Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 10 de marzo de 2026

Textos recobrados 7

 

La vida como una sumatoria de fotos únicas. El fusil automático liviano con munición en la recámara. Una foto. Y otra foto la de aquella mujer en la sombra, antes del primer abrazo. Una foto arriesgada es la que muestra el mientras tanto de cuando se elige la esquina desde donde mirar el paisaje de la vida. Y está la foto de un final. Imaginaria la Parca en el click sobre el que todos preguntamos. Porque llegará el momento y habrá que recitarlo, escribirlo, dibujarlo. ¿Será como se nombra en la foto? Imágenes aparecidas. En ellas los aparecidos. En muchos de los días de mi vida escribí fotos. Algunas andan en el viento por las calles de Boedo.

 

La sombra de mi fusil

 

La única vez que apoyé un fusil sobre mi hombro, fue cuando me obligaron a pasar un año defendiendo a la patria. Fui a prácticas de tiro con mi fusil automático liviano. Primero debía apuntarle al chileno, y después resultó que no tanto al chileno, y sí a los ingleses. Me explicaron que el fusil era mi novia, que debía cuidarla y tenerla siempre limpia y dispuesta. Si iba a una guardia debía estar atento, no al posible ataque exterior, sino a las condiciones en que recibía el fusil: si había algo roto o un faltante, la patria le cobraba al soldado. Un fusil igual al mío, automático y liviano, le sirvió al sargento para aplicarle un culatazo en la cabeza a un gringo colorado que venía del campo: no había manera de que dejara de llamar escopeta al fusil. El sargento hizo su labor docente. No lo voy a negar, me entusiasmaba la posibilidad de usar mi fusil. Si estaba en un puesto de guardia alejado y algo ocurría debía avisar con un disparo al aire. Una vez cargué y estuve a punto, pero no, porque me cobraban las municiones. De la única manera que hubiese hecho una inversión, y esto lo hablé con mi viejo, era si me decidía a disparar sobre cabos, sargentos o tenientes. Ni el chileno, ni el inglés, no, mi munición para mi sargento: ellos las bestias, los borrachos, los que pagaban orgullosos el amor triste de las chicas de la ruta. En la Escuela de Caballería, Campo de Mayo, año 81, aprendí lo peor: a querer asesinar, a odiar, a robar al compañero. La ley: no a la vida solidaria. Recuerdo la vez que mi sombra tomó la sombra de mi fusil y le disparó al miserable: Berón de Astrada.

 

La sombra

 

La sombra es el perro más fiel que conocí, le dije a Batuque, mi perro, que muerto duerme su ausencia bajo la sombra del limonero. El mundo es una sombra, pensé después. Alma pura, cuentan que es todo el cuerpo de la sombra. Recomiendan también que hacia ella hay que mirar, que a ella hay que invitar un café para saber de quién, o de qué se trata la persona que nos interesa desentrañar. Llegar a la mujer a través de la sombra de su mano, de su pelo, de su pollerita de dibujar nuevos barriletes sobre el cemento. Nada más hermoso que intentar ver la sombra de una mujer que usa boina, una sombra de esas que salen a desestabilizar la noche. Intentar ver el dibujo para conocer sus secretos y sus placeres. Ver en la sombra como si leyera la mejor poesía, como si oteara las señales en la borra del mejor café. Es que mirar en la sombra es un oficio que roza y se nutre en lo fantástico. Hay infinidad de sombras en el mundo de adentro y en el de afuera; tantas sombras como almas cuando se mira desde un quinto piso o cuando se mira hacia las memorias de quienes fuimos. Un alma y una sombra, luego un puñado de decisiones. Le digo a Batuque que Rolando, nuestro padre, siempre pintó sombras en el cielo y en la tierra. Él no cree en Dios, cree en la sombra. Por eso, pienso, pero no le digo, que Batuque duerme bajo la sombra del limonero, y yo miro en las sombras de la mujer, y obvio, en las mías. Tomé la mano de la muchacha de la boina, la noche quedaba en San Telmo, y con una luz en la ochava, vi sobre los adoquines que nuestras sombras andaban de la mano. Íbamos camino al primer abrazo.

 

La vida es elección y tironeo

 

Para dejar nuestro registro en el universo hay que saber elegir, tomar una decisión. Para dejar huella en el cielo cercano, en la tierra: en una ciudad, y así hasta llegar a la célula madre: el barrio, hay que saber elegir, tomar una decisión. La vida es velocidad y tironeo constante. A veces las diferencias de chamuyo son claras; en otras situaciones las palabras son como niebla sobre el Riachuelo o el Gualeguay: las ideas, las posturas no poseen un troquelado perfecto, y entonces las figuras parecen cortadas por una tijera en manos de un pibe de primer grado. Y hay que tomar una decisión en el mundo de las marionetas y sus amos. Recuerdo que el amigo Salvador afirmaba que hoy, en estos días, la pregunta obligada se relacionaba con la ética. Fijate de qué lado de la mecha te encontrás, cantó El Indio. La ética del artista, la del periodista, la del vecino. Elegir la esquina desde donde mirar el paisaje, elegir la comida teniendo en cuenta los gustos propios: que no importe tanto la moneda y sí la cosecha de una identidad. No andar tragando alimento balanceado para pollos. El Profe Ricardo me dijo antes de morir: Pollo no como, pollo comen los suicidas. Lo dijo por esto de estar embobados por una luz, sin sueños. Un pensador de Boedo anotó: Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara. La vida es elección y tironeo, un partido confuso en el que hay que tratar de elegir sobre qué pared recostaremos nuestra memoria y la de los nuestros, con o sin Dios, que ese es un detalle en el alma. Cuidar la memoria: a resguardo del olvido, de la destrucción.

 

Madrugada

 

Leí al poeta Víctor Cuello de González Catán, quiere que a su muerte cubran su cuerpo con: “pedazos de amapola / perfume de piedra / lluvia color vino / pasto / trozos de libro”. Leí ayer y entonces salí de casa con el primer aire de la madrugada. Tiré de mi coche fúnebre: sobre la bicicleta fui mi propio caballo. Caminé unos metros hasta la mitad de la calle. Me detuve. Miré el cemento tratando de identificar el límite de la luz. Pensé en morir cuando me rodeara la niebla. La niebla es una trampera silenciosa: creemos que todavía no llega cuando en realidad ya estamos dentro de ella. Puede que la niebla tenga algo o mucho de la sintonía de la muerte. Pensé: este es un buen momento para morir. De pie en la niebla, cabeza gacha, recreando las historias que fueron cara, las que nacieron cruz. Morir sin miedo, en la tranquilidad de un destino de hombre tibio. De morir en una madrugada, y si hubiera cambiado mi dirección postal: del beso del fuego al hogar húmedo en la tierra, me pregunto: ¿con qué señales cubriría mi cuerpo? Y entonces mi memoria se va de boca, desbarrancan mis tesoros, se amontonan por lograr un lugar en esta escritura y luego entre las velas de mi nao. La disputa amanece, adivino que el trabajo será arduo, quizá demasiadas memorias/amores de personas, objetos, e imaginaciones bárbaras, juegos para mi boca cerrada. Es posible, creo, que cuando un hombre está listo para irse en la niebla enseguida señala el puñado de recuerdos con que se arropará en la tumba. Cuando llega la niebla, la memoria es escueta, no desespera. No somos más que un puñado de recuerdos.

Textos recobrados 6

 

Está dicho. Escribo fotos. Es decir, las escribí hace unos años. La escritura también produce un ruidito, un click. Supongo que también le pasaba a Roland Barthes. La tinta daba su click. Él contó su cuento. El click era el sonido de la muerte sobre toda criatura que andara despreocupadamente en el paisaje de la vida. La criatura y sus objetos. La criatura y sus ficciones. En definitiva, la criatura mientras construye, imagina, los sucedidos para la memoria. Había una vez un tiempo en que yo escribía fotos.

 

Equilibrio

 

Desde pibe me explicaron que el mundo tenía un atenuante. La clave estaba en encontrar el equilibrio. Debido a este consejo, es que a medida que crecía, me iba corriendo más y más hacia una de las puntas del tirante del que cuelga mi mundo. Escuché con atención las señales contradictorias que parten de los mensajes del hombre. Empecé a anotar las dudas en un cuaderno. El conflicto se asentaba en las palabras. Pero la recopilación de mensajes no frenaba mi intención de acercarme al extremo. Lo hacía con cuidado, no sabía muy bien por qué, nunca lo supe, pero al parecer la razón, la lógica había hecho nido en mí. La cuestión del equilibrio parecía atendible, me decía, mientras escuchaba la palabra del hombre. Mi mundo tiene punta o extremo como lo tiene un bote de lo más pobre: apenas la madera y el sueño de flotar. Pobre era, siempre fui pobre, en esta y en otras vidas. Con el paso de los días llegué al límite de mi nave. Estando sentado, mis pies llegaban al agua. La punta contraria de la nao no se levantaba del agua. Si estaba de pie, el bote se alejaba del agua. En cuclillas recobraba la apariencia del equilibrio. Es que el hombre pesa distinto de acuerdo a las ideas que lo contienen. Tomé mi lanza y me decidí a esperar la jugada del destino. Aguardé en equilibrio para poner en jaque al descuidado. Preparé mi cuaderno para dar clases al extraviado. Tuve todo listo para dar consejo, para ser un hombre más. Las columnas de agua saludaron mi posición, el pájaro también, ambos son de rondar el reino del cielo. En el espejo del río vi mi cara cruzada por el filo de la soledad.

 

Pasajeros

 

Pensé en tomar bajo mi mando una barca pobre. Lo hice. Salí de mi refugio en la noche del primer día, hace ya tanto tiempo. Atrás quedó la soledad. Siempre se empieza solo, y siempre se termina solo. El río lleva su alma de barro en cada surco que funda la barca, y acomoda su cuerpo de respiración lenta en mi garganta. Llevo pasajeros desde la noche del primer día. Puedo decir que acompaño fantasmas en el principio y en el final de cada viaje. Son muchos los ríos, muchos los pasajeros. Un pasajero: un río. Se puede saber o no de la existencia de los ríos como hombres pasajeros. Creo que algunos llegan a saberlo. Recuerdo las caras de los que piensan sobre su condición pasajera sobre mi río. Pero nada cuento. Hay un momento del tránsito en que las respuestas ya no interesan, es que las palabras se hunden en el barro. Algunos abordan mi barca con las manos vacías, por pobres o descreídos, otros llegan con ofrendas: pequeños objetos, panes, frutas, pañuelos de colores. Sé de los caminos que los llevan hasta mi río. Ellos forman una procesión en silencio. Todo aquello que hubo para decir fue dicho o callado. Por lástima o cobardía son demasiados los que eligieron callar. Los veo cuando empiezan a andar sobre las aguas bajas de la orilla. Desde la barca ellos pueden ver hasta el recuerdo más lejano: cuando los primeros pasos, las primeras escaramuzas del amor, el sabor de la primera injusticia, el dolor de la ausencia. Desde la barca se llega hasta el firmamento de la memoria. Ellos se guardan en ese cielo. Llevo fantasmas: los pasajeros siempre se acercan a la orilla de mi río.

 

La libertad

 

Hace años conocí a un hombre de mediana edad. Hablaba poco. Hay hombres en la ciudad que experimentan una pulsión vital que los define como superhéroes. Lo traté durante un invierno lluvioso. Salía por las noches escondido bajo un amplio piloto. En la primera salida llevó en el bolsillo interno de su capa una pistola Robin Hood de aire comprimido. Ante el fracaso de la opereta, se decidió luego a llevar un cuchillo con mango de madera, rebatible, que su amigo, el Tata, le había traído de París. No había experimentado con la pistola en su departamento alquilado. Lo ganó el impulso y la noche. El superhéroe caminó rumbo a Boedo. Llovía cuando se detuvo frente a la primera botella de gaseosa (libre de etiqueta y sustancia original) llena de agua, y atada con una piola a un árbol flaco. Quebró la Robin y cargó el balín. En cuclillas encañonó a la botella de la cintura para abajo y le aplicó el golpe del disparo. El balín de plomo dio rebote, pero no fue gol. Murió triste dentro de un charquito cercano. Luego, con el cuchillo inició su etapa de apuñalamiento malevo en una Buenos Aires recuperada para la justicia. El hombre tenía un basamento ideológico para su hacer durante la lluvia. Así aparecía su veta de superhéroe. Eran días en que la ciudad toda había sido invadida por estos artefactos, las botellas de agua, unidos por una mecha a árboles y rejas. La gente comentaba que el dispositivo era para que los perros no hicieran sus necesidades en el lugar. La botella incolora era como un fantasma malvado. El hombre decía estar en una cruzada a favor del “libregarco”, ese era el término utilizado, de los canes del pueblo. Además me dijo que no entendía por qué se podía “comer” (cuando había qué), y por qué (y aquí ya aparecía el recorte en la libertad de expresión) había que “hacer sus necesidades”. Comer y cagar en libertad, era el lema. Que mañana hubiera botellas de gaseosa llenas de agua sobre las mesas, su terror futurista. Además le gustaba comer con vino tinto libre.

 

La máquina

 

Un milonga poco rana le dijo mil veces a la percantina que no le diera más letra para que él encendiera su máquina de sacar chispas. La susodicha máquina cortaba humo de cigarrillo, palabras, frases de amor: las que eran lugar común y las que no, sábanas, sonrisas, momentos. Ella, según el galán, se especializaba en sentarse en una butaca un tanto más alta que el resto, y desde ahí proclamaba sus verdades. Ella era artista surrealista. Pintaba un eterno cuadro con toros y libélulas que tomaban vodka en vaso chico y a fondo blanco. En el cielo volaban hombres felices que escupían para arriba. Había lugar para el obelisco, un tranvía, Gardel, una fina transparencia olvidada, y el suelo estaba cubierto de agujeros de taco aguja, arte que ella también había descartado. El milonga le preguntó qué era todo ese embrollo. Ella, empapada de surrealismo, cumplió con una palabrería con aroma a cadáver exquisito, poema tan distinto al tango que los dos venían escribiendo. El milonga le batía: Qué decís, chirusa, que no todo es recorta y pega bretoniano, y entonces ahí nomás, se le salía la cadena y en un segundo se encendía su máquina de sacar chispas. Es posible que artefacto semejante lo hubiera heredado de su padre; el sueño de un diálogo sensato, también. De muchacho aprendió que la vida no es un poema, y menos surrealista. El milonga salía por las noches, tenía su refugio en un sótano de Palermo que la jugaba de milonga globalizada: cartón pintado y pretensión. Ahí soñaba, junto a un puñado de abacanados milongueros, que eran hombres de antes, que eran el reaseguro de la amistad porque vivían entre los códigos del tango. La filosofía del milonga era: no desearás la mujer del próximo. Creía ser el último macho con una máquina de sacar chispas. Pero después de la revolcada que refería a los amigos, no se iba a un bulín, volvía a casa. La percantina seguía tomando vodka con las libélulas, y él bebía, en copita, una medida de tiempo espeso cortado con un pelo de bigote de Dalí.

Textos recobrados 5


 

Apenas un puñado de fotos de tierra adentro. Palabras desde el cuore. El lugar donde se cuecen las almas que nos fundan en los barrios de la urbanía de la sangre. Almas como patrias. Somos un conjunto de patrias internas. Entre ellas somos memoria.

 

Finirla

 

A todos nos llega. Habrá que finirla, muchacho, avisaba Julián de Buenos Aires. En el barrio de donde vengo había un sabihondo que también te la explicaba. A los más limpios de alma, a los acechadores de la suerte, a los poetas melanco, y a los turros, a todos en esta fauna de la vida, les llega su Parca, la demócrata. Se lleva al rico que anota un día más de ostentación; chau para el pobre en sus dos categorías: el que sólo se lleva su verdad ácrata, y el humillado que parte con un chamuyo de domingo bajo el brazo. Funeral de lujo escuché que tuvo un astronauta ruso. Eterno el diquero en la órbita, sin aire no hay bichos. En cambio por estos lares sobra el aire y viene cargado, porque el bicherío presto se reúne adentro y afuera. Cuanta más moneda tenés más bichos juntás. La moneda tiene aroma, también la madera de mucho lustre. En el barrio que más quiero hubo un pintor que compuso un paisaje de La Boca en el interior de su sobretodo. Distinto hizo el fileteador que le mandó fioritura a la cáscara. Exhibía los navíos, uno para su mujer, en el living de su departamento en San Telmo. Es distinto irse en colores que en brillo de madera casi espejo. En mi caso elegí la palabra: tengo la receta de una rápida memoria escrita en un papelito para que bien encaje en la pilcha de todos los días. Y eso sí, encajonados los recuerdos, me voy para el fuego. Para hacerme humo y ceniza. La escritura es mi manera de sumar historias en la historia de la ciudad. Finirla como hoja y tinta, si es posible en letra de molde. Con la mirada detenida en el corazón de la llama. Escribiendo colores.

 

Hublina

 

 

Niebla del Riachuelo amanecida en los barcos carboneros, niebla que me rodea desde el día en que nací a tu lado. Niebla rancia de recuerdo seco, así fue cuando dije adiós. En mi lugar quedó el smog enganchado en los últimos diez centímetros de mi sombra. Recuerdo que el poeta Ergoto de Bonaero bautizó una nueva palabra y jamás volvió a decir smog. Hublina, dijo, porque ahora lo sé, aquello que me rodea es una mezcla de humo y neblina. Después de la noche del dolor, cuando dormimos enamorados en el cementerio, en el turbio fondeadero donde perdimos el corazón. Fue después, cuando la niebla, mi hublina, comenzó a suspirar de alegría en el recuerdo. Nunca más volví. Jamás volveré. Mi hublina rodea, persigue, habla. Tres ruedas son las que no se detienen en el centro de mi alma. Me llevan, me transporto. Niebla y recuerdo hublinoso afuera, y por adentro una garúa espejada en el alma. Atrás, lejos, el sol que a nadie importa. Sólo la niebla, otra vez la niebla en mi universo: la calle, la esquina, el barrio. Otra vez la hublina, mezcla de humo y neblina. Mi humo es el que nace en los muertos, como sucede en cada amanecer en la ciudad de Benarés, en la India, donde el humo nace muerto y persigue, herido de melancolía, el quehacer de los vivos. Él sigue amarrado al recuerdo. Fue como si le hubiera robado la sombra y regalado una noche sin grillos a orillas del Riachuelo. Quizás él piense en mi maldad. Quizá sueñe con mi especial inclinación para fundar vidas desgraciadas. Pero fue la niebla de los muertos, mi hublina de alma posesa, aquella que escapa, vuela, sobre tres ruedas.

 

Infierno

 

Por qué hay que esperar tanto la buena vida. No maté a nadie, y sin embargo, el infierno es mi compañía. Hay momentos en que sé que podría matar. Mi madre me dijo que la vida era linda. En cambio mi padre me aseguró que la vida había sido linda, que ya no, me dijo que así le había contado el abuelo a su papá. Me aseguró que así andamos todos los hombres, cayendo al pozo mientras nos deslomamos pensando en la altura. Ahí siempre se balancea una zanahoria. Cuelga en el cielo del parabrisas, como el Sol o la Luna. Para el que lo quiera ver, también cuelga, pero bien quieto, el espejito retrovisor que avisa de la vida que se fue tras la zanahoria, la que siguen inventando los mismísimos hombres. La condena tiene su forma. La tortura por la esperanza, le dije a mi padre. Él me señaló la piedra, la montaña, la altura. No hay Dios, dijo. La tierra es toda de los hombres, y también el cielo, si le sacás la cáscara. Además, dijo mi padre, este mundo está más que revuelto. Un revuelto Gramajo que estrangula los espíritus. A muchos ya no les importa tratar de ser buenas personas, y a la mayoría de los que sí, les alcanza luego con pasar por el laverap que abre los domingos en la iglesia. Es que es difícil, padre, ser buena gente. Me dijo que lo sabía, que eran tiempos sin memoria, que la gente se va olvidando de para qué vino a esta tierra, que es para vivir en paz, para trabajar un alma, una identidad que defienda la buena vida, amistosa y solidaria. Para encontrar la felicidad. Lo perfecto no existe, dije. Lo sé, quien esté libre de miserias que tire la primera piedra, dijo mi padre.

 

La cocina

 

La vida es una suma de tiempo que deja rastro visible en los cacharros de la cocina. Vuelta y vuelta se cocinan los días. Condimento a gusto de esperanza, sueños, miedos, muertes silenciosas. Cacharros en tensión: en ello pienso cuando miro la vida del que cuenta historias: cuántas más saldrán del caldero, cuántas más entrarán en el silencio tiznado de la historia. Cuánto dura la cocina de la escritura, cuánto tarda en cocinarse un personaje creíble en una cocina económica que respira con la leña justa. Un hombre de tinta que muchas veces tarda en tener nombre y que nace en los recreos del que tiene que ganar la moneda para su sustento. La idea es sorprender al arte con la mejor caricia. De caradura este escritor mete mano, toca, ofende, raspa, la pollerita de los días y noches sin fisuras: revuelve, sin paz, con el pensamiento, en el papel, con la tinta, con teclas, repitiéndose ideas sobre los cacharros fundacionales de su cocina. Una batería chamuscada le resguarda la inventiva, las dudas: a qué inventar, si la mejor literatura está en la calle, en las brasas, la leña, en el fuego inesperado de mi propia cocina. El escritor sabe de la última cena. Sabe que llegará sin aviso, lenta o rápido serán detalles que solo importarán a los demás, los que todavía tengan lugar en la mesa, los que sigan manchando cacharros de cocina. Con el barco escorado habrá que encarar la última página en blanco, mancharla, dejar constancia del límite de la sombra en la pared más cercana. Habrá que utilizar una braza apagada mientras bajo la económica quedan tres tirantes y el corte de una rama.