Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 2 de febrero de 2026

Textos recobrados 4


 

Cada click, cada foto es una puerta que se abre dentro de la memoria. En su sustancia nacen los puentes tendidos. La escritura es el desafío de tender puentes entre ideas y aparecidos, entre sucedidos. Y entre ficciones que, con sólo descubrir su esencia, tornan al fantasma imaginado en vero personaje para asumir su rol en el cuento. Escribo puentes para festejar la vida. Para contar desde distintos lugares. La memoria atenta. Y atenta la vida.

 

El desalojo

 

El pibe Rolando fue testigo de la jugarreta desesperada de su padre. Plena década del 40 en el barrio de Boedo. En noche de luna pobre, Julio Martín, el padre, abrió el cajoncito de la mesa y extrajo el tesoro. Todos dormían en la pieza. Abrió el envoltorio de papel de diario. Observó. Dio dos pasos hacia la puerta, pero desde la oscuridad Rolando dijo presente. Intentó que el pibe siguiera en la cama, pero fue imposible. Caminaron los dos por el patio de tierra hasta el galponcito de madera. Sobre ese patio Rolando, un día, enterró un tesoro: una vieja escupidera repleta de bolitas. No hizo mapa y se perdió el dato del lugar en su memoria: pudo volver a las bolitas sólo en sueños. Julio Martín buscó las herramientas necesarias y la escalera. Enfilaron hacia la puerta de calle. Independencia dormía tranquila. El hombre extrajo del bolsillo del pantalón la primera señal: la chapa enlozada con el número 3769, y entonces el local del frente perdió su número original: 3763. Julio Martín miró su obra y procedió a correr la escalera. Del bolsillo salió el número 3771, que al ser izado bajó el 3765. Vuelta a mirar: padre e hijo, en la noche y el silencio, trabajando por la familia. Se movió la escalera y entonces subió el 3773 para ser arriado el 3767, que era el número de la casa del gallego Ortega, el padre de Pichín. Julio Martín sabía desde hacía unos días que se venía el desalojo, una vez más en la vida familiar había que ganar tiempo para la huida. Entonces actuó de manera decidida. Marchó en la noche con destornillador, escalera, y Rolando. El oficial de justicia de pie, eterno, con su mano derecha apoyada sobre la puerta. Pasaron los años de su eternidad y nunca pudo despegarse de esa imagen. En sueños volvía sobre la chapa enlozada donde se leía el número del domicilio: Independencia 3771, y la dirección errada que llevaba el papel de la justicia. Así lo sueña Rolando. Él me contó la gambeta que hizo mi abuelo. Es una historia que voy a contarle a Julia, mi hija.

 

 

El llanto

 

Va tantas veces el cántaro a la fuente que sí: efectivamente puede romperse. De manera mutua se empiezan a ver a la distancia, después comienzan a dejar la vida para mañana. Sucede una vez, la primera: ella mira a la derecha mientras él hace lo propio con la ventana de la izquierda. En el centro nada, o casi nada: un par de juegos y palabras hipócritas, la pequeña mentirita, que como decía la canción, a veces, salva, y es cierto, pero sucede de vez en cuando: y casi nunca dentro de una pareja. Maquillaje amoroso mientras los días se van, mientras la piel se calma prometiéndose que mañana va a ser distinto. Porque puede esta historia de final estar limpia de maldades afines, de traiciones. Simplemente fue la tormenta de la que ninguno de los dos se supo resguardar. Después, siempre, llega el silencio. Llega el día en que sobre la puerta de la ausencia se abre el lamento. Aquí nadie se ha muerto, no hay mal que por bien no venga: los lugares comunes que respiran afuera. Luego de la tormenta queda el lamento de los quebrados por la historia. Mañana puede que los quebrados pinten otro paisaje, pero de momento viven en la herida: él y el llanto en la calle, en la mesa de café, en el banco de plaza: no sabe qué hacer, a qué amigo llamar. Ella está de llanto en el aire fresco que nace al pie del ascensor, en el descanso de las escaleras. Llora desde el séptimo piso. De vez en cuando el ascensor se mueve y enturbia el llanto. El ascensor no se detiene: nadie abre la puerta a espaldas de la mujer. Nadie sube por las escaleras. Él no vuelve, llora en la plaza, en domingo, en soledad.

 

 

El mensaje

 

De pibe viví en la provincia de Buenos Aires, en el oeste, en Martín Coronado. La Capital quedaba lejos, y se la visitaba de vez en cuando. Fue aventura de pequeño viajero ir a algunas canchas de fútbol. Fue aventura recorrer también varias galerías de arte en una tarde. Mi papá me llevó a ver fútbol con hinchadas amigas, y a ver exposiciones, a conocer pintores y pinturas. Al parecer la vida sucedía en la Capital. Mis ocho años de viajero entre dos mundos me llevaron al convencimiento de que más allá de la General Paz, después del tren y el subte, se llegaba a una tierra de misterio, belleza y pasión. Sucedió que mi papá, en un diciembre, llegó silencioso portando una maravilla técnica. La ocultó sobre el techo del mueble donde se velaba la porcelana que nunca se usaba en la mesa de todos los días. Mi papá pintaba su arte, y a mí, quizá por esas posibilidades que ofrecen los viajes, se me dio por encontrarme de maravillas con la lectura. Entre Julio Martín, mi abuelo poeta, y los libros, pronto me darían ganas de jugar a ser escritor. Lo oculto se rebeló en la nochebuena. Venía en bolsa de plástico. Plegado con suma prolijidad. Tenía esqueleto mínimo de alambre, y una boca ancha como para entrarle con un beso audaz a la explosión de la noche. Mi primer mensaje a otro cielo del universo lo envié a bordo de un globo con coraza de papel. Se elevó lento. Llevaba el corazón caliente, igual su saliva. No llevó palabras mi mensaje, consistió en el más puro asombro de pibe. El artefacto llegó desde la Capital. Durmió un último sueño antes de entrarle al misterio de mi provincia.

 

El puerto y el carro

 

La tierra de los hombres está salpicada de puertos. Si el dibujo se hace a partir de los sentimientos de pertenencia de las criaturas, el mapa portuario resulta imperfecto y cambiante. Un puerto: un territorio: una ciudad y su zona de influencia. El hombre que quiere y puede, elige dónde morir. Junto a cada puerto hay un socio de la muerte. Este personaje, durante su vida, y lo seguirá haciendo durante su muerte, será el encargado de tener trato con los fantasmas amanecidos. En Gualeguay, el elegido por la suerte o el destino, fue Catón. Nacido a principios del 1900 y muerto un día cualquiera de 1970. Catón realiza su servicio con un agregado. Se toma el trabajo de acompañar los cortejos hasta el cementerio. Luego de la hora de cierre del camposanto, acomoda sus elementos: balde con agua y jarro, y una bolsa de galleta. Después de la cena vuelve al cementerio e inicia la recorrida por las tumbas del día. Los fantasmas lo siguen hasta la orilla del Gualeguay, donde Catón toma prestado el bote pobre de un pescador. Pregunta a sus seguidores: Quién quiere partir hacia los confines de la naturaleza, quién quiere quedarse en la ciudad y el río. Avisa: El que se queda, trabaja más. La mayoría elige partir. Catón ofrece un jarro con un poco de agua y media galleta a los que suben al bote. Los cruza de orilla. Dice a los que se quedan: Es más trabajo porque hay que tentar la memoria de los vivos, cada día. Los fantasmas aguardan siesteando en la arboleda del parque Quintana. En la oscurecida construyen un carro de etérea apariencia de lata. Algunos montan la nao, otros tiran de ella, otros corren contra la brisa. El carro y su compañía baja en los fondos de las casas, en las plazas, en las chacras. En cada lugar los fantasmas hacen la vida como si nada los hubiera desplazado. Así se recuesta la memoria en la noche. La comitiva se establece sobre un último lugar, y allí aguarda hasta que el sol indica que es tiempo de hacerse niebla, humito, una simple apariencia de humedad.

jueves, 8 de enero de 2026

Textos recobrados 3

Óleo de Rolando Lois: Bajo la mirada del destino

 

Volver escribió Le Pera y cantó Gardel. Volver a un nuevo puñado de historias que son parte de mi territorio. Lo era hace diez, quince años. Digo que en mi escritura había cierta pasión. Cierta emoción por la imagen que quería contar. Digo también de la importancia vital de la memoria. De su construcción. Escribo en el aire, en el viento. Escribo cuatro fotos por donde anduvo el sonido de la muerte. Click, anoté.

 

Cuando el cielo se oscurece

 

Cuando el cielo se oscurece no puedo dejar de pensar en los cuadros que pinta mi viejo. Cielos de puras sombras son los que abren la tranquera para que entre la noche. Mi viejo juega al alquimista sobre una vieja paleta de madera. En ella amansa la esencia de la luz para ir acomodando su manera de sentir la noche. Una vez lograda la oscuridad primigenia, inicia el pincel su simple laborar. Lleva noche, y recorta para el regreso un momento del día. Lo acerca a la paleta donde enseguida, en la espesura de sus gamas bajas, se silencian los reclamos de la luz. Óleo color tierra, color nubes de tormenta. Recuerdo un cuadro: El cielo bajó a los campos. La tierra y el cielo, nuestros límites, formando una galería, un túnel, un destino. La vida, la mayoría de las veces, transcurre bajo un cielo de tormenta como los que pinta mi viejo. Los veo desde pibe. Me sigue resultando extraño levantar la vista y ver el azul cielo que anida sobre mi casa en la provincia. Los cielos de mi viejo son oscuros porque en ellos se mezcla una pizca de su personalísima poética del desencanto: una sincera enumeración de destinos desafortunados que vieron la luz por propia mano, por manos extrañas, y por las manos que siempre están antes de las nuestras. Todos debemos terminar el cuadro que empezó a pintar otro. Quizá por saber que esas historias ‘vieron la luz’ mala, mi viejo trata de controlar la claridad: tenerla a tiro, con poca soga. Siempre anduvo atento por la vida, sabe que se siente mejor en la noche, bajo los cielos de tormenta. Él mira desde su proa. Como Turner, uno de sus pintores admirados.

 

El caballo

 

Me contó el amigo Deolindo Romero que promediando el 1600 Hernandarias cruzó con un contingente de españoles el río Paraná. Esos fueron los primeros hombres blancos que atravesaron la provincia de Entre Ríos. Afirma Romero que hacerlo a caballo facilitó la empresa. El caballo no es oriundo de América. El porte del animal (murmuro: empequeñecía a la bestia que lo montaba, por eso aparecieron cascos y demás metales en la bijoutería asesina) se sumó a perros y armas de fuego. Asustaban al nativo, sembraban el pánico. Sabe Deolindo que quedaron muchos caballos por el departamento de Federal, lugar que en sus principios llevó el nombre de Paso de las Yeguas.

Romero guarda historias donde el caballo dice presente entre los hombres. Su padre fue carrero, llevaba los muebles que construía la carpintería Sperandío de Gualeguay. Deolindo cuenta que nació por segunda vez cuando el caballo tiró y en un salto del carro, el pibe que fue se golpeó la cabeza. Tenía dos años. Afirma que cuando abrió los ojos vio a sus padres, al cielo y a la barriada de otro modo. Recuerda Deolindo que en su barrio pobre, temprano por la mañana, lo despertaban, además de los golpes de hacha naciendo leña, el estrépito de los caballos que tiraban de los carros lecheros. También sabe que el preso más famoso que tuvo Gualeguay, Giuseppe Garibaldi, huyó con caballos hacia la libertad. Allá en 1837 los caballos cerraron el hocico, pero el baqueano, no: lo delató al comisario Millán, que torturó al futuro padre de Italia colgado de un brazo de la cumbrera de la comisaría/rancho.

Llamo “el memorioso” a Deolindo Romero porque construye su relato diario a partir de la memoria. La barriada, el barrio pobre, fue en sus principios un asentamiento de familias a orillas del río Gualeguay. Deolindo, nacido en 1942, es tercera generación de pueblos originarios. Su barrio pobre existió sobre una tierra que haría famosa otro hijo de Gualeguay: el escritor Juan José Manauta, el Chacho. La novela: “Las tierras blancas”.

 

El carrito

 

Era un carro de panadería. Julio Martín se acurrucó para hacer noche en un carrito de  reparto de pan. Acomodó esas noches cuando andaba por los doce, catorce años. Fue el anteúltimo hijo de una familia uruguaya, el único que nació en la Argentina. La familia había cruzado el charco a las apuradas: cuestiones políticas, persecuciones en blanco y colorado. En la otra orilla quedó la riqueza, la comodidad. En Buenos Aires los abarajó el aire de un conventillo. Hubo tiempo para que la madre volviera embarazada a una ciudad uruguaya, allí nació Ramón, que quedó a cargo de familiares. Julio Martín que había nacido en 1895 se quedó sin mamá a los tres años y sin papá a los doce; la Parca se hizo cargo, a diferencia de José, el hermano mayor, que entre el juego y las putas se olvidó del más chico. Julio Martín habrá mirado hacia la calle por sobre el borde del carrito, un poco jugando a refugiarse mientras quizá soñaba con poder sacar la cabeza de la inundación. No fue ni un solo día a la escuela, y sin embargo, terminó escribiendo poesías y obras de teatro, pintó cuadros y fue actor. Imagino que durante las noches habrá juntado fuerzas, impulso, instinto, así mientras, sin saberlo, se subía a la calesita de la vida. Piberío indefenso allá en los inicios del siglo pasado. Pienso en Julio Martín, mi abuelo, sigo viendo al poeta de pelo blanco caminar por el patio de mi casa paterna. Pienso en su suerte porque salió del carrito; pienso en el horror de cierta calesita macabra que gira infiernos, sea en Buenos Aires o Pakistán; pienso en la locura histórica y global de abandonar la vida a la timba de un viento que apenas acaricia el cada vez más ralo árbol de las sortijas.

 

 

El cielo

 

El secreto está en el cielo, dijo mi padre. Desde mis días de infancia guardo sus pensamientos referidos al cielo. Aprendí para toda la vida que allá en la altura hay caminos sinuosos; veredas muchas veces oscuras, aunque también existen unas pocas que pueden transitarse a cara limpia para, entonces sí, brindar al hermano y a uno mismo el costado de luz que puede llevarnos hasta la imagen por tanto tiempo buscada. En el cielo flota el barullo nacido de las criaturas aladas (las de la magia), de los elementos dibujados a través de la naturaleza, de las almas de los muertos que se dejan ver desde el continuo murmullo con que intentan guiar a los que aún están vivos.

Yo era un pibito de Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Miraba televisión en mi casa y en casa de amigos. Sucedió que en una de ellas, un día cerca de las seis de la tarde, vi por primera vez un dibujo animado que me llamó la atención. Un superhéroe: un murciélago que peleaba contra personas malas. Era murciélago, no hombre-murciélago. Mameluco amarillo con una letra B en rojo; botas y guantes en rojo. Cara de murciélago en azul tenue. Alas negras: “Mis alas son como un escudo de acero”. De la altura de un hombre. Su nombre: Batfink. Tenía un fiel ayudante: un gigantón con poco cerebro: Karate.

Batfink era transmitido por Canal 2 de la ciudad de La Plata. Los años ‘60 fueron suerte para unos, y no tanta para otros. Yo estaba entre los que la antena no les leía la señal del 2. No podía ver Batfink. Años después no pude ver la serie Rumbo a lo Desconocido.

Recuerdo el televisor encendido, a mi viejo subido a una escalera apoyada en el tanque de agua. Recuerdo su humanidad estirada para alcanzar la antena, y su esfuerzo para hacerla girar de a un centímetro. ¿Se ve?, me gritaba. Yo estaba parado frente a la ventana del comedor, en el patio: No. Todo era blanco mientras mi viejo movía la antena. Hubo una aparición fugaz, y vuelta a la nada.  Mi viejo tuvo razón: el secreto está en el cielo.