Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















UPCN Feria del libro 2018

UPCN Feria del libro 2018
Presentación de "La marca de Gualeguay 1".

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 21 de mayo de 2024

Tierra mojada

Dibujo de Alejandro Lois


Dos de la madrugada sobre la mesa roja del comedor. Empieza el partido. Abierto el estadio. Corridos los mantelitos individuales. Los vasos. Las migas de la cena flaca. El médium abre cancha. La hoja en blanco. El lápiz negro en bandolera.

El dibujante tiene una necesidad primera. Parar la bulla que traen los días desde el fatídico diciembre. En el paisaje del país todo queda a mano de la cadena que gira y tiembla y el grito que amenaza. La mayoría de los viajeros: condenados. Los hay conscientes. Y están los que no. Hay caras con certidumbre. Y están esas caras de los que creen no estar en la lista de los condenados. A ellos no les va a tocar. O la cara que ponen los que dicen que hay que dar tiempo a los asesinos. Que recién empieza el cambio. Que ojalá les vaya bien. La bulla de la víctima que nada sabe de su rol. Los que perdieron la oportunidad de andar entre las miradas de la historia. Los que no hicieron camino. Los que no construyeron idea, memoria e identidad. La bulla desde la incertidumbre. Y la resistencia de todos aquellos que saben de la bulla cruel de la motosierra. Y en el mientras tanto los precios. Licuada la moneda. Amenaza. Violencia. Odio. Bulla cruel sobre el paisaje. A diario. Una mano de provocación y humo. Un golpe certero en el corazón de la vida. Bienvenidos al circo de la crueldad.

El médium, que no sabía que lo era, pero que sí sabía que era dibujante, venía de días de bulla devastadora. Se sabía, en esta noche, condenado al insomnio. Entonces decidió resistir al tiempo que la resistencia se fundaba también como recreo, como un viaje. Decidió intentar su arte. Auténtico. Motivado simplemente por ideas. Arte creativo. Una jugada que, al menos, por un tiempito, se lo llevara lejos de la bulla cruel del destructivista.

La casa paterna del dibujante es de cara angosta al frente. El terreno corre fino al principio, y desde la mitad hacia el fondo alcanza su mayor anchura. La casa siempre tuvo dos patios conectados por su nombre. En límite imaginario, como si se tratara de dos barrios, el patio de adelante se transforma en el patio del fondo. Y hacia el patio del fondo es que, de repente, el dibujante dirige la mirada. Sus ojos sobre la puerta mosquitero que da al patio del fondo de la casa de Martín Coronado. Algo atrajo su atención cuando se disponía a dibujar sobre la mesa roja del comedor.

El patio del fondo lleva hasta el taller de pintura de su padre, que desde hace un puñado de años vive en la muerte. El patio también lleva hasta un galponcito rústico que guarda objetos y utensilios que dicen de la vida pasada. El patio del fondo es donde con mayor decisión se acentúa el paso del tiempo. El dibujante sabe que la casa toda es tiempo pasado, pero el maelstrom está en el fondo. Los viejos canteros y macetas quedan bajo la mirada atenta de su madre. Ella ordena los trabajos que las plantas necesitan, y el dibujante procede mientras ella descubre brotes y flores nuevas, mientras se sigue sorprendiendo por el quehacer casi mágico de la naturaleza. Repartidos en el patio y en los canteros junto a las plantas, hay dispuestos, con el mejor celo de curador, una serie de objetos que también dicen el paso del tiempo. Hay una cocina, un lavarropas, restos de un par de computadoras, una parrilla puro óxido, y una cantidad de escombro metálico que alguna vez formó parte de la vida en el mundo. Una exposición. Una de las posibles crónicas donde ensayar sobre los recovecos de los días.

El dibujante está a punto de entrarle a su intento de arte. Sucede en la primera parte de la madrugada. En el mientras tanto del silencio de la noche. Duerme su madre. Duerme en la noche estrellada de un día a fines del verano.

De repente supo del fantasma. Se expandió, se abrió su flor en el fondo de la casa, casi en el corazón del patio. Presintió. Adivinó. El fantasma se detuvo frente a la puerta. Se detuvo parte de su sustancia frente al tejido mosquitero. Pero a través del silencio y la noche, el aroma que trajo, que era la mismísima aparición, entró en la casa. El dibujante nada veía tras el límite de la puerta. Todo era quietud y aroma en la clara presencia.

No había ni una pizca de brisa. El aroma que se extendió por la cocina y el comedor gozaba de propia voluntad. En la mesa roja, sobre ella, se instaló el aroma nacido de la tierra mojada. Era la tierra mojada. Su buen fantasma. Su sustancia. Su poema dicho en la noche.

El dibujante se vio sorprendido. Incrédulo ante esta forma de la magia, ajustó el esfuerzo de su mirada hacia el fondo de la casa. No dudó. Y se puso de pie de manera lenta. Y lento caminó sobre la tierra mojada que respiraba en la cocina. Cuando llegó a la puerta mosquitero, levantó la mirada. Bien al frente. Avisaba que iba a salir al patio. Pedía permiso para abrir la puerta. Aterrizó en el cemento alisado. Ahí donde la tierra mojada era el patio del fondo. Reconoció el escalón en la oscuridad. Subió. En el aire, como si flotara un planeta, vio el zapallo gigante que cuelga desde la parra. Otra magia que siempre nombra su madre. Lo dicho, su felicidad está en el asombro que le provoca la naturaleza. Caminó por el patio. Habían pasado dos días después de la última lluvia. La tierra estaba seca. Y sin embargo el dibujante caminaba en medio de la tierra mojada.

Volvió sobre sus pasos. Todo su universo, su exposición, estaba en su lugar. La aparición del fantasma de la tierra mojada no había afectado el paso del tiempo ni su representación. Al menos eso creyó.

La puerta mosquitero lanzó su queja metálica cuando se cerró. No recordaba haberla escuchado al salir. Acercó su cara al mosquitero a modo de saludo. Giró y caminó hasta la mesa. Sobre el rojo. En el silencio. En la noche. El aroma a tierra mojada. Aspiró en profundidad. Una vez. Dos veces. Se aflojó su cuerpo. Desaparecieron los dolores físicos. Recuerda que alcanzó a tomar el lápiz en medio de la tierra mojada. Y al parecer dibujó.

Vio a su padre salir del taller. Traía en su mano izquierda el cartón donde dormía el boceto del último cuadro, el que quedó sin pintar. El viejo caballete ya estaba abierto en el centro del universo patio. Igual la mesita de patas altas donde se apoya la paleta. Desde debajo del limonero fantasma volvió Batuque, el primer perro. Hizo la fiesta de siempre, como cuando era ayer. Volvió Garúa y sus ojos de miel desde su lugar al costado del galponcito. Se puso en dos patas, casi de la altura del padre. Se corrieron en silencio las baldosas blancas apoyadas sobre la tierra, y volvió Trueno, el peludito, el tercero de los festejantes. Mientras el padre del dibujante pintaba, los tres perros merodeaban a su alrededor. Husmeaban misterios y colores y regresos de más allá entre las bondades del aroma a la tierra mojada.

Cuando despertó, el dibujante estaba feliz, aliviado. A veces se quedaba dormido con la cabeza apoyada en la mesa. Pero esta vez se sentía distinto. Al dibujo que no recordaba haber hecho, le faltaban algunos detalles. Trabajo para mañana.

Recordó el aroma a tierra mojada. Una ausencia en el paisaje. Dudó. Acaso realidad. Acaso sueño. Tal vez el persistente deseo de regresar a la felicidad de ayer, y a la posibilidad de la felicidad en el presente.

Pensó en la tierra mojada como metáfora del nacimiento de la esperanza de una nueva vida. Eso me dije. El dibujante llevaba en su interior, sin saberlo, y sin saber que era médium a través de su arte, el deseo de una metáfora que lo ayudara a ver y escuchar entre la bulla de estos tiempos tristes. A no olvidar jamás la función en el circo de la crueldad. Eso me dije. Habrá que renovar fuerzas. Tierra mojada como resistencia. Tierra mojada como felicidad. Tierra mojada como verdad. Tierra mojada como amor. Tierra mojada como país. Tierra mojada como solidaria presencia. Tierra mojada como renovada victoria.

Retorna la vida. Volver. Otra vuelta en la calesita de los días. Regreso, Resurrección desde el buen fantasma de la tierra mojada.

Eso me dije. Luego escribí el sucedido que narró el dibujante, mi hermano. 



martes, 16 de abril de 2024

Fotos en Buenos Aires

 


Abrir y cerrar de ojos. Principio y fin de una mirada. Como en un click. Como cuando el sonido de la muerte. Una foto. Otra. Y otra más. Fotos en Buenos Aires. Fotos sin la celeridad de un disparo de celular. Fotografías para ver. Para ver diversos quehaceres de ciertos viajeros en la ciudad. Buenos Aires hoy. Fotos escritas en la memoria reciente. Dirá el tango que aún no se escribe que la ciudad es paisaje cruel. Que lo es el país todo. Que los destructivistas están de regreso. Volvieron aprovechando olvidos. Volvieron subidos a desesperaciones. Esas individuales y salvajes maneras de ser. Cuando el mérito es única religión. Cuando el otro, la patria, no importa. Fotos en Buenos Aires. Hoy. Ahora que ellos han vuelto. Abrir y cerrar los ojos en el mientras tanto del paisaje urbano.

 

Transcurre el viento sobre la vereda de la estación Federico Lacroze. Donde nace y termina el ferrocarril Urquiza. A principios de la mañana. Van y vienen. En tránsito los viajeros. Afán e intención. Apuro. Poco a la vista en medio de la velocidad que funda el olvido. Febo, alto en el cielo de la ciudad, casi siempre evapora, y con rapidez, la memoria. Un muchacho, que sale del hall de la estación, lleva un cigarrillo a su boca. Guarda el atado en la mochila. Busca el encendedor. Detiene su avance mientras dispone el fuego. Un instante. La oportunidad del momento mínimo. Llega hasta el muchacho que enciende el cigarrillo, un hombre. A juzgar por la huesería y las canas. Por la curvatura de los escombros. Un hombre no menor de 70 años. Se mueve su brazo derecho, su mano levanta vuelo en el viento. Roza sus labios. Fuma un cigarrillo fantasma exactamente como fuman los fantasmas. Fumar con la mano vacía. La boca vacía. La mirada también silenciosa y vacía. El gesto sale a jugar en la mañana. Imposible negar su lugar en el paisaje. Ya es parte de la urbanía que contiene ciertas señales de la vida.

El muchacho termina de encender su cigarrillo. No piensa en el hombre viejo que pide un cigarrillo. No piensa en el gesto a mano alzada. Tampoco piensa en que él mismo mañana pueda ser un hombre viejo que pide un cigarrillo. En esta foto que escribo digo que el muchacho, en el momento del cara a cara, quizá sí hace cuentas. Que cuánto es lo que podría compartir. Que cuánto es lo que quiero compartir. Finalmente, ¿quiero compartir? Fue cuando encontró la respuesta. Movió su cabeza. De un lado a otro. Dijo que no al pedido del otro.

El hombre viejo. El fantasma. Dejó de fumar en el viento. Como fuman los fantasmas en el viento. Sin cigarrillo. Libre la mano. Cambió pucho por ademán de saludo con desgano. Al mismo tiempo llegaba –raspaba- su mirada sobre la vereda.

Apenas. Hizo falta apenas una puntita de aviso. Humo sobre la vereda. Humito como mapa del tesoro. No es humo sobre el agua, pero la música del momento tiene su solo. Un punteo de hombre solo que se agacha con lentitud. Otra vez es su mano derecha la que avanza. Una foto dentro de la foto. Humea el pucho, el sobrante de lo que fuera cigarrillo. Filtro con acaso de efímera sustancia. Humea en la mano derecha del hombre viejo. El hombre viste remera negra y pantalón negro. En ambos el trajín de los días. Se apoya contra una baranda de metal del frente de la estación, y fuma. Aspira profundo. Descansa. Se afloja la expresión en su cara. Chupa. Bebe de manera placentera. El hombre viejo en el viento. El humo en el viento.

 

La mujer lleva puesto un gorrito negro. Este recorte de vida. La foto. Sucede sobre la vereda de una avenida. La mujer levanta sus utensilios del dormitorio. Pliega y guarda dentro de un changuito. Trapos y cartones. Dormitorio a mitad de cuadra. Ocho y media de la mañana. La ciudad sucede a velocidad. Así hasta en la noche. Una mujer que lleva gorrito. A dos cuadras de Avenida La Plata y México. A dos cuadras de la esquina tapera que guarda el casco descolorido del México. Café de ayer. Alejandra, la moza, repite dentro de la memoria del bar el estribillo que usaba como amuleto para la vida: Qué se le va a hacer… Vieja foto de Alejandra dentro de la película del tiempo. A dos cuadras del refugio para fantasmas del México, una mujer que ya no es una piba y que lleva gorrito negro -insiste el click de esta escritura- levanta su dormitorio en la avenida. Hoy. En Buenos Aires.

 

Cansados. Sobreviviendo. Refugiados en el sueño. En el borde -el filo- de los tiempos que corren. De la ciudad cruel. Un hombre y una mujer. Ellos, los que descansan a principios de la mañana. El dormitorio bajo techo. El colchón para dos en la ochava. La encrucijada de barrio se presenta desierta. El paisaje a unas cuadras de La Plata y Cobo. Pasa un auto negro. Dentro del auto uno de los viajeros intenta dar testimonio del sueño de la pareja. Guarda en la memoria. Escribe la foto en el viento. En Buenos Aires. Hoy.

 

Desde la noche surgen como aparecidos tres muchachos jóvenes. Duermen en la mañana. Viven en la calle. Uno duerme bajo el techo de una parada de colectivos. Sobre el banco. Cuelga desde el banco de madera. Quizá la remera le sirva de falsa almohada. Otro muchacho duerme acurrucado contra la persiana de un comercio cerrado. Un tercer muchacho duerme a unos metros de los otros dos. Duerme dentro de lo que semeja una mordida en la línea de edificación de la avenida. Duerme como contorsionista, apenas tiene el lugar necesario para el simulacro. Los tres refugiados que llegan desde la noche quedan a la vista sobre Avenida La Plata. En cercanías del recuerdo del Viejo Gasómetro de la cuervería. En cercanías del predio recuperado por San Lorenzo, y que fuera usado como vacunatorio contra el covid. Sucede cada foto. Hoy. En Buenos Aires.

 

Ella en viaje. Blanca en canas. Bondi a velocidad por la avenida. Viaja sentada en uno de los asientos ubicados a la espalda del bondinero. La viajera lleva su mano izquierda a la altura de su cabeza. Intriga. Qué es lo que intenta hacer esta mujer. Qué es lo que hace. Parece sostener su oreja. La cubre como si doliera. La cubre como si pudiera caer al piso. Ojos bien abiertos. La mujer no mira por la ventanilla. No importa la mirada del pasajero. Viaja ensimismada. Reacomoda su mano izquierda. No deja ver su oreja. Su pelo tan blanco llega hasta el hombro. Se suman las cuadras. Aumenta el misterio. Qué es lo que hace la anciana. Hasta que al fin un movimiento la delata. Lleva en su mano. Con disimulo. Se sabe viajera de otro tiempo. Casi hasta de otro planeta. La mujer acerca una radio pequeña a su oreja. Nada de celular con cables. Una radio de ayer. Una radio para debajo de la almohada. Esa maravillosa magia. La radio durante todo el día. La mujer se va de viaje. En la mañana. En la ciudad de hoy.

La radio es mi única compañera. Día y noche. Programas elegidos a conciencia. Cuando supe al fin que la mujer que iba en el colectivo llevaba una radio chiquita apoyada en su oreja, la imaginé dentro de la imposibilidad de abandonar la escucha. Algo llegaba –sucedía- a través de la radio. Entonces jugué a imaginar que la mujer escuchaba lo mismo que yo había escuchado el día anterior a principios de la tarde. Ocurrió esta foto en Rosario. Un muchacho de unos 20 años, de nombre Ezequiel, había muerto. Cirujeaba con su carro cuando se le ocurrió cortar unos cables de la red eléctrica subterránea. Esa necesidad de llegar a unos mangos más. Esa tentación de Ezequiel. Y las consecuencias en un video parido viral. Ezequiel quemado. Nublado. Perdido luego de la explosión. Las palabras del convite (hashtag) en X: “uno menos”. Sí, dale que sí. Un chorro menos. Dale un “me gusta”. En la radio escucho la voz de Melina, que fuera maestra de Ezequiel. Escribió en las redes sociales luego de leer comentarios de muchos festejantes de la muerte. Melina escribió y sacudió el tablero: No quiero que lo recuerden así. (…) Era tan dulce y siempre sonreía. Yo no quiero que lo recuerden así. Estamos en deuda. Qué crueldad. Él tiraba de su carro, andaba cirujeando. El hambre no espera. Era tan dulce, tiraba de su carro. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Cuánto dolor. Entonces el eco llegó hasta algunas radios de Buenos Aires. Escucho las palabras de Melina, su mirada, su foto de Ezequiel, su escritura de los recuerdos. Guardé emoción y verdad en la memoria.

Ella, la mujer, blanca en canas, escucha radio en el colectivo. En una radio de ayer. Mientras ella viaja imagino que llega, se repite, la mirada clara de Melina. Cuenta el paisaje triste por donde Ezequiel empujaba el carro. Así el mientras tanto de miles de viajeros. Apenas un puñado de fotos en la urbana crueldad mientras el llanto, la palabra, la idea, la resistencia.

martes, 12 de marzo de 2024

Proyecto Boedo



En el buen viento de la vida solidaria. En estos tiempos tristes. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En el barrio y alrededores. Que no hay fronteras reales entre barrios. Sólo el amor a la pertenencia. Memorias. Viajeros. Casas, lugares, calles, esquinas. El amor a la identidad que se extiende y bosqueja los emotivos límites de los barrios en la pequeña gran historia de cada día. De mi barrio recordado hasta el barrio del otro. Porque la patria sigue siendo el otro. Y las circunstancias, de todos.

En el viento bueno de lo humano. De mano en mano. Entre desconocidos viajeros de la historia de todos. De la mano del vecino que atiende el localcito de la granja. Casi en una de las esquinas de San Juan y Treinta y tres orientales. De la mano del amigo Darío. Siempre dispuesto a ayudar al que necesita. Vecino, comerciante, sobreviviente y compañero. De su mano recibo una hoja de papel plegado. En la hoja un texto que ahora copio en una página del periódico Desde Boedo. Una publicación que hace 22 años se ocupa de contar la ciudad. Desde el barrio hacia los barrios. De contar los barrios donde los viajeros hicieron y hacen la vida durante “nuestro” mientras tanto.

En el buen viento de la vida solidaria viaja una hoja, una manera de decir las ideas, de entender el paso de las causas y consecuencias. Vuela la hoja, el texto, la ayuda, la mano, de Proyecto Boedo.

Un desplegable de papel simple. En la sintonía del blanco y negro. Compacto. Pequeño. Para guardarlo en el porta documentos. En cualquier bolsillo. La cartita de un amigo invisible cuando transcurrían los primeros tiempos de infancia. Una boca. Una bocota que es grito ilustra la portada. Interior negro. En letras blancas se lee: Recursero.

Acabo de abrir el Recursero de Proyecto Boedo: ¡Hola a todos! Somos una agrupación de vecinos trabajando con el objetivo de ayudar a personas en situación de vulnerabilidad social y en la resolución de distintas problemáticas barriales. Realizamos entrega de viandas, ropa, kits de higiene, tramitación de documentación y subsidios, y contención. IG: @proyecto.boedo / WA: +54 9 11 2597-4776

En la tercera página de la publicación: Teléfonos útiles:

#108 Atención de personas en situación de calle – información y orientación sobre adicciones – contención y asesoramiento a personas embarazadas – denuncias sobre desalojos – información sobre CIS (centros de inclusión social).

#144 Dispositivos de alojamiento, recuperación y atención a las víctimas de violencia doméstica y/o sexual.

#141 Para personas con signos de intoxicación producto de un consumo problemático.

Cuarta página para Ellas: Centro de Integración Frida: 15 de Noviembre 2317, CABA Tel. 11 4304-2524 o 11 4305-6014 Todos los días: Consultas médicas y salud sexual y reproductiva / Espacios terapéuticos (individuales y grupales) y apoyo ante consumo problemático de sustancias / Articulación con otras instituciones / Facilita la inscripción a los Centros de Primera Infancia (CPI) y promueve los controles de salud regulares / Espacio para dormir.

Quinta página para Ellos: Centro de Integración Monteagudo: Monteagudo 435, CABA Tel. 11 4912-3568 Todos los días: Consultas médicas / Espacios terapéuticos y apoyo ante consumo problemático de sustancias / Articulación con otras instituciones / Enfermería, medicación y curaciones / Almuerzo y cena / Duchas / Espacio para dormir / Asesoramiento y gestión de trámites.

Sexta página: Cómo colaborar con Proyecto Boedo

cafecito.app/proyectoboedo o comunícate con nosotros a través de: IG: @proyecto.boedo / WA: +54 9 11 2597-4776 y te contamos sobre todas las formas de ayudar.

Séptima y octava página: Violencia Institucional:

Ministerio Público de la Defensa: Lunes a viernes de 9 a 16 hs. / Teléfono: 11 7091-3388 / 0800 –DEFENDER (33 – 336 – 337) / violenciainstitucional@mpdefensa.gob.ar

Secretaría de Derechos Humanos: 0800-122-5878 / WhatsApp +54 911 4091-7352

Defensoría del Pueblo de CABA: Avenida Belgrano 673 / Lunes a viernes de 10 a 17 hs. / Teléfonos: 4338-4900 y 0800-999-3722 / consultas@defensoria.org.ar

Secretaría letrada contra la violencia institucional: México 890/92 / Teléfono: 7091-3388 / violenciainstitucional.defensoría@jusbaires.gov.ar

Ministerio Público Tutelar: Teléfonos: 0800 12 27376 / WhatsApp: +54 911 7037-7037

Asociaciones Civiles:

www.culturadetrabajo.org.ar

www.accionpsc.com

www.abrigarderechos.org.ar

www.fnv.org.ar

Las pequeñas páginas con su información se suceden sobre una cara del papel. En el reverso aparece una fotografía, un primerísimo plano, de Leónidas Barletta (1902-1975), un personaje notable del barrio de Boedo. De una Buenos Aires para los trabajadores. Escritor, dramaturgo, periodista. Hacedor del Teatro del Pueblo. El hombre de la campana, ese fue Leónidas. Fundador y director del periódico Propósitos. El grupo de Proyecto Boedo rescata su figura en su impreso con la siguiente cita de Cuentos del zapatero Artidoro: Es curioso el mundo, bella mía. Lo ponen a uno dentro de una jaulita sucia o dentro de una jaula dorada, es lo mismo, y le dicen: usted es libre.

Baldosas. Veredas. Esquinas. Bajo techos de ochava. De baldosas debajo del colchón o el cartón. El cemento de bajo autopista como refugio. Buscando la sombra. Para evitar la lluvia. No hay poema. Sin luz de luna. Sin estrellas. Así en el día. Así en la noche. Comunidad de viajeros jóvenes. Muchos cartoneros. Tantos puertos. Dormir sobre baldosas. Dormir en la calle. Vivir en la calle. La ciudad afila su maquinaria violenta. El carro, el bote, se detiene fuera del río del tiempo que todo se lleva. Por donde todo deriva. Al lado del viajero que descansa, los utensilios mínimos para la sobrevida. Los trapos necesarios. Las botellas con agua. Las bolsas. También los gestos. También el silencio. Lo necesario mientras sucede la jugarreta final de un sistema desbocado. Inmoral. En el barrio. En los barrios. En el todo. En la extensión de este mundo enfermo. Muchos son los viajeros que viven en las calles y avenidas de la ciudad.

Sucede entonces que en medio del desastre aparece un grupo de vecinos del barrio. Aparecen viajeros otros. No como los que vienen a llevarse el perro que acompaña a quien duerme en la calle. Sí, claro que sucede. En el sistema político de la ciudad respiran salvajadas varias. Entonces aparecen los buenos vecinos en el buen viento de la vida solidaria. Dan la mano. Necesidades varias. Gestos varios. Es ésta una de las posibles resistencias dentro del pogo del payaso asesino. Dentro del ideario neoliberal. Del horror del capital concentrado.

Es la mañana. Una más. Nuevo día. Así en el cielo como en la ciudad. En el país. En el barrio de Boedo. Camino y pensamiento. Porque la falsa libertad ya no avanza. Nació. Está. Venía naciendo desde la derecha. Avanzó. Giró. Venía girando bien a la derecha. La mayoría de la sociedad apoyó al payaso mesiánico. Ganador. ¿Lobo está? Claro que sí. El payaso dijo: la justicia social, esa aberración. Dijo el dios de mal trazo. Violento. Vengativo. Creído. Iluminado por el peor de los cielos. Maldad y oscuridad en su verba plena de amenazas y filos. Licuadora y motosierra.

Entonces, ¿el tablero donde los viajeros jugaban sus fichas? Una revoleada por aire y tierra. Una violenta patada sobre todo el tablero. Que todo viajero recuerde. Que todo viajero trate de guardar memoria. Por favor, que nadie olvide. Prohibido olvidar una vez más. Unidos los viajeros. Los vecinos. Proyecto Boedo con el otro. Con la patria. Estar. Dar la mano. Una manera de la resistencia. Un plegable de papel. Una simple fotocopia. Una página en el periódico. Un texto en el buen viento de la sociedad solidaria. La palabra. La idea. Pasa de mano en mano.


lunes, 5 de febrero de 2024

La maldad de "El tío Silas"



 Era pibito de barrio. Sucedió en tiempos en que fui pibito de barrio en Martín Coronado. Sentado en la escalera -que llevaba a la terraza de la casa- abrí la revista de historietas. Dentro de ella. Desde su buche –oscuro, silencioso, muerto- brotó, se subió a la tarde que avisaba lluvia cercana, la maldad del tío Silas. La escalera al techo era mi lugar -mi refugio- de lectura cuando el terror se hizo dibujo y palabra.

Elegía la escalera. Pegada a la medianera. Ahí permanece después de casi toda nuestra historia familiar. Su universo desagua en el patio del fondo. Rodeada de memorias. Pequeñas. Memorias de morondanga. Apenas murmullo de garúa. Alguna subida ansiosa en busca de un misterioso regalo que encontré en una nochebuena. Subir la escalera para ver cómo se elevaba un globo de luz hacia la noche. Durante mi infancia la entrada a la escalera presentaba una puertita baja de madera pintada de celeste. Desde hace ya una eternidad lleva puerta alta de chapa con llave.

En sus escalones la hojarasca de los días. Y un silencio de escalera. Y el terror causado por el tío Silas.

Subía en las tardes. Buscaba mi escalón. Cuatro antes de llegar a la terraza. Leía. Desde el principio de la historia llevo un libro en mi mano. Desde que aprendí a leer. Desde que desperté en una casa con libros. Sin embargo, y aun sabiendo que la escalera de cemento era el lugar elegido para ser en la lectura, no recuerdo libro alguno en la escalera. Es más, no recuerdo libros ni otras revistas. Cada vez que subo la escalera miro el escalón donde tantas veces agoté mis tardes de lectura. Pero de todo ese tiempo, hay en mi memoria una sola tarde. Con amenaza de lluvia. Cuando apareció el tío Silas.

Su aparición parece debida a una conspiración de magos. De repente estoy. Soy en la escalera. Y tengo en mis manos la revista de historietas. Era flaca en páginas. A color. No hay pista alguna de su origen. No recuerdo que mi padre me regalara historietas. Simplemente la revista estaba ahí. En mis manos. A punto de encender su maquinaria de miedo y maldad.

Negro. Azul. Celeste. Rojo. Blanco. Colores que regresan. La voz del narrador. En finas líneas negras, sobre rectángulos claros, el hacedor de las palabras acompaña el relato que pronuncia, ante todo, el dibujo. Porque el horror está en el dibujo. Luego de la presencia de los diálogos entre la maldad y los condenados, está en el dibujo el secreto primero del encendido de un mundo por demás oscuro. Un mundo donde todo es puesto en duda. Un mundo donde el contexto sólo dice la locura. Un mundo que está siendo desmembrado, aserrado con placer y fanatismo.

El horror entró paso a paso entre mis pensamientos. Anidó. Como al descuido.

Tiene sabor el horror, hoy lo sé. Sabor de tajo amargo en la boca cuando está llena de agua salada. Sé que el tío Silas, su maldad, el miedo, el portador del terror, nació con un primer temblor en las manos, las mías, las manos que sostenían la revista, las manos que, sin poder evitarlo, desean, buscan, de primera intención, la caricia de la vida. Aquel temblor fue incertidumbre fundacional. Una obertura que avisaba de la sima del horror. Y esa misma incertidumbre, veloz, mostró otro de los sabores del horror, la certidumbre de una amenaza que lamentablemente llega a destino. Un terror concreto que llega hasta el día. Sabor a trago de fuego y sangre después del tajo amargo.

Aquel miedo encontrado en la lectura fue, sin dudas, uno de los primeros en mi vida. Saqué la vista del dibujo. Puro susto. Terror el trazo. Terror en las palabras. Sí sabía el pibito que fui que un día sigue al otro. Entonces apareció la mirada volviendo a la página. A ver cómo sigue. Un primer gesto de resistencia. Pero el susto se hizo miedo, y el miedo: terror a partir del horror entrevisto.

Cerré la revista. Quedó sobre mis piernas. Pero enseguida, para asegurar la distancia, la apoyé sobre el cemento del escalón inferior. Una manera de protegerme. Una primera reacción. Me digo hoy que en ese ayer pensé o me pregunté sobre cómo es que el horror había sucedido. El pibito que fui volvió a abrir la revista. No una, varias veces. Recorría las páginas hasta una en especial. En ella la esplendorosa maldad del tío Silas.

Aquí está. Regresa en esta memoria. El tío Silas en la escalera. En una tarde de lectura. Antes de la lluvia. Aparece tan flaco. Tan alto. Aparece con cara de esqueleto. La cara tiene un tinte verdoso, el color de la enfermedad. Tiene ojos, el esqueleto tiene ojos. Tiene boca. Habla de violencias y horrores. También amenaza. En sus manos ronronea la muerte. En sus manos la muerte. Unos cuantos cabellos revueltos caen sobre la frente. Lleva sombrero de aparecido. Rojo, el sombrero es rojo. Sus brazos se extienden en el aire. Las manos como garras. Descarnadas. Asesinas. Amenazan salir del cuadro de la historieta. De la página. Manos ocupadas con un desafiante delirio, un grito que desgarra. Viste un saco largo de color azul. Solapa negra. Muy ajustado al esqueleto. Creo ver que en su pecho lleva la camisa desprendida. En su pecho transparente alcanzo a ver su corazón de hombre muerto. Sus pantalones son azules. Flacas y largas las piernas. Está vivo el tío Silas. Vivo él. Vivo su cadáver. Habla de odio y violencia desde el más allá. Amenaza el horror. El regreso del horror. El tío Silas avanza por la habitación. Detrás de él se ve, contra una pared, un viejo reloj. Grande su esfera. Un reloj con capacidad para medir el tiempo de todo un universo. Y tan grande su esfera como el mueble de madera que lo abraza. Lo contiene. Madera desde el piso hasta casi un cielo raso de puro abismo. Es un hombre alto el tío Silas. Porque el tío ha salido desde dentro del reloj. ¿Por cuánto tiempo el mueble había conservado el horror en su interior? Quién puede saberlo. Dos puertas abiertas de par en par en el cuerpo del mueble del reloj. ¿Era acaso el ataúd donde aguardaba el tío Silas la siguiente oportunidad para desencadenar el horror entre los hombres? El fin del sueño de vivir buenos tiempos avanza desde el buche de caoba. Trancos triunfantes. Y su risa enferma. Mientras tanto tiemblan mis manos. Otra vez. Ayer y hoy. La revista de historietas está abierta sobre mis piernas. En la escalera a la terraza de la casa de Martín Coronado. Mientras el horror sucede. Mientras la amenaza se hace realidad. Mientras tanto. Llega desde aquel día de infancia la sensación de un tiempo obsceno, de inconfundible color amarillo, goteante, susurrante, voraz, corrupto, asesino. Blanda. Roja en sangre la esfera del reloj que marca un tiempo de odio. Un tiempo sin poética que anuncia la amenaza de la destrucción.

Tuve miedo cuando me temblaron las manos. A ese miedo regreso por distintas sendas, distintas señales que convocan desde el sueño. Pero también desde el día y la noche sobre el barrio, la ciudad, el país. El miedo como disparador para el viaje al miedo de ayer.

Vuelvo a la escalera. Me siento en mi escalón. No leo. Me digo que un tío Silas siempre está enredado en el tiempo. Es parte del paisaje. Los satélites Fobos (miedo) y Deimos (terror) siempre giran alrededor de Marte. Como si fuera calesita. En todas las plazas del universo. Ellos esperan una oportunidad.

Porque tuve miedo vuelvo a la escalera. A terminar con la pesadilla. Desde que cerré la revista por primera vez. Para conjurar el miedo. Para contemplar el paisaje. Para resistir. Resistirme. Y volver a mirar, a buscar en la historia. Otra vez la amenaza. Vuelta a empezar. Anduve triste todo el resto del día. Sabiendo del estante donde había quedado la revista. Pensando en el miedo. Sabido es que el susodicho no es zonzo. Y puede crecer como enredadera y llevar a sus enamorados hasta el muro donde el terror copula con el horror.

A terminar una vez más con la pesadilla. Mientras me pregunto si aquella historieta que leí en la infancia era una adaptación de la novela El tío Silas (1864) de Sheridan Le Fanu (1814-1873). Aún no lo sé. Novela que nunca leí, pero que ahora leo mientras vuelvo al miedo aquel cuando el horror se hizo en la escalera. Un regreso para saber, una vez más, que existe la posibilidad de una aparición amarga. Y que siempre la esperanza abre la puerta que lleva al tiempo de lo sencillamente humano: la tan necesaria felicidad. Una resistencia.

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Paisaje desde el puente



Elijo el tipo de letra. El tamaño de la fuente. Ojalá que el paisaje aparezca bastante justificado. Aire entre líneas. Párrafos al viento. Insertar números de página. Apenas un puñado de saltos para contar este paisaje donde se ahoga el día. Inicio esta tinta a finales de noviembre del año triste. El 23, uno más. Trato de subir, aferrado a mis almas, al puente. Desde todos los que soy, escribo mientras pienso en “nosotros”.

Escribo pidiendo permiso. Casi que me obligo a decir, a decirme. Tanto miedo. Un destino de condena. No importa el destino personal. A esta altura de la novela propia, ya no. Mi cuenta regresiva, ya no. Importa la historia triste de los otros. Porque la patria -con todos los pifies y desencantos que se puedan enumerar- sigue siendo el otro. Un pelotazo en la boca del estómago me llega desde una mañana de infancia. Quedo sin aire. Una eternidad sin aire. Y entonces, cómo decir el mal del espanto. Porque ellos. Los ellos han regresado. Cuchillo y tenedor a la mano para iniciar el desquicio. A degüello, a degüello, la flecha indicativa de estos tiempos. Resulta más fácil el tajo que trepar al árbol soñando, sumando en la esperanza. Cuchillo y tenedor, y motosierra.

Y sin embargo la esperanza. Anoto, pero me cuesta. Pienso en la esperanza que guarda toda resistencia. Es un deber. Un derecho. Visito ideas. Escrituras. Memorias. Escucho. Decirme y decir a otro que pueda ver en el desastre que viene. El futuro ya llegó. Un viejo desastre parido en la dictadura, y renacido en los 90 para todo consumo. Un desastre acentuado. Porque de dos desastres venimos. La toma de deuda destructivista del signo de amarillo, y después el más puro chamuyo de la albertencia.

Una intención a la vista. Declamada a todos los vientos. Palabras claritas durante toda la campaña de los habitantes del cuartel que guarda tropa a la derecha del dial. Esta vez nadie puede exhibir como atenuante que el arte de la mentira del maligno rey de amarillo ensució la cancha. En la encrucijada, los esbirros del poder económico, declararon intenciones. A la vista los dientes. La amenaza. La violencia física. La primera violencia en la palabra. El odio. Nadie mintió en esta vuelta de calesita sin sortija.

Es la vida una realidad sujeta a las tormentas, los desbarajustes, que el capital origina para reacomodar moneda, poder, y escenario acorde a su intención. Lo dicho, en esta vuelta de ruleta rusa que toca al país, nadie mintió. La esperanza tiene que ver con tener cinco casilleros libres, y uno solo ocupado. Ahora, qué sucede cuando el seis luces lleva tambor completo. De primera reacción, el espanto. La pregunta. Por qué se permitió que se abriera la puerta de casa a semejante amenaza. Por qué sucede lo que sucede. A quién beneficia. ¿Es que una sociedad puede ser suicida? Mayormente, me digo, casi todos, tenemos memoria de cada una de sus malas intenciones. Es maligna palabrería que ya ha sido escuchada, leída. Ya se ha cobrado víctimas. Ha dejado el país en ruinas.

En la memoria sabemos que fuimos derechos y humanos. Que las Madres. Que la Plaza. Sabemos del horror en Malvinas. Sabemos que una vez la democracia. Que hubo juicio a las juntas militares. Que el escritor oficial dio forma comestible a los dos demonios. Que el punto final y la obediencia debida. Que el miserable de Anillaco. Que el 2001. Que los monstruos de siempre. El helicóptero. Sabemos que casi no quedaron fábricas. También sabemos que un presidente pidió perdón. Que bajó los cuadros de los dictadores. Sabemos que el rey de amarillo arrasó la patria. Que después de abrir la puerta volvieron los mensajeros de nueva deuda. Sabemos que después llegó el chamuyante a mantener en su lugar los restos del naufragio. Sabemos que el poder judicial tiene dueño. Que la bala no salió. Sabremos que una motosierra no ronronea, sino que escupe violencias. Las nervaduras del odio. Sabemos, me digo. Pero también me digo que, desde hace unos años, la memoria viene de evapore sostenido. La inflación salvaje evapora memoria. La desesperación evapora memoria. La velocidad evapora memoria. Los precios del mercadito chino evaporan memoria. Las albertencias durante cuatro años evaporaron memoria.

Pienso en una sociedad donde la mayoría de sus habitantes ha sido reiniciada, acentuada. El acento en la ansiedad por el consumo. Por tener, por sobre todo en este mundo, lo mío. Lo que me corresponde. Aquello que necesito ganarme con decisión. Hay caripela de derrota. Están ganando aquellos que practican el egoísmo y la codicia. Personas a las que ya no les importa nada ni nadie. Durante noches de terror se ha ido perdiendo el mejor costado humano, la buena intención, la solidaridad. Es verdad, no todos, pero hay que saber que hoy los acentuados en las distintas sintonías de la velocidad, suman y comienzan a establecer mayorías. No es el país. No es sólo la región. Es todo un mundo que cambia de bordada, y se aleja de lo que podría ser una vida solidaria. En la lejanía el frenesí por el bolsillo del distraído útil que no sabe que el poder económico y sus secuaces lo han transformado en militante de la derecha. Sabemos de los grandes medios de comunicación. De propaganda. Lo dicho, sabemos del poder judicial. Sabemos que siempre están los que especulan con el dólar y los precios de los alimentos. Sabíamos de votar al verdugo amarillo o a cualquier esbirro de la oscuridad. Dicho sea de paso, la oscuridad es una, y siempre amenaza desde el mismo lado. La oscuridad de Mordor queda al extremo de la derecha. Los orcos llevan gorra y falcon. Un verde que mata esperanzas. La maligna oscuridad pertenece, desde el comienzo de los tiempos, desde allá por Mayo de 1810, a Mordor y sus variados disfraces.

Escucho radio. También el silencio. No veo cine. Tampoco tv. Desde mi lejanía renuevo imágenes en la memoria. Leo. Soy uno más en situación complicada. Sobreviviendo entre tajos gruesos. Antes estaba más atento al quehacer político de la vida en el país. No es que haya abandonado ideas. No. Pero la desesperación, la incertidumbre, el miedo, la velocidad, fueron desconectando una atención más comprometida. Aun así pude resistir. Pude seguir siendo en mis ideas. Pero pienso en tantos que no tuvieron la posibilidad de seguir siendo. Por tantos que se subieron sin poder preguntarse por el violento que hacía su show por tv. Por tantos que salieron un domingo fatídico con todas las ganas de simplemente patear el tablero. Por tantos a los que se los lleva puesto el odio. Un poema triste sería sumar las causas que nos llevaron hasta el nuevo presidente. Ni hablar del gabinete de ministros. Muertos vivos no queridos que están de regreso. Si fui nazi, pido disculpas, dijo uno de ellos.

Hay tanta amenaza de ajuste económico. Tanto es lo que descalabrará la religión del mercado. Pienso en el precio de los alimentos. En los servicios. Lo por venir también es despido de trabajadores y achique del Estado. Hay que sufrir, dijo la libertad. Los caídos, llamó -me llamó el mandamás- a todos aquellos que se muevan cercanos al último palo del gallinero. La casta va a pagar. Mentira, pagarán con sus días los que siempre pagaron. Es la única mentira. El pago de todo aquello que choquen, será del pueblo. Otra vez sopa. Una sopa espesa y malsana, rebosante de consecuencias.

Escucho radio. Escuché por ahí a algunas voces jugando a la crítica a lo por venir. Pero no sin antes sonar políticamente correctas, limpias, impolutas, y afirmar que ¡ojo!, ojalá que le vaya bien. No. Error de errores. No quiero que le vaya bien al míster de la motosierra. Porque si a él le va bien y hace lo prometido, habrá millones condenados. Él es uno de los ellos nacidos para la codicia en una religión salvaje: el capitalismo de estos tiempos. En cambio, nosotros, el pueblo, nacimos para encontrarnos dentro de una vida justa y digna.

La mayoría votó el pogo del payaso asesino. El pogo frente a las urnas donde los escombros del país.

Incertidumbre. Tristeza. Asombro. Espanto.

Esperanza. Conciencia. Calle. Resistencia. Memoria.

Decir, decirme desde el puente de la escritura. A manera de resistencia. De seguir siendo en el otro, la patria.

  

viernes, 8 de diciembre de 2023

Mirar desde el puente



Me gusta mirar desde los puentes. Desde las maravillosas bondades de los puentes. Puente peatonal sobre el asfalto. Simple. Cotidiano. Personal. Íntimo. Puente sobre las vías ferroviarias. En sociedad. Mirar desde el puente mientras pasa el tren. Allá abajo, en el cauce. Tiembla el puente. Tiembla el hombre que mira. Tiemblan los viajeros en el tren. Me gusta mirar desde los puentes. Pasados y presentes. Sigo viendo el viejo barco de río sobre la tierra. Escombros a metros de la orilla del río ancho visto desde el grande puente. Lo sigo viendo. Una manera de regresar en el sueño.

Recuerdo los puentes de madera en algunas esquinas del oeste de la provincia de Buenos Aires. Los días de lluvia. Cuando se inundaban ciertas encrucijadas. Como la esquina de mi casa de infancia. El asfalto terminaba en beso con la calle de tierra. Detrás de la calle, el alambrado avisando terreno del ferrocarril Urquiza. Luego el terraplén y la vía que lleva el tren. Que lleva a los viajeros de la vida. El asfalto se hacía río, y pileta hasta la media cuadra. Inundados los patios, las casas de los vecinos. No había dónde llegar. En esa esquina nunca hubo puente. Sí lo había a unos doscientos metros por el caminito que bordea la vía y acerca hasta la estación de Martín Coronado. Desde ese puente veo señales de la infancia. Captura renovada de renacuajos y ranas. Otra vez a cortar cañas para hacer barriletes. El pequeño cañaveral al costado de la vía. A metros del puentecito de durmientes. Así lo llamaba el piberío: el puentecito. Fijo sobre las aguas sucias de la zanja que pasaba bajo las vías. Y que venía del siempre acechante otro lado de la vía. Un túnel amplio de cemento que invitaba al juego de esperar el paso del tren. Nosotros, los pibes, dentro del túnel. Estruendo y griterío. Todo un desafío. Un triunfo. Me vuelvo a ver desde el puentecito. Ahí estoy, entonces me anoto en esta memoria. Desde pibe dentro del túnel. Pasa el tren. Y sin embargo, no grito. Apenas miro desde el puentecito. Digo que siempre estuve en el túnel.



Retorno hasta una foto de mi amigo Eduardo Noriega. Una foto tomada en algún lugar de la provincia de Buenos Aires. Eduardo se ocupó de retratarla muy bien. Foto con una línea de grandes árboles a la izquierda del cuadro. En medio de lejanías de campo sin elevaciones. En el centro de la foto un riacho de ancho modesto. Da la impresión de haber sido dibujado en el paisaje por un pibe. Sus orillas sugieren el corte de la mano del hombre. A pocos pasos de Eduardo. En el centro de la foto aparece un viejo y destartalado puente casi tocando el agua. Puente de hierros retorcidos. Oxidados. Casi olvidado. No es de gran tamaño. No parece estar fijo en el terreno. Apoya en ambas orillas. Sobre la pura y simple tierra pampeana. Refleja aún sobre el agua. Casi un fantasma perdido. Un puente sin memoria. Sin presente. Un puente quebrado. Sin trabajo. Perdido en medio de la soledad. Ajeno ya a todo murmullo. Un mundo que fue. Que ya no será. Un puente donde la derrota dice y llora.



El fotógrafo Eduardo Noriega -desde hace poco más de un año uno de mis buenos fantasmas- tomó la imagen de otro puente para un final. Otro regreso al click de lo que fue y ya no será. Esta vez en la ciudad. Puente Alsina. Sobre el Riachuelo. Un hombre mayor camina por su tramo de la vida. Lleva una vieja bolsa de mercado. Ya hizo las compras. Camina por el puente sin prestar atención a las lejanías de Riachuelo que se eternizan al fondo del cuadro. Camina el hombre, en cotidiano oleaje, hacia el interior de la maquinaria del tiempo. A su derecha comienza el trazo de hierro en la estructura del puente. Rectas y curvas. Piezas de un reloj sin tapa. A la vista. Para mejor ver y decidir con las herramientas que supimos conseguir. Libertad en el tiempo cuando toca comprender desde el puente. Cercanías y distancias. Sucedidos y olvidos. En el viento el destino que dice encrucijadas. Mirar desde el puente. Ser uno mismo y todos en el puente. Una mirada que puede nacer la idea. La esperanza. Una historia que contar. Otra vuelta de la calesita, siempre que quede recuerdo de nuestro pibe, ese que fuimos ayer nomás.

En la ciudad del rey de amarillo elijo aguardar, esperar, soñar, que cada vez que cruzo el puente sobre las vías, el bondi se detiene. Siempre voy en busca de esta magia urbana que ofrenda el tránsito para quien guste del juego. Pero claro, no siempre sucede. De vez en cuando la trampera retiene al bondinero sobre el puente. Entiendo entonces que estoy en el lugar indicado dentro del universo de la urbanía. Todo el movimiento sucede en un minuto. La mirada a través de la ventanilla. La mirada que llega hasta la vía. Justo en el preciso momento en que pasa el tren. Veloz. Ansioso. Repleto de viajeros. Los viajeros repletos de almas. Todo un pueblo. Cada vez que soy testigo de su paso. Desde el bondi. Desde el puente. Cada vez me siento presenciando un milagro. Una anunciación del destino. Un toque de suerte para mí. Para todos los otros que somos la patria. Una sortija en la calesita de los días. Un guiño en el ojo de Dios. Es cuando pienso con mayor claridad que estoy mirando desde el puente, desde uno de los puentes desde donde garúa la novela propia de cada vida.

Un hombre es una comunidad. De almas. De comarcas. Territorios. Tierras de nadie. Lugares impensados. De casilleros. De cajoncitos de secretaire. De papelitos doblados. De recuerdos. Cada hombre con sus ingredientes. Sus tiempos. Cada hombre es a través de sus utensilios. Sus herramientas para decir. Mucho. O poco. En los movimientos cada hombre. En sus elecciones. Una comunidad. Un puñado de personas, bien que lo supo el amigo poeta Fernando Pessoa. No soy complicado, pero sucede que contengo una docena de almas simples, recuerdo que anotó el escritor Gesualdo Bufalino. Tarde o temprano aparece la tentación. Cómo encontrar el aroma de nuestra identidad. Quizá todo pueda suceder cuando se mira desde un puente.

Anoto que sigo visitando un momento de feliz misterio en la infancia. Me gusta regresar a la tarde en que guardé en la memoria a Landucci sobre el puente. Desde el puente que hacía posible ser en el juego sobre una cancha de fútbol. Tenía diez años cuando junto con mi papá tomamos el 63 en Federico Lacroze. Domingo 3 de septiembre de 1972. Pie a tierra y caminar hasta Gavilán 2151: Estadio de la Asociación Atlética Argentinos Juniors. De vez en cuando se producía el domingo en canchas cercanas a casa: Atlanta, Ferro, Argentinos. Recuerdo el pancho del entretiempo. El sabor de la felicidad. La familia es hincha de Independiente, pero el estadio del Rojo siempre quedó lejos. Aquel día vi la cara de Landucci. Flaco, alto, con una pegada notable en fuerza, distancia y dirección. Sacó un balazo de media distancia. Disparo rasante, a apenas unos centímetros del césped. Estábamos junto al alambrado. El disparo de Landucci se estrelló en la base del poste izquierdo de Antonino Rodolfo Spilinga, el arquero de Argentinos, y rebotó hacia ese lateral. Spilinga se había estirado cuan largo era, pero no llegó. Fue en ese momento que vi cómo Landucci giraba sobre sí mismo, y daba la espalda a Spilinga. El movimiento me permitió ver la expresión de su cara. La sonrisa, inolvidable. Su felicidad. A Landucci pareció no importarle la autoría, me digo. Pensaba en el equipo. Alguien había disparado el cañón sobre la base del poste de Spilinga. Alguien, uno entre los otros jugadores. Como si quisiera conservar el lugar del que mira desde el puente. De aquel domingo no recuerdo los dos goles de Ciccarello, un jugador admirado. Rosario Central perdió 3 a 0. Siempre recuerdo el sablazo de Landucci. Fui yo, fuimos nosotros. Una mirada desde puente, una manera de ser, de encontrarse en uno mismo y en todos. Una mirada o una voz desde el puente. Mientras tanto pasa el tren con los viajeros. Mientras tanto en la vida se trata de darse pases adentro, entre las almas, y afuera, con los otros. Una patria bien puede entenderse como un equipo de muchos mirando desde distintos puentes. Respirar en la claridad de la altura, por más que la sonrisa de la mirada pueda pegar la pelota en el palo. Es el encuentro con el intento del pase. De compañeros en la jugada colectiva. Una canción, un poema, una brevedad de la memoria junto a un deseo. El juego del pensamiento desde nuestro puente. En comunidad. De no mirar desde el puente, será el rey de amarillo quien nos cuente nuestra propia historia.

 


miércoles, 8 de noviembre de 2023

Día de perros



Febo asoma. La ciudad despierta. Las huestes de la vida en las calles. Cada uno de los viajeros atiende su juego. Continúa el giro urgente de Antón Pirulero. Pero cada vez hay menos música. Un trompo/tiempo de perinola. Mientras la mayoría pone, un grupo salvaje toma todo.

Ciudad apariencia. Maquillaje presto. Velocidad. Brillos para montaje. Bulla que desdibuja.

Áspera. Anónima. Sorda. Codiciosa. Raspa. Duele la ciudad que despierta.

Pateado. Violentado cada día es el grande hormiguero.

Una caja, despegadas sus juntas, extendida sobre la vereda. Bajo autopista. En una esquina. En un reparo. Arrugue. Parecita. Bajo marquesina o alero sobre entrada amplia de edificio. Un hombre joven. O un muchacho. Una vida sobre el cartón cuando llega la noche. El cartón en el contenedor para la basura. Aquello que sobra. Y que cada vez se ve menos. Invisibles en la repetición. Estar de cada día. No se trata de un hombre solo. Miles en la ciudad. Los menos sobre colchón sacado de la basura. Los menos con un trapo para cubrirse. A un lado de la cabeza los restos de la cena. Botella con un poco de agua. Bolsa plástica con facturas de ayer, cuando tal vez la vida se parecía a la vida. Será descanso amanecido sobre cemento. En el viento el urbano silencio. Mudos los que no ven. Mudos casi todos los testigos. En el piso. Dormidos o despiertos. La quietud como condena. La espera. La vida que evapora. Noche y día. Memoria que evapora, que gotea y evapora a metros de la orilla seca de la avenida.

Un hombre toma mate. Es de mañana. Acaba de comenzar su día. Está solo. Toma mate solo. Su ropa presenta el roce que provee la situación de no vivir bajo un techo. Hace tiempo que vive cerca de la esquina. Por las mañanas toma mate. Solo. En la ciudad. No es hombre joven ni muchacho. Entrecano su pelo.

Casi invisibles los carritos cartoneros. Botes pobres en el río de la ciudad. Cartones al viento. Un par de ruedas en giro. Un hombre que tira del día. Joven o viejo. Será hombre que abisma desde el borde del contenedor. Lleva en mano un bichero terminado en gancho, en curva, en signo de interrogación. Abandona el cemento mientras se balancea sobre el filo del contenedor. Como si nadara en la profundidad de la historia. Bichero en mano.  Un intento. Otro más. Abismarse. Poder con el abismo. Volver a la tierra con algo en mano. Volver al cartón. En la calle de barrio. En la avenida. Un carro cartonero. Uno más. Por momentos a la vista. Invisible en el después. Se acerca la noche. El botero en su carro no vuelve a su territorio. Quedo y silencioso en el río de la ciudad. Hasta mañana. Haciendo puerto en una orilla. Pasa el tiempo mientras se seca la noche. Con suerte cartón del grueso sobre la vereda, y un trapo alguna vez sábana. Llega la alta noche. Silencio y quietud. Un recuerdo de noche abandonada. Sucedía cuando los tiempos de la pandemia.

Una seguidilla de fotos que muestra el paisaje injusto de la vida en la gran ciudad. Y sin embargo, en medio de la condena, la herida, el espanto, la vida parece aferrarse al cemento. Un perro negro -de largo pelaje apagado- acompaña a un hombre joven. Cada día a su lado. Límite de Boedo. Por Avenida La Plata el viento. Hombre y perro en la calle. Contra una pared. Una repetición que aumenta la presencia. La felicidad parece posible cuando en medio de la velocidad urbana sé que hay un hombre y su perro. Juntos. Solos. Juntos en la felicidad de estar juntos. Me descubro. Soy feliz testigo. En determinados momentos la felicidad de las criaturas es posible. Pienso. Me digo. El sueño de una ciudad amiga. Una urbanía para todos.

Lo vi por primera vez en días de la pandemia. Por las calles desiertas del barrio se ganaba el mango un paseador de perros. Se acercaba. De frente. Unos quince perros de distintas procedencias. Variopinto el ramito de personas caninas. Camina en dos patas. Flaco. Alto. Joven. Lleva un gorro de abrigo. Lo adivino de cuero. Lleva gorro de cuero con grandes orejeras. Grises. Clara apariencia de orejas de perro. Peludas por dentro y por fuera. Gruesas. Explícitas. Orejas de gorro de libre balanceo en el viento. Descubro su hocico. Una sonrisa que pinta inmóvil. Veo los dientes. A la vista los colmillos. También la lengua roja. Los bigotes. La certera perspectiva de un artista del pincel. El paseador de perros respetuoso de aquellos tiempos de pandemia, lleva colocado un original barbijo. El paseador de perros lleva gorro y barbijo intervenido. A pesar de la sorpresa ante el descubrimiento, reaccioné a tiempo y me corrí hasta el cordón. Unos quince perros pasaron a mi lado. Dieciséis, si cuento al guía. Mientras pasaba el perrerío noté que el grupo paseaba a gusto. En felicidad. Entre semejantes. Entre otros. El guía parecía feliz en su quehacer mágico. Felices, en estado de alegría, parecían las personas caninas. Fui feliz, lo soy, siendo testigo de aparición tan venturosa. Ocurre que en muchas mañanas, mientras camino el barrio por Mármol, Treinta y tres orientales, Tarija, Constitución, me cruzo con el feliz paseador de perros felices. La felicidad también camina por el barrio.

Siento que el barbudito me mira a los ojos. Sobre Mármol, en una esquina. Un paseador de perros. Personal su manera de pasearlos. Él sentado y apoyado contra la persiana del local de la ochava. Cuatro perros. Uno, el más viejito, pelaje oscuro. Dos perros chicos, petisones, blancos manchados de grandes toques marrón claro. Hermanos tal vez. Hay días en que falta uno de ellos. El barbudito completa el número de cuatro perros en la esquina. A media mañana el lugar ofrece sol y sombra. A elección. El barbudito es de un beige claro. Obvio lleva una barba en finas hilachas desde su hocico pintado de canas. Desde que nos descubrimos, me llamó la atención su mirada, los ojos. Bondadosa con un toque de melancolía. Un feliz memorioso de los días. Una persona canina transmite alegría desde su estar en un paisaje de esquina de barrio. Está quieto. Otea en su mientras tanto. Otea desde su profunda mirada. Ojos esperanzados sueñan los buenos fantasmas de la poética urbanía. El barbudito me ve. Entonces nos miramos. Decimos. Estamos. Ambos alegres. Somos en una calle de barrio. Sucede también en Boedo. Tantas las historias que se guardan en el barrio.

Teo es un galgo. Garúa de finos trazos grises y negros sobre manto blanco. Perro que viene desde un grabado. Camina al lado de una mujer. Se acompañan. Los veo a veces. Los sábados. A media mañana. Teo se acerca e invita a la caricia a todo aquel que acepte el convite. No olvida a quien lo acaricia. En un momento del destino del día fuimos, nos encontramos, en la caricia. Piensa Teo, así adivino. Hablan sus ojos. Hay también en su mirada un toque melanco. Imagino que ladra mientras acompaña desde la memoria. Teo se detiene en la vereda. Espera a la mujer que tanto quiere, y que tanto lo quiere. Compañeros en la vida.

Todo sucede en el barrio. En la ciudad. Felicidad y esperanza. Abismo y sufrimiento.

Sin embargo, la alegría.

Imposible descartar la culpa. Sentirse contrariado en este día ¿de escritura con mirada liviana, tal vez demasiado edulcorada? Pero digo, me digo, que una foto no anula la otra. Una al lado de otra para mejor contar la vida. Estos días de ciudad salvaje. Ciudad amarilla. Quizás este decir trate simplemente de escribir el aire que necesita cada destino. Dejarse llevar por un sueño junto al otro, en buena comunidad. Barrio es la vida del otro. Escribir el aire que necesita cada calle, cada día y noche en el barrio, en la ciudad. Escribir aire porque el paisaje se siente, cada vez, más extraño. Se hace lento y pesado, sin sentido. Lleva aire de derrota. Entonces, tal vez, y otra vez anoto que tal vez, hoy escribo el aire que a veces encuentro en la mirada de las personas, el aire que a veces encuentro en la mirada de las personas caninas. Felicidad, alegría, esperanza que salve la vida de todo un pueblo. Escribo: la felicidad de dejarse llevar por un mismo sueño junto al otro.