Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Una historia para Julia (XLIX)

Te pregunto: ¿dónde está tu panza? Al instante tus ojos la buscan y la encuentran. Está, sigue estando en su lugar. Contestás: levantás la mirada que sonríe. Sí, sí, la panza. Después llegan tus manos. Nunca antes de mirar.

Una historia para Julia (XLVIII)

En un recreo hasta ahora no anotado de este invierno, es decir, solcito, nada de viento, y una verdadera apariencia de primavera, fuimos con los abuelos Olga y Gustavo, y mamá Evangelina hasta el Náutico. Creo que ya te conté que el Club Náutico Gualeguay tiene mucho que ver con la infancia de mamá. La tarde estuvo perfecta para tus gritos de alegría en la hamaca, y para una novedad: el río. Y a la presencia del agua y los pájaros en la otra ribera, descubriste la arena cuando caminábamos bien cerca de la orilla. Te sentaste y empezaste a escarbar, y a desgranar pequeños terrones de arena. Se me ocurrió entonces buscar alguno más grande para tirar al río. Primero llamó la atención el impacto, y enseguida el dibujo en el agua. Mirabas muy interesada, pero te aseguro que esa tarde en realidad escuchaste la música apacible que se movía sobre el agua del paisaje.

Una historia para Julia (XLVII)


La primera vez que cruzamos narices, vos estabas en el corralito. Me arrodillé, te miré por entre los agujeritos del tejido de protección, y avancé. Me copiaste. Avanzaste y embocaste tu nariz en un agujero. Yo retiré la mía, y busqué el roce con tu nariz, que había salido al patio. Cada vez que enseñabas la nariz al exterior, yo me arrodillaba y repetía el juego. Mirabas sorprendida. Sucedió pocas veces. Después busqué, esporádicamente, el roce de nuestras narices. Te hablé de hacer naricitas, me acerqué y toque tu nariz con la mía. Hasta aquí la historia de este juego. Pero hace una semana se agregó algo más. Te pregunté, sin pensarlo, como tantas cosas que decimos con mamá Evangelina sobre vos, haciendo juegos de palabras, pronunciando las pavadas más simples: Julia, ¿hacemos naricitas?, y entonces la sorpresa. Estabas sentada en la cama grande. Me miraste y en un segundo adelantaste la cara, es decir, tu naricita. Mi nariz llegó a la tuya y al mimo. Te sonreías. Tu cabeza fue para atrás, y luego volvió a avanzar: al frente tu ñata. Ahora, para que sea fiesta, no tengo más que preguntarte. Las palabras y sus significados ya empezaron a hacer sus magias.

Una historia para Julia (XLVI)

Me pasó varias veces mientras caminaba Buenos Aires. Me pasó, creo, después que entré en mis años 40. Cada vez que veía a un hombre de mi edad caminando de la mano con el hijo, chiquito, como ahora sos vos, Julia, lo miraba y sentía, y entendía, que algo muy importante me había perdido. Quiero contarte que cada vez que salimos a la vereda, a media mañana de este invierno, a caminar hasta las dos esquinas, y a saludar a Enrique y Mariano en el almacén, pienso en aquellos días de gran ciudad cuando yo caminaba sin llevarte de la mano. Hoy te acompaño los pasos, eso parece, porque en realidad sos vos la que ya acompaña los míos. Nos vamos de la mano. Tuve esta gran suerte en mi destino. Caminamos la vereda de Carmen Gadea 222, donde nos espera mamá Evangelina. Caminamos haciendo la vida. En Gualeguay, Entre Ríos.