Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Merodeo del libro “La marca de Gualeguay 1” de Edgardo Lois Texto de presentación de Ricardo Maldonado, poeta y director de Ediciones del Clé

Maldonado, Lois y Bellocchio. Foto Sturzenegger.
Es muy bueno levantar la vista y encontrarse con el rostro querido y sentir que el ánimo da un golpe de timón hacia mejor rumbo. Es bueno saberse en el otro cuando el tiempo atenta con dispersiones y sobre-ausencias, desconexiones que apuran el trámite del olvido. Es indispensable encontrar la cálida contracara de la memoria como una vindicta privada a tanto agravio de pecho frío, sociedad de espaldas, silencios corrosivos, ajenos lugares; y esa lengua que pervive por lo bajo, hace un fuego breve en charlas de dos al paso en los bares a deshoras; son como el “te acordás” de Mansa Tuca, comentarios que a veces no van más allá de la anécdota, la chanza, el juego chispeante del dicho y del sobrenombre, la única seña dejada por alguien por poca cosa. A veces, y es bueno que así suceda, se despejan las arterias del día en las ventanas que escasamente se abren, en los ladrillos que acusan un desgaste, trajinados por lo anónimo, preguntan por quién fue ese que dejó sus pasos perdidos; digo, es bueno que esto suceda y así como así el libro se abre como un atril para contener la composición que interpreta un alma colectiva. En ese sentido, a boca de contexto, el periodismo y la creación literaria confluyen, se prestan servicios: tomá este dato, dame tu frescura; contame una historia, escuchá la resonancia de lo que significa.  
Así, mientras el niño jugaba entre casa y baldío, esquina y arboleda, asombrado de sonidos de trenes y pregones que llegaban desde lo abierto, entre brochas de cerda y pinceles de marta en las manos maestras de su padre, y olores y sabores de madre a punto nieve en casa; digo, mientras ese niño no conocía la palabra “Gualeguay”, pasaban los gualeyos con ojos de carbón, noche entera, al exilio de Federico Lacroze por esa estación de Martín Coronado, una de tantas ya próximas a Capital Federal, después de haber tomado los aires bonaerenses, luego de la travesía del ferry en lenta procesión casi mística por el delta y sus cuadros cambiantes, en la bisagra de dos mundos para nuestros criollos, y los carteles ferroviarios que eran de los extramuros incógnitos que sólo los años habrían de tutear, para ser acaso casi porteños en el tono declarado, y entrerrianos por lo bajo y lo secreto, la sordina que vela la pobreza.
Y ese niño que jugaba a ser artista como su padre, se encontró un día con el otro cielo de la boca, la palabra, y como la campana de aquella estación con ligustros y zorzales guarecidos en la palma de arcanos lares, sintió el envión del aquí estoy, tengo algo que decir…, lo demás fue ensayo y error, oficio riguroso, lecturas y borradores, años, pensiones y bares, encuentros y distancias; hasta que Gualeguay, potencia significada, adquirió otro peso vital para el ya escritor y periodista Edgardo Lois. Y apenas arribado supo que este pueblo tenía esa “marca” que lo distingue como solar de orejanos, con el filo asentado en su libertad y en su resistencia. Supo temprano que de esa tensa convivencia nace la forma de ser de toda una ciudad que parió nombres altos con obras como edificios que la distinguen, le dan proa en la niebla informe de estos días donde parece que da lo mismo pisar cualquier contexto, cuando el valor original es extemporáneo a las redes sociales donde el consumo impone sus fatuas banderas.
Pero siempre, y ha pasado muchas veces en la historia, aparece la mirada que incomoda a la forzada quietud, y entonces la lisa resignación se arruga, da un respingo y se aparta del lugar que entumece, adquiere capacidad de reflejo y reacciona.
Esa mirada es Edgardo Lois, y en solo cinco años ha reunido, vinculado, reivindicado en más de 200 reportajes y notas de valor lo que tiene Gualeguay de “Gualeguay”, “su marca” en lo profundo, en señales de aparente superficie que sólo se ven de lejos, como las luminarias de los pueblos al paso del tren o en el espejo del agua en la otra orilla de toda vecindad que está ahí nomás, porque a veces se hace difícil abrazar lo que está tan cerca, estando cercado por la costumbre de callar y postergar. Por eso nos urge en libro y hacia él vamos sabiendo que de esa cosecha que muchos sembraron, generosamente nos podemos alimentar y hasta guardar para reserva de los que vendrán buscándose por un imperativo que llamamos “marca”, entonación de la voz de todos, resistencia de perfiles entre tantos rostros borrados por la globalización, que es como decir: ninguna parte.
Desde ahí, de esa experiencia colectiva, tendremos la recuperación saludable de un humanismo situado, atento y alerta, capaz de comprender la historia de los otros y ser con todos ellos uno mismo y con el elemento que tiene su marca de Cruz del Sur en el universo que se corresponde gracias a las aguas del río que la nombra.
Sabremos entonces que Cachete González, Tuky Carboni, Juan Martín Caraballo, Juan José Manauta, Mario Tamaño, Emma Barrandéguy, Lito Argot, Carlos Alberto Montella, Ernesto Hartkopf, Catón, Juan Kayayán, Marta Líbano, Fabricio Castañeda, Daniel González Rebolledo, Rafael Lucardi, Maxi Crespo, Eise Osman, Fernando Sturzenegger, Chango Ibarra, Derlis Maddonni, la Difusora Popular, Carlos José “Pepe” Quintana, El Café “Murugarren”, Nidya Rampoldi, Ubaldo Arnaudín, Carlos Ántola, Néstor Medrano, Deolindo Romero, la “Confitería El Águila”, Mauricio Echegaray y otros, constituyen un contexto de identidades, obras y experiencias insoslayables, como las tantas otras que serán el tomo segundo y sucesivos de esta “Marca de Gualeguay” que con tanta delicadeza y respeto nos comprende a través de una palabra despierta en su cabal posibilidad, la memoria, ese gran bicho de amor, agradecida.
A propósito de la palabra en alta estima, su antiguo oficio de pronunciamiento, signo y significado, dejo el fragmento de un poema de Rafael Cadenas (Venezuela)
“Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.
No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni añadir
      brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis

      palabras. Me poseen tanto como yo a ellas”.

martes, 7 de noviembre de 2017

Acaba de aparecer: La marca de Gualeguay 1 de Edgardo Lois

(…) Hay en La marca de Gualeguay una sociedad de personas y relatos, de lugares de ayer mezclándose con pinceladas que “hacen” al paisaje presente. Es en este cruce de caminos, de tiempos y de pensamientos, donde se comprueba una de las señales de fundación de la ciudad/río: su presencia de universo en el límite: el lugar donde se tocan los mundos de los que ya han partido: una comunidad de buenos fantasmas, y los de aquellos que aún transitan el día a día haciendo la vida. Gualeguay como puente abrazando las orillas del Gualeguay: alma, esencia, que desde el principio sabe de la vida y de la muerte. (…).

lunes, 22 de mayo de 2017

Pájaros muertos

Domingo. Preparaba el desayuno cuando escuché un choque violento contra uno de los vidrios bajos de la puerta-ventana. Dos pájaros agonizaban sobre el piso. Muertos. La violencia del impacto me descolocó, cuando vi los pájaros en el piso me ganó la pena. Sangre. Junté los cuerpos casi sin respirar. El agua lavó los trazos del rojo. Cerré la puerta-ventana, y miré hacia ella desde afuera, en ese momento de sol y felicidad de día que parecía tan claro. Vi que sobre el vidrio se reflejaba, como si de sueño maravilloso se tratara, la continuación del jardín que tenía a mi espalda. El jacarandá joven y el espinillo estaban detrás y delante del observador. Dos pájaros engañados por un artificio de construcción. Perder la vida por rebote contra la realidad a la que los llevó el engaño. Volaban distraídos, pienso, sin tanto compromiso con el arte de la atención que aconseja todo vuelo en esta tierra confusa.