Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 6 de abril de 2014

Madrugada (La foto, Tiempo Argentino: 06 de abril 2014)


Leí al poeta Víctor Cuello de González Catán, quiere que a su muerte cubran su cuerpo con: “pedazos de amapola / perfume de piedra / lluvia color vino / pasto / trozos de libro”. Leí ayer y entonces salí de casa con el primer aire de la madrugada. Tiré de mi coche fúnebre: sobre la bicicleta fui mi propio caballo. Caminé unos metros hasta la mitad de la calle. Me detuve. Miré el cemento tratando de identificar el límite de la luz. Pensé en morir cuando me rodeara la niebla. La niebla es una trampera silenciosa: creemos que todavía no llega cuando en realidad ya estamos dentro de ella. Puede que la niebla tenga algo o mucho de la sintonía de la muerte. Pensé: este es un buen momento para morir. De pie en la niebla, cabeza gacha, recreando las historias que fueron cara, las que nacieron cruz. Morir sin miedo, en la tranquilidad de un destino de hombre tibio. De morir en una madrugada, y si hubiera cambiado mi dirección postal: del beso del fuego al hogar húmedo en la tierra, me pregunto: ¿con qué señales cubriría mi cuerpo? Y entonces mi memoria se va de boca, desbarrancan mis tesoros, se amontonan por lograr un lugar en esta escritura y luego entre las velas de mi nao. La disputa amanece, adivino que el trabajo será arduo, quizá demasiadas memorias/amores de personas, objetos, e imaginaciones bárbaras, juegos para mi boca cerrada. Es posible, creo, que cuando un hombre está listo para irse en la niebla enseguida señala el puñado de recuerdos con que se arropará en la tumba. Cuando llega la niebla, la memoria es escueta, no desespera. No somos más que un puñado de recuerdos.