Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 14 de enero de 2013

Una historia para Julia (XXXI)

Bajo el sauce
Estábamos de vacaciones en Gualeguay. Alquilamos un departamento chico en un lugar ubicado a unos kilómetros de la ciudad. Tenía parque, dos piletas, cuatro churrasqueros, y varios árboles. Había cuatro departamentos más, y en uno de ellos una nenita de cinco años llamada Inti. Cada vez que la veías, sonreías y estabas atenta, Inti siempre se acercaba a saludarte. El primer día te trajo un obsequio hecho por ella: un palito de unos quince centímetros, un pañuelo de papel enrollado sobre la parte media del palito, y una de esas manitos chiquitas, de plástico, que sujetan el pelo, ajustando el pañuelo sobre la madera. Inti era flaquita, usaba ropa de muchos colores, y tenía las uñas de las manos pintadas de color amarillo. Su familia llegó de Perú en los 90. En uno de estos días de vacaciones por fin encontré el momento para hacerle a mamá Evangelina una pregunta que hacía meses me daba vueltas en el pensamiento: Eva, ¿qué es amamantar? Mamá dijo: Uno le da todo lo que necesita la persona que tiene que cuidar, con un solo acto lo abraza, lo mima, le da amor, lo alimenta, es como el estado ideal de acercamiento con otro individuo. Si uno quisiera a alguien y de tocarlo pudiera brindarle eso que uno brinda cuando da la teta, sería perfecto. Por ejemplo, cuando alguien está mal, alguien que querés, una amiga, un hermano, o tu viejo, es como tener el poder de curar todo. Está bueno, ella llora, hay veces que es de maña, otras de hambre, o porque se angustia, y vos sabés que con la teta solucionás todo. Julia se siente muy segura mientras toma la teta, juega, se ríe, se esconde, me pellizca, porque uno la coloca en un espacio que es de ella. Creo que mamá Evangelina hablaba de la felicidad, la tuya, la de ella, y la mía cuando las veo entre los juegos y las caricias en torno a la leche. Mientras mamá hablaba bajo el sauce y papá grababa sus palabras, se escuchaba el sonido misterioso de las chicharras: la voz de la naturaleza en el aire de Gualeguay.