Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















UPCN Feria del libro 2018

UPCN Feria del libro 2018
Presentación de "La marca de Gualeguay 1".

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 11 de mayo de 2022

Volver

Casa de Oruro de Rolando Lois

 

Tantas veces comentó mi padre su deseo de volver a vivir en Boedo, que eché mano a la herramienta: la escritura de la novela propia. Una mañana caminábamos juntos cerca de la plaza Mariano Boedo. Sucedió. Encontré una casa, el plano general. Calle Oruro, una cuerda de tiempo por donde en sueños aún toma la curva el tren de la basura. Cercana al límite con Boedo, la casa aparecida para morada del artista plástico, está ubicada en San Cristóbal. Asegura el poeta Rubén Derlis que el habitante de los límites entre barrios se guía por pertenencia de cuore, y no por la traza estricta de una frontera. Así Rolando dejó Martín Coronado, y pudo volver al barrio.

Pedí a mi padre que pintara un cuadro de la casa. Lo hizo. Un acrílico. La idea creció. Suelta ya la escritura, encontré la máquina del tiempo que llevaría al pintor a distintos momentos del pasado. Una larga declaración. Una memoria. Entonces hizo falta el testimonio sobre la vida del viajero. Mi padre habló por horas. Contó sucedidos. Así nuestros encuentros al pie del grabador. Sin embargo, en la magia de este regreso, mi padre nunca llegó a leer Sombra y garúa, el “lugar” donde se escribió la novela de sus días. Verdad y ficción. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Y aquello que nunca fue historia. O ahí nomás, cerquita, el encuentro con el costado literario de la vida.

En primera persona el pintor cuenta: “(…) Sé que mi imagen en la calle intriga, más en Oruro, más en la manzana donde se ubica la casa. Mi casa llama la atención. No es igual a otra, no hay en todo el barrio una que ni de lejos se le parezca. (…) Fundé mi decisión en que estaba cansado de vivir en la provincia, que necesitaba volver a la capital. Esto era cierto, pero todavía era más cierto que la casa me embrujó con su aspecto de casa embrujada. La vi por primera vez de mañana, enseguida supe que en su fachada, y sin importar la ubicación del sol, nunca faltarían las sombras. Es casa de planta baja y primer piso, como ya anoté en estas páginas, y es casa que al frente presenta una cara escarpada, tajeada, es cara de animal de otro mundo, es cara con muchos ojos, ojos de mosca gigante. Sus ventanas son ojos deformes que no responden a estilo alguno, es cara de cuchillero acorralado que todavía lleva puesto el sombrero. Mi casa cara de mosca lleva seis ventanas al frente, todas distintas. Lleva boca como portón, pero no, es puerta ostentosa pintada de verde oscuro. Mi casa lleva una torre almenada en su centro. La pared que da a la vereda está pintada de verde claro con toques de un color ladrillo, o terracota, o naranja sucio. Las paredes que se levantan pasada la puerta y que llegan a las distintas alturas que presenta mi lugar, dan la impresión de haber quedado en origen con el último alisado del cemento. Pero en realidad, alguna vez estuvieron pintadas con cal (…). Las lluvias sucesivas la fueron lavando o gastando. Como si fuera a desaparecer, esa es su apariencia hoy. La casa está bastante dejada, en los techos de tejas hay faltantes notorios. Parece abandonada, esa es la imagen que transmite. Para los vecinos es algo parecido al castillo que tenía el conde en el Drácula de Bram Stoker, o mejor, esto si tuvieran noticia, parecida a la casa que se hallaba en el borde del barranco de La casa en el límite de W. H. Hogdson, que era una casa asediada por extraños seres que escalaban desde la profundidad para terminar con la vida de sus moradores. Mis seres, los que me asedian, no provienen de barranco alguno, trepan nomás desde las miserias de mi memoria, desde mi dolor de hombre nacido sombra. (…)”.

Rolando vivió desde los 10 años en una casa chorizo ubicada sobre Avenida Independencia, entre Colombres y Castro Barros. Desde pibito hasta muchacho de café. Festejó sus 18 en el boliche El Derrumbe, sobre Boedo. Vivió en el barrio hasta ser el hombre joven que partió a hacer la vida mientras iba de camino a Martín Coronado. Desde su taller de pintura escribo estas líneas. A más de dos años de su muerte, anoto que siempre quiso volver a vivir a Boedo. Y de alguna manera lo logró, es lo que hay en este “libro casa” al que, de tanto en tanto, regreso.



Ser una sombra, dice el personaje en su casona de Boedo: “Nací sombra, y de tanta sombra nací a la pintura.

Soy pintor, artista plástico, me defino como figurativo, paisajista, utilizo el óleo; elijo colores en gamas bajas, salvo cuando me voy de recreo al acrílico, pero cada vez ocurre menos. El acrílico deja que entre un poco más de luz en mi alma.

Soy un hombre viejo, y siempre me acompañó mi sombra, es más, debido a esa compañía, con el paso de los años, supe que había nacido sombra. Que hay sombras y sombras, lo supe después. (…) Quizá por eso siempre pinté sombras, quizá por eso tanto me gustó la noche, en esta casa de Boedo y en mis paisajes recordados.

Fue en la noche que descubrí una nueva puerta”.

El personaje de Sombra y garúa descubre, cuenta, su magia escondida en una terracita, ubicada en el fondo de la casa, sobre un patio silencioso: “(…) admito que lo tenía casi todo claro a mis ochenta años hasta que me dormí junto a la ampelopsis.

Son sus semillas las que explotan desde una especie de racimo. Cada una de esas semillitas verdes, ínfimas, cae, rebota, se desliza por el cuerpo carnoso de las hojas de la enredadera que cubre las paredes que rodean el patio y la terracita. Las semillas van de hoja en hoja hasta el piso. Allí, sobre la baldosa, aparece pintada una franja verde que tiene un ancho de treinta centímetros. El sonido amanecido es el de las mejores garúas, lluvia chiquita y lenta, lluvia neblinosa, aliento y lágrima de cientos de fantasmas.

Fue en aquella noche que descubrí, que supe que había encontrado la perfecta máquina del tiempo. Se construye o la construyen durante diciembre, lista para usar durante veintitantas noches, entre la primera oscuridad y la hora mágica en que los carruajes vuelven a ser calabazas: este es el tiempo que dura la explosión de su semilla.

Todo sucedió y todo puede suceder dentro de mi casa”.

En cada encuentro frente al grabador mi padre apuntó hacia distintas direcciones temporales, en todas las charlas se acomodó el buen fantasma de la garúa verde que lo llevaba hasta aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Como si se dejara llevar en las palabras, bajo la lluvia fina soñar con un momento del pasado. Volver. Regresar. Rescatar.

El taller de mi padre, este al que ahora regreso, al que de alguna manera hago mío, es memoria. Escribo en el taller que llevé en barrilete hasta la casona de Oruro, donde aún vive mi padre. En este mismo taller, donde ahora vivo, también vive mi padre en su pintura, en fotos, en los objetos queridos. Estoy de regreso por una temporada. En rudimentario museo el tiempo se manifiesta, respira, acompaña. Ocurre mientras escribo sentado al escritorio de trabajo del pintor. Deslizo la tabla derecha. Un acontecimiento mágico fue descubrir estas presencias –un estante a cada lado del cajón central del mueble- cuando el pibe que fui alcanzó la muesca, la llave, en el roble eslavonia. Otro mundo de juegos. Ante todo fue la posibilidad de apoyar mi mano, como ahora mismo hago, y acariciar la madera donde ayer, mi padre y yo, acomodamos papeles, libros, bocetos, y mis poemas pibes de cuando decía que quería ser poeta como el abuelo Julio.

Mi abuela Eufemia no volvía a su casa. Ella decía, invitaba a volver a “las casas”. Ese detalle en la afirmación se guardó en mi memoria. Me pregunté en algún texto si esa diferencia se debía a una costumbre que venía desde la noche en Santa Teresa, en la Santa Fe natal, o se debía a una inesperada sabiduría de Eufemia con respecto a que la criatura que somos, a lo largo de la vida, suma, casi siempre, algunas casas a las cuales regresar. Mi padre siempre quiso volver al barrio de Boedo, una casa, una pertenencia, y volvió a una casa entre la verdad y la ficción, en el límite. Y está la casa chorizo de Independencia. Él siempre atento a ese regreso. Hasta la casona de Oruro llevé este taller de Martín Coronado, que es de mi padre, también su casa, una de ellas, a la que también regresa. Y desde el Boedo, imperfecto y literario, yo también vuelvo -ahora mismo, mientras escribo esta nota, y apoyo el brazo sobre la tabla del escritorio- a mi casa, una de las casas a la que siempre vuelvo.



jueves, 28 de abril de 2022

10 años

 


4

 

Naciste el 28 de abril de 2012, exactamente a las 02.52 del sábado. Te esperamos durante casi tres horas, tan contentos como nerviosos. La verdad era la misma para los tres: todos nos asomábamos a un mundo nuevo lleno de nuevos mundos más pequeños. Paisajes sucesivos, como si fuéramos mirando desde la ventanilla de un tren: en la sala de parto las primeras miradas, los primeros roces con la vida, la unión definitiva de nuestras presencias. Te quejabas un poco cuando te tuve por primera vez en mis brazos. Callaste enseguida. Tus ojos oscuros me llamaron la atención, también tus pestañas largas. Te miré y sentí que vos me mirabas. Un instante de silencio. Fue en ese silencio que me dije: ¿De dónde venís, Julia? Y cuando pregunté “de dónde” entendí que no preguntaba por la historia reconocible de tu cuerpo, preguntaba porque sentí que vos llegabas de un lugar desconocido y maravilloso. ¿De dónde tu alma, Julia? Lo sé: Del misterio. Tus ojos guardan el secreto.

sábado, 2 de abril de 2022

Mate en Talcahuano


 

(…) La nomenclatura geográfica del Río de La Plata ofrece multitud de lagunas bravas. El origen de su nombre es el mismo que el de los cerros bravos, sierras bravas y pasos bravos de que está sembrado el territorio y cuyo mayor número aun no ha sido registrado en los mapas, diccionarios y demás trabajos descriptivos del suelo rioplatense. Lagunas bravas, cerros bravos, sierras bravas y pasos bravos, envuelven algún encanto. Todo lugar bravo presenta fenómenos ígneos, acústicos y dinámicos producidos por causas misteriosas, que el vulgo atribuye á la acción inmediata de espíritus ó seres fantásticos escondidos en los antros de las serranías ó en el fondo de las aguas. Los cerros tienen sus gnomos, sus salamanqueros. En las lagunas y en los pasos (vados) de ríos y arroyos moran, entre genios diversos, ninfas de formas varias, apareciendo asimismo ahora alegres y ahora llorosas mujeres generalmente vestidas de blanco cendal transparente. Dejanse ver no menos en las orillas de los lagos ó bien zabulléndose y deslizándose por la tersa superficie de sus quietas aguas cristalinas, que á veces hieren agitadas por mano invisible, traviesos negrillos que, tan luego como son descubiertos, se sustraen diligentemente á las miradas del hombre. Estos seres fantásticos de color de azabache son conocidos con el nombre de negros del agua. La bravura de los receptáculos referidos dimana de que sus aguas, embravecidas ó enojadas, de repente suelen alborotarse y bramar, como los cerros poseedores de salamancas. Tal fenómeno se verifica regularmente cuando algún ser humano se aproxima á la laguna encantada ó brava. Sus irritadas aguas, saliendo de madre, se tragan á la gente. Desde su fondo exhalan ayes dolientes, lamentos profundos, aterradores alaridos, voces airadas y quejas amenazantes. De tarde en tarde permiten que salgan á sus márgenes, ó envían á sus inmediaciones con fines varios, demonios y monstruos, gigantes y pigmeos, mujeres y hombres, negrillos, y ciertos animales ó sabandijas. (…).

Un puñado de líneas. Un convite. Aparecido hace años. Un libro. Hallado el susodicho en una laguna encantada o brava, pero lejana al misterio del miedo. Un encantamiento. Una magia. Una maravilla. Un departamento en la altura de un viejo edificio. Calle Talcahuano, casi esquina Corrientes. Un hacedor: el señor Pubill. El librero regresa desde la salamanca del tiempo.

Vuelven imágenes. Un rescate. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Pero Talcahuano señala aún más profundo en el tiempo. En la lejanía que crece, acabo de dejar Corrientes, y camino por Talcahuano. La vereda es la contraria a la del departamento donde voy a encontrarme, en el futuro, con Pubill. Camino en dirección a Santiago del Estero. Estoy de regreso al año previo a mi colimba. Soy el pibe de los mandados en una oficina de calle Alsina. Y cada mañana pasé frente al edificio donde charlaría con Pubill, librero de viejo, habitante sabihondo de Buenos Aires. Pero antes de llegar hasta el paisaje del librero, la geografía urbana me recuerda el relato de una vieja historia de amor prohibido en un departamento de Talcahuano casi Corrientes. Aún imagino que el departamento -donde una mujer recibía al amante para que cumpliera con el placer que su marido no le dispensaba- estaba en el mismo edificio donde el librero guardaba sus tesoros.

A principios de los ‘90 entré a trabajar en una librería. Fui lector practicante desde que hice mía la herramienta de la lectura. La librería fue un sueño cumplido. Los barrios de Caballito y Flores me verían estudiar, o mejor, leer en libertad, con la intención de recibirme de librero. Acercarme, tan siquiera, unos pasos hasta la figura del vero librero de ayer.

Poco después de mediados de aquella década apareció una propuesta de trabajo. Una librería ubicada sobre Avenida Corrientes, entre Riobamba y Callao. Cambié el paisaje. Era una de las primeras librerías que tuvo Buenos Aires con un gran despliegue escénico. Parecía un escenario de teatro. Y en él se representó una obra de misterio. Muchos lugares para recorrer. Un entrepiso de lujo. Sillones donde poder sentarse con el libro de interés. Obras originales de destacados artistas plásticos colgaban de ciertas paredes. Un salón amplio en el subsuelo utilizado para presentaciones de libros. Una pequeña sala de teatro. Aquella aparición de la gran nao librera duró lo que los sueños. Enseguida la mujer a cargo de la administración tuvo que viajar a Miami, su anterior domicilio postal. Volvió y avisó: Cierro el mes que viene. Durante el trabajo de cierre y embalaje, la escuché contar que allá, en Miami, era madrina de un escuadrón anticastrista. Sin palabras.

En aquella librería había un sector de libros viejos, ediciones antiguas. El proveedor del sector era el señor Pubill. Me interesé en el personaje. Hablamos muchas veces. Hasta que un día me invitó a su departamento librería, a la salamanca silente en la ciudad, una laguna encantada en tiempos bravos. Terminé con mi horario de trabajo y caminamos juntos por Corrientes hasta el edificio de Talcahuano.

No recuerdo el piso. Pero vuelvo. Siempre de regreso a ese departamento de puertas altas de madera. Escalera gastada, la comba del tiempo en los escalones, esa panza de piolín de barrilete en vuelo que también dice del tiempo. Después la explosión del big bang. La juntada de la vida y la espera, la memoria de los vivos que esperan, y de los muertos que también esperan en las páginas de tanto libro. Quizá cinco habitaciones de techos altos. Bibliotecas hasta el cielo. Todo en madera. Pilas de libros sobre mesas. En el piso alfombrado, al lado de sillones de un mundo casi olvidado. Impecables. Lámparas maravillosas sobre mesas y mesitas. Arañas notables entre nubes. No puedo evitarlo, acaricio lomos de libros; leo títulos, apellidos, un mundo de desconocidos, alguna pista que salta desde la memoria. El paraíso existe. Oculto, ciudad adentro. A resguardo de los tiempos tristes.

Regresé una vez. Pedí permiso al librero para fotografiar el lugar. Tomé un rollo completo con mi réflex. Dónde estarán escondidas, en qué esquina del tiempo, las fotos de aquella galaxia que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

(…) Connaturalizados, al fin, con la yerba, ó sea el mate, ha continuado hasta el día de hoy su uso y su abuso. Tiene, sin duda, el mate propiedades estomacales y diuréticas; pero sólo las posee el mate amargo ó cimarrón, como llaman al sin azúcar. El mate dulce más daña que aprovecha. Sin embargo, cuando se toma mate, no se toma porque sea una bebida saludable, sino por pasatiempo, por el solo gusto de tomarlo. De ahí, y del modo de tomarlo (en rueda, entre la conversación, corriendo de mano en mano), la facilidad con que muchos se hacen viciosos. Algunos lo son tanto, que desde que se levantan hasta que se acuestan no dejan de la mano el mate. (…).

Mi mate transcurre, hace años, en soledad, es decir, tomo mate, por las tardes, mejor si hay lluvia lenta sobre la laguna, el barrio, la ciudad, la memoria encantada, pero rodeado solo de mis buenos fantasmas, que los hay de vivos y de muertos. El mate y la ceremonia de la compañía. En el mismo río transita la ceremonia del vino. En cada ceremonia el llamado. La soledad es cercana de la aparición. El señor Pubill, el librero de viejo, regresa, aparece mientras recuerdo libros. Es una llama, un penacho de luz: (...) el fenómeno luminoso conocido comúnmente con el nombre de fuego de San Telmo. Cuando el tiempo está ó ha estado tempestuoso, hallándose la atmósfera muy cargada de electricidad y acercándose mucho á la tierra las nubes, suelen aparecer en las extremidades de los objetos elevados y puntiagudos unas llamas á manera de penachos... suele observarse en los mástiles de las embarcaciones, en las picas ó lanzas de los soldados y hasta en las cabezas de personas y animales.

Es necesario contar que el día que tomé las fotos, me encontré con el libro que hoy está en mi mano. Guardo un tesoro de los que guardaba el señor Pubill: Supersticiones del Río de La Plata de D. Daniel Granada, de A. Barreiro y Ramos, editor, calle 25 de Mayo 355, Montevideo, 1896, es propiedad, Reseña histórico-descriptiva de antiguas y modernas supersticiones del Río de La Plata.

Desde la fantasmagoría de Talcahuano aparece el librero de viejo. Hubo una vez.



jueves, 24 de marzo de 2022

24 de Marzo

 


la sangre nombra

busca en el ayer

anota para que la vida que fue

vuelva en necesaria certeza

busca la abuela a su nieto

el hijo a la madre, el padre

el nieto a la abuela, el abuelo

busca el abrazo de los hermanos

 

llega la sangre el río

desde y hasta la memoria siempre

quiebra la historia mentida

la mordaza que nubla

la vergüenza de los que no quieren saber

 

no negociable la justicia

paciente espera lleva la sangre

 

fluye el río

profundo el cauce

la verdad


Un vuelo occidental y cristiano (óleo de Rolando Lois)


martes, 8 de marzo de 2022

Avenida Corrientes en una noche

 


La escritura teje, como el tiempo, sus líneas en el silencio de la noche, cuando la criatura sueña. La escritura es vampira. Convoca historias. Deja hacer, se entrega, y toma, posee mientras dura el viaje. La vampira incita, promete, suelta acertijos en la noche. Y al fin vampiro este trabajador.

Eterna la palabra. La escritura anda por el barrio. En Boedo anoto estas líneas. Cuando una eternidad deriva por el río.

Aparece el llamado con destino de tinta. Es tiempo de una noche hecha de noches. Lugares y tiempos. Recortes de la memoria. Una noche como la criatura del doctor Frankenstein. Noches en una noche que busca volver a la vida. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Noche regreso. Noche rescate. Una procesión de buenos fantasmas. Yo uno más. El que vuelve, cuenta, inicia camino.

Desde que fui pibe y muchacho (nacido habitante de la localidad de Martín Coronado, provincia de Buenos Aires) soñé con andar, con hacer la vida en el Centro, la Capital, esta ciudad de Buenos Aires. Digo que a los 9 años supe que el centro del mundo a conocer estaba en Corrientes y Callao. Para entender de qué trataba el grande universo había que caminar por Corrientes. Aun sabiendo, como luego supe, que se puede ver la Luna rodando por Callao. Avenida Corrientes fue la llave que brilló en la mano de mi padre. Él me enseñó que la Avenida era la puerta de la ciudad. Desde ella se podía hallar sus tesoros. Por ejemplo, las calles donde esperaban las galerías de arte. De galería en galería. Así mañanas y tardes de infancia. Así el nacimiento de la curiosidad, estas ganas de ver y de contar que hasta hoy me lleva. Y esa sensación de estar haciendo algo importante porque caminaba por Corrientes, porque me detenía frente a una obra de arte. De esta manera tuve noticia de que había imágenes, historias a las que siempre se regresa.

Después fue tiempo para que el muchachito de provincia hiciera salidas al cine con algún amigo. Maravilló el cine, y los cines del Centro. Tanto le debe esta escritura vampira a las películas en continuado.

En esta fantasmagoría se acerca la apertura de la noche.



Es el fin de la tarde. Apaga la tardecita. Cae una garúa de acentuar destinos. Estoy parado en Corrientes y Callao. Escucho una canción. Por primera vez escucho a Fito Páez. Los bafles de la disquería en la vereda. Música en la Avenida. Ciudad de pobres corazones, tituló el poeta a la hora de girar en la ciudad, en tantas ciudades. En esta puta ciudad… repetía como tango oscuro, dolido. Saludo a Juan, el empleado. Antes de iniciar viaje compro el vinilo. Vuelve aquella noche. Me voy con un poeta de la mano. Por la Avenida, la Ciudad.

Cada librería un afluente de la vida. Pienso. Desde alguna de estas librerías de Corrientes salieron, allá lejos, los libros que mi padre me regaló desde que comencé a andar en el arte de la lectura. Regreso a Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, Colmillo blanco de Jack London, Un capitán de quince años de Julio Verne.

Entro a una librería. Luego a otra. De las que ofrecen ofertas. Libros de saldo, o provenientes de bibliotecas que perdieron a su guía espiritual, su hacedor. En las mesas de estas librerías aguardan cantidad de libros, de momento, olvidados, perdidos. Y muertos. Y resurrectos luego de hallados en estas islas pirata que siempre esconden tesoros.

El Obelisco al fondo es el gnomon de mi reloj de urbanía. Desde la 9 de Julio la mirada se va camino al Bajo. El artilugio mágico sueña, sea con sol o luna, en la garúa eterna del tiempo. Una garúa que nada más llega, chamuya en silencio, mientras colorea, veloz y lenta su manera, la arena de la playa escenario donde transcurren los días.

Regreso a mi huella sobre la Avenida en la esquina de Corrientes y Montevideo. Café La Paz. Mi mesa preferida en la ochava, a un lado de la puerta, la de la izquierda, la que mira hacia la Avenida. Pero en esta noche las mesas se iluminan con toque de luciérnaga en el aire interior del café suspenso en el tiempo. Café de tardes de lectura y escritura. Ambiente amplio y pocas mesas ocupadas. Tan plena esta noche que escribo, que hasta convoca ciertas tardes de ayer. De tarde cuando, a poco de conocer en una librería al escritor Gabriel Montergous, fundamos el primer café en La Paz. Ninguno sabía que aquella tarde comenzábamos a reconocernos como amigos. Además, en La Paz de esta noche, vuelvo a verme tentado, atraído por el esquivo sueño del amor en la mirada de delicadas damiselas.

Es noche de jueves a la que vuelvo. Elijo llegar temprano al punto de encuentro: Corrientes y Montevideo. Espero sobre Corrientes. Frente a La Paz. Eterno el estacionamiento. Parado en la esquina para ver pasar a los caminantes. Alguien con aire de personaje literario, de posible invitado al banquete de Severo Arcángelo, casi vuela sobre la vereda de La Paz. Lleva galera, pelo largo entrecano y enrulado, frac, anteojos circulares, bigote, una pincelada de barba, una gota, en la pera. Va montado sobre patines. Un habitué del escenario urbano. Veo pasar hermosísimas mujeres. Me veo habitando la noche de la Avenida. La ciudad como telonera de la llegada de los amigos.

Una fija. Luis llega primero. Esperamos unos minutos. Claudio que avisa con brazo en alto. Somos tres habitués de Buenos Aires. Caminamos por Montevideo hasta Sarmiento. Aguarda Chiquilín en la ochava. Con qué fuerza se manifestaba la vida en aquellos años, a buen resguardo del muchachito ingenuo, a buena distancia del hombre mayor que ahora mismo veo en el espejo del baño, el hombre que bien entiende que el tiempo para las historias también se evapora de noche. Sólo un par de tragos de vino queda en la copa. El aroma del tiempo invita al interior de esta noche en Chiquilín. Eternos los amigos sentados a la mesa. Afuera la maravilla de la ciudad. Noche de entraña y ensalada de apio y radicheta. Vino tinto de la casa. Jarra metálica. Si había moneda para la comida, no alcanzaba para una buena botella.

En esta noche de ayer volvemos todos los que fuimos habitués de los jueves. Tres en la base: Luis, Claudio, y quien esta ceremonia recuerda. Pero luego en las mesas, otra vez la intermitencia de la luciérnaga, se iluminan Daniel, Ricki y el Turco. Todos actores y bailarines de tango, en esencia los inicios de un grupo de amigos artistas. Saqué la sortija en la calesita de mi vida cuando llegué hasta ellos. Quizá para que a través de los años haya sido testigo y cronista de esta historia. Sobre mesas de madera el cuento de nuestras historias perdidas, la lista de los lastimados. Amigos que se escuchan en la noche. Hay tristeza. También la humorada que equilibra. Este nuevo brindis propuesto a Luis y Claudio. Salud a todos.

Nos despedimos sobre Avenida Corrientes. Continúa la noche, la garúa. Continúa nuestra historia de amor con Buenos Aires. El amor, casi siempre se trata del amor.

Afuera de cada Buenos Aires espera Buenos Aires, eterna su presencia como eterno el impulso necesario de cada escritura. Quizá la ciudad sea la historia de amor primera luego de soltar amarras en el puerto de la vida. Otra historia de amor es la escritura. Como en cada una de las historias enamoradas, el dolor de la tristeza, de los finales, está mano a mano -entrelazado el boceto- al sueño efímero de la felicidad. Buenos Aires vampira. Escritura vampira. En esta puta ciudad… canta el poeta. Y hay personas viviendo en la calle, bajo la autopista. Y se abrazan los amigos. Buenos Aires siempre fue un refugio duro, lo fue, lo sigue siendo. Una historia de amor en la noche, en la garúa. Real. Salvaje. Desde Corrientes y Callao sigo la Avenida. Sigo el impulso de escribir mi propia Buenos Aires, la ciudad de donde nunca me tendría que haber ido. La ciudad a la que regresé. La ciudad donde pasé el aislamiento. En Buenos Aires mi fundación, mi amor y mi desamor. Mis soledades y mis miedos. El poeta me invitó aquella vez a ser en la ciudad, una identidad devenida desde poética urbanía.



En la noche Luis pidió pedacitos de queso provolone para el final. Llevo el vinilo de Fito a la mano. En esta noche. En esta puta ciudad… duele, puede doler Buenos Aires, y al mismo tiempo es felicidad ante el día que promete el capítulo presente, y esa misma música, ese mismo tango, tan nuestro en el abrazo melanco, permite el regreso a aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Ida y vuelta en ascensor


 

Subo al ascensor de esta escritura. Vuelve la fantasmagoría. Aquí el rescate. Aquí el regreso. Aparecidas. Una flor. Otra. A la vista un ramito hecho de memoria y tinta. Tallos cortitos. Una flor en cada historia. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Apareció en el origen el recuerdo de una lectura. Una magia fue transitar Automoribundia, la autobiografía de Ramón Gómez de la Serna. El egregio escritor, habitué del café Pombo de Madrid, vivió muchos años en Buenos Aires. También en esta ciudad se recibió de difunto. De buen fantasma. Anota Ramón. Viajero en ascensor. Regresa a casa. Su departamento en el edificio de Hipólito Yrigoyen 1974.

(…) El ascensor de mi casa, sobre todo en las horas nocturnas y silenciosas, cuando ya duermen en todos los pisos, parece que canturrea una canción, con una voz entrecortada y humana, como de alguien que no quiso irse definitivamente al otro mundo.

Me sobrecoge ese tatarareo modoso, suave, apenas perceptible, como delgada queja cuando sube más que cuando baja.

En la insistencia de esa comprobación y sabiendo los muertos que ha habido en la casa durante los años que vivo en ella, he pensado en cierta profesora de piano que murió no hace mucho.

¿Habrá conseguido por apego a la casa en que daba sus lecciones y en que fué feliz, un puesto marginal en el ascensor en que tantas veces viajó viva?

Siempre que oigo la voz solfeada y sumurmujeante inicio en mí una teoría del más allá en relación con los ascensores.

He llegado a pensar que los muertos quizá mueven los ascensores y ayudan a que tengan estabilidad y no les interrumpa con más constancia el accidente.

Hay algo de milagroso en los ascensores que indudablemente se debe a algo así de extraordinario, pues a los ángeles no se les puede concebir ni honorariamente como ascensoristas invisibles.

Por ese camino de miedos y supuestos imaginarios debidos a la voz musitante y cantarina que le acompaña cuando vuelvo en la madrugada, he pensado que cuando un ascensor se descompone es que se ha cansado el muerto que lo mueve (…).

Una sola vez saludé, estreché la mano del poeta David Álvarez Morgade. Una sola. Sucede aquella noche una vez más. Su amigo, el poeta Hugo Ditaranto, es el organizador. Estamos al pie de la escalera, en la profundidad de la bodega del café Tortoni. Ditaranto pide un billete a cada uno de los amigos que llegan para escuchar a Álvarez Morgade. Moneda para David que vive a los saltos, un sobreviviente al margen de las verdades (siempre mentidas) del mundo. Aparece el David poeta. Está nervioso. Y feliz. Llega su mano de escritor hasta mi mano. Fuera del Tortoni la noche toda tiene destino de Avenida de Mayo. David es presentado por su amigo Ditaranto. Lectura de David. Poeta notable. En esta fantasmagoría aparecen dos fragmentos de su poesía. Como silencio que avisa el final del día. Bienvenida la luz, es tiempo de lectura para amigos y cercanos: Caminar, caminar es lo que quiero / Nací poeta y andariego / Como otros nacen rubios, románticos o ciegos / Caminar, caminar es lo que quiero. / Dónde encontrar una moneda / para saber qué gusto tiene la alegría. David lee en la bodega. Mira fijamente el silencio / (Verás crecer un árbol), / Mira fijo un árbol / (Verás crecer el silencio), / Mira el fondo de mis ojos, / Allá, infinito, un barco / (Siempre un barco). Siempre. Noche adentro de la memoria del aire, sus poemas.



Aquella noche que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo, Ditaranto, mi amigo y maestro, me presentó a Mario Benedetti, el escritor uruguayo. Otro de los presentes. Estreché su mano. Pero ya había tenido la mano de un poeta en mi mano. Y con David hubo un contacto, una magia que, hoy me digo, me permitió presenciar, años después, la apertura de su testamento.

Fui quien avisó a Ditaranto de la muerte de David. La noticia la trajo Mario Bellocchio a una reunión de alpedismo boedense en la trastienda de Margot. Avisé de la mala por la mañana. Media hora después, llamado de Ditaranto. Había hablado a Lidia, amiga y vecina de David. El Tano me pedía que lo acompañara. Salimos hacia Lomas de Zamora. Vuelvo, rescato, regreso mi puñado de almas a aquella mañana a fines de agosto de 2002.

Estamos en viaje. Ditaranto dice: David fue un tipo golpeado por la vida. Lo dice luego de detallar una serie de desgracias ocurridas a David. Mientras llevaba a su padre al cementerio, agonizaba su madre. La muerte de dos hermanos. Cuenta Ditaranto que son amigos desde antes de los 20. David acaba de morir con 80 años. David fue hombre poeta de enamorarse (respetuosamente) de todas las mujeres de los amigos. A cada una dedicó un poema. Cuenta Ditaranto en este momento que David escribió mucha poesía, pero poco es lo que guarda él mismo en su casita, y lo que se guarda en la casa de los amigos. Perdía papeles, los rompía: Era así, como un nene, perdía, rompía cosas, se enojaba, después te pedía perdón. Y sumale todo a que nunca tuvo un lugar, siempre vivió de prestado, de la ayuda de los amigos que bien lo querían, porque David te daba mucha ternura, yo siempre le decía, si hay un paraíso, vos vas al paraíso y yo al infierno, un buen tipo, ya vas a ver cómo vivía, acá está desde hace unos treinta años.

Llegamos a la casa de Lidia. Ella pudo salvar los papeles de David antes de que un vecino ocupara el terreno. Hay dos bolsas sobre la mesa del comedor. Una plástica. Otra de papel. Sucias de barro seco. Regreso a la imagen de esas bolsas. Contienen la palabra de un poeta.

Lidia cuenta que David llegó de noche. Pidió unos mates. Tres días sin comer. Ella preparó comida. David se llevó la cena al rancho. Al día siguiente, martes 13 de agosto, Lidia supo, sintió, que David había muerto. Entró a la casilla. Encontró a Lucero, el perro, echado sobre el pecho de David. Lucero pasaba su lengua por la cara del poeta. Dice Lidia: Lucero me miraba, le pasaba la lengua por la cara, y con los ojos me preguntaba qué hago.

Los tres caminamos hasta el terreno. El rancho había sido desarmado. Maderas y chapas eran parte de otra casilla en otro lugar, a salvo de las zonas inundadas por la última lluvia. Sobre las marcas de la ubicación anterior, Lucero dormía al sol. Aún espera.

Estamos en pleno viaje de regreso. Ditaranto lleva las bolsas con los papeles del poeta. Pero ahora me habla de la casilla. Recuerda que en una noche de tormenta el viento volteó dos paredes. Ante la pregunta: qué hiciste David, el poeta contestó: Me corrí al ángulo. Es en este preciso momento que el poeta Hugo Ditaranto agrega que, una vez, David, estaba haciendo changas de pintura, una de sus maneras de ganar unos pesos, en un edificio grande de Avenida de Mayo. Quiso el destino que trabajara ahí en el preciso momento en que cambiaban la caja de uno de los grandes ascensores. El poeta logró que se la dieran, y pudo llevarla hasta el terreno de Lomas de Zamora. David, alguna vez, y por años, vivió dentro del ascensor.

Apareció la punta del piolín de una fantasmagoría escrita, contada por el grande Ramón Gómez de la Serna. Los sucedidos en el ascensor de Hipólito Yrigoyen 1974. Y luego los aparecidos en esta fantasmagoría. Aparecidos personajes de había una vez en una noche de lectura en el Tortoni, y después otro viaje, iniciático, era la primera vez que este escriba estaba frente a la humana eternidad de un poeta. Un viaje a Lomas de Zamora, ¿en ascensor?, y entonces, ¿por qué, no? Porque viaje al fin desde la vida hasta la muerte, así cada vez, con sus historias chiquitas, queridas, y de tan queridas, soñadas. Y luego también el viaje de vuelta, de regreso, esos viajes que rescatan aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

En este viaje de escritura donde se da la mano tanto buen fantasma, llevo el pulso de la tinta mientras habito el ascensor que me lleva con la felicidad de haber sido testigo, el último.

Hace veinte años que imagino, para mejor ver, el ascensor de David en medio del terreno de provincia. Cuándo es que subía, cuándo bajaba. David acercando voluntades en las orillas, siendo río de encuentro, un poema. David siendo el muerto que cuida, aún después de la limitada eternidad, el ida y vuelta del ascensor que fue, que sigue siendo, sorpresa para el caminante no avisado de la memoria.



jueves, 6 de enero de 2022

Regresa Eugenio Mandrini


 

Hace unos días se consignó la noticia. Murió un poeta. Murió Eugenio Mandrini. Murió una parte de Buenos Aires. Mandrini, en su libro Con voz de perro lunar, anota el poema El trabajo más sencillo del mundo: Escribir un poema sobre Buenos Aires es el trabajo más sencillo / del mundo (…) // Y después descender a las profundidades del tango, es decir, / apoderarse de un trozo de noche y acariciarlo con mano / gesticulante (porque el tango es eso: un trozo de noche y una / mano gesticulante). (…) // Y después averiguar por qué en las plazas de la ciudad las hojas / crujen de un modo tan desvalido cuando las pisan los jubilados, / y por qué al llover en la ciudad cunde una extraña tristeza / que más pareciera ser la dicha de sentirnos en brazos de la / muerte, que de pronto es bella y tierna, y nos va lentamente / desnudando con dedos de hada, y ya empieza a lamernos con / lengua de goteante azúcar y no agria como la ceniza / de su respirar. (…) // Y por último es necesario que el aprendiz de poeta sea a la vez / intrincado como sótano y límpido como espejo, o dicho de otro / modo, que lo mire todo con un ojo de Borges y el otro / de un adolescente. // Entonces sí // escribir un poema sobre Buenos Aires será el trabajo más / sencillo del mundo. Tan sencillo como abrir los brazos y dejarse / arrebatar por el viento, / alto, lejos. Murió también el amigo de tantos otros poetas. Todos, en privado o en público, viajaron certeros a la memoria para encontrarse en el tiempo. Poetas fundando la nueva realidad. Mandrini partió sobre un último poema para guardarse en los días del después. Desde ese tiempo regresará obra y autor hasta la superficie del río. Fundar en estos días aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Rubén Derlis, uno de esos poetas amigos, rebuscó entre papeles propios, y regresó al poema Oquedades, presente en su Viento solar; anotó Derlis: Los amigos mueren ignorando que dejan / espacios descubiertos -baldíos del alma- / donde amontonamos recuerdos -escombros del pasado- / con cuyos fragmentos reconstruimos opacamente / momentos fraternales de luz / en los que nos movíamos libres, / despreocupados de la muerte, / cuando con una mano creíamos tocar la eternidad / y con la otra darle de comer -ilusos- migajas de nosotros. Volver, regreso, rescate. Un poeta ha muerto. Eugenio Mandrini. Y entonces: aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Desde la memoria vuelve un hombre poeta.



Me crucé algunas veces con Mandrini. No fuimos amigos. Soy lector de algunos de sus libros. Cuando supe de su muerte, digo que, la mismísima cegadora, sabiendo de la inconveniencia de llevarse a un hombre con oficio de palabrero, me guió rauda hasta una noche de San Telmo. Porque desde aquella noche el poeta Eugenio Mandrini habita mi memoria y mi escritura.

Aquella noche se dice fantasmagoría en este momento de escritura. Sucede, regresa el poeta desde los días de septiembre/octubre de 2004. En la encrucijada de Perú y Carlos Calvo, en el abrazo de El Federal, dentro del Ciclo Poetas de los 60.

Mandrini se presenta. Nacido en 1936. Asegura tener más de cien años y le creo. Afirma que cuenta sus años sumados a los años vividos por su padre. Explica que es una misma manera de ser, desde el padre hasta el hijo, la que avanza en la huella. Y le creo.

Eugenio comienza a contar de qué manera llegó a la poesía. Porque hubo un día especial. Y en aquel día supo que un mundo nuevo se podía construir desde el mientras tanto, los alrededores, la esencia de las palabras cuando andan por el costado mágico que, a veces, se abren en los días. Jugar, escribir. Ser palabrero, un oficio reflexivo. Conocer el mundo para fundar el nuevo. Mandrini se contaba.

Dijo que todo sucedió en la panadería del barrio. Allá lejos, cerca de los catorce años. Allá lejos, cuando el pibe tenía un problema: tartamudeaba. Tiempos crueles de dolorosa trabazón.

Se tienta esta escritura, se hace lectora, regresa, vuelve, rescata, aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo, y todo esto dicho sobre lo que se cuenta, pero también en la forma en que elijo narrarlo. Hace ya unos diecisiete años, fue desafío de escritura contar el poema maravilloso que ofrendaba Mandrini. Ocurre ahora que rescato de ayer algunas líneas de cuando la emoción primera. Aquel testigo que fui, así registraba: “La madre del pibe hincha de San Lorenzo (…) lo mandaba todas las mañanas a la panadería. (…) Andá y comprá medio kilo de pan y ahí el drama anunciado, el drama para el pibe tartamudo que tenía que empezar a hablar con una palabra que empezaba con una m y una e, la única manera de decir medio. En la panadería esperaba ansiosa una categoría de turra, con título de empleada, que lo medía, lo veía acercarse. (…) El pibe entraba a la panadería como al Castillo de Carfax, iba a darle un beso a Carmilla, iba a un entierro prematuro, iba por las cuevas de las ratas, y entonces la panadería era cementerio, porque la turra lo apuraba, cada vez, cada mañana, Y dale pibe, qué querés, dale que hay gente. Medio kilo, recuerda el hombre. Tenía que pedir medio kilo torturante de pan, porque medio kilo era lo que se precisaba en casa, y entonces ella sabía cómo promover la lectura de una historia de terror.

Pero un día el pibe se despertó distinto, una mañana con otro aroma, estúpidamente feliz que es la mejor manera de sentirse feliz, la felicidad por aquello que no se sabe, que no se conoce, que no se sospecha; feliz y con fuerza, el pibe le entró con fuerza al día, y vamos con ésa, porque ésa era la señal, la pista del día, y entonces dame la bolsa que me voy a comprar el pan. Hizo la cola, el hombre que recuerda dice que esto sucedió en uno de esos días en que un pibe, un adolescente, se planta, pisa distinto, y ahí se mandó de una vez para adentro de la ballena, del cementerio, de la nube púrpura, encaró a la turra y dijo de esta manera, escuchen, Pan... medio kilo, y entonces fue la palabra, las palabras con un nuevo orden. La turra todavía llora el nacimiento de la poesía.

(…) Eugenio, el memorioso, relata cómo fue que llegó a la poesía, de qué manera notó que algo distinto se podía hacer jugando con el orden de las palabras. No lo sabía, pero en la panadería del barrio él había plantado su primer hipérbaton, dice la Academia, figura de construcción, consistente en invertir el orden que en el discurso deben tener las palabras con arreglo a la sintaxis llamada regular. (…).

Eugenio Mandrini dijo que después de descubrir el antídoto, fue a los libros y vio que el juego no se daba en la prosa, y sí en la poesía. Citó como ejemplo a Bécquer, Del salón en el ángulo oscuro / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo, / veíase el arpa.

El ejemplo, la anécdota,  el guiño poético, llegaba desde la escuela de la calle de Arlt. Mandrini, en esa tarde casi noche, pareció emerger de unos baños de multitud y callejeo, con palabras en aguafuerte dio cátedra humana, simple, así fue como habló de su experiencia de vida en los alrededores de la poesía o del pan”.

A veces la vida nos acomoda sobre un renglón tartamudo. Los empleados del negocio esperan cada mañana. Espera el mundo cruel. Eugenio Mandrini, que supo ser poeta desde chico, dio vuelta la tortilla. Imagino que así anduvo por la vida. La hizo poema con frases cortas y quebradas, y que cambiaban de lugar según la música del decir momentáneo que viene desde toda la vida, ese impulso vital que lleva la tinta del palabrero. Ojalá uno fuera poeta o, aunque más no sea, siguiera siendo aquel que trabajaba el oficio hace diecisiete años, que adhería, y que tenía la fuerza para hacer propia la lucha contra los empleados que esperan, lo dicho, cada mañana, en infinitos mostradores y crueles recovecos. Y entonces el presente. Tiempos complicados vislumbrados en la amenaza del virus, en los dueños que quieren ser más dueños, en el egoísmo porque el otro siempre es amenaza, nunca compañero en el dolor, en la espera, que tanto exige el día para mantener viva la esperanza. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Es cierto, siempre existe la posibilidad de escribir un hipérbaton en la mañana, pero también es cierto que, a veces, no hay hipérbaton que alcance. Poema de escritura incierta es la vida. El poema muta finales en la noche, tartamudea en la trabazón oscura.