Una certeza. Lo sé hace tiempo. Las fotos que tomamos al paisaje. Digo estas fotos que escribí hace años -y que ahora, al volver a leer, escribo- nacieron en un click -la velocidad de la muerte, anotó Roland Barthes en La cámara lúcida- que primero se dio en el interior de mi memoria. Con aquello que llevo cosechado en el interior de mis almas, de mi sangre, de mis patrias internas. Con cantidad de pequeñas palabras y casi insignificantes gestos que hicieron labor en el quehacer de los días, tomé las fotos del afuera. Rainer Maria Rilke escribió en su novela Los cuadernos de Malte Laurids Brigge que todos llevamos, desde que nacemos, la muerte en el pecho. Al frente. En las caras de la memoria. Cada uno tiene su muerte. Cada uno escribe las fotos que puede.
Mi abuela Eufemia
Un puñado de imágenes acompañadas por un guión mínimo hace posible
el regreso a mi abuela Eufemia, la querida y la lejana. Puedo volver a la
caminata con mis padres rumbo a su casa. Doce, quince cuadras hasta la abuela.
Quedarme un fin de semana con ella, a mis ocho años, era la aventura.
Significaba caminar en la mañana por calles rodeadas de eucaliptos gigantes. Mi
abuela, el mundo fresco del día que recién comenzaba y yo. Solito iba hasta el
almacén de la vuelta a comprarle al señor gordo un pedazo de queso, salame
marca 58 y pan francés: un manjar. La luz de
Mi vida como fantasma
Ocurre cada vez más seguido. Pienso en mi vida como fantasma.
Cuando mañana sea la muerte fundiré mis almas en la simulación de la ausencia.
Lo pienso como conjuro contra
Miedo
El miedo inicia su ronda en los tiempos más tempranos de la vida. En el centro de esa calesita quedó mi memoria. El miedo básicamente se construye de sucesivas capas de soledad. Quizás el miedo se funde en el momento mismo en que perdemos el mar primordial, el refugio en la madre. A la soledad heredada luego se sumaron las criaturas extrañas, aquellas que viven o que usan las sombras para tomar forma y avanzar sobre hombrecitos que, como yo, intentaban cumplir con el descanso de la siesta y la noche. Por más que mis padres me daban pista de la no existencia de estos monstruos, yo sabía que estaban, y que sabían esconderse cuando había adultos en mi pieza. Recuerdo también una historieta en donde se derretía un espantoso tío Silas. La leí sentado en la escalera que llevaba a la terraza de la casa. Era otoño, de tarde. Con esa lectura volvieron todos los espantos almacenados en la memoria. Todos reunidos en torno a mi soledad. Busqué refugio en la casa donde mi mamá me tejía un chaleco contra fantasmas, para llevar debajo del saco mayor. Creo recordar que dijo: Es contra el frío de los aparecidos. Mi mamá tiene Dios como toda la buena gente. Ella tiene Dios porque tiene miedos, y miedo le tiene al mismísimo Dios. Es el miedo una de las mejores maneras de conservar el rebaño. Cuando era pibe, el miedo, la posible amenaza, se guardaba también al otro lado de la vía y en los pasillos de la casa abandonada. En ella había, además de miedo, un altar con una virgen y en una chapa nombres de personas, fecha de nacimiento y muerte. El miedo de mamá era a la muerte, a lo desconocido. El socialismo de papá tuvo que transar con el miedo de mamá, y me bautizaron ya grandecito. El cura cobró. Ellos no eran casados por iglesia. Fui por un pasillo largo hacia la luz que debía salvarme. Yo miraba hacia atrás y a la derecha, siempre los monstruos aparecen de ese lado. Pensé: mejor un chaleco de mamá, que un Dios que alquila la luz con plata de papá. Me llevaba mamá, pero iba solito.
Muerte súbita
Neruda eligió mirar el océano, junto a su compañera, desde la tumba. Estuve en la casa de Isla Negra, frente al Pacífico. John Houston en su última película “Desde ahora y para siempre”, basada en el cuento “Los muertos” de James Joyce, enfoca la mirada hacia el amor: sobre algunas tumbas la nieve cae desconsolada. Nieva sobre Dublín. Cuando supe que yo quería una tumba con forma de pirámide, deseché la posibilidad del sol rabioso, lo odio, y en cambio imaginé la eternidad rodeado de aire frío y arropado con nieve. Alejada de la casa, en el parque, construí yo mismo la pirámide. San Martín de los Andes sería mi cementerio. Mi mujer se rió. Me miró con lástima. Llegado el momento solo le pedía silencio y discreción. En la comunidad siempre fui una sombra. Nadie notaría mi ausencia. Todo quedó dispuesto para mi muerte. Pero la historia al parecer no fue autorizada por el destino. Morí de forma repentina, casi súbita. Tuve que dejar mi vida, mis quehaceres en el escritorio silencioso, dejé de escribir allá en el sur. Ella me dijo que no me aguantaba más. Andate, morí rápido. Tuve que dejar la casa y mi futura tumba. Planteé enigmas en sus medidas que a nadie importan, hice mis cuentas como los egipcios, y tampoco se cumplirán mis pintadas proféticas: soy la prueba del fracaso. Cuando nieva me hago una escapada y le tomo una foto. En la última, ella y su nuevo faraón intentan retirarle la nieve. Lo hace con cada nevada para que no tenga ni siquiera la posibilidad de imaginar el sueño cumplido. Ella sabe que vuelvo del más allá. Al final, cuando nieva muero entre los árboles.


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