Me enseñaron que el mundo era rectangular, y era cruzado. Sucedió en
los tiempos en que me inauguré como sala de exposición, como siervo del señor.
Lo acepté porque el señor es de temer: habla de amor, pero procede con el fuego
y la venganza. No le faltes al señor, es decir, a sus empleados. Ellos me
enseñaron a acariciar los límites del rectángulo, a colocar mis ojos en cruz.
Ay, la cruz, una vez escuché al poeta Polycrates: Llevar una cruz al cuello es
como colgarse una picana. Hoy es la electricidad, antes fue la cruz, también el
fuego, y el metal de los instrumentos necesarios para ejecutar el tormento que
aseguraba que el mundo siguiera siendo tan rectangular, y tan cruzado. El
cuadro, el simulacro de libro que cuelga de mi cabeza, o mejor, que es mi
cabeza, lleva una cruz al frente, arte y disimulo, alguien dijo en voz baja. La
misma cruz del frente, se repite en la contracara. Él murió por nosotros, también
me enseñaron ellos. Otra tragedia, me dije, en este mundo que se mantiene en el
tiempo. Rectangular, o casi cuadrado, más o menos así era el mundo sobre el que
se movieron los primeros navegantes. Animales, bestias, hombres sin alma, sin
la más mínima idea sobre cómo era el mundo. Llegaron ellos junto a la cruz que
reza en la empuñadura de la espada, junto a los templos, y contaron la
historia, y de alguna manera, los que escribieron simulacros como el que llevo
en mi cabeza, borraron los límites en los mapas y el mundo progresivamente fue
dejando de ser rectangular y cruzado. Ahí el engaño: ellos siguen enseñando un
mundo diferente al que aparece en los mapas.
domingo, 23 de noviembre de 2014
domingo, 2 de noviembre de 2014
El llanto (La foto: Diario Tiempo Argentino: 02 de noviembre de 2014)
Va tantas veces
el cántaro a la fuente que sí: efectivamente puede romperse. De manera mutua se
empiezan a ver a la distancia, después comienzan a dejar la vida para mañana.
Sucede una vez, la primera: ella mira a la derecha mientras él hace lo propio
con la ventana de la izquierda. En el centro nada, o casi nada: un par de
juegos y palabras hipócritas, la pequeña mentirita, que como decía la canción,
a veces, salva, y es cierto, pero sucede de vez en cuando: y casi nunca dentro
de una pareja. Maquillaje amoroso mientras los días se van, mientras la piel se
calma prometiéndose que mañana va a ser distinto. Porque puede esta historia de
final estar limpia de maldades afines, de traiciones. Simplemente fue la
tormenta de la que ninguno de los dos se supo resguardar. Después, siempre,
llega el silencio. Llega el día en que sobre la puerta de la ausencia se abre el
lamento. Aquí nadie se ha muerto, no hay mal que por bien no venga: los lugares
comunes que respiran afuera. Luego de la tormenta queda el lamento de los quebrados
por la historia. Mañana puede que los quebrados pinten otro paisaje, pero de
momento viven en la herida: él y el llanto en la calle, en la mesa de café, en
el banco de plaza: no sabe qué hacer, a qué amigo llamar. Ella está de llanto
en el aire fresco que nace al pie del ascensor, en el descanso de las
escaleras. Llora desde el séptimo piso. De vez en cuando el ascensor se mueve y
enturbia el llanto. El ascensor no se detiene: nadie abre la puerta a espaldas
de la mujer. Nadie sube por las escaleras. Él no vuelve, llora en la plaza, en
domingo, en soledad.
domingo, 12 de octubre de 2014
El amanecido de Leopoldo "Teuco" Castilla (Libro recordado, Diario Tiempo Argentino: 12 de octubre 2014)
La emoción me
gana cuando recuerdo El amanecido. Recuerdo al Teuco Castilla diciéndome que
escribió sus poemas en las amanecidas. Y me digo que en esos amaneceres el
poeta logró la maravilla: “Y estoy yo, ateo, sin iglesias, / milagroso”.
Siempre tomo el libro, lo abro al azar, espío unas líneas. El Teuco sonríe y
mira, ay, la mirada del Teuco: en la palabra sus muertos, su tierra, la
infancia, felices las obsesiones del poeta. “Hay que entrar callado: la muerte
es otro monte”, aconseja; “Dentro de sus hijos, indefenso, / dura el padre, /
intruso en su propio nacimiento”, revela. El Teuco me habla cada vez que abro
su libro, porque no resisto la tentación de entrarle a la memoria de la sangre
y el paisaje. Hay un hombre apasionado detrás de esta poesía, de este libro
fundamental para entrar y salir de la vida y la muerte. Maravilla del recuerdo,
hallazgo vital en cada verso. Por eso lo recuerdo: me invita a vivir y a morir
en la poesía de un lugar, un tiempo, de un alma milagrosa de ateo.
domingo, 21 de septiembre de 2014
Tensar la línea (La foto, diario Tiempo Argentino: 21 septiembre 2014)
Allá lejos,
cuando la adolescencia, tuve el impulso de comprar una caña de pescar. Una
decisión acompañada por las historias de mi viejo: de muchacho iba a pescar con
sus amigos de Boedo a la Costanera. Tuve
mi experiencia sobre el borde de cemento, de cara al Río de La Plata; fui de pesca y
campamento de fin de semana sobre el Paraná de las Palmas. Pude tensar la línea
disparada hacia el cielo y ver luego el freno del plomo en el aire. Una manera
de detenerme a pensar: ay, el presente y su mejor cara, lo efímero. Luego caí
hacia las aguas, al misterio, a la maravilla dolorosa de ser consciente de la
caída, porque caída habrá, y misterio, siempre. La vida bien puede ser
transitada en el misterio, desde el misterio. Se ve que lo aprendí mientras la
caña de fibra de vidrio se combaba, y se acercaba a la tierra para apuntar
presta al cielo, el otro misterio. La vida toda es misterio, me dije, me digo.
Recordé que mi viejo dejó la pesca en la memoria y siguió con esa manera de
tensar que nunca dejó: vivió tensando su paleta de de pintor de gamas bajas: su
manera de zambullirse en el óleo. Dejé la pesca, esa otra manera de tensar, y
comencé a tensar mi tanza de vida alrededor de la lectura y la escritura. Como
el abuelo Julio, que fue poeta, y que casi con seguridad, supo de tensar la
cuerda, su pesca, y también la dejó por su poesía. Mi viejo lo imaginó, eso
pienso, como yo lo imaginé tantas veces arrancando en Boedo para luego bocetar un
paisaje sobre la tela, una acción de recordación inventiva: tensó su pintura en
el paisaje que recordó y el que imaginó, y así pescó la vida.
domingo, 31 de agosto de 2014
Sangre (La foto, Diario Tiempo Argentino, 30 de agosto de 2014)
El empleado de
uno de los tantos dioses bendijo con sangre. Como si desde el principio de los
tiempos de cada historia, el dios y el empleado hubieran olvidado, o peor,
ignorado, las lágrimas de la víctima: el suplicio. La sangre de un cuerpo a otro:
el quebranto, el fogonazo de uno a otro. La historia de la sangre derramada
completa la biblia donde el hombre se narra. Espada y estilete al corazón de la
criatura. Munición en la recámara, sacar seguro, modalidad tiro a tiro o en
ráfaga: unción perforante. La sangre y su historia de río que va desde los
rápidos hasta el discurrir manso: los minutos se acomodan por última vez. La
sangre fuera de cauce moja presta la oreja de la Parca. Cuando el hombre llega a
viejo piensa en el momento cercano en que la sangre no sea río. Entonces salta con
ritmo acentuado sobre la soga que une los extremos de la vida y la muerte.
Cuánto hubo de felicidad, cuánto de su ausencia. El hombre piensa y entonces a las
verdades las tapa la bruma. Es posible que la paz se pierda. Sobre la sangre
fuera de cauce también piensa el poeta viejo, que viene de andar la vida entre su
alma maravillada y la muerte que lamerá las rocas y la filosofía de su vaso. El
vaso sobre el escritorio. Hoja en blanco, lapicera de tinta roja. El poeta viejo
de exacerbado trago trata de mantener en pie su arboladura, la nao sobre la
sangre, el río: su cauce. Hace memoria y encuentra feliz el rastro de su
primera sangre. Lamenta, además, que sea uno de los grandes ocultamientos de
los dioses y de sus empleados: es necesario saber por qué, cuándo fue derramada
la primera sangre.
domingo, 10 de agosto de 2014
La sombra (La foto, Diario Tiempo Argentino: 10 de agosto de 2014)
La sombra es el
perro más fiel que conocí, le dije a Batuque, mi perro, que muerto duerme su
ausencia bajo la sombra del limonero. El mundo es una sombra, pensé después.
Alma pura, cuentan que es todo el cuerpo de la sombra. Recomiendan también que
hacia ella hay que mirar, que a ella hay que invitar un café para saber de
quién, o de qué se trata la persona que nos interesa desentrañar. Llegar a la
mujer a través de la sombra de su mano, de su pelo, de su pollerita de dibujar
nuevos barriletes sobre el cemento. Nada más hermoso que intentar ver la sombra
de una mujer que usa boina, una sombra de esas que salen a desestabilizar la
noche. Intentar ver el dibujo para conocer sus secretos y sus placeres. Ver en
la sombra como si leyera la mejor poesía, como si oteara las señales en la
borra del mejor café. Es que mirar en la sombra es un oficio que roza y se
nutre en lo fantástico. Hay infinidad de sombras en el mundo de adentro y en el
de afuera; tantas sombras como almas cuando se mira desde un quinto piso o
cuando se mira hacia las memorias de quienes fuimos. Un alma y una sombra,
luego un puñado de decisiones. Le digo a Batuque que Rolando, nuestro padre,
siempre pintó sombras en el cielo y en la tierra. Él no cree en Dios, cree en
la sombra. Por eso, pienso, pero no le digo, que Batuque duerme bajo la sombra
del limonero, y yo miro en las sombras de la mujer, y obvio, en las mías. Tomé
la mano de la muchacha de la boina, la noche quedaba en San Telmo, y con una
luz en la ochava, vi sobre los adoquines que nuestras sombras andaban de la
mano. Íbamos camino al primer abrazo.
viernes, 18 de julio de 2014
Bitácora de lluvia, la primera novela de Edgardo Lois por Tuky Carboni
Generalmente,
los escritores solemos tener reparos en mostrar nuestros primeros trabajos. En
esa cautela, hay algo de la necesaria autocrítica que debemos ejercer sobre lo
que escribimos; estamos aprendiendo a caminar por el bello sendero de las
letras y nos sentimos vulnerables, inseguros. De todas maneras, esta actitud de
responsabilidad ante el lector es, creo, mucho más deseable que la posición
opuesta: creernos genios o escritores iluminados que sólo debemos lanzarnos al
ruedo y esperar que los demás aplaudan, deslumbrados por nuestra pericia en
manejar el lenguaje. La primera actitud, la de caminar con pie de plomo por la
explanada de las letras es, creo, más inteligente; sobre todo si somos
sensibles; porque nos permite estar conscientes del riesgo que corremos:
lastimarnos seriamente e infligirnos una herida que tardará en cicatrizar; si
cicatriza. La segunda, la de la confianza ciega, tal vez sea más brillante y
tentadora; pero, al dar la impresión de saberlo todo acerca de la escritura,
desanimamos los aportes constructivos que los demás podrían hacernos para
mejorar nuestro trabajo. Y nos perdemos la lección. Este sería, de cualquier
forma, un mal comienzo. Cuando, con el correr del tiempo, presentemos otro
trabajo, más burilado, más mesurado, más digno de un escritor, ya se habrá
instalado en los lectores o los críticos ese sentimiento de rechazo que
generamos, a medias con nuestro texto y a medias con nuestra actitud.
Cuando
mi nuevo amigo Edgardo Lois me obsequió “Bitácora de Lluvia”, su primera novela, me aconsejó “que
lo tomara con calma”; así está escrito en la dedicatoria. Me preparé entonces,
anímica e intelectualmente, para leer un típico trabajo de principiante. Falsa
alarma. El libro, por fuera, da toda la sensación de ser una edición cuidada, y
prolija. Buen tipo de letra, buen papel, hermosa portada (“El Diluvio” de Vito
Campanella) y ese “algo” misterioso pero innegable, que nos hace elegir un
libro de entre otros muchos.
Por
dentro, esta novela se “ganó la lectura” desde el inicio. Desde “Palabras
Previas” que, muy bien elegidas, saben presentar un portal sumamente atractivo
para comenzar a transitar el texto.
La
idea central me pareció muy interesante y original. Los diálogos son ágiles y
muy creíbles; los capítulos breves permiten seguir el desarrollo de la
historia, bastante compleja, sin perdernos en el laberinto que proponen. Me
gustó, especialmente, esa interacción con un personaje que se fuga de las páginas
de una novela y hace su incursión en lo que llamamos “realidad”: el viejo “contador de historias”; éste es y se
comporta como un indigente; pero no habla como uno; para hacer patente la
distinción, basta leer su sabia disquisición sobre la esencia del Ser: dónde
termina el Ser, si el Ser puede
expandirse mediante la gracia del amor y si es posible su fusión con lo que
amamos. Maravilloso.
El
paisaje donde se desarrolla la novela tiene mucho de esa inconsistencia que
tienen las situaciones oníricas: cierta
levedad vaporosa, escenarios que se transforman súbitamente, la presencia
infaltable de la lluvia, con su doble propuesta: intimidad e intemperie.
Además, hay afirmaciones que no puedo sino compartir; por ejemplo, la de que,
al escribirse, un texto se transforma en real (ya lo dijo Archibald Mac Leish:
“un texto no significa algo; Es algo”.);
otro tópico interesante y compartido es la tesis de la multiplicidad del Yo, ya
propuesto por grandes poetas y escritores, como Rilke o Proust. Tema apasionante
para debatir en una larga charla entre
amigos.
Para
destacar: con el correr de las páginas, Julio, el hombre muerto entre cuyas
ropas se encuentra el manuscrito, se gana un lugar en nuestro espectro afectivo
por su condición de librero apasionado, enamorado de los libros, por su culto a
la amistad y por la delicada ternura que manifiesta en su trato diario y en sus
diálogos con Edesma, la mujer que ama. Una ternura que sólo se permiten los
hombres bien hombres, los que no tienen duda alguna acerca de su condición de
tales.
Otro
recurso que utiliza Edgardo y que me pareció excelente, es hacer entrar en el
texto de su novela a amigos entrañables, esta vez de carne y hueso, como Hugo
Ditaranto y Gabriel Montergous; es como si hubiera un intercambio tácito de
responsabilidades, los amigos queridos, para custodiar la novela; y para ellos,
un pase de magia para que accedan a esa suerte de eternidad que, según
“Bitácora de lluvia” tienen los personajes, mediante la ópera prima de otro
escritor.
Como
corolario de esta novela apasionante, me queda una duda; pero esa duda me
confirma la cualidad onírica del relato: Edesma, ¿existió, realmente? ¿Abandonó
a Julio? O, ¿se diluyó en la lluvia? Misterio muy, pero muy bien logrado.
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