de saber que si el texto alumbrado, un día, se vestía de libro, sería con el grabado de Juan José Cartasso en la tapa. El artista grabador dijo: sí, autorizado.

Pasaron quince años. No hay libro. Y está bien que así sea. Hay sí estos regresos a aquellas memorias. Una escritura más clara y certera. Una vida. Una mirada. La escritura como abrazo piadoso ante aquello que pareció trampera infinita. 

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