Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 28 de julio de 2015

Nuevo libro: Una historia para Julia

Luego de unos años de silencio, estoy de festejo con un nuevo libro: Una historia para Julia. Textos cortos que empecé a escribir desde antes de nacer Julia, mi hija. En los 100 textos le cuento a Julia pequeñas historias que tienen que ver con su crecimiento, con las sorpresas que hay en el mejor paisaje en el que estuve: la paternidad. Es un libro de autoría compartida: nada podría haber hecho sin mamá Evangelina, mi compañera, y sin Julia y su mirada. Tres años de Julia en 100 textos, esta es la propuesta de lectura.
El motivo de tapa es un óleo de mi viejo: Rolando. Una maternidad pintada en 1962. Los modelos del artista plástico: mi mamá Adela y yo.
La editorial es Ediciones del Clé del poeta Ricardo Maldonado, que realiza sus magias, la escritura y la edición, en su casa de Nogoyá, Entre Ríos.
La edición es cuidada, de buen gusto. Las historias de Julia están bien vestidas de libro, da gusto tener un ejemplar en las manos.
Julia anda por la casa con su libro, sonríe. El libro de Julia, le digo.

domingo, 5 de julio de 2015

Presentación de "Voz Varia" de Ricardo Maldonado

Por primera vez en esta vida soy parte de la presentación de un libro.

Miedo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 05 de julio de 2015)

El miedo inicia su ronda en los tiempos más tempranos de la vida. En el centro de esa calesita quedó mi memoria. El miedo básicamente se construye de sucesivas capas de soledad. Quizás el miedo se funde en el momento mismo en que perdemos el mar primordial, el refugio en la madre. A la soledad heredada luego se sumaron las criaturas extrañas, aquellas que viven o que usan las sombras para tomar forma y avanzar sobre hombrecitos que, como yo, intentaban cumplir con el descanso de la siesta y la noche. Por más que mis padres me daban pista de la no existencia de estos monstruos, yo sabía que estaban, y que sabían esconderse cuando había adultos en mi pieza. Recuerdo también una historieta en donde se derretía un espantoso tío Silas. La leí sentado en la escalera que llevaba a la terraza de la casa. Era otoño, de tarde. Con esa lectura volvieron todos los espantos almacenados en la memoria. Todos reunidos en torno a mi soledad. Busqué refugio en la casa donde mi mamá me tejía un chaleco contra fantasmas, para llevar debajo del saco mayor. Creo recordar que dijo: Es contra el frío de los aparecidos. Mi mamá tiene Dios como toda la buena gente. Ella tiene Dios porque tiene miedos, y miedo le tiene al mismísimo Dios. Es el miedo una de las mejores maneras de conservar el rebaño. Cuando era pibe, el miedo, la posible amenaza, se guardaba también al otro lado de la vía y en los pasillos de la casa abandonada. En ella había, además de miedo, un altar con una virgen y en una chapa nombres de personas, fecha de nacimiento y muerte. El miedo de mamá era a la muerte, a lo desconocido. El socialismo de papá tuvo que transar con el miedo de mamá, y me bautizaron ya grandecito. El cura cobró. Ellos no eran casados por iglesia. Fui por un pasillo largo hacia la luz que debía salvarme. Yo miraba hacia atrás y a la derecha, siempre los monstruos aparecen de ese lado. Pensé: mejor un chaleco de mamá, que un Dios que alquila la luz con plata de papá. Me llevaba mamá, pero iba solito.

martes, 16 de junio de 2015

Guía de Buenos Aires (una ficción) en bar La Poesía, Chile 502, San Telmo

Doce fotos de Eduardo Noriega pertenecientes a nuestro libro: Guía de Buenos Aires (una ficción), están siendo expuestas en la sala Raúl González Tuñón de La Poesía. La muestra cierra a finales de julio.

domingo, 14 de junio de 2015

La máquina (La foto, Diario Tiempo Argentino: 14 de junio de 2015)

Un milonga poco rana le dijo mil veces a la percantina que no le diera más letra para que él encendiera su máquina de sacar chispas. La susodicha máquina cortaba humo de cigarrillo, palabras, frases de amor: las que eran lugar común y las que no, sábanas, sonrisas, momentos. Ella, según el galán, se especializaba en sentarse en una butaca un tanto más alta que el resto, y desde ahí proclamaba sus verdades. Ella era artista surrealista. Pintaba un eterno cuadro con toros y libélulas que tomaban vodka en vaso chico y a fondo blanco. En el cielo volaban hombres felices que escupían para arriba. Había lugar para el obelisco, un tranvía, Gardel, una fina transparencia olvidada, y el suelo estaba cubierto de agujeros de taco aguja, arte que ella también había descartado. El milonga le preguntó qué era todo ese embrollo. Ella, empapada de surrealismo, cumplió con una palabrería con aroma a cadáver exquisito, poema tan distinto al tango que los dos venían escribiendo. El milonga le batía: Qué decís, chirusa, que no todo es recorta y pega bretoniano, y entonces ahí nomás, se le salía la cadena y en un segundo se encendía su máquina de sacar chispas. Es posible que artefacto semejante lo hubiera heredado de su padre; el sueño de un diálogo sensato, también. De muchacho aprendió que la vida no es un poema, y menos surrealista. El milonga salía por las noches, tenía su refugio en un sótano de Palermo que la jugaba de milonga globalizada: cartón pintado y pretensión. Ahí soñaba, junto a un puñado de abacanados milongueros, que eran hombres de antes, que eran el reaseguro de la amistad porque vivían entre los códigos del tango. La filosofía del milonga era: no desearás la mujer del próximo. Creía ser el último macho con una máquina de sacar chispas. Pero después de la revolcada que refería a los amigos, no se iba a un bulín, volvía a casa. La percantina seguía tomando vodka con las libélulas, y él bebía, en copita, una medida de tiempo espeso cortado con un pelo de bigote de Dalí.

domingo, 31 de mayo de 2015

Brisa blanca (La foto, Diario Tiempo Argentino: 31 de mayo de 2015)

Ayer pensaba, con la vista puesta en el jardín del fondo, en la llegada del frío. Mi casa supo estar dentro de una tempestad en una de esas noches en que la luz ciertamente habita en los cielos. Rayos y truenos. En los recortes caprichosos del flasheado, el paisaje en la zona de chacras se desdibuja. Árboles que parecen olas, luces débiles sugieren botes pobres de condenados pescadores del Gualeguay. Anoto el nombre de mi ciudad y pienso en Las Tierras Blancas del maestro Manauta, donde todo se transforma salvo la miseria. Mi casa también estuvo dentro de una niebla fantasma. Era verano, y recién cerca de las ocho de la mañana, los fantasmas que tiraban del mundo etéreo comenzaron a izar el barrilete de las almas. Sucede: a Gualeguay también la habitan sus muertos, los espíritus que se quisieron quedar en ella en lugar de derivar hacia los confines de la naturaleza. Imagino entonces que con la llegada del frío, mi casa, donde se refugia el testigo, quedará rodeada, en poco tiempo, de una brisa blanca, esas brisas que trabajan toda la noche para dejar crocante el pasto y quebradizo el charquito de juguete. A Julia, mi hija, le hago tostadas y le digo que es pan con ruido. Estoy ansioso porque conozca el pasto y el agua con ruido de galletita. Manos chiquitas descubriendo mundos sonoros. Imagino que el jacarandá y el espinillo serán destino de pequeños silbidos de escarcha. Silbidos helados avisando en la estación que los días grises han llegado. La letanía que llega desde el universo de las ranas de la arboleda cercana, sabrá entender el silbido. Estoy ansioso por volver a pisar pasto escarchado como cuando caminaba a orillas del ferrocarril Urquiza, en Martín Coronado, rumbo a la escuela. Todavía llevo al pibe riendo: recuerda el frío pegado al caminito de durmientes. Madera fuerte bajo un manto de alquitrán. Cobertura negra y sobre la repostería, la pátina transparente, silenciosa, de la escarcha. Una brisa blanca llega desde lejos, es la de ayer y es la de mañana.

domingo, 26 de abril de 2015

Barriletes (La foto, Diario Tiempo Argentino: 26 de abril de 2015)

Alquiló dos mesas, una silla para descansar y una canasta para bien cuidar los rollos de hilo. Mañana es 1° de noviembre. Ella vende barriletes. En otras tierras los llaman pandorgas o papalotes. Vende muy barato para que todos puedan tener el suyo, para que todos puedan recibir a los muertos que aún viven en el inframundo. En el alba del 1° su dios abre la puerta durante un día para que las almas visiten sus casas. La familia amanece con el sol y esparce flores de muerto en el umbral y ramos en las ventanas. Hay velas, frutas y legumbres frescas, un vaso de agua y una botella de aguardiente. Que ellos sepan: no fueron olvidados. Lo sabían sus antepasados, lo sabe la vendedora. Malos espíritus hubo en todas las épocas. La gente comenzó a colocar cintas de papel, que en contacto con el viento, producen un sonido molesto para los malignos. Ellos pueden atentar contra las cosechas, causar enfermedades, matar. Esas defensas en papel y viento derivaron en la forma mágica del barrilete: defensa y puente. Se terminan de armar en el camposanto y son izados a las cuatro de la mañana del 1°. Vuelan hasta las cuatro de la tarde. A la madrugada del día siguiente la gente vuelve al cementerio con velas, para que sus muertos encuentren el camino de regreso. Los niños rompen los barriletes que volaron, y se elevan los que quedaron en tierra. Con ellos y la ayuda de los ancianos, los espíritus jóvenes suben al cielo. Luego del vuelo, los barriletes son quemados en el cementerio, para que el humo sea la guía de algún espíritu vagabundo rezagado. Hay un barrilete que no sirve. Ella no lo sabe.