Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 23 de marzo de 2008

Los hombres de la bolsa

La puerta de madera del ascensor se cierra. Giro para empezar a caminar hacia la puerta del edificio, y me encuentro con dos policías que vienen hacia mí. El primero lleva puestos unos guantes blancos de latex, el segundo se los acomoda mientras hace malabarismos con la bolsa negra que lleva entre las manos. La bolsa con letras en azul es la bolsa portacadáveres que mil veces vi en la televisión. Me digo que para mí no es, no puede ser si todavía viajo en ascensor.
La viejita del tercero, dice el encargado.
Voy camino al mercadito, apenas unos segundos atrás sólo pensaba en qué ofrecerle de cena a mi piba de Escalada.
Afuera del edificio dos patrulleros 911 aguardan bajo los árboles de la cuadra, una camioneta con las puertas de la caja trasera cerradas avisa que ella pertenece a la misma familia de los azul y celeste.
En mi camino busqué y encontré baldosas rotas en las veredas; vi una paloma fresca estampillada sobre el asfalto; miré el changuito de todos los días encadenado a la reja de una ventana, es propiedad de la mujer que vive en la calle desde hace años, la del gorrito de lana para invierno y verano.
El sabor raro en mi boca avisa, un posible sabor a susto por estar vivo, porque en algún momento habrá que morir, que transitar.
Cambié de planes, mercadito afuera, bienvenida la fábrica de pastas: tarta de zapallitos y empanadas, vino tinto en copas y ella agradecida.
Cuando el regreso, los móviles de azul y celeste ya no estaban, el encargado tampoco, sólo el policía de consigna avisaba, después lo supe, ¡cuidado!, porque es muerte dudosa.
Alrededor de las nueve de la noche llega mi piba de Escalada, lo pienso mientras miro la bolsita blanca donde transporto la cena.

martes, 4 de marzo de 2008

Tromba marina en Buenos Aires

Presión mínima a la tecla de encendido de la TV. Luz ambiente casi nula, elijo la penumbra en este domingo de tormenta sobre Buenos Aires. Domingo amanecido luego de mi sábado de tormenta; domingo lento, sin sentido. En uno de los canales de noticias Buenos Aires se inunda y puertas adentro mi día no tiene norte, un día sin para qué, veinticuatro horas a puro tango.
La lluvia en imágenes, la calle, la esquina de Santa Fe y Humboldt, el caos en el tránsito, lo de siempre hasta el videograph y la foto. Una presencia de fino cucurucho se suelta de una gran nube oscura e intenta llegar a la superficie del agua. Esa es su apariencia, un cucurucho que quiere y no puede, que termina en una nebulosa, como cuando el aire se quema sobre el fuego. Son dos, una parejita de cucuruchos; al pie de la imagen las letras de molde anuncian, definen: tromba. En distintos canales de cable el mismo experto explica: las palabras giran, como en tromba, alrededor del calentamiento global. Los periodistas necesitan confirmar el riesgo: ¿puede la tromba llegar a tierra?
La amenaza marina dio de lleno sobre el terreno de mi memoria. Una tromba de descorche llevó mi noche de día domingo hasta mi infancia. Recordé que de pibe había leído la palabra y que cuando la repetía me daba una sensación de inmensidad, una palabra total; algo así debe suceder con el término “Dios” en la boca de sus seguidores. Tromba sonaba importante, y ese detalle era la punta del cucurucho del recuerdo. Creí, creo, ver un dibujito de una tromba, quizás dentro de un cuadro de historieta, blanco y negro, y solitario como tromba en mi regreso un tanto amarrete.
Un amigo me dijo que pensó que la palabra tromba era un invento de los medios. Le expliqué que no, que la palabra encierra cierta poética de la devastación, y que primero pasó por mi casa el sábado a la noche; después, en domingo, hizo como que venía por primera vez al vocabulario de estas tierras.