Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















UPCN Feria del libro 2018

UPCN Feria del libro 2018
Presentación de "La marca de Gualeguay 1".

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Anotación vírica V

Francisco Lazo Toledo
Quinta selección de Mientras tanto:

 

Entre los festejos por el sol también encontré tiempo para sentir el interrogante del miedo. Mucha gente caminando por la calle. Había tantos autos. Pensé en la cantidad de virus que anda de mano en mano, esperando comprador. Entonces el miedo en la gran ciudad. ¿Será necesario que tanta gente ande en la calle? No parecía día de aislamiento. Solo el barbijo nos hacía habitantes de la pandemia. El tiempo dirá, una vez más, el tiempo dirá.

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La escritura, mi barrio. En ella respiro. Vero andante entre sus calles. Dentro de ella sé de la lluvia y el sol. Luego, sé de mis ánimos, de la memoria, de sus buenos fantasmas, y de los malos. Desde mi barrio sé que sigo presente en el paisaje general.

Escribo un puñado de líneas y dejo. Soy, existo y, a veces, hasta me gusta lo hallado. Existen también las veces en que la página me expulsa, y que de casualidad me permite, complotadas todas mis almas, asomarme apenas para anotar una línea, un par de palabras que guarden una imagen, una señal que resista hasta otro día, hasta un tiempo en el que vuelvo a ser en mi barrio: renovado el trago de sueño, idea y tinta, a fondo blanco.

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Busqué la calle en este 21 de mayo. Nublado. Pintaba de lluvia pronta. Salí como tentando a la suerte: saber si me toca la sortija. Habitante de Mármol que acaba de dejar Garay, me llamó una joven garúa al primer giro en la calesita de la tarde. Esta vez elegí caminar por Salcedo, y lo hice. Pero también caminé por mi tiempo de garúa. Primero se existe en el tiempo.

Recordé a Garúa, el perro de ni viejo, la persona canina de ojos de miel que hace años duerme bajo la sombra fantasma del limonero muerto. Y desde el barrio de Boedo salí detrás de muchas garúas. Porque sintonías diversas sueñan dentro de ella.

Caminé alrededor de una sobremesa de amigos, una isla anclada en un jardín, de madrugada. Se charlaba el vino y las memorias. Caminé, volví a esa primera parte de la alta noche –a lejanas anécdotas- bajo la expresión más leve de la garúa, esa caricia llamada rocío.

Caminé en la escritura fina hacia la llovizna triste que acompañó mi regreso a la ciudad triste. En los días, en la vida otra antes del aislamiento, la pandemia.

Desde mi fundación como homo boedensis que guardo ceremonia secreta con la garúa de antes del ayer: llovizna la feliz urbanía en la mismísima aldea natal, en una damisela feliz.

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Otro mundo, otro paisaje de barrio, se alumbró a primera hora de la tarde. En Boedo. Caminaba en cercanías del refugio cuando en la postal apareció una magia. De repente vi altísimas palmeras. ¿Pensando en nada o en todo llegué hasta un país otro? No, de ninguna manera, estaba parado en Castro y Rondeau. La esquina de las flacas y altas palmeras. Una encrucijada con árboles otros, de gran porte. Una esquina para un blues. El hombre haciendo un pacto con la presencia árbol. Guitarra lenta, memoriosa, verde.

A unos metros aparecen dos palmeras anchas, gruesas, no muy altas. En una vereda mediana -pasa un hombre caminando junto a la pared en tiempos de aislamiento- una palmera a cada lado de la puerta de casa. Recortadas las raíces, y el tronco que llega hasta el cordón. Me detuve a mirarlas desde la vereda de enfrente, y luego crucé. Cuánto el tiempo transcurrido desde que esas palmeras ocupan esta tierra para ser mirada y sorpresa sobre Castro, entre Rondeau y Gibson. Cuántos los testigos. En testigo hoy me convierto, uno más frente al misterio.

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Un colchón que aparece quemado en la tarde, desnudo su cuerpo en la avenida, al lado de un contenedor para la basura, habla de una noche que no pudo ser. Noche incierta. De ficción, noche por escribir. Noche cerrada sobre la vereda hasta que se hizo la llama. Tuvo actitud de salvaje roedor. Fue rata del Marqués cuando contó 120 días en Sodoma, la llama que se mandó colchón adentro buscando esencia y pulsión en cada bocado. Hambre de vivir bocetando la aventura de la muerte simple. Blanco de dientes en el interior de la llama que entró al colchón de alguien que sigue viviendo en la calle. Transcurre otra vida en la noche.

Camino el barrio. Descubro la huesería oxidada de un tiempo/espacio que seguro supo de refugio y amor. Esas ganas de creer que, al menos, al principio de las historias, la felicidad se hace de felicidad, y no de supuestos.

Palabras a partir de un colchón quemado. Filas de resortes en la quietud de la foto. Rectángulo de una plaza con borde chamuscado sobre la vereda. Enfiladas las palabras, y el dibujo de otra vida que no pudo ser.

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29 de mayo. Camino bastante seguido por la vereda de la pizzería. Es parte de la extensión posible del recorrido que me lleva hasta el mercadito chino. “Buenos Muchachos” -boliche mezcla: aire parido entre el barrio de tango y la viola metalera- cerró por vacaciones durante febrero. Las remodelaciones anunciadas comenzaron en esos días. Un caos revolucionario reinaba en los primeros días de marzo. Luego la pandemia del virus, el aislamiento, las imposibilidades.

Antes del covid19, los sábados, cuando alcanzaba la moneda, iba por la noche a comprar cuatro empanadas de carne (buen porte: contundencia y relleno), mi cena. Completaba con una botella de vino. Único festejo de sábado.

Pero entonces el mundo respiró aún más descalabrado.

Cada vez que paso frente a la pizzería miro a través del cristal. Sillas y mesas amontonadas, heladeras fuera de lugar. Un caos en la profundidad del local. Pero en cercanía del cristal hay una mesa y una silla, y otros cuerpos de la vieja decoración. Cada vez que paso veo el rastro fantasmal que dejó la última persona que hizo labor en el lugar. Quieto el fantasma y sus utensilios de hacer. Una o dos botellas chicas de gaseosa vacías. Un casco negro para la moto apoyado sobre una tarima, suelto, caído al pasar. Presencias sobre la mesa: alambres, palos, sobras diversas, polvo. En la foto: toda la quietud de un mundo revuelto, extraño.

Quietud encontró mi amigo Mario sobre Avenida Cobo, cerca de la esquina con Viel. Descubrió, una mañana de aislamiento, que el puesto del canillita amigo ya no era en el paisaje. Sobre la vereda la quietud de otra foto. Una de ausencia. Otra ausencia en pandemia.

Ausencia de los buenos muchachos y muchachas que ofrendaban mis empanadas de sábado por la noche. Ausencia del hombre que facilitaba Página 12 el domingo a la mañana. Ausencia de las personas que hacen a la vida y el cariño. Sin querer transcurre el tiempo. Sin querer nace la pertenencia. Simples cuestiones de la criatura que sabe de querencia, y luego de memoria. Siempre la ñata contra el vidrio de la historia.

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Por qué razón, hoy 31 de mayo, falta la figura del Gauchito Gil de su plataforma atornillada al árbol en la vereda de Las Casas. Miré entre las ofrendas. Nadie en el piso. El Gauchito no había caído.

Una ráfaga fuerte de viento frío llevó mi mechón de canas a la cara. El movimiento hizo que mirara al cielo.

Entonces me permití buscar al desaparecido.

Quizá caminara árbol arriba esperando regresar a casa.

Se vienen tiempos de tapera. Cómo será la vuelta a casa después del aislamiento, la pandemia. Qué del sabor del regreso, de la partida, las ausencias. Qué de ciertas historias. Qué de las incógnitas.

De pie frente al altar vacío pedí seguir caminando el sueño. En Boedo, mi barrio.

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Mayo. Desde el interior de un contenedor volaban cartones sobre el cemento; en el buche un muchacho era ágil laboro. Cuál la retribución por su sacrificio. El carro de metal y bolsón plástico esperaba cercano. Cercana a otro contenedor quedó la caja nueva -un buen bocado para cualquier cartonero- de la tv más grande de nuestro mundo. Una complicación, tirar semejante caja, para el feliz comprador de la pantalla que puede reflejar lo que resta de este: nuestro mundo de las pandemias.

El mundo estalla alrededor de dos contenedores. En esta, mi aldea natal, hoy mismo. Salí a buscar el sustento. Caminar y mirar. Quise anotar que tantas son las personas que viven en la calle. De la calle. El cartón no alcanza. Cartón para vender. Cartón para que la viejita, frente al Congreso Nacional, use la materia base en forma de caja, y funde un simulacro de mesa. Así es como funciona en su vida. Desayunar el día oscuro, bajo el sol de la mañana.

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lunes, 3 de agosto de 2020

Anotación vírica IV

Ilustración de Francisco Lazo Toledo

Cuarta selección de Mientras tanto:

 

La lluvia se hizo presencia egregia durante toda la noche. Dormí bajo el feliz aislamiento de la lluvia. Una poética que cae desde la escala de grises. El mismo cielo de anoche se extiende cielo sobre el día de hoy. 28 de abril, cumpleaños de Julia. Mi hija tiene ocho años. El aislamiento no podrá con las palabras, con el amor que nos lleva hasta las ciudades lejanas. La lluvia será compañía. Testigo de nuestro viaje.

 

Abril 29. Me gusta escuchar a los buenos fantasmas. Una voz me dijo que me sentara frente a la pantalla en blanco y escriba. Es lo que hago. Aquí estoy, dentro del oficio, un rato más, otro día, uno distinto y tan igual. Tuve que sumar ánimos para abandonar la cama. Aquí estoy, siendo mientras siento que poco es lo que tengo para decir. Quizá, ahora que recuerdo, anotar -el lunes me permití caminar unas cuadras más en la travesía hasta el mercadito- que cuando pasaba frente a una escuela, por Avenida Garay, a metros de Avenida La Plata, vi cantidad de hojas amarillas sobre la vereda. Y amarillos los árboles, como nubes, junto al cordón del otoño. Recuerdo que imaginé que las formas aparecidas desde el capricho del viento, eran charcos de una lluvia mágica que había terminado hacía momentos. Caían últimas hojas. Recuerdo, y ahora anoto, en otro día sin para qué, que caminé por la vereda jugando a rodear los charcos. Ahí estuve. Solo en la vereda.

Aquí estoy, solo, como debe ser, dentro del oficio. Anoto un juego en la palabrería del aislamiento.

 

Lunes 4 de mayo. Nueve de la mañana. Vuelve a aparecer la sensación de certeza. La conozco. Me lavo la cara. El agua que corre, y en medio del tránsito la manifestación: un sentimiento fuerte, decidido, instantáneo, que dice que mi viejo está vivo. Y no solo en mí: en mis manos, en el encuentro de nuestras miradas sobre el espejo del baño, como escribí en alguna página. Vivo en una lejanía, en una novela que aguarda la escritura. Esa la sensación, la hilacha de una idea de después: mi viejo esperando, contemplando el mientras tanto de mi historia.

Otra visita en esta vida de aislamiento. Un nuevo puñado de líneas en esta anotación vírica.

 

Cada día tiene su número del miedo. En casi todos los países del mundo se contabiliza infectados y muertos. Pienso ante todo en el número de cercanía, del paisaje que me toca.

En una entrevista Alejandro Dolina dijo que en el aislamiento se había reencontrado con el hombre que tiene miedo. La periodista pregunta: ¿Tenés miedo? Y él contesta: No por mí, por los que quiero.

Hay números que espantan en la cercanía de la región: más de siete mil muertos en Brasil.

 

Qué será del futuro.

Qué de la vida en privado. Qué de la vida en sociedad.

Siempre pensé que el hombre anda sin seguridades en el tembladeral de la vida. Construimos apariencias de refugio para soportar la realidad. Al parecer lo único que no tiene final abierto es la muerte, o sí, porque también, en el después de la muerte, en la muerte, el enigma tiene algo del aire del después en cada día, una vez que despunta la mañana.

Pero claro, nada parecido a la pandemia del virus.

En este aislamiento muchas veces me pregunté, pensé. No soporto esta incógnita global. Qué va a pasar conmigo, con la poca o mucha vida que tengo para dar. Qué va a suceder con esta sociedad miserable, egoísta, desalmada. Qué va a ocurrir con la parte de la sociedad que aún levanta la bandera de la solidaridad. Qué con los que existimos en tanto exista el otro.

 

Hoy 14 de mayo encaré una caminata. A partir de las dos de la tarde salí simplemente a caminar. No tenía que ir a comprar comida al chino. Salí a buscar mi cuota de sol y sueño.

Una ronda de veinte cuadras me dijo que la clase media circula ansiosa para retomar su juego.

Caminé por Avenida Garay hasta Avenida La Plata, y por ella hasta San Juan. Me detuve ante la puerta del 4370, un edificio de departamentos donde viví y fui feliz en el ayer. Está como si no hubiese pasado una eternidad. Por San Juan llegué hasta Mármol y retomé hacia Garay. Bajo la autopista, a la sombra, almorzaba un hombre. En cuclillas. Una cuchara de plástico salía de una bolsita blanca a ritmo sostenido. Comía apurado. Un hombre solo. Alguna vez anoté que un hombre que come solo -y si esa soledad no es disparada por propia mano- es la imagen suprema de la soledad.

Miré la hora, revisé el teléfono en la esquina con Tarija. El sol era pleno.

Por Mármol crucé Juan de Garay, caminé una cuadra, y doblé a la derecha, por Inclán, hasta La Plata. Sobre Inclán vi a un muchacho que tiraba de un carro de metal repleto de cartones. Detrás caminaba la compañera, una mujer joven, embarazada. Los que hacen la vida día a día también están en la calle.

Pasé frente al mercado ubicado a mitad de cuadra, sobre La Plata. Creí ver a una mujer conocida. Quise verla. No era.

Llegué hasta Pavón. Hice una cuadra a la derecha. Pensaba en el regreso. A mitad de la cuadra vi que una pareja, ambos cercanos a los cuarenta pirulos, caminaba tomada de la mano. Primero contemplé la rareza, y no hablo de rareza en medio de la pandemia, digo una mujer y un hombre caminando tomados de la mano, a la par, en aquello que fue la vida de antes de ayer. Después, algo parecido a la felicidad apareció desde la memoria.

De regreso al aislamiento, escribí.

 

Hace momentos, en una calle del barrio, en medio de mi caminata, me detuve a mirar el pastito fino, apenas presencia, que crece entre los adoquines de ayer. Una imagen de la eternidad. Un consuelo. Una esperanza. Una línea de poema. Pienso en mi amigo: el poeta Rubén Derlis de Boedo.

 

Es un tiempo donde la fragilidad del mundo construido por el hombre queda a la vista. Bajó la cotización del espejismo, y aparecen las fisuras de una sociedad injusta, aterradora.

La vida frágil.

Una mujer le alcanza comida a una muchacha que está sentada en la vereda del banco, sobre la avenida. Hace unos minutos, en la tarde. La escena es para llorar: por la realidad triste que avisa que hay personas que no tienen techo, y por la felicidad de saber que hay ciudadanos como la señora que bajó de un auto blanco. Imágenes de la vida frágil en un mundo frágil.

 

26 de mayo. Hacía dos días que no realizaba mi caminata de la tarde. El aislamiento absoluto pedía la cabeza de, al menos, uno de esos estados de ánimo que colaboran en la resistencia. Caminé una cuadra por Muñiz, por la vereda del sol. La caricia de mi estrella trae buenos recuerdos. Luego doblé por Inclán. Después por Mármol hasta Las Casas.

Había caminado un par de cuadras por Las Casas cuando, dispersas sobre una vereda, vuelvo a fijarme en la presencia de tapitas plásticas de botellas de gaseosa, junto a un mayor número de una especie de punteras de plástico color lila, como si fueran tapas de pretensiosas botellitas de champú. Además vi, al lado de un árbol, a metro y medio, dos envases de agua mineral de cinco o seis litros, y llenos de estas presencias plásticas. Las había visto antes, cuando caminé, hace días, entre escarabajos y palomas. Pero aquella vez pasé por alto dos instalaciones atornilladas al árbol. No había levantado la mirada sobre el tronco ancho. Con la vista hacia Mármol: así se ubica la figura del Gauchito Gil sobre su base. Con la vista hacia Boedo: así se ubica la figura de San Expedito. Sobre las plataformas ofrendas pequeñas, delicado adorno. A los pies del Gauchito Gil un vaso típico para el trago de tequila, pero servido, hasta el borde, con vino tinto. A un lado de San Expedito una botellita de agua con su nombre.

Al pie del árbol las ofrendas dispersas. Una suma de días de aislamiento. Figuras de veinte, treinta centímetros, una vereda, un árbol, hojas amarillas que mueve el viento leve en una Boedo misteriosa, mágica, en una Buenos Aires solitaria, silenciosa.

En la ciudad, el barrio, respiro, a pesar de la molestia del barbijo, la sustancia que, hace unos días, descubrí que me salva. Curar la mirada, la memoria, ciertas sensaciones que creí olvidadas. Caminar el barrio es una manera de pedir favores, ayuda, para remontar sueños en este cielo complicado.

Ceremonias necesarias. Así cada encuentro en la vereda, en la esquina desde donde miro y descubro belleza.


viernes, 10 de julio de 2020

Anotación vírica III

Francisco Lazo Toledo

Tercera selección de Mientras tanto (anotación vírica):

Existió el día. Tenía intención de continuar con mi anotación vírica cuando supe, en un segundo, que estaba perdido: qué parte del día habitaba en ese preciso momento. Pensé. Me busqué.
Existió otro día. No escribía. Aguardaba simplemente que se gastara el tiempo. Me sentía lejos de la escritura, y lejano a la poesía, a cualquier clase de lectura. En esa circunstancia insípida supe que ignoraba en qué día de la semana me hallaba, y descubría la sensación de haber dejado de ser. Pensé. Me busqué.
Existió la noche. Volví a ver a mi padre vivo, una secuencia ubicada en sus últimos días. Hablábamos y todo parecía posible en la noche. La muerte no era en esa oscuridad de madrugada. Sentí que ambos estábamos vivos. Pensé. Me busqué.
¿Cómo se hace para dejar de ser?
De a poco, los límites de la eternidad se deslizan relativos. El aroma del aislamiento los desboceta.

La escritura es, toma entidad, cuando la pulsión al fin se suelta dentro del ritmo respiratorio. Un oficio respiratorio. Muchas veces es la memoria: se hace aire y tinta que va y viene. Entonces vuelven mundos habitados por fantasmas, buenos y malos. Regresa la escritura de la novela propia, la historia de vida. Como flecos de barrilete en vuelo, los relatos levantan altura.
Frente a esta pantalla en blanco, el cursor estelar de mi escritura avanza. De a pocas palabras, así se forman estas líneas en otro día de aislamiento. Existe un estar en frío de mis almas. Hace días que me frena. No digo tanto como siento. Pocas son las presencias que me salvan. Muchas las ausencias que duelen esas memorias a las que vuelvo, y de las que tan poco anoto. Una escritura en abstracción. Miro a través de un vidrio quizá demasiado sucio.

Durante el fin de semana pasado, la lluvia llegó hasta el otoño. Días pintados en gris. Volvía desde el mercadito chino cuando empezaron a caer las primeras gotas. Sábado al mediodía. Sentí los primeros impactos en el pelo. Miré buscando las gotitas sobre la vereda. Mientras buscaba me di cuenta de mi andar lento. Caminaba despacio y pensaba despacio, que es la manera de andar y pensar que nací en el aislamiento. Me di cuenta de que la vereda era una presencia en sí misma. Era una parte del camino, y era el camino. Pisaba de una manera distinta, o mejor, pisaba como nunca antes había pisado en una vereda de calle Muñiz. Iba, existía entre el chino y el refugio. Iba hacia mi todo. Casi nada.

Un susurro entre las almas. Justo cuando sentía que el día había empezado a apagarse. Del más allá de unas cuadras de barrio, el buen fantasma venido del sol me empujó a la calle.
Al despertar en este 9 de mayo tuve el presentimiento de que el día iba a ser especial.
Ayer habló el presidente. Continúa el aislamiento. Pero, aun así, no percibía el día como repetición.
A media mañana llegó un hola cariñoso en el llamado de mi hija. Algo volvía a respirar en mi paisaje interior.
Hice caso al sol y me encaminé hacia el mercadito chino. Soporté el tironeo: A que me apago, jugaba a insistir el día. A que no, y seguí, a pesar de que en un momento caminé incómodo: es tan extraño sentir y ver cómo las personas se alejan en el miedo. El barbijo no ayuda. Escucho, siento, el arrastre del aire que se queda sin aire. Caminé a la sombra. Caminé al sol mientras soñaba el humano andar de su mejor fantasma.

Ayer 12 de mayo volví a salir a la calle tratando de encontrar el rastro del sol. Apenas pasado el mediodía, decidí caminar alrededor de dos manzanas vecinas, ubicadas frente a mi refugio. Oh, aislamiento que me aplastas. En la ciudad se decretaron nuevos permisos: apertura de comercios, más personas autorizadas a salir de sus casas, siempre que se dirijan hasta negocios de cercanía. Ya había hecho la compra en el mercadito chino. Dejé la bolsa en el departamento y salí.
El día en el exterior se presentaba como un típico día del ayer, de la vida, criticada por cierto, que teníamos antes. Autos a velocidad en las avenidas, muchas personas caminando con apuro, con objetivos marcados. Las diferencias con ese ayer están en el uso de barbijo, en las colas que se forman afuera de los comercios, en la distancia entre las personas, en cierta repulsión correspondida entre los caminantes. Desde que vi los ojos del sol, que los busco en cada salida. Caminé lento para disfrutar el recreo, de la misma manera como demoro la lectura de una buena novela. Ahora pienso en Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar y en Nudos de hierro de mi amigo Gabriel Montergous. Leer como se demora la mirada enamorada, el beso o la caricia profunda. Llegué a la zona de la parrilla, en la esquina con la avenida, y me detuve frente a esa especie de muelle que las casas de comida extienden sobre la calle, en un tramo coincidente con la fachada. Un corralito metálico para ubicar un puñado de mesas en el exterior. La palabra aparecida fue vestigio. Vestigios de ayer los macetones rectangulares de cemento que fueran decoración compañera en el muelle alumbrado. Vestigios de ayer, los nombro así a partir de la altura de los yuyos salvajes, libres, que tiemblan en el viento. Las últimas banderas en una ciudad, en apariencia, hasta hace pocos días, abandonada.

La información llega a través de la radio. En la ciudad de Buenos Aires, a diario, aumenta el número de infectados en las villas miseria, en los paradores donde pasan la noche las personas que no tienen vivienda. Personas con un alto grado de vulnerabilidad, así se llama a los pobres desde el gobierno neoliberal que maneja hace trece años la ciudad. Vulnerables también los que habitan un geriátrico. Ante la imposibilidad de tapar el número de casos, ahora sí, la dirigencia de amarillo reacciona, afirma que está haciendo. Hacer precisamente aquello que tendría que haber hecho: prever, cuidar. Hoy: 13 de mayo. Al parecer nadie sabía, nadie imaginaba que, en esta ciudad, en esta sociedad, todos los días nacen ciudadanos de segunda y de tercera. La intención de los que gobiernan es la que puede hacer la diferencia con el destino cruel que pinta el capital y sus adoradores. Los primeros en la lista de la muerte siempre son los pobres, los números del mundo en pandemia rubrican esta certeza en la historia universal. Primero los pobres. Lícito es reconocer el tino del Gobierno Nacional en la toma de medidas. Pero a esta altura las decisiones se reparten. Tras casi dos meses de aislamiento, se estudia y procede a hacer movimientos de apertura, y entonces aparecen en la escena decisiva los que gobiernan los distintos lugares del país. La ciudad de Buenos Aires está en manos del sueño neoliberal, por eso las desatenciones varias. Desatención de clase, motivación ideológica, establecimiento de prioridades.

A las dos de la tarde el cielo empezó a parir nubes. También su paleta de grises. Necesitaba salir a caminar unas cuadras. Abrí la puerta cancel. Crucé Garay y subí a Mármol. Caminé, sin darme apenas cuenta, un par de cuadras. Caminé solo, nadie más en el paisaje. El silencio se rompió cuando llegué cerca de la esquina con Las Casas. Dos muchachos hablaban entre ellos mientras lavaban un auto. Para qué, pienso ahora, lavar a metros de una lluvia. Las voces llamaron mi atención, y fue así que vi tantos colores, presencias. Desde el auto de los muchachos y hasta la esquina, en ambas orillas de Mármol, se repartían siete escarabajos de buena colorería y porte. Autos de otro tiempo esperando a los viajeros que elijan escapar al pasado. Siete escarabajos siete. Número mágico. El rojo impecable. Mármol y Las Casas. Una cartografía de la constelación del escarabajo.
Pensé, sin razón alguna, que debía encaminarme por Las Casas y así lo hice. Descubrí en el centro de la encrucijada que forma esta calle y Castro: prolijas, todas sobre uno solo de los cables que rayan ese trozo específico de cielo boedense, una convención de palomas inmóviles, silenciosas. Pasé la susodicha encrucijada con mucho reparo, ni el mismísimo Diablo hubiera tensado tanto. Nunca fueron de mi agrado las ratas con alas.
Caminando por Mármol, por Las Casas, esta tarde, antes de la lluvia que al fin se haría esperar hasta la alta tarde, me sentí el primero de los espectadores que entraba a la platea para así espiar esta parte del barrio. Boedo parecía dormido, hacía la siesta, soñaba silencioso, fantástico; siendo misterioso decorado soñaba como fantasma que regresa envuelto entre las hojas quietas, las que bocetan encuentros en las veredas.

jueves, 11 de junio de 2020

Anotación vírica II

Obra de Francisco Lazo Toledo
Segunda selección de textos de Mientras tanto (anotación vírica):

Ayer mi amigo, el poeta Rafael Vásquez, me envió un poema. Su título: La epidemia:
Y el mundo enloqueció. / Suprimidos los besos, los abrazos, / el apretón de manos, / ya no quedó el saludo, / la charla sin horario en el café, / la muestra del poema. / Hubo una desconfianza geográfica de voces, / horarios sin sentido, / consejos, advertencias / y una sombra del miedo. / La vejez encerrada tras la ventana abierta / para atrapar al sol en su paso cortísimo. / La puerta, una olvidada maravilla perdida. / Algo hay que sobrevuela la ciudad que perdimos: / todo parece lejos. / Y el tiempo es una duda que sugiere contarse / con otra cuenta extraña casi desconocida. / La ausencia es sólo un eco del canto de sirenas / que atormentara a Ulises. / Cuándo es una palabra que el idioma ha extraviado.

Desde cuándo la lluvia en mi memoria. Desde el pibe que fui en el Martín Coronado de infancia. Desde la primera vez que vi la lluvia, caer sobre la grande ciudad de Buenos Aires, a través de la ventana de un bar. El aroma húmedo de la madera y el tiempo. Cuándo esa primera vez. Cuándo la primera lluvia en un bar mientras aguardaba a la mujer que quería conocer. Cuándo la lluvia que guarda mi primer libro. Cuándo la primera lluvia que le enseñé a Julia bebé: cuándo la primera lluvia que te escribí, mi niña.
La primera lluvia dentro del aislamiento comenzó el sábado sobre las baldosas de Muñiz. Luego el recreo del domingo. Solo nubes. Ahora escribo guardado en el dormitorio, escaleras arriba, cerca de mi cielo. El resto del departamento a oscuras. Llueve con ganas. Desde la radio comentan que el cielo está negro, que viene como flor la tormenta. Escucho blues. La lluvia caerá una vez más sobre las chapas del techo. Escribo, ahora, en este día, luego de casi tres días sin ser en mi lluvia, este oficio de contar.

Se recomienda lavarse las manos con jabón. Lavate todas las veces que puedas. Lo pide el gobierno Nacional, y lo pide el gobierno de la Ciudad Autónoma. A pasos de Retiro y de Recoleta, está ubicada la villa 31. Hay sectores que no tienen agua. No es muy efectiva la Ciudad en cuidar a sus ciudadanos de segunda y tercera. Después de un mes de aislamiento apareció el primer caso de covid19. En diez días hay más de cien. Ya se alumbró el primer muerto en la villa. Hay sectores que siguen sin agua, sin comida, a la deriva en la casita, en el pasillo angosto, como si todo el cuento fuera una balsa en medio de nuestro mediterráneo.

De a poquito se bosqueja la ceremonia de hacer camino por Boedo. Recupero la felicidad de ayer. Camino sintiendo que camino, que dejo en el andar una mirada a cada paso. Andar a consciencia. Haciendo la vida en el barrio, caminándolo, tomando su aire de urbanía, lleno mi almario de tinta, y en ella, entonces, las presencias: mi abuelo Julio Martín, mi viejo Rolando Augusto; desde sus manos, una mañana de sábado, llevé de la mano a Julia, mi hija. Una primera marcha por nuestro Boedo de Buenos Aires. Recupero la felicidad de estas memorias mientras miro y veo en estos días de aislamiento.
Salí a las dos de la tarde de un día que se construía a sol y nubes. Con viento.
Por Garay, la vereda del sol, caminé hasta Boedo. A pesar del barbijo, la sensación era ante todo respiratoria. Un aparecido fantasma, un aroma de libertad. No había muchas personas en tránsito. Algunas filas frente a comercios. Velocidad en la avenida. Doblé por Boedo y comencé el regreso, la subida, por Inclán. Más tiempo bajo el sol. Sobre esa mano, a una distancia de media cuadra, vi que una anciana, encorvada, encorvadísima, se esforzaba por recoger las hojas amarillas caídas desde los tilos. Vereda grande. No era una casa, vereda amplia de depósito, cortinas metálicas bajas. En un extremo de la vereda una presencia: pala plástica azul, sin mango. La anciana vestía sacos marrones encimados, pollera, pantuflas, medias cortas. Su herramienta: un escobillón raquítico. Cuando ya estaba cerca de ella vi que se agachaba para juntar a mano cada una de las nuevas hojas que traía el viento. Ella tan encorvada, tan cercana al piso, tan ensimismada en la búsqueda de una perfección, como siempre, imposible. Ese impulso de hacer un poco más. Cuando no se es más que el impulso más simple.
Un cartonero en la bocacalle, en cada encrucijada blusera. Bicicleta y carrito integrados en su máquina de ganar pan. Es lo que hay, diría mi amigo Luis.
Por la misma Inclán avanzan dos muchachos, uno lleva los restos de un viejo colchón. Lo carga como recién comprado.
Mis pasos hacia San Juan, avanzo por Muñiz. La velocidad delineando en colores la avenida. Otro muchacho acarrea un viejo colchón.
Vuelvo a caminar, cada vez con mayor decisión, por Boedo, mi barrio, donde la memoria vive dentro del paisaje y las criaturas. Se resiste en aislamiento, haciendo la vida que se puede, la que se deja hacer.

Tres camas casi listas para usar. No son camas de hospital. Tienen una misma intensidad de exilio. Aparecidas en la tarde. En tránsito hacia la noche florecen las mariposas errantes. En unas cuadras de Boedo. A la vista de los pocos que caminan por el último ademán del domingo. Hay cierta calma en la ciudad. Una de esas calmas que anticipan tormentas. “Nos piden que nos lavemos las manos”, dijo Ramona Medina de la villa 31, en Retiro. Dijo, apenas unos días antes de morir por la doble pandemia: la primera traída por el Rey de Amarillo, la segunda por el virus que llegó desde el cielo. Así dijo Ramona Medina: “Nos piden que nos lavemos las manos, y no tenemos agua”. Abrió la canilla y ni una gota. Mamá Ramona ya no está en casa. Aquellos que duermen sobre las veredas de la ciudad faltan de casa desde la primera pandemia, la neoliberal, y continúan jugándose en la falta durante la pandemia segunda, la del bicho que no sabía volar, pero llegó desde el cielo de las clases otras.

La liebre pertenece al dueño del campo por donde corre. La vida del pibe que, con gomera y piedras, intenta voltear la carrera de la liebre veloz -la que tiene dueño desde el primer tranco en este relato- también pertenece al dueño del campo. El dueño es creyente. Cree en él, en su propiedad, su dios, su derecho. Por eso vio la liebre y vio al pibe. Y vio su lado del alambrado. Su propiedad privada se hizo camioneta furiosa, y arrasó con la vida del pibe. En aislamiento, allá por Cañuelas, la liebre escapó de la piedra y la gomera que no fue. La comida del día tampoco fue. Alex Campo, de 16 años, no volvió a casa.
Pasó por sobre su hambre toda la historia política de esta tierra. Rugía la bestia negra, acelerador al máximo: estanciero, dueño de la tierra, asesino. Una crónica de asesinato político en estos días de aislamiento.

Nunca en mi vida había caminado por la calle Juan Bautista Jantín. Por ella llegué hasta el cruce con Metán. Boedo en otra de sus encrucijadas. En una de las esquinas del nuevo blues, apareció la casa. Volaba el artefacto celeste. La nao pobre de barrio de provincia. Volaba como recuerdo de mis días de infancia. Pared rústica en cal vieja. La dirección aparecía pintada, en buen tamaño y con aerosol, a la derecha de la puerta de entrada. Luego, imagino, un simulacro de lomada, una herramienta fantástica, la llevaba a una altura de primer piso. Volaba gracias a la ropa colgada de alambres sostén de un invisible palo mayor, y colgada también de sus barandas de nao que regresa desde la tierra donde fui pibe. Como flecos: pantalones, camisas, remeras, apenas húmedas al sol, se agitaban en el viento de la tarde. Volvía de lejos. Una casa de Martín Coronado, refugio al lado de la vía y al lado del otro lado de la vía. Descubierta, al fin, en Boedo. Como barca que vuela, retorna entonces en esta cartografía de ciudad en aislamiento.

Escuchar los colores del otoño, ocre y marrón, en la velocidad del viento, tan libre sobre Avenida Boedo, entre Las Casas y Pavón. Susurra el viento, trae el viento, por entre las ramas de los plátanos -tan altos- presencias y confesiones; esas historias prohibidas que guardamos todos, ay de los humanos de humana tentación. El viento chamuya entre los plátanos de la avenida. Entre la hojarasca. Caídas sobre las veredas: páginas de memoriosa escritura nacen novelas, relatos, textos anotados en la libertad del otoño que aroma colores en el viento. Siempre el viento bajo este cielo, entre las hojas, sobre la vereda, la vida, el aislamiento en domingo lento.
Obra de Francisco Lazo Toledo

viernes, 8 de mayo de 2020

Anotación vírica


Algunas miradas escritas en un diario del aislamiento: Mientras tanto (anotación vírica).

Tenés tu mundo interior. Tu mundo de escritor. Así me dijo la lectora.
Es cierto, ese mundo está. Respira acurrucado en el quehacer del oficio.
La escritura como basamento de mi identidad. Cuando algo me emociona, afecta, lastima, cuando me encuentro masticando un pensamiento, ahí aparece la escritura, una damisela con la que hablo desde hace una vida. Una historia de amor que perdura. Alumbra. Acompaña. Que me alienta. Con su presencia resisto dentro del transcurso de los días, dentro de las historias que me ha tocado ver, tocar, vivir. ¿Para que también las escriba? Sí, algunas pude anotarlas memoria. Victorias y derrotas. Siempre es así en la vida que hasta ahora toca. Siempre tratando de encontrar la felicidad. Por qué la felicidad es un globo de papel suelto en un cielo de navidad. Vuela mientras el aire es sangre caliente. Luego se incendia y hunde. La felicidad y sus dos caras montada al sube y baja en una placita de provincia.

Un bote. Una lancha. Un barco. Otro barquito frente a la costa.
Los puertos de Italia, donde los muertos se cuentan a puñados de mano gigante, se cierran frente al barquito y los desesperados que lo navegan -mediterránea desventura humana-, que lo habitan como si tierra fuera, una tierra en tránsito hasta la tierra prometida donde la pandemia se lleva puesta la civilización. Desesperados se hacen a la mar. Huyen de un monstruo. Navegan, viajan hacia otro monstruo. Toda esta película en rodaje se proyecta dentro de la película que aquí me tiene encerrado, enloqueciendo de tristeza, en un departamento de Boedo, en mi aldea.
Habito mi bote, mi lancha, mi barco/barquito frente a una costa que cierra cada día, cada uno de los pocos gestos vitales que me quedan, esas caricias que resisten en la memoria.

Hay días, especialmente los últimos, en que me gana una especie de entresueño. Habito una tierra de nadie. Donde ninguno de los que soy puede afirmarse en la escritura. Tampoco en la lectura. Quien soy, mi sociedad de almas fundantes, se asusta, ausenta, se esconde. No es juego, es dolorosa incertidumbre. Cuando más te quiero y necesito, no puedo escribirte como quisiera. Como si me faltara aire, y diez guitas para el peso. Escribo, estos días, desde dentro del globo de papel en cielo de navidad. Cuando subo veo la plaza y sobre ella me escribo hasta morir dentro de un grupito de líneas, lo de siempre, una imagen, una idea, y la palabrería; y cuando bajo, la plaza es desierto con tormenta de arena que borra mis huellas mientras, lento, se hunde el incendio que llega de un cielo que simulaba navidad.

Sueño hecho realidad. Sueño neoliberal. Encerrados en casa. En la calle, el otro camina a dos metros del posible huésped del virus. Hay miedo entre las personas. La amenaza es el otro. No hace falta ser boliviano, negro, peronista o pobre.
Lejos todos.
Los Ellos, los desclasados de siempre, los separatistas con pretensión de pedigree, piden ayuda a su dios de bolsillo. Así la criatura unicelular.
Muchos de los separados, en cambio, se protegen pensando el buen destino para el otro. Todos somos otro. Nosotros fundamos el mar de cada día.
Vive la memoria, la amistad a través de algún dispositivo tecnológico.

Cuál el cadáver que socaba el gusano vencedor.
El mundo nuestro de cada día. En la Nostromo mundial alguien parió el bicho. Estallido navideño desde dentro del pecho. Estallido silencioso.
Los creadores salvajes de la sociedad global revisan sus cuentas. Cuántos sí. Cuántos no. Con cuántos nuevos zombis funciona el mercado. Quiénes serán los responsables de los muertos en la escritura de esta página de la historia oficial.
¿Morirá el hambre? ¿Morirá la miseria? ¿Sabremos al fin de la solidaridad? Algunos se preguntan sobre la refundación: la necesidad desesperada de una sociedad nueva que sepa que el mundo es ahora mismo: la vida hoy.
Mientras tanto, los Ellos comienzan a barrer basuritas bajo la alfombra de la historia, y renuevan cálculos desde las carabelas de otra vez sopa.

Camino por Avenida La Plata. Unos pocos hombres y mujeres en las veredas. Alguien espera un colectivo. Cielo nublado. Vientito fresco. Me gustan estos días. Voy hasta la puerta de la casa de Virginia y Mario. Me ofrecieron dos barbijos, no los van a usar. No se consiguen. Camino. Será obligatorio el uso a partir del 15 de abril en toda la Ciudad Autónoma.
Mientras me acerco a destino paso al lado de los caminantes que van en sentido contrario. La mayoría ya lleva protección para nariz y boca. Habrá que volver a mirarse a los ojos -bondad humana casi olvidada- para reconocer nuestra esencia, nuestro nombre, la sonrisa oculta.

Muertos pobres en ataúdes pobres. Olvidados los muertos y sus ataúdes pobres. Ubicados en el vientre de tierra de la fosa común. Sucede en la isla neoyorquina donde van a parar los cadáveres que no reclama familia alguna. Foto aérea en la pandemia del capitalismo salvaje. Vi la foto hace días. En una lonja de tierra flaca nacen las fosas de los que nunca supieron qué era estar primero en una lista.

Cuesta acomodar la palabrería en estos días. Hay un desánimo. Un pelotazo en la boca del estómago como cuando en la infancia. Días de lejanías, y días lejanos. Cuanto duele la distancia física, y tanto más la del alma, las almas. Escribo, quizás escribo, o escribí, porque llevo un puñado de almas. No una. Tampoco dos. Un puñado con mano generosa de agarrar más caramelos, más sortijas. No para acumular, sino para compartir. Invitación a salir al camino con un sabor a la mano, una vuelta más en el sueño, y en el encuentro mágico del amor. Sueño y llanto. Escribo señales desde el buche de la pandemia. 16 de abril. Soy en la media mañana. Espera la inmensidad de otro día.

Camino mi refugio como si fuera castillo, y yo el conde de Orlok.
Hay vida en los otros departamentos. Lejana. Todos los habitantes del edificio con aprensión en la mirada. Lo sé. Los imagino. De vez en cuando una sombra en una ventana. Alguien que camina por el pasillo hacia los departamentos del fondo. La pandemia como la luz del sol. Orlok, el vampiro, se guarda porque piensa en él y en el otro.
Insoportable este encierro eterno.
Pobre Orlok aislado en una película muda.
A la vez me cuesta salir hasta el mercadito chino distante unas tres cuadras. Camino ajustado de aire, el barbijo resulta incómodo. Ajustado también por el miedo, no propio, sino el que se percibe en el resto de los caminantes, y en la mayoría de los clientes del chino.

Unas horas después de anotar el apellido: Orlok, y de nombrarme conde y vampiro, de asumirme, una vez más, refugiado en un castillo de Boedo, llegué hasta una canción. Escuchaba la radio. La letra de la canción me llevó hasta Orlok, también mentado como fantasma, criatura de la noche, nosferatu: no muerto (cómo se dirá en rumano: no vivo). Ni muerto ni vivo: fantasma.
En la radio, la voz en mi aislamiento, escuché Living in a ghost town de Mick Jagger y Keith Richards (Rolling Stones): La vida era muy hermosa, / y entonces nos tuvimos que encerrar. / Me siento como un fantasma, / viviendo en un pueblo fantasma. // Cada noche estoy soñando que vendrás / y te arrastrarás en mi cama. / Por favor, deja que esto termine, / no atascado en un mundo sin fin, mi amigo.
Orlok muere de amor. Aguarda el amanecer al lado de su amada. A consciencia. Cansado de la noche. La luz del día lo mata mientras bebe la sangre de Ellen.

Otro de mis buenos fantasmas me dijo que fuera hasta el mercadito chino: Ahora mismo que sopla el sol en las calles, que el mundo es una belleza. Acepté el consejo. Imaginé a mi buen fantasma hablando bajo el sol. Ocupando un lugar en el vano de una ventana que da a una calle de barrio. El buen fantasma sentía y pensaba mientras el sol llovía hasta el límite de la sombra interior.
Caminé despacio -toda una costumbre forjada en el aislamiento- bajo el sol. Disfruté la luz. Una caricia. Hacía tanto que, sin saber, la esperaba. Extendí la caminata unas cuadras. En la vereda de la escuela no había charcos de hojas, hoy volaban en remolinos. Festejando el regreso del sol.

lunes, 13 de abril de 2020

Crónica aislada

Boedo y San Ignacio. Foto: Mónica Aisemberg

Hago mi vida en Boedo. Mi vida dentro de la vida grande, mi barrio dentro de la galaxia que abraza barrios: Buenos Aires. La radio suelta la palabra en el refugio. El dial en la AM 750. Otro día. Cada uno de estos días. Un tránsito en soledad. En mi silencio. Casi no hablo. No me hablo. Pienso. Cuido la moneda en el celular. No tengo internet. El departamento es único testigo. Es refugio. Mi pedazo de madera luego del naufragio. Se hundió mi Titanic. Hasta ayer flotaba a la deriva, trataba de durar o de salvarme, de llegar a alguna costa. Sucedió que quizá alguno de mis dioses escuchó la letanía, el cursor estelar que boceta mi escritura: hasta el cotidiano llegó un bicho, y la invasión, y luego, dentro de la pandemia, volvió acentuada la oportunidad para una mirada clara. Pienso en un silencio devenido esencia fundacional, creativa; un silencio de origen, de viento nuevo; el silencio como invitación al pensamiento, a una consciencia vital para así llegar hasta la mirada clara que anoto. El pensamiento necesita que un buen silencio ponga fin al barullo mal intencionado.
En la historieta inaugurada no hay copos de nieve en el jardín. Tal vez hubo manipulación de parte de uno de los imperios en pugna. Vaya el pueblo a saber. Pero hay algo que sí se sabe, como todo bicho canasto, este también venía con sorpresa -una muy distinta al Topolín de la infancia-: una bolsita trucha con chupetín amargo y con chuchería de escupir egoísmo. El bicho canasto viaja desde lejos, y el bicho en él oculto se quita la careta y renace en los asociados de siempre.
Bicho y asociado no viajan en tren, llegan en avión. Andante en clase media y andante en clase mayor. Ante las recomendaciones del Estado frente a la pandemia, el asociado oculta, olvida estadía. Para qué acordarse de tantos detalles, mejor no hablar de ciertas cosas. Olvida además la labia orgullosa con que se chamuyaba: Mire, don asociado, qué bonito es mirar desde arriba. El barrilete con tiros defectuosos podía resultar huésped. En avión carabela la santa maría se la pinta -caripela mentida- como si fuera la niña que nada recuerda de Europa ni de los mongoles y chinos que viera Marco Polo.
Bicho y asociado se revuelcan y juntos nacen más asociados. Andante de cerrar el puño y cargar -yo en clase media y yo en clase mayor-, de apretujar changos: meta frasco de mermelada sin color, peor que el famoso deme dos. Jamás una duda con higiénico del mejor. El que sigue en la fila no importa. De solidario ni sombra en el asociado que anda y se maquilla. Andante extasiado sale pleno del mercadito chino, y harto lustroso del hiper. Avanza el andar del andante que escombra el paisaje. Prepotencia de paco plástico, marroco de dios salvador, hostia/estampita que baila en la fule pertenencia. En pista de finirla se eterna el tango ceguera: andar contra un tiempo/sueño que quiere cantar para todos un destino mejor.
Andante y viajero, amigo primero del bicho, ¿de dónde es que viene el caballero? Desde una esquina de bar en la ciudad que hermana, se ventila: Es otario de barrio bien, garca de country y palacete que se quiere esfumar. El piola zurce, con labia y ovillo de enredar, su tragedia de derechos mancillados. Una maligna payasería apronta otra muerte con clase ante los ciegos que no quieren ver (ensayó Saramago). Conspirados los descontadores que ciegan con mentiras y nubes fulería. Destructores mano lista, bolsiqueadores desde un asiento en primera. Mientras tanto el mundo escombra, se escombra. Corta la vida del otro el filo maula del egoísta. Así en el cielo, cuando el avión, como en la tierra, cuando se atraganta el carro con mercadería (sin importar el precio asesino que anota otro de los asociados). Andante y viajero este virus con cara de bicho conocido: vive del barullo, baila sobre la cáscara del día, no quiere saber de destinos. Sin embargo el andante y viajero, su sistema, saca sortija en cada órbita de había una vez.
Que no me quedo en casa, dice el bicho, el andante viajero, y el andante de cabotaje, ese que no se pierde vacación de fin de semana ni aunque vengan degollando. ¿A solas con quien soy? ¿Quince días, treinta? ¿Sin cuatro o cinco en el fondo para que alimenten la tribuna? Mi dios de los domingos: ¿A quién comprar el alimento balanceado para pollos? ¿A quién exigir mi libertad de mercado?
En la primera tarde del otoño se escucha, sábado en la ciudad, por la tarde, la respiración lenta del último calor. Se escuchan, escucho, casi nada más, yo mismo, el que solitario anda por la vereda de la avenida, escucho, digo, mis pasos, casi nada más, escucho, yo mismo… y nosotros, los pasos que se escuchan pasos.
Todos nosotros los muertos, también nosotros en la película del mundo desdichado, con primeros planos de miedo y silencio dentro de las casas.
Boedo no escucha tangos, se viene tras mi avance de muerto, sobre el cemento vacío de Garay, mis pasos hasta la esquina de barrio, bolsita del mercado chino que flamea con un vino barato dentro de un corazón que piensa en acostarse cuando la noche sea en el tiempo en que suena la radio.
Impresiona la ciudad de desespero escondido, presiona el cuore que escucho me dice: solo deberás cuidarte, solo transitar la ciudad muda, y solo morir si te toca; solo, además, deberás contar las monedas hasta la última, que muchas no quedan.
¿Cuántas vueltas más hasta el giro cerrado sobre el mercado chino de Pavón? La calesita detendrá sus caballos y yo estaré solo en el centro de la plaza. El jinete, su tos poligriya tallada en la misma madera con que corren los caballos luego de dejar el día.
Toda vida tiene su calesita, contra las agujas del reloj gira y se eterna el tango: el baile de un mundo que al fin se ha roto.
¿Qué, cómo nacer desde el silencio en esta ciudad con aire de decorado? Escuchando el silencio entre mis pasos apareció la idea de esta escritura que junta historias de broncas, derrotas y posibles victorias. Imágenes, sensaciones, la realidad y la ficción de las palabras, todo el revuelto Gramajo sobre la calesita de los días que, a diferencia del paisaje, gira rápido. Entonces uno se mira en el espejo propio y pasa al espejo de todos. Desde cada refugio se busca ser parte del refugio de todos; es el pensamiento y la toma de consciencia la llave que habilita la puerta por donde pueda circular la suma de los nuevos pasos, esos que se escuchan, esos que alumbran los caminos luego de habitar tiempos de encrucijada. Sueño con una sociedad héroe, con otro final, basta de finales de película: la docilidad de la costumbre. Recuerdo a Juan Salvo, el eternauta, uno más de nosotros, uno más entre nosotros, un hombre de historieta argentina donde el pueblo termina con el invasor y sus asociados.
El renacimiento de una mirada clara como herramienta para una renovada pertenencia a aquello que apuntala lo humano, el derecho olvidado. No toda la sociedad argentina, tampoco la global, entiende memoria y derechos humanos. Filos como neoliberalismo, mérito, egoísmo, odio, pertenecen al serrucho con que el lobo trabaja el barullo en la caramelera del que no se sabe ignorante, del que no sabe que él mismo es filo del hacha de nublar del verdugo.
Tiempos de aislamiento. Muestrario salvaje de la estupidez humana trabajada día a día, cuando la velocidad funda el olvido (Marcelo Schapces). A la vez, horas para encontrarse pensando, leyendo más allá de la historia propia, por dolorosa que esta sea. Existimos, existiremos en tanto podamos ver al otro, ser en el otro.
Era un día con el corazón asediado. Escuché mis pasos en Mármol y Garay. En todo el día había pronunciado una sola palabra: Gracias, dije al chino. Supe que ignoro cómo termina esta historieta. También supe que no estoy solo en este mundo enfermo por el virus de un capital que discrimina, excluye y mata. Luego encendí mi radio, la mirada clara desde la esquina del barrio de todos.