Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 25 de noviembre de 2014

Quiero recordar a Juan Korb, mi tío, fallecido ayer en tierras del Imperio del norte. Cuando dejó la Argentina por última vez, en 2012, escribí una nota para Desde Boedo. Su título: Juan y la lámpara mágica, que publico a continuación:

Mi tío Juan modela lámparas desde hace varios años. Químico de profesión se dedicó a jugar en distintas sintonías del plástico y con distintas texturas y cuerpos. Con el tiempo hubo una forma que lo fue atrapando: el cilindro alargado, de boca más o menos ancha, de espesor diferente en los cuerpos, y de alturas antojadizas: cilindros devenidos en lámparas de una luz tenue en su interior. Mi tío Juan fue durante gran parte de su vida un hombre viajero, como él mismo se definió: un barco fuera de lugar toda su vida, esto dicho porque vivió más de treinta años en las tierras imperiales del norte. Volvió a la Argentina por unos años a tomar unas buenas bocanadas de aire del sur (nunca olvidó que era hombre de por acá), y después emprendió el regreso. En esta nueva travesía fue que las circunstancias lo llevaron a aliviar la bodega, a desprenderse de objetos varios, y entre ellos, dejó para retirar en un después, sus preciadas lámparas. Quedaron en mi poder, guardo varias, y entre ellas una, la que quizá simbolice la cúspide de su creación, porque Juan es, tal vez sin saberlo o de modesto o reacio a los grandes títulos, antes que químico, un artista.
Enciendo la lámpara sobre la biblioteca. Está acompañada de libros y de adornos, sobre la pared donde se apoya cuelgan dos cuadros de mi papá, el acrílico del café Margot y el que aparece en la tapa del libro de poesías de mi abuelo paterno, Julio Martín. Desde la primera vez que la vi encendida que sueño con este momento, es decir, el de la escritura. Hace meses que quiero escribir la lámpara: parece cielo de tormenta, se ve claridad en la base, cerca del horizonte, y claridad en el cielo alto, esa parte que conecta, engancha, con el camino cierto al universo profundo; la mayor parte del cilindro de unos treinta y cinco centímetros de altura está ocupado por una mancha: el germen tormentoso que en su mitad muestra una leve brecha clara. La lámpara es la imagen del misterio, se me ocurre pensar en el misterio fundacional de la vida. Al menos así lo sentí, lo supe, a la primera contemplación. Fue cuando mi tío Juan dijo que estaba hecha con una sustancia fotosensible, y que con el tiempo la masa oscura iba a terminar aclarándose.
En la noche de este fin de año me propuse un juego, prenderla y apagarla mientras a continuación pensaba en alguna imagen hurtada a Buenos Aires, una imagen que contuviera un toque de fantasía. La lámpara mágica de mi tío Juan, como si de arbolito navideño se tratara, iluminó un puñado de fotos narradas.
Sostengo que lo primero que iluminó fue la cercanía de un río o de una laguna, porque además, Buenos Aires cada vez se parece más a un gran charco: el charco primigenio donde tanto bicherío variopinto se da a la vida en tránsito, porque es inevitable, el bicherío irá, por instinto (ojalá que sí), en la búsqueda de una huella de río o de laguna sobre el cemento ardiente de la ciudad. Luego de encender y apagar la lámpara volví a ver al pescador de San Cristóbal. Llevaba una caña de pescar (obvio), un morral, gorra de pescador y caminaba con tranco de pescador. Oteaba la calle buscando el horizonte que supongo imaginaba cercano a la esquina de Matheu y Estados Unidos. El pescador buscaba su río o su laguna sobre la vereda del Cao. Yo llegaba al café con Eduardo Noriega, el fotógrafo, pero lamentablemente iba desarmado. La presencia me sorprendió, ¿qué hacía un pescador pronto a disponer su oficio a metros de mi café sobre Independencia?
La avenida Independencia fue alumbrada con el arte de mi tío en el recuerdo. Porque al ver al pescador cercano al Cao pensé en agua de río y luego en barcos, y especialmente en barcos fuera de lugar, como mi tío Juan. En el pasado caminaba por Independencia hacia mi departamento, unos quince minutos después de la medianoche. Dejé de mirar el piso cuando descubrí que avanzaba por la avenida desierta y el invierno, una camioneta atiborrada de luces amarillas. Avisaba, abría paso para los barcos. Es sabido, los fantasmas eligen andar por las avenidas, y entonces es factible toparse con uno, pero lo que no sabía es que en las avenidas uno puede encontrarse con barcos fantasma. No sólo fantasmas de la tierra, ahora fantasmas de río sobre la casi totalidad de la anchura de Independencia. Dos barcos lentos y oxidados sobre plataformas rodadas, barcos transitando desde la muerte en el Riachuelo de la fantástica mugre.
Vi la tormenta otra vez, click que enciende y click para un final, y entonces fue el turno del colectivo 23. Un mediodía de la primavera del año anterior abordo la nave en Catamarca y Estados Unidos. Camino hasta los asientos del fondo. Ocupo el lugar vecino al de la ventanilla, que está habitado por un hombre de unos sesenta años. Tiene alguna apariencia extraña, pensé cuando detecté su murmullo: era constante, imposible de entender. Miraba hacia las veredas, parecía estar buscando a una persona. De repente giró la cabeza y me miró a los ojos. Habló, no entendí, o sí, pero quería volver a escuchar y entonces dije: ¿Cómo?, al tiempo que me acercaba unos centímetros: Me tiran los bonaerenses y me tiran los federales, se me va todo al estómago, y me hace dar mal aspecto. Asentí con la cabeza, guardamos silencio, él volvió a la ventanilla, y yo me quedé con su declaración en la memoria.
Faltaban unos minutos para la última medianoche del año cuando el saludo de la lámpara alumbró a mi diariero amigo, Lucas, en su puesto de batalla de la esquina de Estados Unidos y Jujuy. Hace unos días me detuve a saludar y Lucas andaba con un sucedido en la punta de la lengua: Sabés que había un chabón parado en la esquina, lo vi, no hacía nada, estaba ahí (señala el punto exacto en la baldosa). Me ve, se acerca y dice: Vi un águila calva, me pasó a cuarenta centímetros de la cara. Pregunté: ¿Un águila calva? El tipo me dice: Sí, era como un cóndor. No podía creer lo que contaba: ¿De dónde venía?, pregunté. Venía por Independencia, dobló en Jujuy. Lucas luego refirió el silencio posterior a la escena y la desaparición del avistador de pájaros de gran porte.
La avenida Independencia a esta altura del relato parece convocar situaciones extrañas, pero la que sigue comenzó en el cruce exacto de Belgrano con Jujuy. Entre las cinco y las seis de la mañana volvía yo de mi viaje al fin de la noche en la tierra virutera, entiéndase: de La Viruta, la milonga de Palermo, mi lugar de trabajo, cuando veo que un muchacho de veintipico de años, con las manos libres, es decir, no usaba capote de color, no llevaba espadín, tampoco usaba el sombrerito típico ni el traje ajustado y con brillos, la iba de torero en la mañana. Encaraba sin miedo, asustaba a la bestia, ah, sí, ¿la bestia?, un colectivo de la línea 84, que permanecía varado en la encrucijada de arena. El torero amagaba correrse, el bondi avanzaba un metro y vuelta a empezar. Reía el torero, puteaba el bondinero. El lance duró hasta que el muchacho vio que doblaba un 118 y tomaba Jujuy. Perdonó la vida al 84 y salió corriendo hasta superar al 118, justo cuando este se detenía en la parada. Se renovó la corrida en las cercanías de Once, un río especial dentro del gran río, de la gran laguna mi ciudad. Abandoné al torero y seguí con mi camino, y vuelvo a dejarlo después de haber encendido y apagado una vez más la lámpara de mi tío Juan.
En la lámpara mágica presentí el misterio fundacional de la vida, vi la parte tormentosa y vi la cuota de luz. Cuando Juan me aclaró (justamente) la clave de elaboración de la misma, la condición fotosensible de la materia, cerré, entendí, disfruté del círculo perfecto. Lo oscuro devendrá en luz a través de los días, me dije que así la vida de las personas, incluida la vida del creador de la lámpara mágica, porque mucho lleva hecho Juan sobre esta tierra humana (sí, otro tipo al que nunca le hizo falta un dios), y quizás en este viaje mi tío la juegue de soltar un poco de bulto, de acercarse un cachito más a la sabiduría, la luz o su sinónimo, el espíritu. Vivir solo cuesta vida, cantó el Indio Solari cuando era Redondito y de Ricota, y Juan sabe de la tormenta y sabe de la luz.
Imagino y quiero una llegada digna a la luz para los fantásticos de este relato: el pescador, los capitanes de los barcos, el señor del 23, el observador del águila calva, el torero de Once. Una especie de deseo de fin de año, ojalá que todos tengamos el descubrimiento del espíritu o la luz en camino de colisión frente a nuestra mirada, como sucede y sucederá en la lámpara mágica de mi tío Juan.

Estoy lejos y cerca de mi tío; establecimos, antes de su partida al norte, un compromiso de comunicación: el primero de nosotros que pase al otro lado de la sombra debe tratar, si se puede, y si hay paisaje que referir, de dar noticia y pistas al que todavía ande en estas cuestiones del vivir. Me dijo que él me avisa, siempre un caballero. Imagino que será emotivo y muy interesante, ya que el comunicador sabe de las cuestiones que encierran tanto la tormenta como la conciencia y su luz. El hacedor de la lámpara transitó en repetidas oportunidades la línea del horizonte de este río, de esta laguna: nuestra Buenos Aires, y como nunca olvida, volverá a hacerlo.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Cruzado (La foto, Diario Tiempo Argentino: 23 de noviembre de 2014)


Cruzado
Me enseñaron que el mundo era rectangular, y era cruzado. Sucedió en los tiempos en que me inauguré como sala de exposición, como siervo del señor. Lo acepté porque el señor es de temer: habla de amor, pero procede con el fuego y la venganza. No le faltes al señor, es decir, a sus empleados. Ellos me enseñaron a acariciar los límites del rectángulo, a colocar mis ojos en cruz. Ay, la cruz, una vez escuché al poeta Polycrates: Llevar una cruz al cuello es como colgarse una picana. Hoy es la electricidad, antes fue la cruz, también el fuego, y el metal de los instrumentos necesarios para ejecutar el tormento que aseguraba que el mundo siguiera siendo tan rectangular, y tan cruzado. El cuadro, el simulacro de libro que cuelga de mi cabeza, o mejor, que es mi cabeza, lleva una cruz al frente, arte y disimulo, alguien dijo en voz baja. La misma cruz del frente, se repite en la contracara. Él murió por nosotros, también me enseñaron ellos. Otra tragedia, me dije, en este mundo que se mantiene en el tiempo. Rectangular, o casi cuadrado, más o menos así era el mundo sobre el que se movieron los primeros navegantes. Animales, bestias, hombres sin alma, sin la más mínima idea sobre cómo era el mundo. Llegaron ellos junto a la cruz que reza en la empuñadura de la espada, junto a los templos, y contaron la historia, y de alguna manera, los que escribieron simulacros como el que llevo en mi cabeza, borraron los límites en los mapas y el mundo progresivamente fue dejando de ser rectangular y cruzado. Ahí el engaño: ellos siguen enseñando un mundo diferente al que aparece en los mapas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

El llanto (La foto: Diario Tiempo Argentino: 02 de noviembre de 2014)



Va tantas veces el cántaro a la fuente que sí: efectivamente puede romperse. De manera mutua se empiezan a ver a la distancia, después comienzan a dejar la vida para mañana. Sucede una vez, la primera: ella mira a la derecha mientras él hace lo propio con la ventana de la izquierda. En el centro nada, o casi nada: un par de juegos y palabras hipócritas, la pequeña mentirita, que como decía la canción, a veces, salva, y es cierto, pero sucede de vez en cuando: y casi nunca dentro de una pareja. Maquillaje amoroso mientras los días se van, mientras la piel se calma prometiéndose que mañana va a ser distinto. Porque puede esta historia de final estar limpia de maldades afines, de traiciones. Simplemente fue la tormenta de la que ninguno de los dos se supo resguardar. Después, siempre, llega el silencio. Llega el día en que sobre la puerta de la ausencia se abre el lamento. Aquí nadie se ha muerto, no hay mal que por bien no venga: los lugares comunes que respiran afuera. Luego de la tormenta queda el lamento de los quebrados por la historia. Mañana puede que los quebrados pinten otro paisaje, pero de momento viven en la herida: él y el llanto en la calle, en la mesa de café, en el banco de plaza: no sabe qué hacer, a qué amigo llamar. Ella está de llanto en el aire fresco que nace al pie del ascensor, en el descanso de las escaleras. Llora desde el séptimo piso. De vez en cuando el ascensor se mueve y enturbia el llanto. El ascensor no se detiene: nadie abre la puerta a espaldas de la mujer. Nadie sube por las escaleras. Él no vuelve, llora en la plaza, en domingo, en soledad.