Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.







Buenos Aires: destino, tiempo y camino: misterio.

Buenos Aires: destino, tiempo y camino: misterio.

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles 30 de noviembre de 2011

Noticia: Guía de Buenos Aires (una ficción) se ha vestido de libro: los interesados hacer señales de humo, muchas, pero muchas gracias




Buenos Aires es nao y misterio. Una damisela nacida entre el viento y la garúa. La ciudad es galaxia que guarda universos chiquitos. Buenos Aires bien puede ser un tren de vagones ligeros que discurre debajo de un puente: la vida que se acaba y el intento de soplarle la eternidad a la muerte. Sobre el puente siempre pueden alistarse los observadores: una feliz manera de conocer el murmullo amanecido, sucede cuando las historias se dejan ver en su tránsito cotidiano.


Edgardo Lois




Historia previa

Desde que conozco el trabajo fotográfico de Eduardo Noriega que juego a imaginar un libro con sus fotos y mis palabras.
Varios cafés, en el Margot (Boedo) y en el Cao (San Cristóbal), sellaron el acuerdo. Eduardo me acercó una buena cantidad de fotos y seleccioné cincuenta y cuatro. En ellas descubrí que había una ruta, un viaje o flecha indicadora que traía la mirada desde la provincia de Buenos Aires hasta la ciudad. Noriega es fotógrafo urbano, lo suyo es la calle y su gente, y nuestra pequeña galaxia respira en buena salud dentro de su trabajo, una de esas paradas que llevan, como debe ser, toda la vida. Le dije que ya tenía la Guía de Buenos Aires y partí de juego con la escritura.
Escribí sobre Antonio, un personaje de ficción que sueña, camina, que transita la vida atento a los recuerdos, a los pensamientos. La ciudad es el gran plano general, la presencia madre.El recorrido llegó a su fin: libro terminado, descubierta una de las ciudades posibles.

martes 15 de noviembre de 2011

Manolo









Quien observara la escena desde afuera podría pensar que a Manolo le dolía algún tramo de su aparato digestivo. Parecía que recibía descargas, tirones, puñaladas en el costado y, como manera instintiva de respuesta, sin que su cara revelara ni la sombra de la enfermedad, manoteaba desesperado su costado buscando calmar la punción del supuesto dolor amanecido.
El hipotético observador, de haber seguido la secuencia de los movimientos del condenado podría, de ser un mirón perspicaz, notar que el horror se disparaba cada vez que se hacía la luz, contrariamente a lo que indica uno de los postulados de dicho género: si hay que sufrir nada mejor que la oscuridad.
Es dudoso que el observador imaginara además molinos de viento como si fueran los gigantes que despedían la susodicha luz.

La noche era de misa y fiesta grande. Evangelina cumplía sus quince años cuando Manolo Gálligo, cual Napoleón sin chaqueta que lo cubra, parecía representar su escenita de dolor. Era la noche del 29 de julio de 1993. El lugar geográfico: la ciudad de Gualeguay, Entre Ríos. Un segundo antes de dispararse el flash de la nueva foto, se escuchaba la voz de mamá Olga: Manolo, la mancha. Así le gritaron durante toda la noche al joven hoy conocido como el Manolo de la mancha (casi un círculo, unos cinco centímetros, sobre el pulóver claro).

Barcos fuera de lugar





Un barco descansa sobre una terraza. Un barco fuera de lugar flota sobre la casa japonesa. El corrimiento espacial hace posible la extraña presencia. La naturaleza en su condición fundante colocó la rareza sobre territorio nipón. Hubo un primer barco, luego otros. Ocurre siempre, menos los panes todo puede multiplicarse. Un barco fuera de lugar puede o debería agitar la memoria. Porque un barco puede ser barco, pero también puede ser hombre. Alguna vez le escuché decir a mi tío Juan: Yo fui un barco fuera de lugar toda mi vida. El hombre, o mejor, algunos hombres, pueden vivir como barcos exiliados en tantísimos lugares: barcos fuera de lugar en el sueño que acomoda navegaciones mar afuera y mar adentro.
La primera vez que vi un barco fuera de lugar fue en la película Aguirre, la ira de dios de Werner Herzog. Álvar Núñez Cabeza de Vaca, adelantado y capitán general del Río de la Plata (1490-1564), en su libro Naufragios y comentarios, da una primera pista sobre el caso de estos barcos, refiere un caso posterior a una gran tormenta: El lunes por la mañana bajamos al puerto y no hallamos los navíos; vimos las boyas de ellos en el agua, adonde conoscimos ser perdidos, y anduvimos por la costa por ver si hallaríamos alguna cosa de ellos; y como ninguno hallásemos, metímonos por los montes, y andando por ellos, un cuarto de legua de agua hallamos la barquilla de un navío puesta sobre los árboles... Herzog llevó el barco pequeño de Álvar Núñez a Aguirre... y lo colgó como adorno navideño de uno de los árboles del Amazonas. Herzog filmó otro barco fuera de lugar en la inolvidable Fitzcarraldo.
El cineasta norteamericano Jim Jarmusch filmó en 1999 su película Ghost dog, conocida por estas tierras como El camino del samurai. Fue en ella donde vi otro barco fuera de lugar. Consultado Jarmusch por la escena, contestó: En esa escena hay tres personas que tratan de realizar sus sueños, que son muy extraños, todos son personajes extraños, ninguno habla el mismo idioma y sin embargo todos comprenden ese sueño y no les importa lo que piense el resto del mundo; van a tratar de realizar sus propios sueños. Luego Jarmusch relata el origen de la escena: Unos amigos míos vieron a un hombre construir un barco grande en la azotea de una casa de vecindad en el bajo Manhattan; todos dijimos al unísono, ¿cómo lo va a bajar de ahí?, recordé esa historia y la incluí en el film. Efectivamente, dos personajes ven desde una terraza al hacedor del barco en un techo más bajo.
Fue después de estos hallazgos que tuve un encuentro cercano del tercer tipo con un barco fuera de lugar. Ocurrió en Merlo, San Luis, en enero del año 2000. Llegué hasta el Algarrobo Abuelo, un árbol imponente con mil años de edad. Mi guía me llevó por el sendero cercano al algarrobo que llega hasta la casa de Orlando Agüero, descendiente del poeta puntano Antonio Esteban Agüero. Luego de atravesar un portal hecho de plantas apareció ante mis ojos un barco. La nao de Orlando permanecía fija en medio del verde de las Sierras de los Comechingones, una especie de velero de regular tamaño que estaba en plena construcción y que era sostenido, en un surrealista e intrigante simulacro de dique seco, por troncos de árboles. Orlando, el capitán, declaró: Voy a zarpar cuando consiga la plata para el rescate, porque uno es un prisionero, es rehén de la sociedad, primero tenés que tener la plata para mantener el lugar para el regreso. Aquella tarde, Orlando dio detalles sobre construcción, instrumentos y materiales, y sobre cómo sacaría su barco a través de las sierras. El pequeño Fitzcarraldo merlense tenía una mirada extraña, celeste, nerviosa, apasionada, una mirada que seguramente confundía con agua las lejanías del Valle del Conlara.
Tal vez el constructor de Jarmusch también contara con el regreso, quizá también ahorrara para pagar el rescate y así poder navegar hacia su mar interno. No hace mucho, mi tía Marta, que vivió más de treinta años con mi tío Juan en las tierras de la corporación imperial del norte, dijo: No sé si le pasa a todos, pero el argentino siempre quiere volver. Sabido es que Ulises volvió al barrio que lo vio nacer, entonces no es la condición de argentino la que cuenta, sino la humana necesidad de volver. Pero autores como Alejandro Dolina o Rubén Derlis esgrimen sobradas razones que prueban la imposibilidad del regreso. Es imposible volver dos veces a la misma mesa de café, ya lo manifestó en secreto Heráclito, pero distintos pueden ser los regresos. Para volver, para tener ese impulso, magia, locura, melancolía por, saudade de, hambre y desesperaciones varias por el susodicho regreso, como si de una restitución de derechos se tratara, para arrimar a la costa desde la espuma del sueño o desde el destierro más injusto del universo, primero hace falta haberse ido, primero hace falta haber sido expulsado. La misma vida que hace posible el barco es la que lo lleva otra vez al árbol, a la terraza, a las sierras. Los barcos fuera de lugar acercan además a los regresos del espíritu, regresos que los hombres tratan de anclar en los puertos serranos, plenos de árboles amazónicos y de terrazas pintadas en eterno celuloide. Que el regreso físico sea imposible duele, y por ello los intentos por gambetearlo; en cuanto al regreso del espíritu, no hay Heráclito de chamuyo que valga, porque alcanza con el recuerdo y con las ganas que haya tenido cada uno a la hora de hacer esquina durante su vida. A mi tía le dije: Si hiciste bien tus deberes, volvé cuando quieras.
La naturaleza de esta sociedad decreta oleaje brusco. Daños colaterales, reminiscencias de la cachetada que se siente en el aire globalizado de la gran corporación planeta Tierra. Barcos fuera de lugar en las esquinas de las grandes ciudades, y mucha fruta recién cortada para el comentario de color en la pantalla de la televisión, comentarios equivocados o tendenciosos mientras toda la carne, la única a disposición, queda bien dispuesta sobre el churrasquero de la vida. Barcos sobre terrazas, entre los árboles, colgados en las sierras, esperando, filosofando, mientras se piensa en el espíritu que haga posible el rescate. Barcos en el silencio, haciendo la vida, como hizo mi tío, como lo hago cada vez que escribo, cada vez que pienso en las líneas del poeta David Álvarez Morgade: Mira fijamente el silencio / (Verás crecer un árbol), / Mira fijo un árbol / (Verás crecer el silencio), / Mira el fondo de mis ojos, / Allá, infinito, un barco / (Siempre un barco).

Publicado en Tiempo Argentino 13/11/2011

jueves 20 de octubre de 2011

Rolando




Había armado la mesa con tesón, con convencimiento; él siempre fue de poner manos a la obra y obtener el mejor de los resultados. La mesa constaba de dos caballetes que sostenían dos tablones de obra de un par de metros de largo. Mesa rústica, mesa para comer en la obra.
Debía trasladarla, desde el lugar de origen y sin ayuda, hacia una dirección incierta. Comenzó con la tarea, no recuerda bien cómo lo hizo, porque iba solo y llevaba la mesa armada.
El problema surgió cuando se detuvo frente al bodegón de la ochava. La mesa quedó sobre la vereda; un momento después reparó en que las demás mesas eran muy parecidas a la que transportaba.
Recibió el aviso: la mesa se queda en la vereda. Un gordo le asegura que la mesa le pertenece, pero Rolando, quizás adivinando el futuro, había marcado la suya. Vio la marca, pero nada pudo hacer, se retiró vencido.

Rolando Lois recuerda que en el sueño acaecido la noche del 24 de abril de 2011, él volvió a buscar al bodegón, ya no la mesa, sino al gordo. Lo llevó hasta una fábrica abandonada que, de manera curiosa, como siempre ocurre en la somnolencia, tenía una caldera funcionando a pleno. Rolando piensa que en el mismísimo sueño llegó a la conclusión a la que después arribó en el pensamiento diurno. El gordo que le robó la mesa era Dios, su representación. Aclara: Esa idea que se tiene de Dios, el turro que todo lo dispone, el que se queda con tu mesa rústica o tu vida. Al parecer fue tal su convencimiento que empujó al gordo al fuego.

viernes 12 de noviembre de 2010

La Virutera (una noche de tango) se viste de libro y sale a escena en los primeros días de diciembre de 2010: Pluma y Papel Ediciones

Quizás una de las razones para el intento de la escritura, sea el deseo, las ganas, de conservar determinados recuerdos u ocurrencias. Creo que todos llevamos dentro esa tendencia a querer guardar imágenes, esa atracción por atrapar parte de lo efímero/cotidiano por donde transita nuestra vida. De acuerdo a la conjunción de las patrias internas que nos rigen, elegimos este o aquel momento para poner a resguardo, más allá del primer registro en nuestra memoria. Hay quien atesora fotografías y a través de ellas intenta contar, rememorar, un instante, un día; hay quien graba conversaciones como soporte extra para el recuerdo; hay quien filma, hay quien resguarda vida trabajando una obra escultórica; hay quien pinta, quien observa para luego trabajar un personaje sobre un escenario de teatro; hay quien se apoya en la música para hacer su memoria. La memoria necesita de manos amigas y, en definitiva, creo que cada uno de nosotros debe saber identificar los mundos que lo forman para en ellos encontrar su herramienta personal: saber del afuera teniendo muy en cuenta a los habitantes de adentro.
Entre las varias motivaciones que reconozco para mi escritura, anoto esta intención de fotografiar, esculpir, pintar, grabar, el paisaje que por distintas razones, algunas conocidas y otras no tanto, ha despertado el interés, el enigma. Una vez ocurrido el alumbramiento del territorio, se inicia la construcción del registro, la elección de los elementos que en teoría mejor pintarán el lugar y las personas que pretendo guardar en las páginas futuras.
Llegué a La Viruta, la milonga de Palermo que cumplió quince años de vida, como trabajador. Todavía no lograba aclimatarme a las noches de tango, cuando de a poco comencé a practicar mi deporte preferido: la observación. Es así como empezó a correr la historia y la escritura de la novela: La Virutera (una noche de tango).
El primer movimiento lo hizo un personaje de ficción, la Muñeca rusa:
La Muñeca rusa dijo: Vos no salís, prohibido el paso.
El Impostor se rió.
¿Te reís?, me dejaste tirada en la calle, dijo ella mientras apoyaba con fuerza su mano izquierda sobre la barra y la derecha en el mueble donde se exhiben las bebidas. La mirada fija en los ojos del Impostor.
El Chino, uno de los barras, quedó atrapado entre la Muñeca y el Impostor; la miró a ella, giró y lo miró a él, sonrió y siguió jugando su papel de frontera.
¿Tirada en la calle?, a ver, explicame... se lo dijiste a Juan, el mozo, para que yo te escuche y te escuché, ahora otra vez, ¿cómo es que te dejé tirada en la calle?
Sí, soltera, toda la noche.
En el momento exacto en que la Muñeca rusa respondía, se dio cuenta de que Solapa apuraba los restos de una botella de
chandon que había sido pagada con la moneda rusa de la Muñeca. Solapa, junto con dos amigos, había transitado la última parte de la noche haciendo hocicar dos chandones extra brut sobre sus respectivas humanidades en el extremo de la barra: los chandones habían pegado como si hubieran sido cuatro o seis.
Ella preguntó: ¿Por qué?, la botella es mía.
¿Qué pasa,
percantina?, respondió Solapa con la voz casi dormida borrachera adentro.
La Muñeca rusa dijo algo en ruso, una palabra corta, afilada.
Solapa respondió en ruso para sorpresa del Impostor, que seguía fijo en el lugar; el Chino miró confundido a Solapa.
Ella descerrajó una oración en ruso, con seguridad una maldición para la totalidad de la familia de Solapa.
Una estirpe condenada, pensó el Impostor.
La Muñeca se puso triste, le cambió la cara, olvidó su soltería de la noche anterior por causa de abandono, y se miró en el espejo que hay detrás de la barra. La Muñeca rusa entre botellas y reflejos; ella, la amiga de los abrazos, las risas y los besos; ella tomando copas de champán y tragos de tinto y buen whisky. Ella mirándose en profundidad, abismada, porque profundidad de abismos había en sus ojos.
En la otra punta de la barra se amontonaban los cajones plásticos en los que moría la queja de la cafetería: golpes, pequeños estruendos, desplazamientos, equilibrios y falsos equilibrios, quietud, esperanzas, así en los cajones como en este final de noche de viernes en La Viruta, así en La Viruta como en la contemplación expectante del Killer, que hasta hace un momento saboreaba en la distancia el último café en un intento desesperado por aplacar el alcohol en la sangre, la sangre en su cabeza y su mano en el bolsillo derecho del saco.

La Viruta, desde mis primeros días, me pareció una especie de gran escenario de teatro donde una multitud de actores guiados por distintas motivaciones compone la historia de la obra:

En La Viruta se sabe de la existencia de los puntos cardinales: están a la vista. En la milonga del subsuelo también son cuatro, y de ellos depende la noche. Se los reconoce, pero a la vez, en la tierra virutera no se concibe el uso de brújula alguna.
La música sale a escena desde cuatro parlantes y desde allí funda un territorio propio.
Desde la entrada, a poco de bajar las escaleras, el visitante se encuentra con los dos primeros. Los parlantes son negros y están ajustados sobre un caño de metal que los mantiene en la altura; dicho caño, en su tránsito hacia el suelo, se introduce en una especie de mueble negro, una caja rectangular que guarda más parlantes. El mueble tiene cuatro ruedas, pero no va hacia ningún lado, ya que el conjunto está conectado al cielo de la milonga por un cable grueso. Un parlante a la derecha, sobre la recova, y uno a la izquierda, acompañando el río de mesas.
Los otros dos parlantes están ubicados cerca de la barra grande del fondo. El de la izquierda está sostenido en la altura por gran trípode metálico, siempre disimulado por dos mesas. El caño cromado lleva la música hasta las cercanías del techo. El cuarto parlante está amurado sobre la parte alta de la columna más alejada de la recova.
Los cuatro puntos cardinales apuntan a la pista; para atronar, afirmaría un simplista; para dar la oportunidad de la vida a los que al baile se animan, podría ser otra manera de ver el paisaje.
En La Viruta las brújulas no sirven, en la milonga la noche se hace, se deja hacer o se encuentra por fin en las encrucijadas. Tampoco hay registro de las horas, es sabido, los minutos del tango, los tres minutos para la fantasía, habitan la pista llevándose a los bailarines en la dirección contraria a las agujas del reloj.
Noche de tango en reversa, sin mapas, la vuelta al principio en cada nuevo abrazo: una manera de jugar a la eternidad.
Debo muchísimo a lo hacedores de La Viruta: sus trabajadores, y estoy en deuda con las viruteras y los viruteros, todos ellos me presentaron un mundo, me dejaron mirar, y entonces quise fotografiar, esculpir, pintar, escribir para no olvidarme de que una vez estuvimos todos de milonga:
El Pebete Godoy atrona La Viruta con un primer tango a todo vapor. Llama, convoca a la pista.
El tango como instigador supremo en el instante preciso en que la noche llega al borde de su copa y se desborda sobre los viruteros.
Las mesas que esperaban su lugar en la penumbra, terminaron de encuadrar la pista. Nadie con vasos o botellas en el rectángulo, nadie en la hilera fronteriza que demarca la mantelería de colores: azul, bordó, amarillo, verde.
La pista es multitud; las parejas bailan, las que se agregan a la rotación salen de entre las mesas o entran al espacio fuera del tiempo a través de los corredores marcados en las cabeceras. Uno cerca del guardarropa, el otro cerca de la barra del fondo. Senderos para carretear, para ir a tomar pista.
Es la hora en la que comienza a llegar una importante cantidad de personas; llegan los que ya no toman clases, los que bailan, los que entran al tango sólo después de la medianoche; ellos, los que duermen amigos con los fantasmas.
La milonga está hambrienta, las escaleras proveen y conducen al ceremonial que al fin despierta bajo tierra.
La Viruta como parte de Buenos Aires: un refugio más en la ciudad/milonga a la que siempre se quiere volver.














martes 13 de julio de 2010

José Saramago en San Cristóbal


El Gordo Troilo dijo que (…) uno se va muriendo con cada amigo que se muere. Uno no se muere de golpe, ¿sabés?, llega el momento que de Pichuco ya no queda nada. Se lo fueron llevando de a poco. Hace unos días murió José Saramago, que no era mi amigo, pero que sí fue buen compañero de café en algunas oportunidades de charla. También, y por sobre todas las cuestiones, fue uno de los escritores que más me impresionó en esta vida de lector. Y es así que, de la mano de Troilo, caigo en la cuenta de que uno también se va muriendo de a poco con sus escritores. Se muere un poco con los escritores que lee, con los autores de los libros que atesora la biblioteca de elegidos, y creo, se muere todavía un poco más con aquellos escritores que se leen, que se atesoran y con los que se ha tenido la oportunidad de la charla, del encuentro. Se muere un poco más, se pierden vidas ciertas, cuando aquella charla, el cruce inesperado, tuvo el sello inolvidable de lo humano. He muerto con la muerte de mi amigo y maestro, el escritor Gabriel Montergous; he muerto con Pedro Orgambide, con Nira Etchenique. Y a la distancia morí con Juan Carlos Onetti, Augusto Roa Bastos, Graciela Cabal. La muerte convida otro aroma, digamos un aroma en sepia que resulta hasta aceptable, cuando se ha llevado al escritor en el pasado, en ese silencio anónimo en el que viven los escritores hasta que los amanece la lectura conciente del lector. Mi biblioteca está rebosante de muertos, inevitable el feliz abrazo con el pasado, pero ahí el lamento por la ausencia varía el tono de la punzada, porque puedo lamentarme por no haber tenido a mano la personita de Leopoldo Marechal, Roberto Arlt o Margueritte Yourcenar, pero cuando ellos se fueron mi mirada estaba en otro lado, entre otras pertenencias. Los escritores nos pertenecen, y José Saramago es hoy, y mientras dure mi eternidad limitada de ciudadano de mis patrias internas, uno de mis queridos y admirados fantasmas. Su muerte me acerca a la mía: doy gracias por estar despierto.
La muerte es para todos los días, a no engañarse, la sortija está a la mano en cada vuelta de la calesita, y bien que lo sabía el portugués ilustre. Su muerte me llegó de mañana, y en medio de la escritura de una novela que podría definir como una novela sobre la muerte. Dentro de mi historia hay un personaje que lee fragmentos marcados en un libro. Quien hizo las marcas está muerto y el libro es El año de la muerte de Ricardo Reis. Con los libros de Saramago tomé una determinación hace años, luego de recibir los primeros golpes en profundidad dados en mi alma por la pluma de este señor, decidí guardar algunos de sus libros aparecidos en los primeros tiempos. Decidí jugarme a la suerte de la calesita y dosificarlos para que el Saramago de esos años no se terminara mientras durara mi cuerda sobre esta tierra. La decisión incluía la lectura de todo lo que apareciera como novedad. Fue así que hace unos meses tomé El año de la muerte… y en él vengo de maravillosa lectura. Todavía me faltan unas páginas, no muchas, y llegado a esta instancia, me descubrí en más de un momento pensando en que el personaje principal debía morir: el señor poeta Ricardo Reis, el heterónimo de Fernando Pessoa: el amigo que aprendí a querer con la lectura. Pero no fue de Reis la muerte que llegó, sino de Saramago, su segundo creador, podría afirmar.
Fernando Pessoa, el poeta de Portugal, escribió su obra y, dentro o fuera de la misma, escribió la obra de otras personas, de otros autores. Autores que tuvieron vida propia, es decir que vivieron días y paisajes diferentes a los que caminaba Pessoa, que se preocupó por idear cada una de las biografías: uno de esos autores fue Ricardo Reis, quien es repatriado por Saramago en su novela: Reis regresa de Brasil a Portugal a un mes de la muerte de Pessoa, el poeta. La muerte es amiga inseparable en la escritura de Saramago, y en esta novela tiene un protagónico especial, en ella se produce el encuentro entre Reis y Pessoa: (…) Por ahora aún salgo, me quedan unos ocho meses de poder andar por ahí a mi aire, explicó Fernando Pessoa, Por qué ocho meses, preguntó Ricardo Reis, y Fernando Pessoa aclaró su información, Realmente, tanto en general como por término medio, son nueve meses, los mismos que pasamos en la barriga de nuestras madres, creo que es por una cuestión de equilibrio, antes de nacer aún no nos pueden ver, pero todos los días piensan en nosotros, después de morirnos ya no nos pueden ver y cada día que pasa nos van olvidando un poco más salvo casos excepcionales, nueve meses bastan para el olvido total (…). Más allá de saber que Saramago gambeteó la cuestión del olvido que toda muerte lleva en el bolsillo, es este registro el que me lleva desde el dolor de entender que José ya no escribe en Lanzarote a la felicidad que siempre propone la memoria. No sé si la idea de los nueve meses la encontró en algún lado, o es simple toque poético descubierto al azar: porque así nacen estos toques, de la nada fundacional brotan para iluminar las historias, pero lo cierto es que no tengo dudas de que José Saramago sigue de camino en Lanzarote, en los alrededores de Pilar del Río, su distinguida dama. Con mayor comodidad entonces, ya que don José anda de ronda y es persona seria como Fernando Pessoa, es que lo convoco y él acepta, una vez más: (…) Un muerto es una persona seria, ponderada, tiene conciencia del estado a que llegó, y es discreto, detesta esa desnudez absoluta que es el esqueleto, y cuando se aparece a alguien, o se comporta como yo, así, usando el traje que le pusieron para el entierro, o se envuelve en una mortaja si le da por asustar a alguien, cosa a la que yo, por otra parte, como hombre de buen gusto y respeto que creo seguir siendo, nunca haría, reconózcalo, hágame esa justicia (…).
Llegué a José Saramago a través de mi amigo, el poeta Hugo Ditaranto; él había conocido a Saramago en España con motivo de un congreso sobre la obra del escritor: el poeta debía leer un texto. Todavía recuerdo los nervios del Tano Ditaranto antes de la partida, pero ahí estuvo, leyó su trabajo y trabó amistad con los Saramago: desayunaban juntos en el hotel. En la primera vez que hablé con Saramago, mezcla de azar y destino a gusto que le debo a Marcelo Caballero (ayer librero y hoy editor) y a Fernando Esteves (en ese momento editor de Alfaguara), me alcanzó con nombrar a Ditaranto: ¿Sos amigo de Hugo?; dije que sí y las puertas se abrieron. En esa mañana en La Recoleta terminé sentado a su lado. Y hablamos una vez más, a esa vuelta de página me llevó Ditaranto; atendí el teléfono: En una hora vemos a Saramago. Ahí estuvimos, casi dos horas de charla, en una mesa de café, en el hotel, los Saramago y nosotros. Era increíble estar hablando con este hombre y sentirse tan tranquilo, tan en paz, como en un café con un amigo. Saramago escuchaba, prestaba atención; un hombre alejado de la pose superficial que tan bien cotiza entre los miserables globalizados. Tuvo tiempo para recibir un ejemplar de mi Vampiros en la mitología de la tristeza… y leer unas líneas que había en el final que hacían referencia a su escritura, me dio las gracias y propuso el apretón de manos; tuvo tiempo para dedicar Memorial del convento: el ejemplar me lo había traído de España mi pareja en esos años (2003) y en la primera página tenía una larga dedicatoria de amor que Saramago leyó y completó en la página siguiente. La última vez que vi a los Saramago fue a finales de 2007; quería acercarles un ejemplar de mi Morir por Perón; Pilar me había pasado el dato del hotel desde Lanzarote, después me pasó el celular: hablamos, arreglamos el encuentro, y ella me dijo que no llevara el libro: ya lo había comprado. Y ahí estuve, en una mañana de finales de noviembre; hablé un rato largo con Pilar, una mujer maravillosa, construida en la misma humanidad que él: con los Saramago se hablaba de igual a igual. Después fue a buscar a José a la habitación y volvió con él y con mi libro en la mano. Otra vez ante el escritor. Saramago me agradeció la inclusión de una línea suya en el inicio del libro: (…) Probablemente, leer es también una forma de estar ahí. Pilar me acercó el libro y pidió una dedicatoria. Cada vez que pienso en esa imagen me parece casi surrealista: el autor dedicando el libro, los Saramago esperando a que terminara, se había agregado al paisaje la escritora española Rosa Montero, en fin, otra de mis memorias queridas. Vuelvo a estas imágenes con facilidad porque José anda de ronda, puede andar de ronda por cuanto lugar se le ocurra. Es seguro que anda de cuidados con Pilar, pero puedo anotar que en esta mañana de escritura don José también miró por la ventanita de mi cocina y vio que los techos bajos del pulmón de manzana buscan asemejarse a un decorado de paisaje lunar en una película barata: Luna de barrio San Cristóbal, Buenos Aires. En ese último encuentro Saramago me obsequió Las pequeñas memorias, en la dedicatoria anotó: Compañero.
Cada paisaje se guarda en la memoria de mis patrias internas, y siempre al lado de mi agradecimiento; es bueno que el hombre sepa dar las gracias, es bueno que el hombre nunca pierda su condición humana, los dioses no existen, no hay pedestales, solo está la vida, y eso me lo confirmó la generosa manera de ser de José Saramago.

lunes 21 de junio de 2010

José Saramago: Literatura que gambetea al olvido


El miedo a la muerte como origen de la escritura, anotó Graciela Cabal en su libro La emoción más antigua, siempre tengo presente la línea mientras intento hacer mi historia de escritura. Y entre los pliegues de esa historia aparece la figura de José Saramago. Gracias al poeta Hugo Ditaranto que lo había conocido en España, tuve la oportunidad de estar cerca de él unas cuatro veces. De su obra hablaron y hablarán muchos; en mi caso, después de enterarme de su muerte, elijo quedarme en el recuerdo de su generosa manera de ser humano. Sí, además, el escritor me marcó, adherí a su forma de observar a las personas, y también a la crítica de este mundo globalizado en la miseria. Saramago no me enseñó a poner comas ni a armar frases; sí quizás a anotar los diálogos de manera curiosa, una estética que creo le va de maravillas a la prosa; pero por sobre todas las cosas me enseñó que no hay razón valedera que pueda torcer la esencia humana, cuando a ella se ha llegado. Saramago, junto a Pilar, su mujer, habitante ella de la misma esencia, luego de una charla de casi dos horas en un hotel, me pedía disculpas porque se le habían acabado los ejemplares de El hombre duplicado, quería obsequiarme uno y me pidió la dirección para enviármelo. En unos días recibí el libro y dedicado en relación a la charla que habíamos tenido. En esa misma mañana me dedicó Memorial del convento, un ejemplar que mi mujer había traído de España, en el país no se conseguía, y que en la primera página tenía una larga, larguísima dedicatoria por nuestro aniversario. Saramago leyó la dedicatoria y completó las palabras de amor. Saramago tuvo tiempo de cumplir con la palabra dada en aquella mañana, y esto es una diferencia, me digo, cuando todavía estoy aguardando que algún escritor argentino me envíe los libros prometidos, aclaro que vivimos en la misma ciudad (el tiempo sí debe ser relativo porque veinte minutos de bondi pueden muy bien ser una eternidad). El Saramago que conocí era una persona sumamente simple, era un hombre más que tenía el oficio de escribir historias; no había pedestal, hablaba tranquilo, buscaba las palabras, buscaba la mirada de la persona que tenía adelante: cada vez fue una charla de amigos en un café. Saramago escuchaba, me escuchó atentamente cuando le conté de mi último libro, tuvo el tiempo de hojear y leer partes del mismo, y en todo momento usó una expresión que poco se utiliza en estas tierras: dijo gracias cuando le dije que la feliz herida recibida al leer Historia del cerco de Lisboa no había cicatrizado (todavía no lo hace), y me dio las gracias la última vez que nos vimos al recibir un ejemplar de mi Morir por Perón, que Pilar había comprado para que se los dedicara. José María Arguedas quiso alguna vez estrechar la mano de Juan Carlos Onetti, y yo tuve la oportunidad, la suerte, de sentir la mano, humana, amiga, de José Saramago. Su escritura dejó marca de sangre en mi interior; cuando me di cuenta de sus alcances decidí racionarla, salí confiado a mi suerte de vida y dejé varios de sus primeros libros sin leer; leo los últimos y dosifico los primeros, esa es mi elección, porque no quiero que el Saramago de esos libros se me acabe mientras viva. Amanecí a este día y me ganó una sensación extraña, el lamento porque José ya no escribe, pero a la vez me sentí feliz porque pudo gambetear el olvido que la muerte lleva en el bolsillo. En El año de la muerte de Ricardo Reis Saramago plantea que así como hacen falta nueve meses para nacer, hacen falta nueve meses para morir: mientras la muerte sucede el muerto deambula por sus lugares, tengo el dato muy presente porque ese libro es mi lectura de estos días, y porque estoy escribiendo una novela sobre la muerte donde el este libro de Saramago es presencia importante. Así, en medio de esta escritura, supe que una persona que escribía historias a conciencia despierta se hizo memoria amiga. En Las pequeñas memorias José me anotó en la dedicatoria: Compañero. Gracias, escritor, siempre conmigo.

Nota aparecida en el diario Tiempo Argentino (sábado 19 de junio de 2010)