El gesto
En
el aire, en el viento, se escuchó el click. Porque de seguro se vio el gesto.
En algún recoveco de la década del 30, el gesto. ¿Dónde? El lugar de la
promesa, una calle de Buenos Aires. Alguien puede preguntarse. ¿Quién en el
fuera de campo? Misterio. Importa el gesto sobre una vereda de la ciudad. Una
calle de adoquines. Las casas. Todo se achica mientras entra en la lejanía. Una
profunda perspectiva se lleva un par de autos al fondo de la toma. Pero no
importa. Sólo anuncia, avisa el gesto. Hay cierta tensión en las miradas. Una
cierta desconfianza. Las miradas señalan a un costado en el momento del disparo.
Entonces se escucha el silbido de la velocidad de la muerte. Click. Ellos nada
saben de Roland Barthes. No saben que ya nunca serán los que fueran cuando ese
disparo, esa velocidad. Y tampoco saben que, sin consciencia de sus
movimientos, guardarán el gesto. Habrán pasado casi noventa años cuando el
otrora pibito de zapatos y medias blancas siga acariciando la fotografía
pequeña. La guarda junto al documento de identidad. Un tesoro. Recuerda haber
mirado a su hermana. Ella, la del vestidito claro, zapatos blancos, también las
medias. Él lleva puesto un gran moño sobre el pecho. Pintitas blancas sobre
tela oscura. Pantalón en una pieza con la pechera. Parece que alguien intenta
hurtar algo en la escena. Hay cierta fragilidad en la mañana. Los hermanitos
son sorprendidos. Por eso se refugian en el gesto. Es el punctum de la foto.
Otra vez Barthes. Es el detalle. Es aquello que punza el tiempo. El gesto. El
secreto que guarda la memoria. Es cuando se toman de la mano. Click. Un gesto
para toda la vida.
La
cúpula
Es una mujer empoderada. Está secuestrada. Quiere escapar antes de que decida el enamorado del horror. De lo inhumano. E inicie el fuego. Está presa en la cúpula. Presa porque muchos la quieren demasiado. Y también porque está la gente que no. Esa gente que la odia tanto. Hay amores peligrosos. Ella baila en el balcón. Baila durante el día. De noche simula escapar por las ventanas de otros pisos. Saca sus manos por las ventanas. Una de sus magias. Sus manos. Otras magias. Sus palabras. Sus miradas. Vio en un sueño que la cúpula del hotel Chile ardería cuando el piantado, el muñeco resentido, el adelantado de la crueldad, decida al fin echar fuego a la cárcel. La mujer piensa que la cúpula ha sido sacada de un cuento de terror. Parece tener un ojo. Bien alto el ojo. Parece ser una cara de animal que no termina de morir. Un animal con poco de humano. Una criatura atragantada en los misterios de la naturaleza. Una especie de mastín fantasma que hace juego con el muñeco, el adelantado. Hay días en que ella habla con otras mujeres. Desde el balcón a la calle. Dice que no la dejan salir. Dice que todos saben que está secuestrada. Dice que le dejan recibir pocas visitas. Y dice que todo el mundo sabe. Y que así cómo saben, algunos propios y otros tantos extraños, se dejan estar. Y callan. El muñeco carcelero es de inteligencia pequeña. Queda claro cuando, por ejemplo, se compara su manera de decir con la capacidad de gola y juego palabrero de la prisionera. Ella sabe de contar las historias. Es irónica. Pasa factura a cualquiera de sus carceleros. Hombres que esquivan las ideas de la mujer. El muñeco la ha visto sacar sus dedos por las ventanas del edificio. La ha visto levitar en el balcón de la cúpula. Crece en intensidad. Es hermosa. Habla. Ella se burla. Describe al detalle el paisaje que la rodea. La conspiración del poder. Ella sabe medir el miedo. Porque le tienen mucho miedo. Por eso está encerrada. El edificio es un lujo. Pero al muñeco resentido lo ciega la enfermedad. Su figura no lo ayuda. Un cachorro bajo, de tranco corto. Su discurso lo sentencia como animal bruto, ordinario. Un simple con intención de entrarle al fuego. Obediente. Arrastrado. Servicial y comprometido con sus mandaderos. La prisionera supo cuando llegó el día elegido. Entonces en la mañana, mientras el muñeco daba las órdenes, ella salió al balcón de la cúpula y bailó. Y una vez más sus palabras describieron la realidad. Fue en ese momento que el pueblo que la había escuchado durante su prisión se reunió en la esquina. Ella caminó entre las llamas. Como mujer empoderada de cuento fantástico. Ella reía. Ella se perdió entre la gente.
Colisión




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