La vida como una sumatoria de fotos
únicas. El fusil automático liviano con munición en la recámara. Una foto. Y
otra foto la de aquella mujer en la sombra, antes del primer abrazo. Una foto
arriesgada es la que muestra el mientras tanto de cuando se elige la esquina
desde donde mirar el paisaje de la vida. Y está la foto de un final. Imaginaria
la Parca en el click sobre el que todos preguntamos. Porque llegará el momento
y habrá que recitarlo, escribirlo, dibujarlo. ¿Será como se nombra en la foto? Imágenes
aparecidas. En ellas los aparecidos. En muchos de los días de mi vida escribí
fotos. Algunas andan en el viento por las calles de Boedo.
La sombra de mi fusil
La única vez que apoyé un fusil sobre mi
hombro, fue cuando me obligaron a pasar un año defendiendo a la patria. Fui a
prácticas de tiro con mi fusil automático liviano. Primero debía apuntarle al
chileno, y después resultó que no tanto al chileno, y sí a los ingleses. Me
explicaron que el fusil era mi novia, que debía cuidarla y tenerla siempre
limpia y dispuesta. Si iba a una guardia debía estar atento, no al posible
ataque exterior, sino a las condiciones en que recibía el fusil: si había algo
roto o un faltante, la patria le cobraba al soldado. Un fusil igual al mío,
automático y liviano, le sirvió al sargento para aplicarle un culatazo en la
cabeza a un gringo colorado que venía del campo: no había manera de que dejara
de llamar escopeta al fusil. El sargento hizo su labor docente. No lo voy a
negar, me entusiasmaba la posibilidad de usar mi fusil. Si estaba en un puesto
de guardia alejado y algo ocurría debía avisar con un disparo al aire. Una vez
cargué y estuve a punto, pero no, porque me cobraban las municiones. De la
única manera que hubiese hecho una inversión, y esto lo hablé con mi viejo, era
si me decidía a disparar sobre cabos, sargentos o tenientes. Ni el chileno, ni
el inglés, no, mi munición para mi sargento: ellos las bestias, los borrachos,
los que pagaban orgullosos el amor triste de las chicas de la ruta. En
La sombra
La sombra es el perro más fiel que
conocí, le dije a Batuque, mi perro, que muerto duerme su ausencia bajo la
sombra del limonero. El mundo es una sombra, pensé después. Alma pura, cuentan
que es todo el cuerpo de la sombra. Recomiendan también que hacia ella hay que
mirar, que a ella hay que invitar un café para saber de quién, o de qué se
trata la persona que nos interesa desentrañar. Llegar a la mujer a través de la
sombra de su mano, de su pelo, de su pollerita de dibujar nuevos barriletes
sobre el cemento. Nada más hermoso que intentar ver la sombra de una mujer que
usa boina, una sombra de esas que salen a desestabilizar la noche. Intentar ver
el dibujo para conocer sus secretos y sus placeres. Ver en la sombra como si
leyera la mejor poesía, como si oteara las señales en la borra del mejor café.
Es que mirar en la sombra es un oficio que roza y se nutre en lo fantástico.
Hay infinidad de sombras en el mundo de adentro y en el de afuera; tantas
sombras como almas cuando se mira desde un quinto piso o cuando se mira hacia
las memorias de quienes fuimos. Un alma y una sombra, luego un puñado de
decisiones. Le digo a Batuque que Rolando, nuestro padre, siempre pintó sombras
en el cielo y en la tierra. Él no cree en Dios, cree en la sombra. Por eso,
pienso, pero no le digo, que Batuque duerme bajo la sombra del limonero, y yo
miro en las sombras de la mujer, y obvio, en las mías. Tomé la mano de la
muchacha de la boina, la noche quedaba en San Telmo, y con una luz en la
ochava, vi sobre los adoquines que nuestras sombras andaban de la mano. Íbamos
camino al primer abrazo.
La vida es elección y tironeo
Para dejar nuestro registro en el
universo hay que saber elegir, tomar una decisión. Para dejar huella en el
cielo cercano, en la tierra: en una ciudad, y así hasta llegar a la célula
madre: el barrio, hay que saber elegir, tomar una decisión. La vida es
velocidad y tironeo constante. A veces las diferencias de chamuyo son claras;
en otras situaciones las palabras son como niebla sobre el Riachuelo o el
Gualeguay: las ideas, las posturas no poseen un troquelado perfecto, y entonces
las figuras parecen cortadas por una tijera en manos de un pibe de primer
grado. Y hay que tomar una decisión en el mundo de las marionetas y sus amos.
Recuerdo que el amigo Salvador afirmaba que hoy, en estos
días, la pregunta obligada se relacionaba con la ética. Fijate de qué lado de
la mecha te encontrás, cantó El Indio. La ética del artista, la del periodista,
la del vecino. Elegir la esquina desde donde mirar el paisaje, elegir la comida
teniendo en cuenta los gustos propios: que no importe tanto la moneda y sí la
cosecha de una identidad. No andar tragando alimento balanceado para pollos. El
Profe Ricardo me dijo antes de morir: Pollo no como, pollo comen los suicidas.
Lo dijo por esto de estar embobados por una luz, sin sueños. Un pensador de
Boedo anotó: Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar
contra la lámpara. La vida es elección y tironeo, un partido confuso en el que
hay que tratar de elegir sobre qué pared recostaremos nuestra memoria y la de
los nuestros, con o sin Dios, que ese es un detalle en el alma. Cuidar la
memoria: a resguardo del olvido, de la destrucción.
Madrugada
Leí al poeta Víctor Cuello de González
Catán, quiere que a su muerte cubran su cuerpo con: “pedazos de amapola /
perfume de piedra / lluvia color vino / pasto / trozos de libro”. Leí ayer y
entonces salí de casa con el primer aire de la madrugada. Tiré de mi coche fúnebre:
sobre la bicicleta fui mi propio caballo. Caminé unos metros hasta la mitad de
la calle. Me detuve. Miré el cemento tratando de identificar el límite de la
luz. Pensé en morir cuando me rodeara la niebla. La niebla es una trampera
silenciosa: creemos que todavía no llega cuando en realidad ya estamos dentro
de ella. Puede que la niebla tenga algo o mucho de la sintonía de la muerte.
Pensé: este es un buen momento para morir. De pie en la niebla, cabeza gacha,
recreando las historias que fueron cara, las que nacieron cruz. Morir sin
miedo, en la tranquilidad de un destino de hombre tibio. De morir en una
madrugada, y si hubiera cambiado mi dirección postal: del beso del fuego al
hogar húmedo en la tierra, me pregunto: ¿con qué señales cubriría mi cuerpo? Y
entonces mi memoria se va de boca, desbarrancan mis tesoros, se amontonan por
lograr un lugar en esta escritura y luego entre las velas de mi nao. La disputa
amanece, adivino que el trabajo será arduo, quizá demasiadas memorias/amores de
personas, objetos, e imaginaciones bárbaras, juegos para mi boca cerrada. Es
posible, creo, que cuando un hombre está listo para irse en la niebla enseguida
señala el puñado de recuerdos con que se arropará en la tumba. Cuando llega la
niebla, la memoria es escueta, no desespera. No somos más que un puñado de
recuerdos.

