Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















UPCN Feria del libro 2018

UPCN Feria del libro 2018
Presentación de "La marca de Gualeguay 1".

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 3 de septiembre de 2019

Patear al otro


La patada llegó certera sobre el pecho de la patria, el otro. En uniforme de policía impecable: un personaje de esas películas donde el bien, a pesar de algunos excesos, alecciona -castigo modalidad express- a los que solo muestran remera ajada, sucia, oscura, el identikit base, la apariencia madre asignada al parido como delincuente pobre en una puesta que transcurre posible, cada día, en la gran ciudad; supuesto delincuente y pobre: doble el estigma de quien, en este tipo de novela, lleva las de perder: derechos y, de acuerdo a la garúa en el viento, hasta la vida.
El video que mostraba la salvajada del policía (Esteban Armando Ramírez) sobre el otro se exhibía en las redes sociales, en la televisión. Sentimientos diversos: tristeza por la víctima, y el deseo simplista de que no fuera Buenos Aires. Pero no era en otra galaxia, sino en la nuestra, la que supimos conseguir: una forma de girar en el big bang que, desde los comienzos de nuestra historia, nos supo regalar el poder económico. Semillitas de una manera de ser -hoy acentuada desde el timón neoliberal del rey de amarillo y sus esbirros- que apunta certera (sí, otra vez) sobre la cuestión de la seguridad ciudadana. Las personas pueden morir de frío en la calle, tienen derecho a hacerlo; a pedir el respeto de sus derechos humanos, y respeto como trabajadores, no. Por eso, y para hacer lista chica, en la memoria aparece una Semana Trágica, los fusilamientos en la Patagonia, los fusilamientos de José León Suárez, los 30.000 desaparecidos, la represión a los mapuches, siempre así la suerte de los pobres que reaccionan contra la reluciente armadura del policía, el gendarme, el militar, cebados ciudadanos en función: sostengamos, a como dé lugar, las salvajadas que disponen los que cultivan el sembradío abusivo de la propiedad privada.
¿Quién recibe la patada del policía que se bajó de su corcel motorizado?: Jorge Gómez. Su hermano Ariel publicó estas líneas: ¿Quién me devuelve a mi hermano? ¿Quién? ¿La Policía? ¿El Gobierno de la Ciudad? Nadie. Miren el video y es la prueba más contundente de lo que pasó. Un asesinato sin ninguna justificación. Mi hermano era una muy buena persona. Tenía 41 años y trabajaba sin parar. Desde muy temprano hasta la tarde, arreglaba relojes de taxi y a la noche hacía delivery y ayudantía de cocina, porque con un solo empleo no le alcanzaba.
Estoy destruido, no entiendo cómo se pudo llegar a esto. Desde siempre fuimos muy unidos, nos criamos y vivimos juntos. Nosotros somos de Santiago del Estero y hace más de 30 años que vinimos a Buenos Aires con mi viejo. Realmente no sé cómo seguir adelante. Mi hermano no había vuelto a dormir, pero no me preocupé porque salía seguido. Hasta que vi el video por Facebook y se me cayó el mundo. El hecho ocurrió ayer a la mañana a unas cuadras de casa, en el barrio de San Cristóbal. Cuando llegué al hospital ya era tarde: me mandaron directamente a la morgue.
La Policía está buscando instalar que Jorge los amenazó con un cuchillo cuando la imagen lo muestra todo: en ningún momento intimidó a nadie. Repienso cada segundo el video y no comprendo cómo el policía Esteban Armando Ramírez pudo golpearlo así. Eran un montón de efectivos y mi hermano estaba borracho, podían reducirlo sin lastimarlo. ¿Cómo le van a pegar esa patada? No fue un accidente ni una tragedia. El golpe fue criminal: al caer al asfalto sufrió una fractura de cráneo que le produjo la muerte.
Del Gobierno de la Ciudad no se comunicó ni se acercó nadie, como si no hubieran tenido nada que ver. Eso tampoco lo puedo creer. Estamos solos, moviéndonos entre la morgue judicial, la Fiscalía y el Juzgado, para que no se trate de otro caso donde quede impune la bestialidad de las Fuerzas de Seguridad.
¿Qué dijo el poder a través de sus representantes? El Secretario de Seguridad porteño: Marcelo D'Alessandro: Ramírez actuó bajo el protocolo establecido. Dio la voz de alto y le ordenó al sospechoso que levantara las manos. Como no depuso su actitud, trató de desarmarlo y le pegó la patada como medida para mantener la distancia.
Patricia Bullrich, Ministra de Seguridad de la Nación dijo en radio La Red: Cuando un policía termina con una amenaza, está haciendo lo correcto. Dijo que el oficial: Trató que esa persona no siga, con una metodología que no era la mejor (en un acto de bondad Ramírez no disparó una bala al pecho). Dijo Bullrich: Utilizó su cuerpo. Dijo: Lo ideal hubiese sido que tuviera un arma Taser. Dijo: La policía tiene que tener armas adecuadas. En este caso tuvo que utilizar su cuerpo y tuvo un deslace que no buscó. Dijo: El hombre generaba una amenaza con un cuchillo, una de las armas más peligrosas. Dijo: Fue una situación compleja, pero se entiende en el marco de una situación de agresividad y conmoción de una persona que podía usar su cuchillo contra un ciudadano o cualquier familia que estaba en el lugar. Ella dijo en la garúa Chocobar.
En las redes sociales hay también un video, tomado por un pasajero de un colectivo, que muestra a Jorge Gómez parado frente al transporte público. Impide su paso unos segundos. En su mano lleva, al parecer, el cuchillo peligroso. En el sitio web de La Nación el video aparece titulado Las amenazas a los pasajeros. Dieciséis segundos de amenazas a cargo de una persona que, a las claras, no estaba muy consciente. Un detalle: la nota contiene el video de la amenaza, pero no el de la patada, hay una foto. En el video ausente se ve con claridad que Jorge Gómez camina, lento, hacia el policía. Lleva las manos en la espalda. El policía levanta sus manos, pero Jorge no lo imita. ¿Jorge Gómez podía tener el cuchillo en sus manos?, sí. Pero se ve que camina con dificultad, no parece tener consciencia espacio/temporal. Antes del disparo de la patada por parte del policía Esteban Armando Ramírez, se ve a otros dos policías detrás de Jorge; y al tiempo que Jorge Gómez recibe la patada está llegando un patrullero con dos efectivos más. Confundido, mareado, si quiere el lector, borracho o drogado, con un cuchillo en la mano, pero rodeado por varios policías, ¿por qué aplicar semejante patada al pecho? ¿No había otras maneras de detenerlo entre tanto uniforme? Jorge Gómez se derrumbó, cortada su respiración, hasta dar con su cabeza en la calle que, como afirma el rey de amarillo en su gritería, es de cemento y no de relato.
¿Por qué tanta saña? Porque en estos tiempos el turbio mandato del poder llega de manera acentuada. El otro como vago, como enemigo. La otredad como estigma, condena. El neoliberalismo necesita de enemigos, por eso los produce mientras funda, desde egoísmos varios, acólitos que, fogoneados por mensajes canallas, pierden, sueltan amarras de sus orígenes en el pueblo, para así alistarse en las filas de un modelo que los utiliza, los alquila por monedas, por espejitos, chucherías para que crean que sólo gente como ellos merece el ascenso hacia el cielo de la riqueza y sus diversas membresías. El poder necesita policías salvajes para marcar para dónde sopla el viento. Es así que se consiguen empleados en barata de desclasados. Los vigiladores del supermercado Coto de San Telmo, como el policía de la Ciudad: Esteban Armando Ramírez hizo con Jorge Gómez, patearon hasta causarle la muerte a un ciudadano: Vicente Ferrer, setenta años, con demencia senil, hambre y desesperación: por haber hurtado un pedazo de queso, un aceite y un chocolate.
Nadie escribe la sentencia de muerte, pero la letra garúa desde el poder, flota en los buenos aires del rey de amarillo.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Desde el barrio de Flores


Hace unos meses que escribo sobre los posibles significantes de una frase, una idea: “Volver a casa”. Y escribo sobre las maneras, también posibles, de ese regreso. Escribir sobre la “vuelta” sabiendo que todo regreso es imposible, y entonces, aun así, despuntar el maravilloso vicio de este oficio de escritura que da pelea -a la susodicha verdad de lo imposible- con la poética inocencia con que se escriben las páginas de la novela propia; la obra que crece, respira, avanza, y retrasa sucedidos paridos relatos, ventanas en tenue lila damisela sus cortinas en las que no se para de corregir, de ajustar asperezas, y hundir puñales con un poco más de justicia y dulzura. Imposible el regreso porque sé que soy hombre otro, y aun así, siendo otro, sangre adentro, me reconozco en el muchacho de ayer, en el que ya era. Imposible porque cambia uno, y además cambia el otro, la mujer, mi semejante, la compañera, la base de toda mi esperanza. Aun así, siendo o pareciendo imposible saber frente a tantos imposibles, entonces, luego, me siento en el Margot, y juego a la tinta roja, que es como el aire.
¿Qué puede significar una casa? Un tiempo/lugar de afecto. Un refugio amigo. Otro refugio de amor soñado en la pasión. Refugio de buenas memorias. Refugio para que siempre vuelvan nuestros muertos. Refugio de esperanzas en estos días tristes en que la mentira del canalla alienta caras de cemento.
El aroma en una casa/afecto/amiga/de amor…: una sintonía casa que transmuta en otros universos. Una casa, la mejor casa para mi yo padre: la memoria de mi hija; mi casa es escucharla a través de la mano: mientras vamos de la mano por el camino; mi casa es el abrazo, maravilloso saber del alquimista. Una casa de la memoria. Y hay otra casa: el sueño de la esperanza.
A una casa se vuelve buscando el rastro físico de ayer. Vuelvo cuando junto la mirada hacia los pisos altos de un edificio con el recuerdo. Vuelvo a caminar por departamentos, y vuelvo a cada cotidiano, a cada habitante de ayer.
En mi vuelta a casa también recuerdo, por ejemplo, el regreso a la casa abandonada con los pibes del barrio, en un Martín Coronado de infancia; recuerdo también la no vuelta a la casa de la abuela Eufemia; o los regresos a La Caramba, la casa amiga de Mónica y Gabriel, en Merlo, San Luis.
Entonces una casa puede ser un hijo, un amigo, un amor, un barrio: mi Boedo, mi ciudad natal: Buenos Aires, una historia, tantas historias; y entre ellas se ilumina una presencia especial en lo que dure la lectura de mi cuento sobre esta urbanía: el paisaje interno de una librería, haber trabajado de librero, allá en los ’90, cuando poco podía imaginar de este presente en que no hago más que regresar a las casas, como decía Eufemia, mi abuela.
Las librerías fueron un puñado, de todas guardo memoria, pero la que sobresale en historias felices es la de Flores, a media cuadra de la plaza, a mitad de los ’90. Memorias y amigos para toda una vida agradecida. Y la comprensión cabal del termómetro social que hace su muestreo librería adentro, donde los lectores y los que no lo son tanto, siempre intentaban la reflexión política o filosófica que muchas veces no pasaba la prueba simple de una charla de café bienintencionada. En la librería todos hablan, el que sabe dónde está parado, y el que piensa que está en un lugar en el que hay que parecer pensante.
En la librería de Flores conocí escritores en directo, llegué a la obra de grandes escritores porque el título del libro me llamó desde el momento mismo en que abrí el paquete del reparto editorial; hice amigos, cambié figuritas para distintos colecciones de buenos momentos; conocí a alguna de mis novias de esos años; le pedí a una mujer que no volviera, ¡por favor!, vestida de negro, y no hizo caso. En Flores fui humano festejando la felicidad que puede encerrar el trabajo en los alrededores del mundo libro. Si miro hacia atrás, o sea, el volcado de la arena del tiempo en el molde de esta mi vida, queda claro que tantos años hace ya de aquello. Sin embargo, conmigo sigue estando la magia de esa librería. En poco más de un puñado de días, su buen fantasma, la buena memoria, dijo presente.
Horacio Quiroga, el guitarrista, el Bluesman, mi amigo, al que conocí en la librería de Flores, fuimos compañeros de trabajo, me invitó al Centro Cultural Padre Mugica de San Telmo. Paula Estrella, la voz, y Horacio, mis amigos, hacían su música acompañando al papá de Paula: el egregio Miguel Ángel Estrella. El motivo del concierto: la paz en Venezuela. Muchas personalidades de la cultura. Mientras esperaba el inicio veo que señalan, a un hombre, una silla plástica agregada a la última butaca de la fila, que yo ocupaba. Reparo en que es el historiador Norberto Galasso. Ofrecí mi butaca, insistí, aceptó, y cuando ambos estábamos ubicados, extendí mi mano: Quiero estrecharle la mano para decir gracias por todo su trabajo, por todos sus libros, y por las buenas lecturas que me ha regalado. Los libros de Galasso los encontré en los estantes de la librería de Flores. Nunca había estado tan cerca del escritor.
Fui a la presentación del libro El trío perfecto y otros relatos del amigo Ángel Prignano. Lugar: el Margot. En un momento se acerca uno de los presentadores y me dice: Edgardo, tanto tiempo, soy Raúl de Robles. Contuve la emoción, era Raúl, cuánto tiempo desde el último café. Raúl es poeta y lo conocí vendiéndole libros en Flores. Después los caminos que acercan y alejan de barrios y buenas personas.
Me enteré al filo de la fecha. Mi amigo el poeta Leopoldo Teuco Castilla presentaba, en lo que sería noche de viernes lluvioso, sus últimos tres libros. ¿Tres libros de una vez, Teuco? Respondió luego del abrazo: Para no molestar mucho a los amigos. El lugar: la Casa de Salta. Fue llegando el público, ceremonia de amigos y muchos poetas. Conocía a algunos de vista. Con alegría veo a un amigo poeta: Rafael Vásquez me abrazaba con sincero cariño. Esperábamos el inicio, nos pusimos al día con los relatos, y en un momento Rafael hace referencia a la cantidad de poetas presentes; dice: Allá está Sylvester. Pregunto: Santiago Sylvester. Lo señaló. Fue después de la presentación, luego de que el poeta terminara con su empanada salteña y tomara un trago de tinto, que me presenté para agradecer su escritura, de la misma manera que había hecho con Galasso. Le conté que en una librería de Flores tomé un libro de tapa negra, me llamó la atención su título: Café Bretaña, y que así lo descubrí y comencé a leerlo. Agradecido el poeta como el historiador.
En Flores empecé a leer los aforismos de Eise Osman. Eran libros chicos, y a la vez plenos de gran sabiduría, de miradas en profundidad. Casi 6 años viví en Gualeguay, y hacia esta ciudad/río fui hace unos días a visitar a Julia, mi hija. Cuando mis primeros tiempos de entrerrianía, tuve la suerte de conocer a la poeta Tuky Carboni, y hubo la vez que me invitó a un asado en su casa. Había otros invitados. Y a mi lado estaba el mismísimo Eise Osman, que vive en esa ciudad hace más de 40 años. Le dije que lo había leído en una librería de Flores, donde vendí sus títulos publicados por Galerna. En una noche de mi último viaje pude visitar a Eise y a su compañera, la escritora y poeta: Elsa Serur. Cenamos, hablamos, aprendí, siempre se aprende escuchando a Eise, agradecí, nos dimos un abrazo. Una vez más aparecía, fundacional, mi tránsito por la librería de Flores, una casa a la que siempre vuelvo.

miércoles, 24 de julio de 2019

Estos ojos


Estos ojos han visto la película Invasión (1969) de Hugo Santiago. La idea argumental es de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. La invasión de la ciudad de Aquilea en 1957, filmada sin disimulo en Buenos Aires de finales de los ‘60.
En un bar, uno de los militantes de la defensa, siempre hay gente para una patriada, toma una guitarra y canta Milonga de Manuel Flores de Jorge Luis Borges: Manuel Flores va a morir, / eso es moneda corriente; / morir es una costumbre / que sabe tener la gente. // Y sin embargo me duele / decirle adiós a la vida, / esa cosa tan de siempre, / tan dulce y tan conocida. // Miro en el alba mis manos, / miro en las manos las venas; / con extrañeza las miro / como si fueran ajenas. // Vendrán los cuatro balazos / y con los cuatro el olvido; / lo dijo el sabio Merlín: / morir es haber nacido. // ¡Cuánto cosa en su camino / estos ojos habrán visto! // Quién sabe lo que verán / después que me juzgue Cristo. // Manuel Flores va a morir, / eso es moneda corriente: / morir es una costumbre / que sabe tener la gente.
Por qué morir -dice el muchacho de la película- por gente que no quiere defenderse. El jefe de la resistencia sentencia que la ciudad es más que la gente. Ganan los malos, la invasión se lleva a cabo, y los defensores siguen resistiendo.
Película misteriosa, con toques fantásticos, con maneras de otro planeta, y de este, donde hay hombres que no dudan en condenar al hermano. El hombre frente a la invasión de la muerte, pensé cuando en la milonga de café el cantor confiesa: ¡Cuánto cosa en su camino / estos ojos habrán visto! Fue entonces cuando recordé que mis ojos también han visto al replicante líder de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) en el momento en que dice aquello que sus ojos vieron: cosas de no creer, naves de ataque en llamas más allá de Orión, y rayos brillar en la oscuridad, cerca de la Puerta de Tannhäuser. Dijo el replicante que todo lo visto, todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Dijo para terminar: Es hora de morir.
Mil maneras de morir en esta ciudad invadida por el rey de amarillo. Pienso en todo lo que he visto con estos ojos, porque morir es una costumbre / que sabe tener la gente que no supo ver de dónde venía, de qué tiempo venía, la invasión de nuestra actual Aquilea.
Cantó el guitarrero: morir es haber nacido. Vivir es haber usado los ojos para reescribir este tiempo.

sábado, 6 de julio de 2019

Ricardo Curci Vanoli


Ricardo Curci Vanoli es artista plástico de Boedo. Trabaja desde temprano, a nueve pisos sobre las baldosas del barrio, en su taller/vivienda; dibuja y pinta por encima de la bulla que flota en el techo de la autopista. Espera presentar una muestra compartida en la Bolsa de Comercio, y otra en la Asociación de Fileteadores Porteños. Ambas: invitaciones recibidas. Visité a Ricardo en una tarde de junio. Me encontré con un hombre que elige vivir los días desde una sintonía de paleta con colores -empastado el óleo- en gamas bajas (me dice: Nunca fui de difundir mi trabajo). Esta distancia que mantiene con la posible floritura, se debe a que cuida, por sobre todas las instancias, la pulsión real de su hacer, es decir, sus almas trabajadoras que hoy se expresan en colores y formas vibrantes, directas, devenida en luz la mágica presencia del acrílico. Alguna vez Ricardo le aclaró a un galerista: Tengo 70 años, ¿a vos te parece que a esta edad estoy esperando que me conozcan?, me muero en la mía. Agregó: Son muy jodidos los galeristas. Su mercado hoy: Mi vida es esta, si puedo vender algo, lo vendo, tengo algunos clientes, me conocen dentro de un ambiente cerrado, nunca fui muy abierto.
Un dato biográfico sobre su territorio de trabajo y sueños: Nací en Boedo (1944) y viví toda la vida en Boedo. Nací en Castro 1557, entre Pavón y Garay, después me casé y fui a vivir en Castro Barros y Estados Unidos, después Mármol e Independencia, luego Castro Barros y Carlos Calvo, y ahora en Virrey Liniers y Cochabamba. Siempre en Boedo.
La charla se dio sobre su mesa de trabajo: papeles, lápices, todo ordenado, al igual que el ambiente que es taller y vivienda; pienso que Ricardo arranca con el impulso creador desde el reconocimiento decisivo de su paisaje fundacional: Mi vida está acá adentro, mirá, tengo dibujos de cuando era pibe. La profesora quedaba a la vuelta del viejo Trianón, sobre Pasaje San Ignacio. Yo tendría 14/15 años, la maestra se llamaba Eve Infanzon. Fui porque mis viejos vieron que me gustaba el dibujo, y empecé a perfeccionarme. El talento hay que desarrollarlo, no es que lo tenés y ya está; hay que laburarlo, no hay otra. Digo que se puede aprender a dibujar, mal o bien, se puede, serás o no un artista, pero hay una sola manera de dibujar, a mis alumnos se lo digo siempre, se aprende a dibujar dibujando. No es la decisión de un profesional, quiero ser contador, abogado, acá no es quiero ser poeta, pintor, en esto no se busca camino, nacés con el oficio y listo, así lo creo. Así fue mi vida. No hay más que trabajar.
Mientras habla remarca el “acá”, su refugio en el barrio. “Acá” significa la cocina mínima, los muebles necesarios, la cama, las paredes repletas con su obra (hay cuadros, dibujos y bocetos de distintas épocas): Trabajo 11/12 horas por día, vivo acá, hay veces que me despierto a la madrugada, no tengo sueño, y me pongo a pintar, es lo malo de tener el taller donde vivís, todo a la mano. Prendo la luz y me digo: “Uh, eso”, y me pongo a trabajar a las 3 de la mañana.
Allá lejos y hace tiempo, también fue la presencia de la amiga que tienta y gusta con pintarse: Mi viejo quería que yo fuese lo que él quería que yo fuese, y me mandó a la escuela industrial, en quinto año dejé; le dije: “Viejo, no me gusta”, y “Qué te gusta hacer”, preguntó: “Yo quiero pintar”. En el momento que iba a entrar a Bellas Artes necesitaba el ciclo básico y el industrial no me servía. Así que no pudo ser, y empecé a frecuentar talleres de artistas plásticos hasta que me largué solo. Destaco dos que me sirvieron de mucho: Martín Evar y Néstor Berllés. Mi formación es autodidacta… hasta cierto punto, miro mucha pintura, no tengo un pintor como guía, tengo a muchos, estudio trazos, movimientos, colores. Me formé así, y lo aconsejo para los que empiezan.
Arte y equilibrio en los días de un artista fuera del circuito comercial: qué hacer para vivir mientras se va dibujando y pintando la historia real: Recién ahora puedo decir que vivo de la pintura, desde que me jubilé, antes no, fui vendedor de Terrabusi, en un molino harinero, Celusal, eso me permitía tener el sustento y tiempo para pintar. Desde el 92, pinto.
Mientras se sucedían las palabras que bocetaban la historia y las ideas de Ricardo Curci Vanoli, mis pensamientos se encontraban con una palabra clave, con una palabra impulso sumamente necesaria para su quehacer artístico: “libertad”: Soy amante del dibujo más que de la pintura. El dibujo es la madre de todas las artes: escultura, arquitectura, el filete, la pintura. Trabajo el cubismo, el geométrico, lo abstracto, lo figurativo, y el fileteado. No tuve épocas diferenciadas por la técnica, convivo con ellas, es mi pintura. El tema sobre el que más me gusta trabajar es el desnudo de la figura humana, y ahí sí, figurativo, académico. Un colega, Eugenio Monferrán, me decía que debía dedicarme a algo específico. Le expliqué lo siguiente: me gusta el tango, el jazz, la ópera, la música clásica, en pintura me gusta lo abstracto, lo figurativo, el filete, el cubismo, por qué me tengo que encasillar en algo. Claro, él lo decía para que me conozcan como geométrico, figurativo o abstracto, pero lo que no me interesa es que me reconozcan, siempre pinté para mí, soy pintor, nada más, y todas estas maneras son mi pintura.
Ricardo tiene universo propio, y desde ese cielo llegan sus opiniones sobre temas como el artista real en los complejos intersticios del mercado: Hay maravillosos pintores que son conocidos por los pintores colegas, un ambiente cerrado, de talleres, y hay otros artistas que saben venderse. Felicito a Picasso, que además de ser un genio, se supo vender, pero a través de él, no como otros mediocres que se venden porque tienen cerca un buen crítico de arte o un buen padrino. Y a veces es una cuestión de suerte, algo que no se buscó, y ocurre.
En el mundo del encuentro humano con el quehacer artístico, el valiente, que toma en su mano pincel, lapicera, gubia, y tantas otras maravillosas herramientas –puentes por donde se desplazan ideas, sueños-, a lo largo de los días va construyendo su receta, su manera, la huella que conduce a las alturas de los puentes. El relato de Curci Vanoli se escribe a través de detalles, su receta sabe de las bondades del boliche: Mucho de los bocetos los trabajo en bares, en Boedo hay veces que voy a Margot, otras al Pugliese, o camino hasta Caballito, o en San Telmo: el Federal o La Poesía. A Monferrán lo conocí en Caballito, me vio dibujando y preguntó si yo era pintor, así empezamos y ahora vamos a exponer juntos. Todo empezó en el boliche.
En su receta aparece explícitamente señalado su lugar en el mundo: Es un privilegio vivir en Boedo, disfrutar del tango, es como cuando me preguntaste cómo empecé a pintar; se nace músico, poeta, se nace y no te preguntás, hay cosas que se fueron enganchando con otras: nací en Boedo, barrio de tango, y soy de San Lorenzo, están los amigos, y de repente te encontrás que es todo Boedo en vos, no sé cómo explicarlo, hay cosas que no tienen explicación.
Ricardo sabe que en su pintura puso toda su vida, que pocos saben lo que hace; sabe que trabajó el óleo y que hoy utiliza el acrílico, sabe que sus temas empiezan en Boedo, el tango y Buenos Aires; sabe que su pintura está formada por el puñado de almas que lo guían: su identidad.

jueves, 6 de junio de 2019

Palabras...


Palabras compañeras: herramienta propia y del otro, el hermano de la patria. Palabras para decir -para mejor decir- mientras se intenta sacarle punta al lápiz de las ideas. Palabras apenas vislumbradas en un pensamiento fugaz, palabras que no llegarán a la oralidad, que tampoco llegarán al papel, que no se harán tinta de cursor estelar en el big bang de una pantalla. Palabras íntimas. Palabras –un puñado en estos tiempos- para anotar la lista de compra flaca en el mercadito chino. Palabras para intentar la poesía. Palabras para hacer “click de cronista” (mirada escrita al acrílico) sobre la vida triste en la calle. Palabras que se mezclan en la mañana como lo hace un toque de color en la pintura en blanco de una novela. Palabras para hablar de amor. Palabras para nombrar a mi hija Julia en cada uno de los días y los libros que piden permiso en esta escritura fuerte, la del regreso a mi Buenos Aires natal. Palabras para Julia cuando miro la foto que dice del bebé de ayer. Palabras para nacer esta nota en Desde Boedo. Palabras en Boedo, desde el departamento prestado por Josecito de la ferretería, amigo poeta. Palabras en el Margot, en el Cao: el murmullo fundacional de las palabras: las mías, las que pude dar, las que pude gastar, las que gasto. Palabras que digo al teléfono, y palabras que devuelve el misterio. Palabras para el misterio en el misterio mismo de cada día, de cada recuerdo. Palabras en la memoria: hambre, desaparecido, solidaridad, justicia. Palabras otras: canallas (muchos), mentiras (amarillas). Palabras en la noche. En el silencio. En la soledad. Palabras en una habitación con ventana alta que da sobre Avenida Córdoba; escucha una amiga que sabe de la raigambre humana desde donde llegan algunas palabras. Palabras entre los amigos, los que alientan, los que inventan una alegría momentánea para impulsar la idea de ganar, de a poco, cada día. Palabras en un día logrado. Palabras para decir silencios dentro de la pintura en gamas bajas donde transita el relato de la familia. Palabras, retazos de palabras, hilachas que encuentro en mis viajes por la calle. Palabras con puntos suspensivos. Palabras imágenes con puntos suspensivos. Palabras para completar con mi oficio de palabrero:

Un carro de cartonero da su presente en la ciudad. Primera hora de la tarde sobre Avenida Córdoba. Temprano empieza el tránsito de los especialistas. En el paisaje esperan las sobras de la urbana residencia.
El carro ya tiene carga: cartón, botellas, esqueletos de computadoras, sillas rengas, ropa de ayer. Un muchacho descansa apoyado en la proa de la nave. Descansa entre los brazos mástiles que apuntan al cielo.
En sus costados, el carro exhibe cantidad de juguetes: muñecos maltrechos, peluches rotos, sucios, sufrientes. Aire de cementerio a la vez que aire de rescate desde el barranco de la basura, el olvido.
Los muñecos vueltos a la vida. Simulacro a la vista.
Existencias pendientes de un tramo de hilo viejo o de un firulete en alambre fino. Desde la apariencia, los muñecos regresan a casa con un último aire de esperanza. Imaginería de la vuelta a la alegría de ayer.
Volver a casa desde la basura, la injusta condena.

Palabras cursivas que hurto del libro que el palabrero escribe sobre extrañas maneras de volver a casa. Recorto palabras de un libro para que sean palabras en una nota que dice de la palabra que alumbra la maravilla de la lectura. Desde mi regreso a la ciudad me acompaña el egregio Ramón Gómez de la Serna. Y a través de él, desde su universo libro, también avisan mis ganas de tentar palabras sobre la vuelta a casa:

Corría 1931 en el torreón de Velázquez 4, Madrid. Ramón vivió muchos años en ese torreón que estaba cubierto, tierra y cielo, por distintos objetos; entre ellos sus prácticas alquimistas: (…) Yo acostumbro a meter la casa en los objetos y no los objetos en la casa…
En una nota aparecida en ABC, José Lorenzo escribía: (…) El ascensor nos deja al pie de una escalerilla estrecha y breve. La puerta del torreón está abierta, y por ella sale a recibirnos la voz de Ramón. El torreón tiene todas sus luminarias en fiesta y todo el sistema planetario de su techo abre zonas de luz irisada, a cuya magia el museo-bazar en que vive Ramón cobra algo de gruta encantada para un cuento de niños.
Ramón se mudó a Villanueva 38. Decía desde su nuevo lugar: Como sigo estando cerca del Retiro dejo la muerte en casa a eso de las tres de la tarde, y me voy a pasear por sus paseos dos horas, y cuando vuelvo ya no hay muerte.
Y reflexionaba sobre su casa de ayer, el torreón: (…) Como es época de comprimirse, de dejar torres de marfil –la verdad es que nunca lo fueron-, he quitado mi torreón.
En el torreón quedaba albergado lo señero, lo que no debía condensarse sino en un depósito litúrgico y adecuado, con un ambiente de silencio y de soledad, esperando la pluvial inspiración.
Allí se verificaban los encuentros como fuera de la vida y de la muerte, las recapacitaciones por encima de las circunstancias, las evasiones en la estratosfera para hacer observaciones sobre rayos ultracósmicos, que sólo se pueden capturar en el fondo de los pisapapeles colocados, allá arriba, sobre las cuartillas en blanco.
Me preguntaba: “¿Se puede aceptar esta teoría? ¿Merece escribirse esta novela? ¿Es greguería esta greguería? ¿Debe trazarse este artículo?...”. Y subía al torreón para cerciorarme. (…).
Los poetas que tienen condiciones para concentrar su pensamiento necesitarían ser dotados de regaladas torres de marfil para que todos encontrásemos plasmada, gracias a su concentración, la fórmula de nuestras ilusiones, la consigna para entrar en mejores jardines del vivir, el último nombre de nuestra alma.
Ningún apartamiento para trabajar es bastante si se quiere hallar la vera diafanidad y la ulterior faceta de los pensamientos. ¿Qué hay que ir también a la calle? Pero ¡quién no tiene que bajar a la calle demasiado!
De andar por el mundo y después subir a la torre para pensar en lo visto, sale la confrontación ideal. (…).
El caso es que ya no hay torreón. Pintado de azul, se ha perdido su azul en el azul del ancho dintorno celestial. He descolgado algunas de sus estrellas –las mejores-, y le he dejado la Vía Láctea para consuelo del techo despojado. (…).
Todo había adquirido allí una armonía a través de los años, y entre unas cosas y otras se descifraba lo que de brujería hay en la vida. No volverá a concertarse aquel desiderátum de cachivaches.
¿Es que va a ser la vida actual pura pérdida ideal?
La pérdida nunca es total, me dijo una amiga. Un nuevo cotidiano espera a todo movimiento. Claro, importa cómo me muevo para volver a casa, para levantar una nueva casa entre las casas.
Anotó Ramón en su Automoribundia: (…) Al vernos destorroneados no debemos caer del lado de los arrasadores. Perdámoslo todo menos el instinto de conservación espiritual, que debe estar por encima del de conservación material.

Palabras que dicen: para un padre no hay mejor casa a la que regresar, que la memoria de un hijo. Vuelvo hecho palabras. Palabras para volver a la felicidad. Palabras para atravesar los tiempos oscuros: para volver desde la calle, palabras para volver, para sepultar los días malsanos del rey de amarillo. Palabras para “ser” en la memoria.

viernes, 10 de mayo de 2019

En la calle


En la calle se manifiesta la vida: historias para completar, imágenes a guardar en la memoria para mejor comprender al otro. Así sucede nuestro tiempo, tanto en el cielo del bondi como en el inframundo por donde circula el tren subterráneo. La calle como plano general de la ciudad, la pertenencia urbana, una urbanía que flota sobre vereda, asfalto, adoquín de ayer, camionetas lujosas –obscenas- de hoy, cafés en las ochavas, memoria de los mayores (los que aún saben del relato del pasado). Nombro a los memoriosos y anoto las señales de las criaturas todas: mujer, hombre, pibe, todas y todos en el movimiento que hace la ciudad: aldea natal de muchos, aldea destino de otros, eterna dama, tan querida como odiada. La criatura anda, ya no baja de los árboles, sí de los edificios donde se refugia. Buenos Aires, una ciudad que hoy especialmente necesita ofrecer refugios. Llega el día o la noche, y la criatura baja para ser en la calle, el paisaje todo donde la vida intentará moverse, donde intentará portar el carnet de ciudadano que chamuya (registro de voz con sombra) sobre sus derechos en el mientras tanto. Durante el intento, los vigilantes, los paridores de historias tristes, permanecen al acecho; arriman, desde siempre, la falsedad de las escaleras alumbradas sobre cartón pintado, y promueven la llegada de un viejo conocido, un mesías con nuevo maquillaje para la no memoria de sus seguidores: los hijos del derrame. Y los paridores, la casta de los humanos canallas, saben de llevar y traer sus anuncios tanto en lo explícitamente material como en los cielos donde anidan sueños y esperanzas.
Foto: Eduardo Noriega
Despierto cada día con la mirada puesta en las criaturas de esta ciudad. Despierto y se me da por anotar, por dejar rastro de lo observado, de lo vivido, siendo, ante todo, yo mismo, criatura humana dentro de la aldea doliente, dentro de estos tiempos tristes donde los canallas festejan entre mentira y bolsiqueo. Soy, en definitiva, un escriba, un cronista callejero que no sabe qué será de él y de su mundo a partir de mañana. Intento ser memoria de lo entrevisto luego de la caída del meteorito amarillo. Si no se abren los ojos del pensamiento, seremos los nuevos dinosaurios.
El ciudadano se hace mapa de calles de dibujo interno y externo: sangre y memoria adentro respirando en el paisaje del afuera. Así nacen, nacemos, las diversas presencias.
Caminaba por Boedo el 24 de diciembre del 18, cerca del mediodía; iba solo y en soledad interior. Era un día triste. Ya no soy un papá en el cotidiano de mi hija. Volvía al refugio del amigo José. Un hombre joven, desde la vereda sobre San Juan -la palabra desde el piso-, me desea felicidades. Mis rodillas debieron tocar la tierra, igual el llanto, y pedir perdón por pensar mi soledad. El hombre, de cuarenta y tantos, comía el último bocado de pan. Preguntó a un papá joven que pasaba por el lugar: ¿Cómo se llama la nena? Tuvo que preguntar una vez más: ¿Cómo se llama la nena? Carmen, se llama Carmen, contestó el papá, que caminaba, como todos, a saludable distancia del hombre.
En un cielo bondinero vi cómo un hombre viajaba, sentado, de espaldas al vientito de la vida que entraba por la ventanilla. Parecía viajar con la mirada apuntando a las palabras que no dijo en un ayer lejano. Viajaba tan solo, tan extraño a la ventanilla: ojos de brillo desmesurado, nariz roja, mirada con filo de llanto, y las palabras, el murmullo como rezo a un dios que no existe.
Un cielo en cada bondi colectivo que se vuela en la ciudad veloz. Una mujer viaja parada. Adivina su cara de ayer entre los reflejos del sol sobre el vidrio. Da la espalda a todos los viajeros. La ventanilla de frente. La vereda de hoy como cinta de otro cine: palabra y ausencia en el colectivo de la sociedad. Otra vez las palabras no dichas en un ayer lejano.
Sobre la vereda de Avenida La Plata, a unos metros de su cruce con Carlos Calvo, lugar donde desde hace tiempo se vela en todo su esplendor de esquina, el local cerrado de una pizzería; decía, antes del velorio, hay, también hace ya un buen tiempo, un simulacro de vivienda, de refugio. En el escalón de entrada -franja de mármol angosta que limita con la persiana de otro comercio cerrado- se acomodan sillas viejas, utensilios de cocina, un colchón, y presencias diversas -fruto de la cosecha en contenedores de basura- que sirven al habitante del simulacro a mejor llevar la vida en la calle, la sobrevivencia callejera. Durante el verano, cuando el sitio estaba a salvo de febo, se lo habitaba, y se lo dejaba, en un orden notable, cuando la sombra se hacía historia. A la nochecita, varias veces, vi al ciudadano en la vereda. Sentado en una silla, y frente a otra que recibía el mate y el termo. Mate en soledad. En silencio. La gente caminando hacia sus refugios, enchufados, la mayoría, al dispositivo alienígena que silencia los ojos. Ayer, por la tarde, bajo un sol ya cercano al otoño, vi al ciudadano enfrascado en la lectura. Ni murmullo íntimo, ni a viva voz, leía en la vereda, siempre en soledad. Sostenía el libro con una sola mano. Posición de lectura óptima. La tapa ajada del libro que se ocultaba, como si tuviera algo de sauce llorón, me permitió ver la portadilla: Dios María Hoy. El ciudadano leía en profunda soledad.
Desde el bondi vi a la mujer, de algunos años sumados a sus 30, esperar el cambio del semáforo en Rivadavia y Avenida La Plata. Me llamó la atención su cabeza, llevaba el pelo cortado al ras, a la manera que la Patria me cortaba el pelo durante la colimba. Su ropa delataba la vida en la calle. Iba cargada con grandes bolsas, y una de ellas: nueva, limpia, blanca, letras en verde, avisaba: HOME, sí, el hogar, dulce hogar, de donde llegaba esta mujer que, días después, vi caminando, idéntica su imagen, cerca de Boedo e Independencia. Ya no llevaba la bolsa que decía del HOGAR que no fue.
Cuando llega la noche a la ciudad aparecen los colchones junto a los solitarios, también junto a las familias. La noche es otra por Avenida La Plata después que queda atrás la sombra de la autopista y se camina con dirección hacia Cobo. La noche es otra cuando queda atrás la autopista cercana a San Juan y se enfila por Boedo rumbo al silencio de una luz entrearbolada.
Vi, desde del bondi, en el asfalto de la mediatarde, una nena de unos 10 años, apenas más grande que mi hija Julia. Caminaba siguiendo la fila de autos frente al semáforo. Pedía ayuda, una moneda.
Desde el discurso de los canallas (los paridores), y desde la ignorancia y la falta de empatía (valores de la fiel comparsa amarilla), se levanta la mentira del esfuerzo individual (a mí nadie me dio nada) contrapuesto a dormir la vida sobre una avenida (pura elección a gusto). Se afirma en las noticias: nos hicieron creer que la tierra era redonda, y entonces, en este presente falluto, se retitula -por arrebato de casta, y obediencia de desclasados: la planicie total con explícita confiscación de derechos y moneda decreta la condena al barranco para el que nada tiene; la obra ocurre en el mundo plano, donde las cuatro bestias que otrora decían sostener el escenario bailan hoy siendo los acomodadores de la matanza.
Mentira, desigualdad, injusticia y miseria. Cayó el meteorito. Otra manera de desaparecer personas. Nosotros, los ciudadanos, necesitamos renovar los ojos del pensamiento y decir la palabra urgente a tiempo: sangre adentro, y en la calle.

lunes, 15 de abril de 2019

Malvinas en abril


En 2012 escribí el texto Los muertos de abril (publicado en 2015 en http://www.periodicodesdeboedo.com.ar/los-muertos-de-abril/): Ocurre cada vez que se acerca abril. Pienso en los muertos, en los que se quedaron en las islas. Y pienso también en los muertos que de a poco empezaron a morir en las islas para luego ser enterrados acá, en casa, en la patria. (…). Hace unos días me fui de relectura, como cada vez que se acerca abril. Sucedió después que en uno de los programas de radio AM750 alguien deslizó una sugerencia: ver en youtube la presentación (2017) de José María Rodríguez, ex combatiente: Nada por lo que matar o morir | José María Rodríguez | TEDxBariloche. En 20 minutos el ciudadano habla, se define como NO héroe, sino víctima, y dice que NO fue gesta patriótica, sino acción política para sostener la dictadura. Palabras emotivas, certeras. Luego del recuerdo de John Lennon y su Imagina (1971): Imagina que no hay países / No es tan difícil de hacer / Nada por qué matar ni por qué morir / Y ninguna religión tampoco / (…), fui de búsqueda en mi escritura: recordé Subordinación y valor (para defender a la patria) (2009) (editado como ebook por www.pampia.com), libro/memoria que dediqué a mi servicio militar obligatorio. Y fui tras la lectura de un capítulo cercano al final:

Subordinación y valor nunca podría haber sido un simple anecdotario sobre la colimba. Nunca hubiera podido escribir un libro así, una escritura tranquila, ilustrativa, tomada con una calma semejante a como tomo los períodos de no escritura en el papel.
La cuestión de la patria, el usufructo de su conveniente filosofía hecha por los poderes de turno, tienta el blanco de mi página desde hace años.
Desde que le apunté al chileno en el polígono de tiro, allá en los primeros días del servicio, hasta que vi el diario sobre la mesa roja del comedor con la noticia de Malvinas, tuvo lugar en mi pensamiento el principio de una toma de conciencia; algo ocurrió tierra adentro de mi persona y empecé a preguntarme: a escribirme y escribir en silencio sobre la patria.
El silencio llegó a su fin con Subordinación y valor.
Recuerdo el diario sobre la mesa. Mi vieja lloraba apoyada en la mesada de la cocina. Mi vieja lloró mientras duró la gesta patriótica. Lloró como lloran sólo las madres, porque habría guerra, porque la hubo, porque me podían reincorporar, y porque la guerra, una simpleza, podía significar la muerte.
Recuerdo mi estupidez, mi extrema juventud, que hizo que ni pensara en la guerra cuando vi el diario en la mañana. No, pensé en el cuartel de la patria, en los golpes, en las humillaciones. Otra vez la noche, hasta ese extremo habían freído mi cerebro.
También recuerdo que en el momento de la invasión a Malvinas, yo trabajaba en un local minúsculo en el hall de la estación Callao del subte B, en Callao y Corrientes. Vendía billetes de loterías provinciales.
En mi memoria anterior a la toma de Malvinas, unos días antes, aparece una manifestación contraria a la dictadura. La misma intentó llegar o llegó a Plaza de Mayo. Fue el general Galtieri quien ordenó la represión y la Capital Federal fue un hervidero. En el Congreso hubo corridas y las escaramuzas llegaron hasta mi esquina. Era mentira, la luna no venía rodando por Callao, sino los cascos, los escudos y los gases lacrimógenos. Los perseguidos intentaron refugiarse en el subte, y las vainas de gas picaron en sus escaleras. Cuando el subte pasa por el túnel chupa, traga, el tren parece que se alimenta de aire, y ese aire lo toma de la superficie.
En un minuto me encontré en medio de una nube de gas que entró presta al hall y llegó hasta la mismísima estación, allá en la profundidad.
Cerré el negocio como pude y huí en busca del subte que me sacara de ahí. Casi no podía respirar, la piel me ardía, los ojos también. Llegué a la estación.
Recuerdo que cuando la flota inglesa estaba cerca de Malvinas, un sábado, el general, la dictadura, el poder, convocó a la Plaza de Mayo para un gran acto.
Los sábados trabajaba medio día. Tuve que salir a la calle en un momento y vi cómo la gente, las familias, en gran número, caminaba por Corrientes con banderas argentinas y entonaba cánticos. Más tarde vi en la televisión cómo la hinchada de la patria reunida en la plaza gritaba: ¡Los vamos a reventar!
La plaza estuvo de fiesta, y de fiesta estuvo la televisión, la radio, los medios gráficos y casi toda la sociedad. Todo transcurría como si fuera un partido de fútbol: les bajamos tres aviones, ellos dos, luego: vamos ganando.
Escribo, hago memoria, construyo la memoria, y siento vergüenza.
Recuerdo mujeres en el Obelisco tejiendo bufandas, señoras bien entregando joyas. Nada llegó a los soldados, todo se perdió en la nebulosa de siempre. En las pizzerías el maravilloso postre de pobre: la sopa inglesa, pasó a llamarse: sopa pucará.
Mi recuerdo se niega a seguir escribiendo estos días, y muchos recuerdan en silencio.
La defensa de los superiores intereses de la patria llevó al poder militar a escarmentar a aquellos que quisieron decir basta de dictadura.
La defensa de los superiores intereses de la patria llevó al poder militar a la gesta patriótica de Malvinas.
Se convocó a la gesta, y aquel que comió palos y gases unos días atrás fue a vivar la perorata del tirano.
Los que detentaban el poder, en ambos casos, invocaron a la patria. Y, cuando de la patria se trata, debemos despojarnos de las banderías y opiniones contrarias o peros posibles. La patria está por sobre todo lo demás, así nos enseñan.
¿Todos se despojan?, puede ser, los que nada tienen. Pero ellos no, porque ellos sí tienen una patria, son sus dueños, y no están dispuestos a perderla. El poder es el que en definitiva usa la idealización patriótica para defender sus superiores intereses.
Las Malvinas son argentinas, sí, pero esa es otra historia.
Mi memoria todavía no se explica cómo hoy se sigue confundiendo (hablo de la gente, el sistema apuesta a ello) la conveniencia política de una dictadura desgastada con una gesta patriótica. ¿Cómo entender que haya soldados ex-combatientes que sigan gritando Volveremos?
La patria del poder, la de ellos, es la que necesita este tipo de defensas; esa patria es la que puede mandar a sus ciudadanos inexpertos a una muerte segura. Pude ir a la guerra con seis sesiones de: ¡apunten al chileno!
Ningún soldado estaba preparado.
Los soldados no son héroes de la patria, son sus víctimas, ellos los asesinados por la dictadura que regía la patria. Y distinta es la muerte de los soldados profesionales, ellos tenían contrato, ellos tenían, habían elegido, un trabajo en el que sabían que un día podían tener que poner la vida sobre la mesa. Los soldados estaban obligados por ley.
Fuimos obligados a aprender a defender a la patria con subordinación y valor.
Volveremos, sí, cómo no, por la patria, sí, ¿la patria de quién?

El motivo de tapa para la edición de Subordinación y valor lo elegí desde mis almas. Vi, me vi, en el grabado del amigo Juan José Cartasso: la imagen desesperada de tantos colimbas: que pude haber visto (que yo mismo pude lucir) en las noches de la Escuela de Caballería en Campo de Mayo. Un grabado como espejo de la cara de los soldados en las islas, de la cara del soldado Carrasco, de la cara de tanto soldado, y de tantos ciudadanos que vieron consumado el chamuyo patriotero, la mentira.