Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 2 de febrero de 2010

Juan Alberto Núñez en el "desporteñadero"

No fui amigo del Negro Núñez. Lo conocí en el café Margot, en los alrededores del alpedismo boedense fundado en el café por el poeta Rubén Derlis. Núñez escribía, pero no me gustaba su escritura. Le faltaba trabajar y sus textos quedaban como deshilachados, pero no creo que en él estuviera presente esa necesidad casi enferma de contar historias de la mejor manera posible. Era un hablador de café, un sabihondo de otra época. Fue tipo de gorra en la cabeza o de gorra en mano: fue un tipo de gorra llevar; también lo recuerdo con una campera negra de cuero. Era de hablar pausado, de voz tranquila: Núñez hablaba bajo. No era de hablar de él ni de lo que hacía, preguntaba por lo que hacían los demás. No sé cuántas veces nos habremos visto en Boedo, en la vida: no fueron muchas. Una vez me dijo que yo tenía cosas para decir con la escritura; Ojalá, le contesté. Siempre sentí que Núñez me tenía cariño, y siempre supe que Núñez había alcanzado la más alta distinción que la vida puede entregar: el Negro fue un buen tipo. Me enteré de que la parca enfiló su memoria para el desporteñadero (término acuñado por el poeta Derlis para referirse al cementerio): pensé que Núñez tuvo suerte porque se fue a la palabra del amigo. Núñez y Derlis llevaban una vida de amistad y poesía.