Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Una historia para Julia (XXX)


La primera vez que fuiste a la casa de los abuelos Adela y Rolando en Martín Coronado, medías tres milímetros. La segunda vez, que fue el sábado pasado, a tus siete meses y medio. Hasta ese día, eran los abuelos los que hacían la visita. El sábado nos tocó a nosotros hacer el viaje. Entraste a mi casa paterna de sonrisa plena, y te fuiste de la misma manera. En toda esa tarde y el principio de la noche, y esto te lo puedo asegurar, desataste en mi tierra de origen una tranquila garúa de felicidad. Imagino la felicidad cuando nací yo, y cuando nació el tío Alejandro, pero salvo esos momentos, creo que no hubo en esa casa, una instancia mayor a esta felicidad que cuento. Todo giraba a tu alrededor. Vos te divertías: la casa de Martín Coronado era una fiesta. Conociste al hermano perro, a Trueno, a la persona canina, que es como el gran escritor portugués José Saramago llama a estos animales de pura bondad. Trueno lloraba, de puro inquieto, en el patio. Tuve miedo de que ese lloriqueo te asustara, era un registro nuevo en tus días, pero vos lo mirabas al peludito, como le dice el abuelo Rolando, y te reías. Después le acariciaste la cabeza. Los dos se portaron bonito. Hacía calor y entonces llenamos un gran fuentón con agua tibia y lo colocamos en medio de la cocina. Qué felicidad, Julia, fue verte a las cachetadas con el agua. Hubo que secar el gran charco que quedó sobre las mismas baldosas sobre las que jugué cuando fui bebé. Apenas dormiste un ratito, no te querías perder nada. Los abuelos encantados con todo tu show de monerías, tus sonrisas de chinita, tus miradas. El abuelo Rolando me dijo que quería sacar una foto con vos, que había separado dos de sus cuadros. Lo dijo y supe cuáles eran esos cuadros. Fui con él a su taller, y sobre la cama estaban los dos óleos, que apoyaban contra la pared. La parte alta de la pared presentaba cantidad de cuadros, banderines y fotos del club Independiente, cuadro de fútbol del que el abuelo y papá somos hinchas. Miré cómo pegaba la luz de la ventana sobre los cuadros y me pareció posible hacer la foto. Te fui a buscar. Mamá Evangelina te sostuvo en un primer momento, pero enseguida te quedaste sentadita por tus propios medios. Hubo tiempo para varias fotos, después se sentó el abuelo sobre la cama y saqué más fotos. En el cuadro de la derecha aparecía una señora anciana sentada en una sillita de paja; en el cuadro de la derecha, un señor también mayor y también sentado en la misma sillita de paja. Los óleos pintados por el abuelo Rolando representaban a su mamá Ángela y a su papá Julio. Los había hecho posar en la silla para pintar los cuadros, en la misma silla en la que después, en el patio, el abuelo Rolando se sentó frente a vos. Él quiso que te sacaras una foto con tus bisabuelos. Su idea, su ocurrencia, me pareció un gesto maravilloso, de pura ternura hacia el pasado y hacia el futuro, porque pensó en ellos y en vos. A la tardecita llegó el tío Alejandro con una botella de champagne. Después de la cena hubo brindis en el patio: por el momento, por vos, por esta felicidad. A través de la ventanilla del auto, durante el viaje de regreso, hiciste lo mismo que en el de ida: tus ojos no pararon de intrigarse con el mundo.

Una historia para Julia (XXIX)

En un mediodía de noviembre al fin arrancamos, gordita Julia en brazos, hacia el registro civil de la calle Uruguay. Todavía nos quedaban unos meses de plazo, pero como los padres responsables que queremos ser, fuimos a hacer los trámites para que tengas tu Documento Nacional de Identidad: DNI. Entramos al edificio y encandilaste de ojazos al señor de los informes. Había mucha gente y el aire acondicionado se hacía sentir. Ibas con un gorrito que te regaló la abuela Olga. Mamá Evangelina te arrimó un saquito, y yo, que te llevaba en brazos, te abracé un poquito más. El trámite pintó rápido, esperamos unos diez minutos, pero en ese lapso, vos te acurrucaste bonito y chau: Julia se durmió. Mamá Evangelina contestó preguntas: dirección, teléfonos, clínica donde naciste, y firmó. Te tomaron las impresiones digitales de los dedos gordos de las manos, todo muy moderno y digital, porque antes te ensuciaban los dedos con tinta para sacarte la imagen. Todo iba bien: dormida y maniobrable, los movimientos fueron posibles, hasta que la muchacha que nos atendía avisó que faltaba la foto. A espaldas de mamá estaba el espacio blanco que servía de fondo para las tomas. La muchacha que nos atendía era la fotógrafa: tenía una camarita apuntando al lugar donde debíamos colocarte. Te recuerdo que vos seguías dormida. ¿Entonces?, mamá y papá te llamamos: Julia, Julia, y Julia, no, nada, dormía. Pero si en casa se despierta fácil, dijo mamá. Pero con este bochinche y tanta gente, dijo papá. Dormías. Vino la primera foto, no convenció. La muchacha propuso tomar una más. Ahí estabas vos, en la altura, te alzaba buscando el mejor click y abriste los ojos. Te sacaron la foto que no vimos: al parecer estabas bien. Hace una semana que recibimos tu DNI, y por sobre la legalidad ciudadana adquirida, ya te enterarás de qué se trata este asuntito, quedaste, una vez más, tan bonita, y sí, tan despierta en tus casi siete meses.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Una historia para Julia (XXVIII)

Muchas veces, Julia, ocurre que uno, en este caso papá escribiendo, no piensa demasiado en lo que está haciendo. Funciono por impulso, y fue así como empecé a escribirte desde que estabas en la panza de mamá Evangelina. Y está bueno no pensar en todo. Siempre debe quedar la puerta un poquito abierta, porque por la abertura se puede dudar, respirar, y es tan necesario; porque por ese espacio puede escaparse parte de nuestra verdad, esa que creemos absoluta; y porque por ahí mismo pueden entrar las sorpresas. Hay sorpresas que se visten de maravilla en esta vida. Tengo un amigo nuevo, un poeta, se llama Rafael Vásquez, leí sus libros, lo entrevisté para el diario, y hoy está entre mi gente querida. Rafael es un hombre mayor, de ochenta y tantos años como el abuelo Rolando. Es lector de estas historias que te escribo y habla de ellas con felicidad. Pensar que empecé escribiendo para vos, para nosotros. Hace unos días tomé un café con él y en sus manos traía una carpeta azul. En ella guarda todas tus historias y una foto que le envié de la abuela Adela, mamá Evangelina, vos y yo. La foto es en la plaza de Boedo y la tomó otro amigo de papá: Mario Bellocchio, ya te voy a hablar de él. Todo estaba dispuesto con mucho cariño dentro de la carpeta. Prometí enviarle las tres últimas historias para que las tuviera todas. Y lo hice. Una sorpresa fue la carpeta, y otra sorpresa fueron las palabras que Rafael te escribió a vos, sí, a vos, unos días después:
Querida Julia:
        Sé que no tengo derecho de copiarme de las cartas (así las llamo yo) que te escribe tu papá. Pero si él me perdona...
        Ocurre que yo soy un amigo bastante nuevo de él. Pero lo que más le admiro es su capacidad de escribirte, de sentirte, de vivir tanto en función de vos, de tus mínimos gestos, de lo que vos le das.
        Tu papá es un excelente periodista, un buen escritor y, aunque él lo niegue, también un poeta. Por lo menos siempre, cuando te escribe a vos.
        Algún día podrás decírselo.      
        Ahora, nada más que un beso chiquito de mi parte.
Estas sorpresas, estas suertes en la vida, ocurren cuando la puerta está un poquito abierta. Fue así como conocí un amigo nuevo, un buen tipo: el máximo galardón a obtener en esta vida. Rafael Vásquez, un buen tipo que es poeta notable de la vida y de su Buenos Aires.

Una historia para Julia (XXVII)

Veredas, esquinas, autos, personas, gente, ruidos, cemento, locura de esta gran ciudad, locura de velocidades, porque la gente corre mucho para nada. Sabés, Julia, en esta vida hay muy pocas razones por las cuales correr. Se puede vivir errado en esta ciudad grandota que casi siempre anda de coqueteo con la desmesura, pero que aún así, tan llena de nombres, sigue guardando el barrio y la buena gente, las mesas de café como las que habitás vos en el Cao o en el Margot, y están las plazas y los paseos por las veredas, esas que tienen distinto dibujo y que entonces te tocan distintas músicas a través de las ruedas del cochecito. Cada vez que te llevo en nave pienso en las diferentes vibraciones que recibís durante el viaje. Cuando el cochecito lo lleva mamá Evangelina, me gusta ir al lado tuyo y acercar la mano para que me agarres un dedo. Así viajamos de la mano. Yo veía a hombres de mi edad ir de la mano con hijos de tres o cuatro años. Pensaba que eso debería ser muy lindo. Hoy sé que es maravilloso. Todavía no caminás, pero ya voy por Buenos Aires de tu mano. Y te digo más, ¿sabés qué me encanta hacer?, llevarte en brazos en casa, en el barrio, en la ciudad, en esta Buenos Aires que tanto me gusta y tanto detesto. Siento mi abrazo profundo, voy atento a tus movimientos, disfruto tu abrazo, tu manito sobre un hombro. Me siento distinto, no mejor, nunca me gustó creerme mejor que nadie, sino distinto, siento que camino por una felicidad nueva, una felicidad que no se parece a ninguna otra. Nunca quieras ser la mejor, apuntale, hija, a la felicidad con tu gente y con todo lo que te guste hacer. La felicidad no se gana, no se compra, no la regalan, simplemente se encuentra o no. Una de mis felicidades, tan linda, tan simple, y tan encontrada, sucede mientras te llevo en brazos y espío tu mirada sobre la aldea.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Una historia para Julia (XXVI)

Julia, seguí enganchado con tu sonrisa, y con tus ojos. Todos lo dicen: que los ojos son del papá… que esos ojos así… que esos ojazos… y que esa mirada… Y ocurrió que un día te vi sonreír, y podés creer, no me perdí en tu labio finito como renglón y la escritura del poema, sino que en el momento mismo de la sonrisa, y en el momento mismo en que esa sonrisa que no terminaba y que además traía el saludo cercano de la risa, te miré exclusivamente a los ojos. ¿Qué vi?, dos líneas finitas, dos guiones marcados por tus pestañas largas, porque qué pestañas que tenés: son las del papá, eso también se dice, dos rayitas que me llevaron en vuelo rasante, urgente, hacia mi pasado de pibito de escuela primaria, allá en Martín Coronado. Así nomás, hijita, papá se hizo chiquito para encontrarse allá lejos en el tiempo. Fue en ese instante cuando te dije: ¿Qué hacés, chinita?, porque tenés cara de chinita, mirá esos ojos chinitos. Y te cuento un secreto, cuando papá iba a la escuela primaria, sus compañeros le decían “chinito”, y esa cargada nunca le gustó, hasta hoy, cuando te vi tan feliz y tan chinita.

Una historia para Julia (XXV)


Mamá Evangelina y yo nos miramos sorprendidos. Lo dice ella, lo digo yo: Qué grande que estás. Hoy cumplís siete meses, pero esta sorpresa de la que te hablo viene desde hace un tiempito. Pesás lindo, como nueve kilos, medís lindo, como sesenta y cinco centímetros. Pero la aventura está en tus ojos, en tu mirada. Es en tus ojos donde se registra el primer movimiento de la sonrisa. Nos avisás, guarda que se viene. Y sí, viene, llega, acaricia. En tus ojos vemos el reconocimiento cada vez que te despertás: ah, ustedes otra vez, y como quien hace regalos al pasar, sea en la penumbra del dormitorio, sea de día o de noche, vos dale que vas de sonrisa al frente. Cuando se suelta el juego de la sonrisa, desaparece tu labio superior y se hace finito para fundar un renglón: quisiera ser poeta para escribirte el amor en una línea. Son tus ojos los que descubro atentos a mis movimientos, a mi quehacer cuando estoy sentado al escritorio. Siento que algo me llama y te busco, te veo, a mi derecha, en la hamaca con tu mirada de queriendo mucho a papá, y entonces, sí, tu sonrisa, tus manos al aire, y a veces algún gritito. Qué grande que estás, Julia, lo dice mamá, lo digo yo. Qué feliz que te vemos, y entonces es el principio de nuestro sueño.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Una historia para Julia (XXIV)

Mamá Evangelina estaba cansadísima, más dormida que despierta. Eran las dos de la mañana y vos no aflojabas con tu discurso juguetón. Desde que descubriste el gusto por escucharte, la emprendés con cuentos llenos de misterio y emoción, una ofrenda para todo aquel que quiera escuchar tu música, la de significados ocultos. Tu juego derivó en principio de queja y entonces te rescaté del fondo de la cuna. En el dormitorio solo había encendido el foquito que vive escondido debajo de tu cama. Te hice alta en el cielo en esa parte de la noche, y salimos. Las luces que venían de afuera acompañaban el silencio. Desde que alguien agregó una luz entre los techos bajos que se ven desde nuestras ventanas, una magia de rebote de luz amiga nos regala un dibujo indefinido en el techo del comedor. Éramos: en el silencio y la mirada. Decidí quedarme quieto, nada de caminar hasta la cocina. Mirabas el techo, y volvías tus ojos a la puerta que da al balcón. Sobre las cortinas, el rastro de las plantas de mamá: movimiento suave, motor de brisa en primavera. El impulso fue hablarte a la oreja, contarte del día y de la noche. Te dije que en la noche las personas duermen, descansan, y que todo parece apagarse, pero que no es tan así, ocurre que se respira más lento para que ese aire que recibimos llegue hasta el alma, y te dije que ese aire, no importa si en el barrio hace frío o calor, llega siempre con un fresquito de acariciar. Por eso es importante descansar bien. Te dije que el día llega cuando otra vez se enciende toda la luz, el cielo, los árboles, las plantas, las voces, los colores. El día llega, Julia, cuando vuelve a encenderse nuestra sonrisa y la pista de la felicidad. Te estaba por contar más del día, justo cuando un momento después de apoyar tu cabeza sobre mi pecho, cerraste los ojos y un aire, chiquito y remolón, fue a hacer nuevo nido en tu alma.

martes, 23 de octubre de 2012

Una historia para Julia (XXIII)

El día de la madre, por la tarde, vos y mamá Evangelina se iban a la casa de los abuelos en Gualeguay. La verdad, no tenía ganas de que se fueran, es tan bueno tenerlas cerca; pero a la vez, sé que mamá precisa, porque lo disfruta mucho, volver al pago, y ver a su gente: papás, hermanos, sobrinos (tus primas: Martina, Julieta, Catalina, Juana). La tarde pintaba gris, y de tanto pintar se recibió de lluvia. Salimos de casa con unas pocas gotas en la cabeza, y ya en la estación de Retiro, el cielo fue un paredón sombrío. Mamá sacó el pasaje y nos sentamos a esperar la media hora que faltaba para la partida. En la Estación Terminal no te alcanzaron los ojos: querías ver todo, la contemplación de ese mundo nuevo te llevaba lejos, momentos en que aproveché para recuperarte con un beso. Te tuve sentada sobre mis piernas y te dije cosas al oído: que cuidaras a mamá, que te portaras bien, que te acordaras de mí. Subimos al micro, viajaban en la parte alta y casi al fondo de la nave. Dejé la valija de mamá, las besé, y bajé. Caminé por la dársena que guardaba el micro buscando la ventanilla. Vi la mano de mamá, y casi enseguida vi tu cara. Mamá te levantaba, yo te movía una de mis manos en el aire, como a vos te gusta, y miraste: Julia me miraba desde allá arriba. El paredón del cielo estalló en pedazos. La lluvia me mojaba mientras ustedes saludaban. Mamá apoyó tu mano en la ventana. Había mucho viento. No me quedó más remedio que secarme el agua de la cara. Pero no era lluvia, eran lágrimas. Tenía un nudo en la garganta, era una sensación nunca antes vivida. Te ibas, Julia, te ibas junto a Evangelina, y entonces se iban mis amores. No importaba el carácter de un viaje que no iba a durar más de dos días, no, importaba la reacción instintiva frente al alejamiento. Las quería conmigo. Llovía con ganas, y con granizo dentro de mi alma. Se movió el micro, apuntó a la calle, y le dio derecho hasta Gualeguay. Entré a la estación pensando que una vez había visto una escena parecida a la que terminaba de vivir. Pero había sido en una película. Sabés, creo que ya te lo dije en otro texto, es muy sano experimentar sensaciones por primera vez. Así me dije después, cuando me quedaba claro que además, y por suerte, nunca había sido un duro como Humphrey Bogart. Por eso, mientras buscaba mi bondi, fui feliz con mis lágrimas. Claro que quizá Rick no lloró porque sabía que en Casablanca la niebla ocultaba un avión de madera.

Una historia para Julia (XXII)

Café Margot, acrílico de Rolando Lois

Mantuve la tranquilidad. Estaba feliz, emocionado, no sé cómo las lágrimas contuvieron el último paso. Por primera vez te sentabas a una mesa del café Margot. Ya habías estado en el Cao, que es lugar amigo y que mucho me importa habitar. Pero el Margot es, de acuerdo desde dónde se mire, mi origen. El Margot, o sea, Boedo. Y ahí estabas vos, Julia, mi hija, en la trastienda del café que ahora lleva el nombre de Carlos Caffarena, un buen tipo que hace poco se fue de maestro para el barrio de la memoria. Fue en el Margot donde conocí dos amigos fundamentales en mi vida de escritor, te diría que de la mano de ellos pude fundar mi propia Buenos Aires: el poeta Rubén Derlis con sus libros, y Mario Bellocchio con su periódico Desde Boedo. Era sábado al mediodía, almorzábamos, y vos pediste tu parte. Mamá Evangelina estaba de espaldas a la puerta de dos hojas que da al pasaje San Ignacio. Te acomodó sobre tu costado izquierdo y entonces vi la foto a contraluz: en la penumbra: tu carita, tu mano asegurando la teta, el pezón al aire, el minuto previo. Tomé una primera foto, sin flash, cuando ya estabas en lo tuyo. Pero percibiste mi movimiento. Ah, tu curiosidad, Julita, y sucedió que tomé la siguiente foto justo cuando dejabas la teta para intentar ver quién era el que te espiaba. Tu cara revela sorpresa ante la intromisión. Me guardo esa mirada. Más arriba, la sonrisa de mamá. Atrás, la luz que rebotaba en los adoquines del pasaje. En el Margot, en Boedo, pensé en gente querida que habitó y que habita mi origen: el Profe Ricardo, el Gordo González, el Gallego Guillermo, el mozo Osvaldo, el abuelo Rolando, el Tata Cedrón, el poeta José Muchnik, el fotógrafo Eduardo Noriega, el historiador Diego Ruiz, el pensador Otto Carlos Miller, el memorioso Alberto Di Nardo. Todos en mi mesa de origen, espacio y tiempo que tus ojos vieron por primera vez.

domingo, 14 de octubre de 2012

Una historia para Julia (XXI)

Sabés, Julia, tengo una amiga que se llama Mónica López Ocón. Ella es una persona muy buena, sensible como pocas, atenta a la vida de las pequeñas cosas, a las historias chiquitas que se pierde la mayoría de la gente. Es escritora, periodista, y aunque lo niegue, poeta. Escribe en el diario Tiempo Argentino, y hoy en el suplemento de cultura escribió una columna (la llaman “la columna torcida”) titulada Dedicatorias. Es uno de los mejores regalos que recibimos desde que naciste, y se me ocurrió que fuera parte de tus historias: “Nunca tuve noticias de que Edison le dedicara la lamparita eléctrica a la mujer amada. Tampoco me enteré de que Bill Gates le haya dedicado a alguien sus innovaciones en el campo del software, ni que los cirujanos dediquen las operaciones de apéndice a sus seres queridos. En cambio, Enrique Vila-Matas le dedica todos sus libros a Paula de Parma. Antonio Muñoz Molina le dedicó La noche de los tiempos a Elvira Lindo y José Agustín Goytisolo llegó al punto de convertir su dedicatoria en el título de un poema: Palabras para Julia. Según parece, sólo las palabras pueden dedicarse. Es cierto que también se dedican los premios, desde el Martín Fierro al Oscar, pero sólo los textos admiten incluso una segunda dedicatoria escrita por alguien que ni siquiera es su autor. En la primera página de Fuego en Casabindo de Héctor Tizón cualquier hijo de vecino puede escribir su dedicatoria. Dedicar un libro ajeno es como endosar un cheque de terceros para que pase a engrosar nuestra propia cuenta. Cuando pregunto por qué sólo se dedican los libros y no el resto de los objetos del mundo, me contestan que es por el valor poético de las palabras, un valor del que carecen los enseres cotidianos. Creo que están equivocados. Por eso, he decidido dedicar a María Iribarren la vajilla de porcelana que heredé de mi abuela. Ella sabrá reconocer, estoy segura, las historias pintadas en color azul sobre la porcelana blanca. Aunque el paisaje y los carruajes parecen idénticos, no cuentan lo mismo en la tetera que en las tazas y el final varía según el plato sea hondo o playo. Dedico a Edgardo Lois mis viejos juguetes de hojalata para que reconozca en ellos su propia infancia y le cuente a la pequeña Julia (que se llama así por el poema de Goytisolo) cómo era la niñez cuando ella no estaba en el mundo. Dedico a Angélica Alberico mi limonero y el costurero de mi madre para que sentada en la sombra fresca y amarilla escriba poemas con la tiza de modista. Dedico mis abanicos a Cecilia Alcoba de Abril: algunos le regalarán aires gitanos y otros le darán vientitos orientales con olor a sándalo que la harán viajar sin salir de la cocina. Para terminar, dedico esta columna torcida a todos aquellos que sólo formulan preguntas que no tienen respuesta”. Una dedicatoria con gustito a tiempo, un puñado de palabras que se queda a vivir entre los sueños, y una de las invitaciones más hermosas que me han hecho: volver a la infancia con vos a mi lado, para así ir haciéndonos en la memoria.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Libros digitales de Edgardo Lois


Aviso de edición digital: mis primeros cuatro libros como ebooks, ya andan de gira en el espacio de la red:


Subordinación y valor (para defender a la patria), estructura no clasificable:  http://www.bajalibros.com/Ficcin/Subordinacin-y-Valor-Para-defender-la-patria-Edgardo-Lois-Libro-21656

martes, 2 de octubre de 2012

Una historia para Julia (XX)


Me encanta viajar con vos. Tu interés por el mundo es notorio, tu curiosidad hace especial cada aventura. Sólo hace falta cambiar los ángulos para tu mirada. Y después agregar detalles, como la apertura de las puertas del mueble alto de la cocina. Cada puerta se abre y muestra su tesoro de platos y cacharritos de plástico: colores brillantes, brillos de metal, cosas y cositas que ahí hacen la vida. Nuestros viajes por el departamento incluyen la cocina, la multitud de habitantes, y de distinta especie, que viven en los estantes de las bibliotecas, por ejemplo, el relojito de arena, con él tu mirada se agudiza, se afila siguiendo el fino hilo de arena de mentira de color celeste. Una curiosidad acentuada aparece cuando descubrís nuestro abrazo en el espejo alto y flaco que hay antes de entrar al dormitorio, cuando una y otra vez miramos por las ventanas sobre los techos bajos de San Cristóbal. Julia mira que te mira: en la frutera, y en las estepas de heladera adentro. Buscás misterios en el cajoncito de las galletitas, o en el especiero que gira como la calesita de la plaza de Boedo. Encontrás música en las tres campanitas de lata que cuelgan del señor sol, que tiene ojos, sonríe, y está hecho con grueso alambre: cuando suelta tu manito, el quía febo cae sobre el cielo vertical de chapa de la puerta de entrada al departamento. Ahora se agrega el balcón y su cargamento de macetas entre verdes, formas y flores, ahí la luz del día te hace brillar todavía más. Ojos con sed sobre las florcitas ínfimas del jazmín. Cinco meses de vos: Julia a las puertas de la primavera. Me encanta viajar con vos, paso a paso, arriba y abajo, y a todos los costados, para que ojalá aprendas que siempre, en todos los paisajes en los que puedas andar, existen los recovecos, los intersticios, donde intentar el encuentro con la magia. Viajamos cómodos, vos, mamá Evangelina y yo, en este universo maravilla de dos ambientes con vista a un pulmón de manzana. Que la magia siga creciendo como tu destino primero en este barrio: que mañana la lleves puesta en cada uno de los días.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Una historia para Julia (XIX)

El jueves 13 de septiembre pintó de llanto cerquita del mediodía. Tres pinchazos y unas gotitas, vacunas para vos, Julia. Mamá Evangelina te abrazaba en la camilla, yo movía mis manos para distraerte. Fue un llanto de veinte segundos, te portaste bárbaro, enseguida andabas ofrendando sonrisas. A mamá se le ocurrió ir a comer al Bar de Cao. Fuimos, desde que naciste, y vamos para los cinco meses, que teníamos ganas de retomar el encuentro en el Cao. ¿Qué es el Cao?, un lugar querido, unos de mis lugares en Buenos Aires, porque mientras una persona va haciendo la vida, elije lugares, o todavía mejor, hay lugares que se le acomodan en el alma, en la memoria, y uno de los míos es este café, como también lo es el Margot, o como es La Caramba en Merlo, San Luis. Fuimos hasta el Cao, y te cuento, ahí mamá y papá hablaron por primera vez, ahí empezamos a conocernos; y en el Cao estuvimos de charla y comiendo ricos sánguches muchas veces, en el principio de nuestra historia y mientras esperábamos tu nacimiento. En el Cao escribí mis últimos libros; hará siete años, tal vez un poco más, que es mi lugar preferido de escritura. Llegamos al café y ahí estaba mi mesa libre, la de siempre, ahora nuestra mesa, donde hablé con mamá Evangelina aquella primera vez, la mesa donde siempre que está libre, me siento a escribir mis historias en el mientras tanto del tiempo. Sobre esa mesa doble puedo decir que escribí mis mejores páginas, contra la ventana que da hacia los adoquines de Matheu. Sobre la mesa acomodamos el huevito, y desde su balanceo miraste por primera vez en la memoria del Cao. También paseamos: te llevé en brazos, fuimos hasta la entrada en la ochava, hasta la barra, donde hasta no hace mucho trabajaba el Gallego, un amigo del café que se fue a dibujar en el otro barrio. Fuimos hasta el primer mástil que está al principio de la barra, el Cao parece barco de tres mástiles, y te mostré cómo colgaban salames y chorizos colorados, también los sabores dan su presente en el cielo cercano de esta memoria escrita.

martes, 11 de septiembre de 2012

Una historia para Julia (XVIII)

Una de las maravillas amanecidas con tu presencia, Julia querida, se manifiesta en el momento de asomarnos a tu cuna. Tanto mamá Evangelina como yo, esperamos el instante, las imágenes. Una mención especial merece tu show de pases mágicos a la hora del despertar, una danza de manos frente a tu cara o bien sobre ella; por lo general despertás en rojo, carita refregada por las últimas respiraciones del sueño, arabescos en el aire tan cercanos a la más hermosa de las fiacas. Percibimos movimiento o nace el simulacro de llanto, una de tus maneras de decir: estoy, volví, hola. Y hacia vos emprendemos el viaje corto en nuestro departamento. No hay una vez que no nos recibas con una sonrisa, vos de cara iluminada, y nosotros al tono. Nunca pensé que podía ser tan hermoso encontrarte en la cuna. Sabés, tu presencia me hizo revisitar mi pasado, volver a imaginarme bebé, a imaginar que, como ahora nos pasa a nosotros, hubo días en que mi mamá Adela, mi papá Rolando, se asomaban a mi cuna y los recibía con una sonrisa, la misma que ellos me regalaban, y cada vez que pienso en mis papás, ahora, siendo tu papá, sé que mucho les debo agradecer. No es que esto ya no lo supiera, pero cuando te veo, Julia, tan chiquita, tan de necesitarnos, ahí, digo, diez veces, gracias a mis padres. Tu presencia invita a un acto total de amor y solidaridad, y quiero anotarlo para que lo leas muchas veces, para que nunca te olvides de estas dos palabras básicas en esta vida: amor y solidaridad. Muchas palabras pueden desdibujarse, se pueden cambiar por otras, pero estas no. Yo no recuerdo la imagen de mi cuna, y vos quizá no recuerdes la tuya, pero tanto vos, mamá Evangelina y yo, sabremos que los momentos y las miradas, cuando nos encontramos en la felicidad del borde de tus sábanas, existieron, y fueron sonrisa acompañada de ciertas palabras.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Fantasma amigo: Guillermo Pérez Bravo

Guillermo (el Gallego) en el bar de Cao. Foto: Mario Bellocchio.

Creo que sin “querer queriendo” me ausenté del Cao. Sabía que el Gallego estaba jodido, pero no quería saber hasta dónde podía llegar el puñal. No fui su amigo, apenas compañero de café, de charlas esporádicas, pero esos diálogos nos fueron dando la pista de que andábamos por las mismas veredas artísticas, éticas, humanas. Él dibujaba, y fue un lector atento de mis historias. En el Cao, de tarde, escribí varios libros. El Gallego abandonaba el timón del barco ubicado detrás de la barra (el Cao es barco de tres mástiles, por si no lo notaron), para encender las luces. Veía que escribía en la sombra y me decía: ¿Y encima con tinta roja? Las pequeñas charlas me tentaron y en abril del año pasado lo entrevisté para Desde Boedo. Titulé la nota: Navegar mar afuera, y quedé muy conforme con sus conceptos, su pensamiento, su memoria de vida: Bueno, detrás de la barra, en algún papelito, siempre dibujo algo, un esbozo mínimo, una mujer que me interesó, un viejo leyendo el diario, en Estímulo aprendí a plantar una imagen en poco tiempo. El trabajo me gusta, este es un lugar que está vivo, la gente lo hace así, viene gente de valor. No creo que pueda vivir solo dibujando, en algún lado soy bastante vago, soy de dar mucha vuelta, porque tengo fe en mi facilidad y rapidez, y muchas veces me pierdo en la contemplación. Era el Gallego quien sintonizaba la radio en el Cao: tango, rock, y encontraba momentos especiales de Los Beatles, Led Zeppelin, Deep Purple. El Gallego, después del día de trabajo, se sentaba en la última mesa por Matheu para saborear un fernet y fumar un cigarrillo. Era una de sus ceremonias.
Acabo de entrar al Cao, acabo de enterarme que dos viernes atrás, a mitad de este agosto, el Gallego se fue a dibujar al otro barrio. Era del 49. Luego de muchos días vine con la idea de reencontrarme con la escritura en mi café, y así lo hago, escribo sobre este personaje de Buenos Aires. Por la mañana le escribía a Julia, mi hija, sobre la memoria. El día transcurre y sigo anotando memoria. Buena señal.
Guillermo Pérez Bravo figura en las páginas, y en la dedicatoria de mi novela Fantasmas en el cemento: Guillermo en el Cao como fantasma amigo: el Gallego, otro buen tipo, en mi memoria.

viernes, 31 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XVII)

Ya te había hablado de la memoria, de ese lugar que vamos construyendo con los recuerdos, y ahora otra vez aparece la palabrita, el lugar, porque la memoria es palabra y lugar, es refugio amigo, nuestra casa, es la panza de mamá y el misterio. Hoy es viernes y estoy solo en casa. El miércoles a la tarde mamá Evangelina te llevó a Gualeguay, a la casa de los abuelos Olga y Gustavo. Desde que naciste que mamá te quiere llevar a su barrio, para que veas las calles por donde ella anduvo desde que era bebé hasta que fue una mujer. El miércoles se fueron porque además, por trabajo, mamá tenía que ir dos días a Rosario, que queda a tres horas de viaje desde Gualeguay. Escribo mientras estás en Rosario, a tus cuatro meses. Las tres viajeras, porque las acompaña la abuela. El sábado vuelven a Gualeguay, y el lunes, después del mediodía, viajo para encontrarme con ustedes. Vamos a caminar por la orilla del río, vamos a ir al Náutico, vamos a comer pizza en la Apolito. Vamos a ir a esos lugares tan queridos por mamá Evangelina. Así como ya estuviste en mis barrios, Boedo y San Cristóbal, hoy te toca saber del barrio de mamá. Así es como se construye la memoria, respirando aires diferentes, escuchando nuevos sonidos. La memoria es amiga, Julia, tan amiga como la lluvia, como las palabras. Y además, la memoria sirve en momentos como este, en que me siento al escritorio para escribirte, en soledad, sabiendo que no estás, porque en la cuna no hay señales de que te despertaste, porque tus muñecos amigos mantienen en calma sus posiciones de trapo, porque no estás en mis brazos, porque me faltan tus sonrisas en directo, pero claro, tengo la memoria, y en ella, desde ella, las veo, las tengo, las beso, siempre conmigo, porque estamos en Boedo, San Cristóbal y Gualeguay, porque estamos en nosotros, porque felizmente somos memoria.

lunes, 20 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XVI)

Nunca imaginé que podía terminar jugando a la magia. Nunca imaginé que mis manos, Julia querida, pudieran ser capaces de transmitirte tanta alegría. Habías empezado a observar tu mano izquierda con sobrada insistencia y detalle. Sucedió entonces que la casualidad me llevó a mover mis manos en el aire, frente a vos. Para un lado, para el otro, mano libre que saluda, que dice chau, y entonces la magia: tu labio superior que se hizo línea (así cada vez que tus ojos avisan que se viene piquito alegre), una línea de horizonte aparece en tu cara, porque la sonrisa, la felicidad, el asombro te gana, y entonces el susodicho labio se hace trazo leve dentro de la más pura de las sonrisas: si siempre hay luz en tu carita, sale el sol en este tiempo de destino y horizonte de lo más humano. Mirás con atención, asistís a no sé qué revelación placentera, no te perdés movimiento, mis manos adquieren vida propia, personalidad festiva. Las pienso humanas, ellas por separado y jugando juntas: animales de regular porte, cada una siendo un alma, una señal. Con mis manos en el aire sé que puedo anular hasta un llanto de regular intensidad: qué misterio, qué artefactos del sueño, maravillosos juguetes estas manos de contar historias, pero esta vez en el aire, a lo sumo volando a la distancia sobre un papel y una lapicera roja. Mis manos para vos, en casa, en el momento menos pensado, invitando a la alegría de manera tan natural y simple. Manos hermanas cuando las tocás con tu magia.

jueves, 9 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XV)


Luego de haber escrito el texto número catorce, sigo el impulso de anotar una especie de prólogo para estas páginas. Respeto el nuevo impulso. El primero apareció en la escritura simple, en las ganas de entrar en mi oficio para contarte a vos, Julia, mi hija, algunas historias. El segundo movimiento es el que da origen a este texto, porque decido escribir estas líneas cuando siento que las historias consignadas a tu alrededor murmuran una identidad, una música, una misma sintonía. La respiración de dicho paisaje interno fue el que me llevó a hacer foco en las señales que sugieren el nacimiento de un libro.
En medio de este tránsito recibí dos pareceres que, motivados por la lectura de las historias, contribuyeron al descubrimiento. Uno de Mónica de La Caramba: Varias veces pensé que podía ser un libro, y el otro de parte del poeta Rafael Vásquez: Quiero creer que si tu impulso continúa, su destino será llegar a un libro, algo así como “Primeras cartas para leerle a Julia”.
Una historia para Julia toma forma en la intención de recoger momentos, sensaciones, pensamientos, fantasías, para guardarlos en una memoria escrita. Hay en este libro una única intención: contarnos, dejar testimonio, memoria (sí, una vez más esta maravillosa palabra), de nosotros: mamá Evangelina, Julia y Edgardo, y de los momentos en que nos fuimos encontrando.
Puede que parezca un tanto increíble, pero fue bastante después de iniciada la escritura, que reparé a conciencia en tres de los versos escritos por José Agustín Goytisolo en su Palabras para Julia, un poema decisivo para nosotros: Entonces siempre acuérdate / de lo que un día yo escribí / pensando en ti como ahora pienso. Así de simple, escribí, escribo, pensando en vos, pensando en nosotros tres.

martes, 7 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XIV)

Escuchábamos blues mientras recorríamos el departamento. Una mirada por la ventana del dormitorio, una por la puerta que da al balcón, miradas a los cuadros, a las bibliotecas, a la señora de pañuelo rojo, abrigo al tono y cartera negra que siempre se cuelga de la pared, al lado de la puerta, y te hurta sonrisas. Mamá Evangelina había ido a la panadería. Estabas en mis brazos, y escuchábamos a Champion Jack Dupree. Afuera el cielo sobre nuestro pedazo de barrio, los techos de chapa, el árbol grande, los tanques de agua. Viajábamos a dúo por casa hasta que mis ojos encontraron la foto de Liliana sobre el escritorio. Sabés, Julia, mi amiga se fue al otro barrio, el de la casi ausencia, unos días antes de que vos nacieras. Desde su muerte que tengo su foto apoyada contra la botella de whisky. Es su foto de Lisboa, está sentada a la mesa donde se apoya la estatua de Fernando Pessoa, el poeta de Portugal. Después de encontrarme con Liliana en Lisboa, caminaba, te llevaba, íbamos buscando nuevos ángulos de mirada, pero yo ya iba de a tres porque pensaba que ella no llegó a conocerte, que le hubiese gustado tanto, y en esos momentos pensaba en que seguramente le hubiese contado lo de tu manito izquierda, esa que hace días atrapa casi toda tu atención: manito cerrada, dedos que se desperezan, tus ojos, y vuelta tu manito cerrada. Imaginé que le contaba porque también había notado que siempre perdías, en primer lugar, la media de tu pie izquierdo; imaginé que le contaba al tiempo que se me ocurría alguna filosofada barata, a veces me gusta hacerme el gracioso, sobre la suerte de la izquierda y la derecha en las patitas de pibas de tres meses, y que poco después de obtenida una conclusión, tendría que haberla cambiado porque tu pie izquierdo empezó a ganar sobre tu media derecha, acción que probaba a las claras un triunfo netamente revolucionario. Así anduvimos por el cielo raso de una mañana en que escuchábamos blues en casa, felices, memoriosos, humanos.

jueves, 2 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XIII)

Una pintura enmarcada es ventana que se abre sobre tu curiosidad. Tu mirada, tu atención, día a día sube escalones buscando una mayor claridad. Llegaste a estar varios minutos atendiendo al colorido Vibroperro de Gustavo Roldán (h.) que cuelga en el dormitorio. En varios lugares del departamento, y debido a su movilidad, te quedaste en silencio con tus ojos fijos sobre la paleta que usó para pintar uno de sus cuadros el amigo grabador y pintor Juan José Cartasso. Hace un tiempo le pedí la paleta por considerarla parte integrante de su arte. Como Cartasso utiliza una por cuadro, me la obsequió. Nunca imaginó, nunca imaginamos que los colores secos, el después de la labor, se iban a quedar en tus ojos de pibita recién amanecida. Pero, Julia, lo más curioso de tu iniciación al arte, es que te llame la atención, y de forma reiterada, uno de los cuadros grandes del abuelo Rolando, mi papá. Sería entendible que el otro óleo, más claro, más colorido, fuera el que convocara tu curiosidad, o todavía más entendible sería que te convocaran los acrílicos que tienen mayor luminosidad. Tenemos en casa los acrílicos donde el abuelo pintó los tres cafés donde escribí muchos de mis libros: el México, el Margot, el  Cao, y también hay uno que recuerda a mi abuelo Julio, el papá de Rolando, y a uno de nuestros perros hermanos: Garúa. Sin embargo, vos relojeás uno de los óleos más oscuros que ha pintado el abuelo Rolando. Mirás la noche, la vieja casa de madera, el árbol, la luz mínima que sale del pozo del agua. Hay una amenaza en la pintura, es el color que acecha. El cuadro tiene treinta años, el abuelo lo pintó para mí cuando yo era un muchacho. Iba a su atelier y le leía partes de El color que cayó del cielo de H. P. Lovecraft. La historia me tenía atrapado y el abuelo me regaló su mirada. Cuando vos te quedás mirando la oscuridad, un colorcito tibio se mueve en la buena memoria del tiempo, una feliz manera de enfrentar las sombras.

viernes, 27 de julio de 2012

Una historia para Julia (XII)


Te digo la verdad: desde que entraste a casa te espío por un motivo especial. Así fue que un día te descubrí o, por qué no, imaginé que lo hacía, o mejor, quise imaginar, la manera en que empezabas a interesarte por tu lugar, tu casa, nuestro departamento de San Cristóbal. Aquella vez, tendrías unos veinte días, mirabas hacia la biblioteca que está en el dormitorio: en ella tus ojos: ventanas abiertas sobre la presencia en madera oscura. Hoy estás a días de cumplir tres meses y tu mirada escrutadora desarmó mis ansiosas imaginaciones. No hay duda. Mirás intrigada sobre las bibliotecas de la casa: estantes con libros de colores y tamaños diversos, y también encontrás colores en los cuadros que cuelgan en los ambientes. Verte así me lleva hasta un puñado de palabras, un pensamiento, que conté muchas veces: mi agradecimiento a mis padres porque en la casa de Martín Coronado existiera a mi nacimiento una biblioteca, porque entendí a lo largo de los años que ella era una de las mejores herencias.
Hoy vuelvo a encontrarme en tu encuentro. Me gustó crecer rodeado de historias, de libros, de personas que sabían del sabor que tenía la lectura. Ojalá que vos tengas ganas de conocer las historias de la gente. Las vas a encontrar en la vida, en la calle, y en los libros, como los que cubren las paredes de tu hogar de pibita. Siempre me gustó volver a mi lugar, siempre quise mis departamentos alquilados porque los hice míos, porque en ellos supe de historias, de libros, de música y pintura. En ellos: los colores de la memoria.

miércoles, 18 de julio de 2012

Una historia para Julia (XI)

Óleo de Eolo Pons
Me encuentro en tus ojos, los del misterio, y me digo que quiero contarte de cuando las personas caminan por los días y de cuando hay que irse para escondernos muy cerca de la ausencia. Quiero contarte, Julia, pero no sé si pueda. Nacemos a la vida, llegamos, abrimos los ojos, como vos, recién, hace un rato, llegar desde el abrazo de mamá Evangelina, o llegar desde la mar misterio, desde ese puerto ubicado a más de dos meses de tu sonrisa de hace un rato. Llegar es como volver de una siesta, de un sueñito. Hay siestas diferentes, unas cercanas, y otras un tanto alejadas. Siempre se vuelve a la siesta primera, de la que poco adivinan los hombres. Sabés, creo que yo venía conociendo mucho de esa siesta. Papá tiene amigos queridos en la siesta de la ausencia. Ellos duermen en otro barrio. Un tanto lejos están Néstor, Gabriel, Salvador, Liliana. Ellos se fueron después de vivir sus días, no están después de haber contado historias, después de haberlas disfrutado. Se fueron, pero igual los veo, los encuentro en la memoria, que es un lugar donde se guardan los recuerdos, un barrio donde se mezcla el tiempo, y es este tiempo y memoria el que puede atesorar la cara de mamá y papá, el cielo, la lluvia, la música, las caricias, los amigos, todo junto y sin orden para que vos, yo, cualquiera, pueda jugar con los momentos; y mejor si son alegres, y mucho mejor si hay más alegres que tristes. Creo, Julia, que papá venía como desparejo, con mucha historia y pensamientos alrededor de la siesta, esquina de Buenos Aires llamada muerte, es más, sé tantas historias alrededor de ella que casi podría pasar por sabihondo de café, y me doy cuenta que, a pesar de haber disfrutado de los días, de haber sido feliz porque viví lindas historias, es tu llegada, hija, la que por fin me empareja, la que me hace pensar en que ahora sí sé de la vida y de la muerte. Y quiero decirte que estoy convencido de que para caminar lindo por los días hay que saber de llegadas y de partidas: sólo así podemos ejercer la memoria.

Amistad y pincel: una memoria de vida


Rolando Lois y Néstor Berllés en el Museo Pompeo Boggio (Chivilcoy, 1993)

Néstor Berllés y Rolando Lois exponen en SAAP (Viamonte 458) del 17 al 31 de julio.

Hace unos cuarenta años, los malabarismos propios del juego de la vida hicieron coincidir en un mismo tiempo y espacio, los caminos de dos artistas plásticos. Las salas de exposición fueron los primeros lugares de encuentro. Después vino el café y la charla. La coincidencia se hizo fuerte en la filosofía artística que los identificaba: la pintura figurativa, a veces geometrizada, que a través del tiempo y el trabajo decantará en un último gesto: el paso de la figuración a lo abstracto. La unión también se dio en las ideas políticas, siempre a la izquierda del dial. Después llegó el tiempo de compartir exposiciones colectivas en la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, en la Asociación Estímulo de Bellas Artes, en el Museo Pompeo Boggio de Chivilcoy. De hecho, hasta el momento, su última exposición fue en octubre del año pasado en el Boggio. Compartieron también la comisión directiva de la SAAP en 1986. Durante la última dictadura, época dura para la SAAP, los dos ofrecieron de forma gratuita sus otros oficios para mantener el edificio de la institución: uno carpintero, el otro pintor. De manera mutua frecuentaron sus talleres y establecieron un sustancioso cambio de figuritas sobre el maravilloso quehacer del señor pincel. Para sus encuentros elegían el hoy desaparecido bar Florida, en Viamonte entre Florida y San Martín, donde ahora se levanta el Centro Cultural Borges. Al bar concurrían otros pintores amigos: Cachete González, Héctor Tessarolo, Julio Giustozzi, Antonio Garrido, el negro Pascual Suárez, que se llegaba desde General Rodríguez, Eolo Pons, Hugo Griffoi. Las reuniones se hacían los viernes, y sucedió que de forma inevitable los fueron mudando de café: hubo otro refugio sobre Viamonte. Porque es sabido el problema eterno de los artistas cuando de boliche se trata: mucho color y firulete con filosofada a la carta, tertulias muy lindas de ver y referir, pero a la larga les dan el olivo: ocupan mucho espacio y consumen poco.
Después de una vida de amistad y arte, los dos artistas plásticos: Néstor Berllés y Rolando Lois, al fin sus nombres, vuelven a presentar, a partir de la confluencia apasionada de su trabajo y los días, una muestra de su arte.
Desconozco si algún artista habrá podido pintar sobre una tela la apariencia de la memoria, pero sí estoy seguro de que Berllés y Lois le han hurtado una sonrisa  a la dama con la construcción de una amistad basada en el respeto de los sentimientos y las ideas. De esta manera se trabaja el arte mayor: la vida misma. Néstor Berllés murió en 1996, su arte sigue siendo su arte, Ana María sigue siendo su compañera, y mi viejo, Rolando, sigue siendo su amigo, su compañero.
Hoy, como ayer, vuelven a exponer en Buenos Aires.

Chau, Carlos

Un momento después de amanecida la finitud de una persona querida, elijo buscar en la memoria y vivir, restaurar, un aire de otro tiempo en el presente. Trato de hacer esquina en medio de la pena que nace con la primera ausencia. No llegué a ser amigo de Carlos Caffarena, pero podríamos haberlo sido. Si lo pienso, muchos fueron los nexos que nos podrían haber acercado todavía más en la mesa del café Margot. Todo puede acontecer en una mesa de café, esta verdad bien podría haber sido una de las coincidencias, estoy seguro de que él lo sabía; luego podría señalar otras ancladuras: Boedo, Buenos Aires, buen lector, charla sustanciosa, respetuoso del otro (también en la discrepancia), su especial conocimiento de la pintura argentina, pero más allá de estas señales y de otras tantas que podría agregar, Carlos era, fue, es y será siempre en las historias y en mi memoria: un buen tipo, y es esta la mayor distinción a alcanzar en el juego de los días. La distinción parece chiquita, uno de esos títulos que no cotizan en los tiempos de la velocidad, pero a ella no se llega por casualidad. Ser un buen tipo es un arte, y como todo arte, este también lleva una vida. Siento que de esta manera debo despedir a Carlos: nombrando su sustancia primera. Compartimos barrio, mesa de café margotiano y filosofadas varias. Hacía unos años que nos veíamos a los saltos, siempre el saludo pero estábamos más lejos que ayer, cuando mis primeros años de contacto con el viaje iniciático que me significó saber de la historia de Boedo y su gente. De aquellos días recuerdo las dos o tres veces en que hicimos de galeristas de arte junto a la pared mayor del Margot. Carlos indicaba, era el que sabía, y yo ejecutaba parado sobre una mesa del café. La agrupación barrial Baires Popular iniciaba sus muestras de pintura en las paredes del Margot y Carlos era el alma madre de la movida. Hoy elijo aquellas mañanas como puntales de mi memoria. Mañanas de Boedo, una pintura del barrio: Chau, Carlos, un placer, siempre estuvimos avisados, sabíamos que una y otra vez tendríamos que ejercer la memoria.

martes, 10 de julio de 2012

Una historia para Julia (X)

Mamá Evangelina colgaba la ropa recién lavada en el balcón. Vos estabas en el medio de la cama grande, acostada sobre una de nuestras almohadas. Afuera el frío. La persiana se guardaba en su nido, las cortinas se apretaban a los lados, la ventana era todo cielo de San Cristóbal. La seguidilla de plantas sobre el alféizar hacía de cordillera flaca; imagino que las macetas quedaban fuera de tu mirada. Estabas tranquila hasta que se asomó una nube de llanto, en tu cara se dibujó una clara expresión de pucherito a la carta. Arriba, gordita, con papá. Quedamos bien cerca de la ventana. Primero intenté que encontraras a mamá Evangelina, pero el llanto te traía a los saltos. Mamá desistió con su teatro de morisquetas. Empecé a decirte todo aquello que se me ocurría, que es como el estribillo de la canción que me va a llevar toda la vida, te hablé en voz baja, casi al oído: pibita de San Cristóbal y Boedo, bonita nena cuanto te quiero, Julia, la nena momosha: que es mezcla de mimosa y hermosa. Sumé besos cortos. Sentí que tu cuerpo se iba acomodando dentro de mi abrazo, encontré tu respiración buscando la calma. Mirabas a la ventana azul, porque de azul se construía el paisaje, puro cielo de San Cristóbal, puro cielo de barrio, el tuyo, el nuestro: así era cuando te quedaste dormida.

miércoles, 20 de junio de 2012

Una historia para Julia (IX)

Ayer fue mi primer día del padre. Tenía cierta expectativa con el día, cómo será, qué me pasará cuando me digan: Che, feliz día, porque hace cuarenta y tantos días con yapa que vino Julia, y entonces, sí, señor, feliz día, sos papá: Soy tu papá. Los amigos, la familia, las personas conocidas, todos estuvieron de feliz día para mí, y todo gracias a vos. La pregunta estuvo cantada cada vez: ¿Y, papá, qué se siente?, y tanto preguntar en ellos, y tanto encontrar en mí qué decir, cómo contar, es que terminé preguntándome: Che, barbeta, papi de Julia, qué onda, qué sintonía, qué revuelto Gramajo anda de feliz día en tu interior. Fue así, hija, que caí en la cuenta de que en realidad vengo de día del padre sostenido. Si por este día felicidad se entiende y se desea, vengo de fiesta desde el 28 de abril, porque la constelación del padre, una de las pocas que no crece en el cielo estrellado sino en el barrio de los hombres, se camina a través de la búsqueda de las esquinas más felices, y eso siempre me gustó, buscar los cruces en la vida. Encontrar esquinas, también elegirlas, algunas efímeras y otras eternas. Entre estas últimas, hoy, ahora, me quedo en la esquina de tu mirada, en la de tu cuerpo dentro de mi abrazo. Descubro buzones rojos que guardan palabras en tránsito, escribo cartas de ayer y de hoy, dejo señales en todas las esquinas en las que busco dar con tu alma: en cada caricia, en cada beso chiquito, en mi dedo atrapado por tu manito, y desde hace un puñado de días, hago esquina en tu sonrisa, en la luz de tu cara de pibita haciendo señales en nuestro universo de San Cristóbal, siempre tan cerca de Boedo. Vengo de feliz día desde que naciste, y así quiero seguir, así queremos seguir con mamá Evangelina, seguir en nosotros con las mismas ganas de encuentro. Claro que hay veces que nos cachetea un llanto que todavía no entendimos y pinta tormenta, pero luego todo se aplaca cuando mamá hace magia, cuida que te cuida con su imaginación que no para hasta que otra vez llega la calma, sea chupete respirando a buen ritmo, sea piquito de amasar sonrisas en reposo. Ahí es cuando logro desatar el moño de payaso asustado que se empecina en ajustarme la garganta. Feliz día del padre, sí, desde que te vi.

jueves, 7 de junio de 2012

Una historia para Julia (VIII)

Era de mañana cuando escuchaste por primera vez la lluvia. Nada importa que hasta ahí, es más, nada importa que todavía no sepas de la lluvia. Estabas de ojos muy abiertos en el cochecito que te prestó Augusto. Escuchabas la novedad. Mamá Evangelina preparaba el mate, papá te espiaba mientras empezaban a caer las primeras gotas: una y una, de dos en dos, ellas unidas en su quehacer, en su húmeda ética del regreso, porque gotas son las que se van y las que vuelven en el diario trajinar, gotas como si de personitas se tratara. Las ventanas de la cocina se asoman, cada día, sobre un lago de chapas, árboles y tanques de agua. Techos bajos de un centro de manzana en el barrio de San Cristóbal. Música primera la de la lluvia y el metal, amigos que todavía se abrazan en algunos lugares de Buenos Aires. Siempre me gustó ser, estar, en la lluvia. Será por eso que te imagino en ella. Primeras gotas de una lluvia de siesta acariciando tus mejillas, acompañando la infinidad de besos recibidos e imaginados, porque son tantas las veces en que quisiera comerte a besitos chiquitos, lentos como la mejor de las lluvias: comerte en besos de garúa. La lluvia será compañera una vez que la lleves en la mirada. Ella te sueña, te quiere: Julia, mi amiga, se la escuchará murmurar por los barrios. Ojalá que siempre te guste más la lluvia que el cielo, porque en cada gota, marca, beso, sobre una chapa, un patio, la calle, tu refugio de ciudad, vas a poder saber de las personas, la tierra y los días. Julia, hija, que la lluvia acaricie tus patrias internas.

jueves, 24 de mayo de 2012

Una historia para Julia (VII)

Los sueños hacen su juego durante tu sueño. Te ausentás con aviso de ojitos cerrados. Sin embargo, no se acalla tu decir, y no se detiene tu misterioso código de señales: tus manos también hablan. ¿Sueños de la mar enigma? ¿Sueños de tus primeras miradas sobre este pedazo de San Cristóbal? ¿Sueños de mamá, papá, los amigos, los familiares? Todo se hace posible en tu relato de palabras cortas, nuevas, chiquitas: palabritas abiertas entre el aroma de los pezones y el chasquido del piquito de labios finos que a veces permite el asomo, y el asombro, de lengua tan tenue, como concebida en noches de acuarelas y silencios. Sueños en pinceladas y entonces te imagino navegando en barquitos de papel por el agua primordial, acompañada de marinos con cara de monito de colores y ojos de mamá Evangelina, y todos barbudos como papá. La canción del Tata dale que dale de día y de noche para que tus manitos atrapen el aire, para que del aire hurten los sonidos que acarician, y para que detengas los que no. Porque nace tu seña rápida, segura: Sí, vos, che, pá, que no con el ruido de la bolsa plástica que guarda galletitas. Tu manito salió rauda hacia el ángulo de tu cielo y detuvo la queja intrusa. Ayer a la noche volví a pensarte. Te vi dormida en la cama grande. Mamá dormía, desmayada, un tanto lejos de vos. Contemplé tu sueño de recuerdos recitado con pases de escultora que sabe de amasar abstracciones en el aire. Escuché el idioma que cantan los recién llegados. No sé cómo logré seguir con mi vigilia de espía: ¿cómo andar de adivino entre tus sueños al tiempo que intentaba atrapar un puñado feliz de mis lágrimas?, ¿cómo pretender el resguardo de tus sonrisas con mis manos?

miércoles, 16 de mayo de 2012

Una historia para Julia (VI)

Foto: Eduardo Noriega
A las once de la noche del viernes 27 de abril hizo agua el mar donde vivías y como río inició el desborde piernas abajo de mamá Evangelina. Ella se aferró a un almohadón mientras permanecía parada, flotando, al lado de la cama. Reía, dijo: No sé qué hacer. Tu abuela Olga se asomó al dormitorio: ella también reía. A la medianoche mamá, Irma, la partera, y yo, estábamos ocupando las mejores ubicaciones en la sala de parto. De manera lenta comenzaron los aprontes. Que gotitas mágicas en el suero, que preguntas sobre cómo iba a ser: es decir, volvimos a hacer las preguntas de siempre. Que caricias en el pelo, que nos mirábamos mucho con Evangelina. Es increíble cómo sucede la vida, Julia, porque ella transcurre, parece que sube o que baja: ella la que alumbra. La vida empujada por el viento o siendo el mismísimo viento, y entonces todo, absolutamente todo termina llegando, sucediendo, y uno ahí: de pura vida y pura sorpresa. Pensé en que todo llega cuando me vi en el vestuario de la clínica: con ropa de enfermero, con un gorro blanco en la cabeza. Tanto pensar en ese momento y el momento ya era, ahí estaba, presente mi imagen en el espejo. Mamá se portó de maravillas, hizo caso a la partera, hizo chistes, se reía de papá, estaba feliz. Hubo diez minutos en que mamá sintió dolores, un rato de susto, pero todo estaba controlado, seis personas sabían qué hacer mientras te esperábamos. Tres veces pujó mamá, tres veces te llamó, y vos que empezaste a habitar la luz del primer instante, la luz de los días en este barrio. Vi cómo te deslizabas camino hacia nuestra vereda, vi cómo hacías esquina sobre el pecho de mamá Evangelina. Te limpiaron, venías de la mar misterio, ya te dije. Las agujas del reloj marcaban las dos cincuenta y dos de la mañana del 28 de abril. Llegó la luz, te vi y encontré los ojos de mamá.

jueves, 10 de mayo de 2012

Una historia para Julia (V)


Gran convocatoria de familiares y amigos encronopiados de alegría se dieron cita en la clínica Bazterrica. Habías nacido unas pocas horas antes y las manos festejantes, en un puñadito de momentos, trabajaron felicidades varias. Era sábado de mediodía cuando los papás de Azul llamaron por teléfono: Que saludos y besos, dijo Antonia, Que te felicito, dijo el Tata. Dijo también el Tata: Decime qué le dedico esta noche. Él es músico y esa noche tocaba en un boliche de San Telmo. Pedí La cerveza del pescador Schiltigheim, un poema de Raúl González Tuñón que tanto me emociona: el Tata lo hizo música y maravilla. Entonces, esta noche, en San Telmo, la toco para Julia. Fijate, pibita, cómo ciertos hechos de la vida, de la parte mágica de la vida, se juntan para dar flor. Venís desde el beso de la poesía y la música, y desde el primer día en este refugio de San Cristóbal, escuchamos uno de los últimos discos del Tata: Corazón de piel afuera. Sorpresa volver a escuchar la “Canción del niño y el caracol”: Sol / por aquí / baja, / caracol / caracol de mi corazón. / Vuelve / sube, / manito / por el aire, / dedito / suave / a mi frente, / caracol / caracol de mi corazón. Porque son sorpresa desde el primer momento tus manitos. Ellas dibujan fantásticas coreografías en tu aire cercano: chiquitas, perfectas, tranquilas mientras las lleva la música. No me canso, Julia querida, de mirar tus manitos, de esperar su roce, su hacer: ellas las que hablan, las que cantan y bailan. La música las acompaña, a veces la del mismísimo misterio de lo humano; a veces, la música del quehacer arduo de los hombres. La canción pequeña la escribió el poeta Miguel Ángel Bustos, desaparecido durante la noche del espanto, y la música la acuñó tu amigo el Tata Cedrón.
Julia, vos, la que viene desde el beso.

martes, 1 de mayo de 2012

Un historia para Julia (IV)

Naciste el 28 de abril de 2012, exactamente a las 02.52 del sábado. Te esperamos durante casi tres horas, tan contentos como nerviosos. La verdad era la misma para los tres: todos nos asomábamos a un mundo nuevo lleno de nuevos mundos más pequeños. Paisajes sucesivos, como si fuéramos mirando desde la ventanilla de un tren: en la sala de parto las primeras miradas, los primeros roces con la vida, la unión definitiva de nuestras presencias. Te quejabas un poco cuando te tuve por primera vez en mis brazos. Callaste enseguida. Tus ojos oscuros me llamaron la atención, también tus pestañas largas. Te miré y sentí que vos me mirabas. Un instante de silencio. Fue en ese silencio que me dije: ¿De dónde venís, Julia? Y cuando pregunté “de dónde” entendí que no preguntaba por la historia reconocible de tu cuerpo, preguntaba porque sentí que vos llegabas de un lugar desconocido y maravilloso. ¿De dónde tu alma, Julia? Lo sé: Del misterio. Tus ojos guardan el secreto.

miércoles, 25 de abril de 2012

Una historia para Julia (III)

Techos de San Cristóbal
Vista de "El Náutico"
Hubo una primera vez para que mamá Evangelina fuera hasta El Náutico, en la vera del río. Mamá es de Gualeguay, Entre Ríos. El Náutico es un lugar con pileta, churrasquero, mucho verde y árboles, y botes para navegar la cintura del agua. Hubo una primera vez para que yo pisara esta ciudad de Buenos Aires. Vengo de Martín Coronado, en la provincia. Hubo una primera vez para la aparición de cada amigo: en Gualeguay, en Martín Coronado, en nuestra Buenos Aires. Es lo bueno de la vida, siempre estás haciendo algo por primera vez. Por primera vez voy a ser papá. Por primera vez, hace unos días, cumplí cincuenta años. Por primera vez cumplí cincuenta mientras te espero. Habrá una primera vez para tu mirada, una primera vez para que escuches tu nombre. Una primera vez para que sepas de San Cristóbal y Boedo, de Buenos Aires y sus cielos.

Liliana Bustos: una mujer cronopio


Acá estoy, piba, sentado al escritorio para entrarle una vez más a la tinta. Podría escribirte con tinta roja, pero elijo hacerlo en la portátil, no sé si te dije, con ella recuperé la intimidad de la máquina de escribir. Ayer te escribí el mensajito semanal, pregunté cómo andabas, y fue Laura, tu hija, la que me contestó que vos, su mamita, se había ido al cielo.
Al final me quedé en el barrio como lo había imaginado, sabía que no te iba a volver a ver. Sabía además que vos también sabías. Creo que guardamos silencio porque hay palabras, frases, ideas, que es mejor dejar ocultas en las sospechas, las adivinaciones. Hoy caminé hasta el principio de tu memoria, fui con tu gente hasta la puerta del crematorio en La Chacarita. Todos tristes. Todos sabiendo quién eras.
Me dije al llegar que habrá que aprender a caminar esta Buenos Aires sin vos: la ciudad y los bares viejos, desde ellos el inicio del tiempo: de tu tiempo de estar fuera del tiempo.
Sentado a un banco frente al crematorio pensé en vos, y pensé en Julia, mi hija que está a dos semanas del primer llanto. Supe también que cuando llegue ese momento vas a estar conmigo. Siempre me gana un pensamiento cuando la vida muestra irónica, sin concesiones, su doble faz: al principio las imágenes me sorprenden, luego aparece una reflexión que al segundo ensaya una mueca burlona: porque es estúpido sorprenderse de que en un mismo momento la gente pueda estar viviendo instancias tan disímiles. Una pavada de pensamiento, lo sé, porque simplemente así sucede, pero no lo puedo evitar, ante la realidad despareja, me sorprendo, me maravillo y me siento culpable. Es entonces cuando me gana la sensación de que es exactamente ahí, en ese cruce diverso de suertes y ausencias, donde descansa la intermitencia de la felicidad en la vida. Estoy  a punto de enterarme qué es ser padre mientras vos te estás yendo, mientras te lloro en La Chacarita. Sabés, la felicidad se parece a la intermitencia propia de un bichito de luz, y creo que en lo posible deberíamos hacer memoria cuando enciende y, por qué no, también cuando apaga.
Laura leyó el poema Relación de Harry Martinson, dijo que a vos te gustaba, dijo también que eras: “Una mujer especial, una mujer cronopio, como le decía Edgardo”, y entonces la definición saltó a escena. Es cierto, me dije mientras se me caían las lágrimas. Una buena definición de Liliana Bustos, acertada, que se había escondido entre recuerdos. Te cuento en dos imágenes: estabas contenta cuando disparaste la cámara sobre el techo espejado del ascensor, la vez que me hiciste las fotos para Morir por Perón; y tu risa, bien ruidosa, como siempre, cuando escuchabas mis historias durante nuestro último café en La Perla de Once.
Caminé por una calle diagonal adoquinada. Me fui alejando lento. Te aseguro que cada paso, cada adoquín retumbó en mi alma. Me encontré en un estado desmesurado de conciencia de mí mismo. Supe más, todavía más, de mi sangre, de mi memoria: mi identidad. Fue entonces que el llanto comenzó a aquietarse. Fue entonces que me sentí reconfortado porque una persona como vos se quedaba en mí: vos, mi hermana, una buena piba, se queda conmigo para el resto de los días.


En agosto de 2007, mi amiga Liliana expuso fotografías en la Fotogalería de la Facultad de Ciencias Sociales, en la sede de Constitución. La entrevisté para el periódico Desde Boedo. Le pedí que me contara la historia de la muestra El tiempo de los bares.


Liliana Bustos por Liliana Bustos en el café Porteño
Tengo nostalgia de una ciudad de Buenos Aires que va desapareciendo, un paisaje que desde mi adolescencia se ha ido borrando raudamente, y dicho esto más allá de la globalización. Transité mucho la ciudad, caminado, en colectivo, y me gusta mirar. Tengo esa sensibilidad, enseguida me pega algo en el ojo, y tengo memoria. Siempre trato de recordar qué había en ese lugar, y muchas veces me entristece ver el cambio por algo modernoso, y no porque uno esté en contra del avance, sino por la pérdida de rasgos que tiene que ver con nuestra identidad porteña. Los bares siempre me gustaron, desde la adolescencia, me acuerdo, año setenta y pico, que me gustaba caminar por Carlos Calvo porque estaba toda adoquinada y por ahí descubrí un café, con una máquina de café grande, se ve que el paisaje ya me interesaba, pero claro, todavía no tenía claro el por qué. Hoy sé que ya venía influida por la poesía de Borges y otros poetas que tenían que ver con la ciudad. Por ahí buscaba esa literatura en la calle, y muchos de los paisajes existían, quizá no tal cual estaban anotados, pero sí estaba su metáfora. El café tiene la facultad de ser un lugar de paso del tiempo; ¿y qué clase de tiempo?, se podría preguntar uno cuando ve a un habitué de un bar que va y se sienta, pide su café, no hace como nosotros que por ahí llevamos un libro, para leer o estudiar, sólo se sienta y mira por la ventana; eso siempre me maravilló, estar sentado fuera del tiempo y en tiempos en que todos corren de acá para allá; también entran en escena los mozos, chaqueta blanca, botones de metal, y todavía los encontrás, el dueño, y la relación que se establece entre esos personajes. Con mi entrada en la conservación de fotos, tuve que aprender a sacarlas, y me gustó, no creo que sea una gran fotógrafa, pero me alcanza para atrapar el momento, ese tiempo que se pierde debido a la desaparición de lugares, sobre todo en la década menemista del 90. Ser la fotógrafa fue el camino para afirmar mi estrategia creativa, aquello que me pasaba con los bares. Los bares eran un mundo muy diferente a este mundo en el que vivimos, en esos lugares había tiempo, por ejemplo, para las relaciones, tiempo para comunicarse. A lo largo de mi trabajo con los bares me di cuenta de que hay tipologías, hay bares de campo, despacho de bebidas, que todavía marcan el límite entre el campo y la ciudad, y la atmósfera a respirar se presenta igual en lo rural y lo urbano, el desenganche del tiempo es coincidente. Muchas veces una barra se “hace” altar, un centro del folclore nacional, las botellas, la música, el fútbol, las fotos. Todo lo contrario me pasó en España, se toma el café de parado, de caña en caña, como dicen allá, y nunca lo pude entender. El café es el espacio de un tiempo especial para el habitante porteño. Muchos desaparecieron, otros se van transformando, algunos salen bastante bien parados y otros pierden esa identidad que los ubicaba en el barrio, por ejemplo lo que ocurrió y ocurre en Palermo. Haría falta un recorrido por estos cafés, a mucha gente podría no interesarle, pero hay a otra que sí y la movida no está contemplada, debería existir un circuito turístico no oficial. 
Liliana Bustos
Mi búsqueda fotográfica tiene que ver con todo esto, y saqué las fotos yo misma, no quise que otro las sacara, porque para mí era un descubrimiento, como una aparición de ese Buenos Aires que yo buscaba, como te decía, desde mi adolescencia. Ese Buenos Aires diseñado en su recorrido por la literatura; con cada autor que leía, hacia ahí iba, a sus lugares. Y después vino la construcción de mi recorrido, descubrir desde el colectivo o que un amigo te llame y te diga andá ahí, anotar direcciones y llegar de visita, sentarme, tomar un café, pedir permiso para sacar fotos otro día, y esto si realmente el lugar me impulsaba a hacerlo. Se dieron situaciones muy lindas, me invitaban el café, los habitués casi se ponían a mi servicio para ayudarme a hacer mi trabajo. Cuando la cantidad de bares creció, los empecé a separar por barrio; te aclaro que no era que aparecían diez por día, ahí también tiene que ver el tiempo, llevo casi diez años haciendo este trabajo. Casi siempre encontraba algo de interés, un centro, el famoso punctum de Barthes, y muchas veces lamenté mi limitación con la herramienta, porque sabía que mi técnica no me permitía atrapar el ambiente, lo que estaba vivenciando, con una mayor precisión.

viernes, 20 de abril de 2012

Una historia para Julia (II)



Julia reconoce las voces. Como si fuera un cuento para chicos, así me lo contaron y entonces pensé en vos. Y me encontré escuchándome porque vos me escuchabas. No importaba saber cuánto entendías las palabras de los grandes, era saber que sabías de la música de cada uno. También pensé en todo lo que te vengo diciendo dentro de mi silencio, en mi contemplación de mamá Evangelina. Pero cuando apoyo la mano sobre la panza de mamá para acariciarte, quiero que sepas, las palabras casi no me salen, y tampoco me aparecen mucho los pensamientos. Ya me vas a conocer mejor, siempre le ando dando vueltas a las ideas y las imágenes, porque mi oficio es la escritura y me gusta contar historias y mirar cómo vive la gente. Te decía que cuando te acaricio tan cerca y un tantito más lejos que mañana, no me salen muchas palabras, ni ideas, ni pensamientos, y que a veces mamá quiere escucharme y por ahí pregunta, y yo, bueno, creo que me pasa como a vos, te reconozco en la música y no sé, me digo: ¿importa saber cuánto puedo entender de las maneras de decir de los más chicos?