Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Boedo navideño


Caminaba por Carlos Calvo rumbo a la inmobiliaria Gailus a pagar el alquiler de mi techo en San Cristóbal. En el momento en que esquivaba una moto atravesada sobre la vereda, en su cuerpo rojo se leía cool boy, me di cuenta de que en esa zona febo venía pegando duro sobre las terrazas de las personas. No me gusta el sol en la cabeza, así que busqué sombra y enseguida detecté sombrita: flaca, fina, nacida de una especie de alero amarrete ubicado en un primer piso. Caminé en la sombra dos pasos: pero me asaltó un miedo, qué horror de inseguridad: imaginé que había palomas, buitres civilizados, en el susodicho alero. Volví a febo en el mismísimo instante en que dos gotas de materia fecal acariciada por plumas, sustancia más conocida como mierda de paloma, hacían impacto sobre el vacío por mí ocasionado sobre el corredor-trampera que ofrecía apenas un sueño de fresquito. Trato de vivir atento al devenir de la mierda en Buenos Aires, muchas veces me sale bien o muy bien, pero claro, hay excepciones, no siempre pude escapar de la mierda de manera tan rápida y eficaz.
Esperaba en la inmobiliaria. Estaba de pie a un lado de la puerta de vidrio. Veo una cara conocida: Bombón. Estacionó su carrito de llevar diarios y latas en la puerta y entró al local. Caminó dos metros, se detuvo, giró la cabeza para mirarme y me regaló un saludo con su mano izquierda. Me había reconocido: nos conocíamos de las calles de Boedo, de los bares de Boedo, en especial del Margot. Bombón junta diarios, latas y algunas monedas en las mesas de los cafés. Siempre me saluda, y hacía meses que no nos veíamos.
Entró a la inmobiliaria y, como si fuera el jefe supremo, caminó hacia el interior. Desapareció de mi vista. Volvió cinco minutos después. Ninguno de los empleados le dijo nada, quedaba claro que las visitas y su carácter de habilitado era algo establecido, parte del paisaje de cada mañana.
Me miró. No dijo nada hasta que tuvo entornada la puerta de vidrio. Ahí volvió a mirarme y pronunció, con voz gruesa, un jojojo digno de un papá noel de publicidad. El burlón navideño hizo calle en el barrio de Boedo luego de regalarme la mejor de las sonrisas irónicas.
Después direccionó su trineo y se fue a su día.
Siempre que veo a Bombón me quedo con la sensación de que él sí entiende por dónde hay que entrarle a la vida.
(Foto de Mario Bellocchio: Bombón y el poeta Rubén Derlis en la vereda del Margot (2004))

martes, 8 de diciembre de 2009

Una de fantasmas




Pike Bishop se había dado cuenta: los tiempos habían cambiado. No obstante, siguió firme en sus convicciones hasta el final. El viejo Pike, inolvidable William Holden, es el líder de La pandilla salvaje, película filmada por Sam Peckinpah en 1969. El grupo salvaje jugó sus cartas en el rescate de un amigo. Sabían que iban a perdedores, pero aun así hicieron esquina sobre el paño verde que les tocaba. Los minutos finales de la película quedaron en la historia del cine: Sam había convocado una vez más a la doña violencia, y volvía a darle rosca a la cámara lenta: una marca de fábrica. Sus personajes cabalgaron hacia un México lindo y, como siempre, masticaron por anticipado la derrota: los días habían cambiado y ellos lo sabían.
Mis ojos se posaron más de veinte veces sobre el Pike Bishop de Peckinpah, pero son muchas más las veces en que terminé pensando en él y en su extrañeza para con los días que le tocaban. Pike muere defendiendo sus patrias internas, que van desde su código ético hasta los recuerdos. Él vive y muere en su película, puede que acompañado por una pequeña plegaria, quién puede saberlo con certeza, pero el hecho es que muere a conciencia abierta, muere avisado de que camina por días terminales, esos días en que definitivamente una persona tiene la certeza de sentirse un extraño en demasiados lugares, en demasiadas palabras.
La sensación de estar acompañado por la imagen de un fantasma bueno me tienta desde la infancia. Claro que hoy el paisaje está complicado hasta para seguir siendo el mismo fantasma de ayer.
Recuerdo que la puerta que dejó avanzar a los fantasmas sobre mi mundo la entornó mi viejo. Me regaló dos libritos, dos miniaturas que contenían cuentos de Poe, Lovecraft, Jacobs, Collins. Por la abertura se filtraron luego Chambers, Dunsany, Le Fanu, Shiel, Maupasant, y tantos otros. Creo que por esos días, la barra de pibes de la que formaba parte en un Martín Coronado del más allá de la prehistoria, gozaba de las bondades de la existencia de una casa abandonada, ubicada sobre una calle de tierra y frente a las vías del ferrocarril Urquiza. Sin dudas mi sed de fantasmas fue en aumento. Recuerdo que la casa tenía al frente una pared baja; por una puertita se avanzaba por un pasillo de unos tres metros hasta la entrada principal. A la izquierda del pasillo había un rectángulo de dimensiones mayores que las de una tumba y que siempre, en mi recuerdo sigue igual, permaneció cubierto de basura y ramas secas; debía tener una profundidad de medio metro, y más allá de nunca haber encontrado una función para el rectángulo, la verdad era que para nosotros, los pibes, se trataba, a no dudar, de una tumba. En ella había un muerto y el susodicho fue la causa para que una y otra vez saliéramos corriendo hacia la seguridad del mundo conocido. Una vez llegamos hasta el umbral de la entrada principal, el muerto debía estar dormido, y apenas nos asomamos vimos que a media altura, sobre un pedestal, había una imagen de yeso: una virgen cristiana; sobre la pared había una chapa de metal con nombres pintados, nombres y fechas de nacimiento y muerte. Alguno de los pibes gritó y otra vez a correr. Existió el día en que llegamos hasta la terraza de la casa; ahí encontramos unos maceteros de gran tamaño que no tenían plantas: estaban sellados con una tapa de cemento. No nos quedaron dudas: eran urnas que guardaban muertos. La corrida escaleras abajo dejó sin aire a más de uno.
Ahora, haciéndome a un lado de estos juegos entre niños y unos necesarios fantasmas atrapadores, estoy convencido de que la imagen que desde el principio se hizo en mí de un señor fantasma fue buena.
Una y otra vez leí historias en que el fantasma aparecía pura y exclusivamente porque exigía justicia. Fantasmas intentando que se descubriera a un asesino, fantasmas interesadísimos en que hallaran sus restos que el maldito había arrojado por ahí y que por lo tanto no habían recibido un respetuoso entierro. El fantasma del muerto era guiado por una buena razón. Podía también el señor fantasma tratar de transmitir sus vivencias, su soledad.
Mis lecturas siguieron y en un momento supe que me hubiese encantado vivir en los días en que creer en fantasmas no era tan difícil como en estos días. Pasar caminando frente a una de las Casas encantadas descriptas por Camille Flammarion (1842-1925) y respirar la presencia en directo, sin mayor información adicional, sólo con los comentarios de los vecinos entre mis ideas: entrar de lleno al mundo de los buenos fantasmas hubiera sido mi elección de todos los días. Ahora que lo anoto, lo mío siempre termina siendo poco productivo, es decir poca moneda provee visitar fantasmas o escribir.
No hace mucho llegué a las Memorias y aventuras de Arthur Conan Doyle (1859-1930), el creador del famoso detective Sherlock Holmes Doyle anotó: Yo he estrechado manos materializadas. He mantenido largas conversaciones con la voz de los espíritus. He olido el peculiar olor a ozono del ectoplasma. He escuchado profecías que se han cumplido enseguida. He visto a “muertos” reflejarse en una placa fotográfica, que no había tocado ninguna mano más que la mía. Doyle dedicó más de cuarenta años al estudio del espiritismo; al leer su libro El espiritismo, Su historia, Su doctrina, Sus hechos, pocas son la dudas que resisten frente a la realidad del más allá.
Siempre quise creer en fantasmas y en ellos creo, claro que me caen mejor los buenos fantasmas que los malos. Pienso en Pike: lástima que los tiempos estén cambiando, lástima que en estos días cada vez me sienta más extraño, casi como fantasma que no tiene manera de encontrar su tumba, su pulsión, el rastro de cuando él era en la vida.
Tal vez la globalización que todo lo puede también se haya metido con mis amados fantasmas. La punta reflexiva se hizo presente cuando comenzaron mis problemas con mi operador de cable, los señores de Telecentro. Como cliente 5046175 pedí servicio técnico porque cada vez que arrancaba la bomba de agua del edificio mi señal de cable desaparecía. Esperé una semana, el técnico debía pasar el 11-09 de 13 a 18hs: no se materializó. Escribí mails durante dos semanas: nadie contestó. Pedí técnico haciendo el correspondiente reclamo por la atención recibida, nueva fecha: 29-09 de 8 a 13hs: una aparición a la que obligué (decía que no podía y pudo) a restablecerme el servicio pasó a las 14hs. La señal duró unos veinte días y vuelta a lo mismo. Pedí técnico luego de contar otra vez la historia, nueva fecha: 26-10 de 13 a 18hs: cero ectoplasma. Vuelta al reclamo, nueva fecha: 02-11 de 13 a 18hs: sin manifestación de ningún tipo. El resultado fue que di de baja el servicio, me ofrecieron un descuento del veinte por ciento durante cuatro meses, pero eso sí, tenía que pedir servicio técnico (prefiero El mito del eterno retorno de Mircea Elíade (1907-1986), no el de Telecentro). Dije que no a la empresa que quiere apretar más de lo que le da la mano.
Ocurrió algo por el estilo con la línea telefónica de una amiga. Luego de una lluvia, el silencio. Pidió reparación, pero primero salió el sol, entonces hubo línea que funcionaba y todo bonito. Volvió la lluvia y otra vez a pedir servicio técnico. Mi amiga explicó su problema y prometieron pasar. Y alguien pasó, arregló el teléfono, pero desconectó internet. Sucedió luego que la lluvia volvió y otra vez el teléfono se ahogó. A esta altura, Snif, que es como llamo a mi amiga luego de tanto lamento telefónico, ya estaba planeando un asalto comando a la central de operaciones de Telecom, pero claro, ahí tomó conciencia (la misma que tomé durante mi reclamo por el cable y en tantos otros reclamos hechos a lo largo de los últimos años) de que no hay con quién quejarse y es más, cada vez hay menos lugares físicos, reconocibles, donde descerrajar un puñado de puteadas y exigir una satisfacción a espada o pistola.
Pensando en estas cuestiones es que llegué a descubrir que la figura del fantasma había sido globalizada, desvirtuada. Aprovechándose de las bondades del ectoplasma, sustancia fantasmática por excelencia, los globalizadotes se han llevado, han hurtado la esencia de los fantasmas de las casas y lugares dispuestos para tales fines (tengo temor de volver a leer alguno de mis libros con historias de aparecidos) y la han instalado en los edificios donde descansan las gerencias de determinadas empresas de servicios públicos. Edificios, además, que han empezado a hacerse invisibles, es decir, a tomar ellos mismos facultades propias del folclore fantasmal. En Buenos Aires un fantasma globalizado puede ser ubicado tranquilamente en una empresa de cable o en una telefónica. Y mientras el fantasma real deseaba ser encontrado, el globalizado es esquivo, se esconde tras una maraña de telefonistas rotativos y máquinas parlanchinas, para camuflar su identidad y sembrar el desconcierto entre los usuarios: ciudadanos cansados, desesperanzados: todos ellos condenados a la pura desmemoria. El fantasma real creía en la justicia, el globalizado actúa como rapiñero a sueldo de las águilas mayores.
Se hace difícil en este mundo, en estos tiempos, encontrar el rastro de los muertos, encontrar a los buenos fantasmas, pero a la manera de Pike Bishop, habrá que seguir cortando maleza, siempre atentos a las patrias internas y convencidos de que las cuentas se pueden hacer de otro modo.

sábado, 22 de agosto de 2009

Boedo o lo invisible permanente


Una vez mi viejo me dijo que él se había hecho hombre en Boedo. Allá por los años 40, él vivía sus días de pibe en un conventillo ubicado sobre Independencia, entre Colombres y Castro Barros. En el patio de ese conventillo enterró su primer tesoro: una escupidera abollada llena con bolitas. El mapa del tesoro se disolvió en la memoria temprana y no volvió a encontrarlas. En Boedo, hasta las bolitas se hacen aire y recuerdo. En este barrio se acentúa lo espiritual por sobre la marca física, como escribió el poeta boedense Rubén Derlis: Por las calles de Boedo lo invisible permanente rebasa de emociones el alma. El poeta Derlis avisa: Boedo no muestra nada… Todo lo que fue, de alguna manera, está en el latir de su gente, permanece vivo en la memoria colectiva y a través de ésta mantiene encendida su llama.
Anotaba entonces que la escupidera llena de bolitas jamás retornó del infraBoedo, donde al parecer rigen las mismas leyes que en la superficie. Las bolitas se hicieron aire como los momentos compartidos en el café por los hacedores del Grupo de Boedo: ni pista de la escupidera, tampoco del café. El poeta dejó su marca: después de haber vivido casi veinte años en el barrio o en algunos de los refugios que respiran dentro de su órbita, puedo afirmar que no hay manera de esquivarle a la gambeta que se acomoda en la geografía: en Boedo todo se hace aire o recuerdo, una misma caricia origina una memoria que no duele.
No quiere decir esto que las ausencias no se noten, la ausencia es ausencia en todos lados, hasta en Florida; digo que, en este Boedo de sintonía espiritual, se siguen fundando las caminatas que hacen a las vidas en medio de un paisaje de buena compañía. Si voy al Margot, sé muy bien que el Profe Ricardo De Biasse ya no está, y que tampoco está el Gordo González: y efectivamente no están, pero existe una pulsión en contrario: en ella se originan los buenos fantasmas. Para que un día nos queden unos cuantos recuerdos: decir, estuve, / estuve en tal pasión, en tal recodo. / Estuve, por ejemplo…, escribía el poeta Raúl González Tuñón y es inevitable, transcribo las líneas y termino en la voz del Tata Cedrón: canta La cerveza del pescador Schiltigheim y entonces tomo un poco de aire para poder seguir.
En Boedo estuve, por ejemplo, también en el Margot, con el mismísimo Cedrón. Hoy nos vemos de vez en cuando, pero en aquellos días en que el Tata le ponía música a los poemas de Homero Manzi que forman su obra Frisón Frisón, recuerdo que cantó bajito, para el amigo, como si fuera pura y simple palabra de café, la letra completa de Palabras sin importancia. En el barrio ocurre así, se puede decir estuve, estuve en aquella mesa, y de hecho se dice con tamaña felicidad porque todo se queda en el aire.
Escribo, tomo del aire de mi barrio y de mi memoria, las imágenes de algunas mujeres maravillosas. Gasté vida en Boedo, gasté sueños de amor en mis sucesivos departamentos alquilados. Llego hasta ellas cada vez que necesito hacer un alto: giro sobre la vereda y busco con la mirada. Busco en San Juan y Avenida La Plata, busco en Muñiz, entre San Juan y Bidegain, busco (ya en la órbita) en Independencia y Uriburu, y entre las palabras dichas y las calladas las encuentro. Cada vez que llego hasta ellas no hay dolor. En estas apariciones, el espíritu de mis calles se manifiesta decidido, nada ha quedado, nada a la vista, y sin embargo, ahí están, ahí estoy, sabiendo que hubo historias y que puedo volver para visitarlas. Sé que estuve en historias, en varias; y sé que estuve en una sola de amor verdadero.
Recuerdo noches de billar, noches de viernes, con mi amigo Marcelo Caballero. Durante varios meses nos encontramos en Boedo, hace ya muchos años. Los dos solos. De charla durante la cena, de charla mientras buscábamos el efecto correcto. Los vasos a un costado de la mesa, nuestro lugar de amistad en el punto iluminado del gran salón. Creo que nunca se lo dije, pero guardo esos momentos como festejo de la vida. En ese espacio temporal se jugaban sueños y aspiraciones, y es bueno saber que hoy siguen siendo los mismos. Si bien el billar hoy sigue en el mismo lugar, sé que ya no estamos, sé que puedo decir estuve, estuve en aquellas noches; y tanto estuve que a veces, tentado de saudade boedense, que también la hay, espío desde la vereda. Es inútil, pero la acción instintiva es parte del aire, de lo invisible permanente.
Puedo decir que en Boedo fundé el proceso de mi escritura. Un cariño especial genera el recuerdo de los primeros escritos que buscaban pista en las personas otras, es decir, las que estaban más allá de los amigos de siempre. Pienso en las porquerías que encerraba cada construcción: basuras de distinto tenor graso, pero tan necesarias a la hora del camino por hacer. En Boedo enfrenté el proceso de desmierdado de mi mano, de mi alma, para así poder contar historias un poquito mejor. Nada de este trabajo se perdió, está siempre ahí, a la mano del recuerdo (los papeles por suerte fueron al tacho hace años). Boedo me cuidó, me cuidé en Boedo, y su historia se fue guardando en mi escritura. Cuando, de casualidad se podría decir, terminé viviendo en el barrio, enseguida tuve conciencia de que en ese lugar había vivido mi viejo de pibe y de muchacho: mi viejo había sido muchacho de café en sus calles. Mientras iba de camino en la escritura, Boedo me fue acercando detalles de su historia y marcas de su geografía para que se fueran guardando en mi trabajo. Pero también descubrí que ya antes, desde la memoria de mi viejo, ciertos guiños ya habían anidado en pequeñas palabras. Estuve de escritura en Boedo, estuve en la mesa de café donde el poeta Derlis tendió el puente con Mario Bellocchio, que daba los primeros pasos con su periódico. Digo que estuve, hace ya como siete años, en aquel momento del naciente Desde Boedo, una caricia que sigue alimentando mi espíritu.
Camino Boedo en tranquila contemplación. Me gusta caminar por Estados Unidos rumbo a la avenida madre. La gente se mueve a otro ritmo, de la mecánica de vida del barrio se desprende la esperanza de una vida en paz. Como en todos lados, en Boedo también hay lugar para algunas miserias de poca monta: los autotitulados, los falsos próceres, los siempre listos para la foto, los adoradores del poder de turno, ellos también estuvieron; ellos también pueden decir: estuve, sí, estuve, pero no entendí nada. Camino hacia Boedo, a veces por la sombra, a veces por la vereda del sol, mañana voy a poder decir estuve, estuve, en los días previos a que la plaza anclara en el barrio. Hoy necesito saber que Boedo está al alcance de mi mano: estar a cuadras del Margot, a cuadras del Espacio Teatral Boedo XXI, de las veredas anchas y de la vida que no para de hacerse historia.
Haciendo algún tipo de arqueología barata, y concentrándome en mi apariencia de escombros -y digo apariencia porque me descubro en oposición a lo que generalmente se toma como verdad absoluta: llegar a viejo es seguir una huella premoldeada- afirmo que a la flecha del tiempo se le puede acomodar una observación válida. En Boedo construí, hasta ahora, la mejor parte de mi vida. En este barrio fundé mis patrias internas: mis territorios no negociables, por eso mismo no cotizan en bolsa plástica. Descubrí que fue bueno haber sido el estúpido necesario durante treinta años, para luego quedar en posición de aprender sobre la vida, hablo de entender a conciencia pequeños detalles tales como poder elegir en qué lugar me paro, en qué me anoto y en qué no, en qué creo, en qué pilares me fundo. Descubrí que volví a nacer a los treinta y no está mal, algunos no terminan de nacer ni a los ochenta, y es por eso que hoy no encuentro escombros en el espejo sino la mejor juventud.
Me sucedió en Boedo, en esta vida única de personas simples que quieren vivir en una sociedad más justa; hoy puedo decir que, al igual que mi viejo, yo también me hice hombre en Boedo, del camino cierto nada ha quedado a la vista, eso sí, estuve, también estuve dentro de lo invisible permanente.

viernes, 10 de julio de 2009

Oíd, inmortales, el chillido sagrado

El jabón picó hacia el cielo descascarado del baño. Escapó de mis manos, nunca me había sucedido. Subió y subió hasta que ya no, y como la manzana del señor Newton inició el camino de vuelta a casa. Pero esto no significó que volviera a mis manos cual bumerang de Príncipe Dinosaurio. El pan de jabón, un extraño maná si se quiere, que caía del cielo eligió un atajo lateral para llegar mucho más abajo de su lugar de partida. Fue cuando sucedió lo inesperado: no rebotó contra la bañera y luego derivó cual hollyday on esmaltado entre las paredes de la misma. El objeto volador identificado hizo centro sobre el empeine de mi pie derecho. Fue el tiempo del dolor y la puteada, después llegó el de la reflexión. Porque uno está preparado para agresiones conocidas, amenazas con marcas registradas, censadas en la pulsión cotidiana. Había aprendido que el fuego quemaba, pero no que el jabón podía atacarme.
¿Qué hice?, anoté al posible agresor en la lista de utensilios con capacidad de lastimar: jabón: hace arder los ojos, puede hacerme patinar para terminar estrellado debajo del firmamento, puede clavarse -como estaca impulsada por el gran Peter Cushing sobre el pecho del otro grande: Christopher Lee- sobre casi todas las partes de la humanidad de cualquier pajarón que tanto se preocupa por la limpieza. Una vez censado, el jabón ya no podría tener todas las facilidades para hacerme daño: cuestión de moverse con las antenas paradas, diría un agradecido Gregorio Samsa.
Pensé en todas estas cuestiones y creí que la disertación interna guardaba cierta cordura o lógica. Pero después salí a la calle.
En la esquina de Estados Unidos y Jujuy, luego de saludar a Lucas, el diariero, y a Gabriel, el empleado de la carnicería que terminaba de acomodar su moto en la vereda, vi cómo una joven damisela de buen revolotear esquinero, hablaba apasionadamente por su celular. Ademanes, risas, giros rápidos y un movimiento repetido de todo su cuerpo que sugería sorpresa, y no me equivocaba, lo supe cuando la escuché repetir una especie de estribillo no muy original: ¿En serio, boluda? Pero el asunto que se planteaba no era la conversación, sino su danza. No estaba parada sobre el cordón, se mantenía voyante sobre la calle, como si esperara que un viento fuerte por fin se la llevara del barrio de San Cristóbal. Al parecer había brisa dudante porque ella seguía hablando fuera de tiempo, y sí, también fuera de lugar. Los autos le pasaban cerca y cerquita, pero la niña no dejaba de hablar con la que debía ser, a juzgar por la repetición del término, decididamente una boluda, que no entendía y que en consecuencia demoraba una decisión vital de parte de mi observada. Cualquier conductor podía llevársela puesta, sin embargo ella siguió en su mundo ausente cuando emprendí mi caminata.
No había llegado a la esquina de Jujuy e Independencia cuando vi que una dulce viejecita, una abuelita, santa y perfecta como todas, se largaba a cruzar la avenida jujeña a mitad de cuadra y en diagonal. A no ser que la señora mayor estuviera siguiendo las indicaciones de un mapa que en teoría la conducía al descubrimiento de un tesoro, me dije: la dama está cometiendo una pequeña gran locura. Más claro lo tuve cuando reparé en la velocidad de avance en pista y la especial atracción que ejercía la fuerza de gravedad de la cintura para arriba de la doña. Encorvada y adicta a las pastillas de freno, se mandó a buscar el tesoro al final del arco iris. Se ve que no tenía en cuenta que los gnomos, con seguridad, ya se lo habían birlado y que con la guita habían comprado autos, muchos autos, como los que, no sé si en ese momento explícitamente conducidos por gnomos, la esquivaban por lástima o porque no querían demorarse con el papeleo posterior y luego en el chapista. Me asombra ver cómo las acciones más arriesgadas de cruce de calles son practicadas por gente mayor, parece que la cuenta es: a menor capacidad de movimiento mayor el riesgo asumido.
Recuerdo que en mis días de pibe disfrutaba mucho con la velocidad de Meteoro. Un héroe de dibujito, novia bonita, el hermano enmascarado, un auto que saltaba abismos. Hoy, cada vez que salgo a la calle pienso en que Meteoro era uno solo y que corría en pistas diseñadas para correr o en caminos de cornisa dispuestos para la boludez del macho en velocidad. Lo pienso porque parece que estos días no alcanzan para mantener héroes y mucho menos para fundarlos. En cada caminata por avenida Jujuy veo cómo un nuevo Meteoro, clonación mediante, volvió para ser millones. Meteoros sin filosofía, sin justicia, alcanzo a pensar cuando veo una nave partir con códigos de firmamento un semáforo en rojo. Hombres en velocidad, hombres lanzados hacia el futuro, muchos refugiados tras vidrios polarizados y reforzados en la defensa con fríos anteojos oscuros.
Un caso mucho más peligroso de meteorismo es el que parido clon termina tras los mandos de un colectivo. Dueño y señor del reino de las calles ciudadanas, el señor bondinero, queda a salvo de cualquier rastro de culpa mientras aprieta del cogote al acelerador y hecha mano, por suerte solo tiene dos, a la falta total de respeto por los semejantes. Recuerdo que Meteoro, más de una vez, no sabía que en la cajuela del Mark 5 se escondían Chispita y Chito, el nene y el monito, y lo mismo ocurre con esta categoría de quía manejador que conduce, transita y aplasta en la ciudad, sin entender que lleva a un buen puñado de mortales en su pedazo de cajuela.
Insisto, yo no sabía de las facultades agresivas de un pan de jabón, pero ahora sí. Me dije que una acción lógica era anotar, guardar en la memoria, y luego acariciar mis nuevas antenas. Recuerdo que inicié la vuelta.
De regreso al barrio, a casa, caí en la tentación de espiar una vez más sobre cuál era el estado de salud de mi país, de mi mundo globalizado. Pandemia, kill the chanchos. Horror, algo parecido a Los Pájaros de Hitchcock: afuera, sí, asomándote apenas un poquito, un bicho te puede poner vuelta y vuelta sobre la parrilla. El asunto parece serio, hay hechos confirmados, hay muertos, y los muertos preocupan, ahora son más de sesenta y eran como cuarenta y cuatro cuando habló el nuevo Ministro de Salud, sí, ese al que le cuesta atar dos palabras seguidas. Llegó la porcina para quedarse, los muertos por el hambre, el frío o el dengue, deberán esperar. Primero es lo primero y los medios de comunicación la tienen clara.
El viejo Charles Fort coleccionó información de lluvias extrañas: peces, lluvias de colores, de barro, pero nunca anotó en su Libro de los condenados una lluvia diluviante de gripe porcina. Una cosa es avisar, informar, y otra muy distinta es agitar por motivaciones varias: económicas, políticas o simplemente para sumar más escuchas, lectores o televidentes. La cantidad de boludeces descubiertas en la tv a propósito de la cuestión entregan una nueva muestra gratis del momento histórico que vivimos, estamos perdidos sin mayores defensas frente a la ignorancia y las conveniencias de turno. La peste ataca al mundo todo, y al igual que ante un aviso de invasión marciana en las pampas, es necesario que la gente sepa, ante todo, cómo enloquecerse, y para eso te asusto con el plato volador, los hombrecitos verdes y los chanchos. Busqué cambiar el foco informativo frente a toda esta ola de miedo supremo, y llegué a una noticia recogida en el blog del escritor Carlos Rigel (diariopersonalrigel.blogspot.com): Deschanchizar la pandemia. Debido al descuajeringado alerta mundial de Pandemia de Gripe Porcina -que parece que sí pero también que no, entre el 4 y el 5 de 6, según la OMS-, la Asociación Internacional de Cerdos (AIC), la Federación Mundial de Chanchos Unidos (FMCU) y la Fundación Felices los Cerdos de Orwell, deslindan responsabilidades con la misma. “Hay que avanzar hacia la deschanchización de la pandemia”. A su vez el Senado de la Nación y la Asociación de Jueces reportan numerosas ausencias laborales injustificadas en las distintos rubros regionales de cada gremio y se declaran en sesión permanente.”Todos los cerdos somos iguales ante la ley, aunque algunos sean más iguales que otros, pero eso no quiere decir nada”. También ponen en conocimiento público que se descontarán los días no trabajados de no presentar los comprobantes médicos extendidos por organismos oficiales. Sí, busqué aire limpio para poder respirar un toque de cordura ácida, a lo Rigel..
La amenaza está presente, y la duda es cuánto es lo que hay de verdad; en el agite diario se pierde la cuestión central y prima la estupidez. Haría falta que el estado dejara de jugar a las escondidas a la hora de bajar la información, y a la hora de tomar las medidas necesarias para combatir el virus: tres vivas por la instalación sin cargo de un centro informativo, operativo y decisorio único para desmalezar la cuestión. Deseos de buen funcionamiento: muchachos, trabajen con la verdad, a mantenerse libres de ataduras económicas, a ser creíbles.
Y a no descuidar un detalle: nosotros. Son, y cada vez en mayor número en esta sociedad, los que eligen sentirse inmortales y proceder en consecuencia: si no me preocupo por mi vida poco o nada voy a preocuparme por la vida de mis semejantes. Este es otro virus peligroso que desde hace tiempo nos viene pegando feo. Me paro distraída en cualquier lado porque hablo por celular, cruzo la calle por donde se me ocurre, manejo a toda velocidad, me olvido de que llevo cuarenta vidas a bordo, y ahora, que me aseguran que la gripe A (H1N1) avanza a pie firme, decido concurrir a lugares cerrados y desbordantes de humanidad para encontrarle un sentido a la vida.

domingo, 15 de marzo de 2009

El álbum del presidente


Los discípulos de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes se honran dedicando á su digno y querido Presidente este humilde obsequio, fruto de los estudios seguidos por cada uno de los firmantes en la institución por él presidida.
Crea el señor Gallardo que en la mente de cada uno de los que contribuyeron á la confección de este album, no se atribuye á la obra otro mérito que el que pueda tener como prueba de muy sincera gratitud y cariño hácia la persona de su Presidente.
Acepte, pues, como tal la ofrenda, despojada de valor en la forma, pero encerrando en el fondo un sentimiento que sólo pueden despertar aquellos que, como el señor Gallardo, sacrifican tiempo, intereses y paciencia en pró de unos cuantos obreros modestos del arte, tan abandonado por todos en esta nuestra patria.
León Gallardo, el presidente de Estímulo de Bellas Artes allá por 1891, era quien pagaba el alquiler del lugar donde funcionaba la institución y quien pagaba los sueldos de los profesores: Reinaldo Giudici, autor de La sopa de los pobres, y Ángel Della Valle, autor de La vuelta del malón; las dos obras pertenecen al Museo Nacional de Bellas Artes.
Desde el techo de una de las vitrinas de la biblioteca de la Asociación, cuyo edificio en la actualidad está ubicado en la esquina de Maipú y Córdoba, da su presente el busto de León Gallardo, obra realizada por el escultor Juan Arduino. A un lado de la figura hay otro mueble: de gran porte, pesado, también de puertas vidriadas y lleno de libros. Los vidrios terminan con los misterios, pero no así la madera y mucho menos un mueble como el descripto.
Fue detrás de ese mueble que en el año 1985 se encontró un álbum-obsequio dirigido al señor Gallardo. Los extraños caminos del papel y el cartón en el momento de sus históricos y cíclicos deslizamientos no impiden el interrogante: ¿por qué el presidente Gallardo no se llevó la carpeta? Las palabras escritas por los alumnos en el texto de presentación, imagino, habrían hecho que el señor Gallardo atesorara el obsequio con sincera emoción. Quizá el motivo esté anotado en el busto de Arduino; en su parte trasera se consigna la fecha de muerte de Gallardo: 14 de junio de 1892.
Los dibujos que componen el álbum están firmados, muchos son de una calidad innegable, y entre los apellidos que se leen con claridad se encuentran: R. Cánepa; D. G. del Castillo (julio 31 de 1891); Santiago Queirolo (misma fecha); Alfonso A. Forns (agosto 7, 1891); Vicente Barone; Santiago Gilardone; Francisco Marzorati (agosto 10, 1891); Alejandro Deffis (julio 27, 1891); L. Colombo (julio 1891). Todos los trabajos fueron realizados en el mismo año; las preguntas: ¿cuándo se armó el obsequio?, ¿quién puede saber si llegó a manos de León Gallardo?, ¿fue la muerte del destinatario la razón por la que los dibujos siguen en la institución?
Algunas preguntas más, ¿cuándo la historia o el misterio de la historia quiso o mandó a que el álbum se deslizara tras el mueble de la biblioteca?, ¿quién llevó el álbum hasta el edificio actual?, ¿cuántas personas olvidaron la presencia?, ¿quién pudo dar noticia de la desaparición y calló?
Pero todavía falta una pieza en el rompecabezas, y el faltante no es la solución, sino otra pregunta sin respuesta. La Asociación guarda muy poca información sobre su historia, el cuento aparece quebrado y muchas son las puntas que al parecer se pulverizaron: hay un documento escrito por Ofelia Manzi que abarca desde la fundación, 23 de octubre de 1876, hasta el año 1905. Luego hay testimonios parciales. La historia de Estímulo de Bellas Artes aparece pintada entre sombras. Faltan algunos libros de actas, y en otros el trazo se hace ilegible. El juego de la memoria tiene sus riesgos.
Del material disponible se desprende la siguiente seguidilla de direcciones en las que funcionó la escuela de arte. En 1876 tenía su sede en los altos de Moreno 360; en 1881, en los altos del Teatro Colón; en 1888, en Lavalle 59; en 1898, en Florida 783, en los altos de las Galerías Pacífico; luego en el Pasaje Barolo; después en el barrio de Barracas; en 1938, en Bernardo de Irigoyen 553; y recién en 1940 llega a su edificio definitivo. No existe un registro certero del día de cada apertura, y tampoco el rastro calendario de cada mudanza. Entonces, ¿en qué lugar, Lavalle 59 o Florida 783, los alumnos decidieron el álbum-obsequio para el presidente Gallardo?
La casualidad quiso que días antes de entrarle a esta parte de la historia de Estímulo de Bellas Artes, me encontrara leyendo el libro Campo Santo del escritor alemán W. G. Sebald; entre sus artículos figura El remordimiento del corazón: Sobre la memoria y crueldad en la obra de Peter Weiss. Sebald anota que Weiss, pintor y escritor, es autor del libro La estética de la resistencia, y que desde sus páginas se enfrenta con “el arte del olvido”. Dice Sebald que para Weiss: [...] Escribir es intentar, a pesar de todos nuestros “desfallecimientos” y “ausencias”, “mantener el equilibrio entre los vivos con todos los muertos que llevamos dentro, con nuestro lamento por los muertos y con nuestra propia muerte, que tenemos ante los ojos”, para activar el recuerdo, que es lo único que justifica la supervivencia a la sombra de la montaña de culpa. Sebald arriesga su certeza: Sin embargo, la obra de Peter Weiss demuestra, con mayor claridad que la de cualquier otro contemporáneo, que la memoria abstracta de los muertos puede poco frente a las tentaciones de la pérdida de la memoria [...].
El enfrentamiento es duro; en la calle, en cada uno de los días, se libra la partida de ajedrez entre la memoria y la desmemoria. Son tiempos en que es necesario recuperar más de una de las llaves utilizadas por nuestros muertos. Es mentira que sólo descontando memoria, podemos hacer lugar para la nueva. Sin darnos cuenta nos llevan, miserias globalizadas mediante, a la lógica de la memoria que hace posible la computadora, los celulares o los mp3: borrar aquello que parece obsoleto, tachar, olvidar (ahí la flecha indicadora), y sólo dar lugar (oportunidad) a lo nuevo, a lo recién plantado.
¿En qué lugar, el 25 de julio de 1903, mientras esperaba para dar una clase, murió el ya director Ángel Della Valle?, ¿en qué lugar daba clases a esos alumnos que llevaron, prácticamente a mano, su ataúd hasta la Recoleta? La historia no me dice dónde, pero cuenta del gesto de sus alumnos.
En junio de 1940, con motivo de la inauguración del edificio definitivo de la Asociación, se organizó una muestra con obras de los socios fallecidos de la institución. La historia dice que dos muertos: los profesores Reinaldo Giudici y Ángel Della Valle, luego de la muerte de León Gallardo, dejaron de cobrar un salario y siguieron enseñando gratis.
La historia dice que en apariencia ninguno de los firmantes del álbum-obsequio logró destacarse como plástico. La historia dice que quedó, como siempre, la felicidad por el trabajo realizado. Obreros modestos del arte, se autodefinen en el mientras tanto del feliz intento.
De activar el recuerdo se trata, el mismo Sebald afirmó en una entrevista: Recordar a los muertos nos distingue de los animales.
Son alrededor de sesenta dibujos. Lápiz suave, sombra marcada. Cartulinas vestidas o rodeadas, tomadas, por fantasmas nacidos en el amarillo del abismo. Pedazos faltantes en los bordes de las obras, quebraduras de los blancos sobrevivientes. Sin embargo, es sabido que el tiempo se pinta, se escribe, se actúa, para que alguien, algunos, lo refunden en la memoria. Y para que la noticia de la nueva fundación sea luego contada en un café, en un periódico de barrio, en una radio, en una Ciudad Autónoma toda, a los que no estaban enterados.
Una marca, una señal, una pista, el dato cierto: en la esquina de Maipú y Córdoba, dentro de la Asociación Estímulo de Bellas Artes, en su sala de exposiciones, habrá un grupo de artistas muertos que expondrán sus obras.
Llegó el momento para que la muestra se hiciera realidad. Los trabajos fueron restaurados hasta donde fue posible y protegidos para ser exhibidos. Todo está listo.
Desde el seno de la actual Comisión Directiva de la Asociación se afirma que se organizó la muestra en homenaje a León Gallardo, a los profesores Giudici y Della Valle, al escultor Juan Arduino y a los alumnos. Se afirma también que otro mundo es posible, siempre y cuando se esté del lado de la memoria.
En esta Ciudad Autónoma, en este país, se inaugurará el 6 de abril la muestra donde se podrá contemplar la totalidad del álbum-obsequio para el señor León Gallardo. La exposición permanecerá abierta hasta el 30 del mismo mes.