Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 22 de mayo de 2017

Pájaros muertos

Domingo. Preparaba el desayuno cuando escuché un choque violento contra uno de los vidrios bajos de la puerta-ventana. Dos pájaros agonizaban sobre el piso. Muertos. La violencia del impacto me descolocó, cuando vi los pájaros en el piso me ganó la pena. Sangre. Junté los cuerpos casi sin respirar. El agua lavó los trazos del rojo. Cerré la puerta-ventana, y miré hacia ella desde afuera, en ese momento de sol y felicidad de día que parecía tan claro. Vi que sobre el vidrio se reflejaba, como si de sueño maravilloso se tratara, la continuación del jardín que tenía a mi espalda. El jacarandá joven y el espinillo estaban detrás y delante del observador. Dos pájaros engañados por un artificio de construcción. Perder la vida por rebote contra la realidad a la que los llevó el engaño. Volaban distraídos, pienso, sin tanto compromiso con el arte de la atención que aconseja todo vuelo en esta tierra confusa.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Luminoso Boedo. La aventura de Antonio Zamora y su editorial Claridad de Mario Bellocchio

Se hace nueva eternidad el puñado de años que me tiene a distancia de mi Boedo, de mi Buenos Aires: las coordenadas emotivas que señalan el centro de mi universo y memoria. En esta nueva eternidad, porque la vida no es más que una sumatoria de estas damas de límites certeros, llegué hasta otra galaxia, también recostada sobre un río, la ciudad/río de Gualeguay. No sé cuánto tiempo hacía que no visitaba mi barrio, la patria primera, que no vestía en presente mi esencia de homo boedensis para luego poder ser homo porteñensis, categorías absolutas acuñadas en la fragua urbana del amigo poeta Rubén Derlis.
Y entonces hoy, ahora, estoy de regreso desde mi más allá de chacra gualeya, vuelvo siendo medio fantasma para saludar afectos; vuelvo al café, a las calles que me nacieron por segunda vez.
Volví a nacer en Boedo. Se lo escuché decir al poeta Ricardo Maldonado de Nogoyá, Entre Ríos: el hombre nace dos veces, cuando la mujer, la madre, y cuando las circunstancias de la vida fundan su identidad. Digo además que vuelvo al barrio donde mi viejo se hizo hombre, y entonces vuelvo a la memoria toda. Y digo también que no puede haber mejor regreso que este, porque hoy, mi amigo Mario Bellocchio, presenta su Luminoso Boedo La aventura de Antonio Zamora y su editorial Claridad.
La publicación de este trabajo es un escalón que el quehacer de Mario, como trabajador de la cultura, merecía desde hacía tiempo. Es algo así como una pincelada decisiva dentro de su compromiso con su identidad como hombre, y como habitante lúcido de su lugar de pertenencia, su aldea. No voy a entrar en detalles de la obra. Sí, voy a decir, que esta cosecha necesitó de tiempo de cocción, una de esas eternidades que a veces nos tocan en suerte, tiempo que va desde el momento en que despunta el impulso, la idea, hasta el tiempo necesario para llegar al día en que se consignó la primera línea. Y después el tiempo del tránsito, el laburo en amigable soledad. Mario es de esas personas que sabe del trabajo, y que sabe disfrutar de su mientras tanto. Es un trabajador a conciencia que habita el mundo usando varas altas. Nunca se lo pregunté, pero lo imagino uno de esos hombres que se miran, cada mañana, en el espejo del baño para buscar y encontrarse con el tipo que no defrauda a su comunidad de almas. Se asegura de que todas ocupen su puesto, y arranca hacia el compromiso con el día.
Así trabaja desde hace una eternidad, otra más, en su periódico Desde Boedo: que es un lugar, un espacio/tiempo, una memoria llena de afectos, un amigo de papel que nunca se abandona; anoto esto y pienso en los amigos Carlos Caffarena y Diego Ruiz, que desde la memoria, siguen de buena compañía en el Desde Boedo, esta patria interna que también es barrio y obra nacida por Mario Bellocchio.
Digo que este mi regreso es perfecto porque mi amigo funda broli de chamuyo histórico, funda historias escritas con palabra sincera. Y además es libro que cuenta de los días de otro habitante de Boedo, el señor Zamora: un hacedor. Pienso en detalles: un hacedor contado por otro hacedor. Cada uno en su eternidad, y los dos en un mismo barrio.
En Desde Boedo aparecieron las primeras pistas del trabajo de Mario sobre Zamora, es que tanto tiene de fundante en nuestras vidas de colaboradores la presencia del periódico. A esta altura de la ensalada pienso al susodicho de papel, tinta y palabra como alter ego de mi amigo. Ellos: los abrazados en la memoria del barrio. En sus páginas se fundaron algunos de mis libros; la historia de mi escritura, mis horas como trabajador de la cultura, mis patrias internas, agradecen la oportunidad ofrecida por esta eternidad alumbrada en almas memoriosas.
Crecí como escritor y periodista, y fui mejor persona habitando el Desde Boedo, desde aquel convite de Derlis y Mario en un sombrío 2001. En todos estos años, ahí estuvo el Dire: apoyando, alentando, dando la mano sin que se la pidan; siendo humano, siendo cada vez ese hombre sensible, apasionado, tan cercano a la lágrima y, también, por qué no, a la calentura frente a los que solo se mueven porque los lleva el viento. Mario es uno de esos tipos de verdad que tuve la suerte de conocer en esta: mi eternidad hecha de eternidades.
Mario Bellocchio es un vasto y querido lugar de mi memoria, un maravilloso puñado de buenos recuerdos; y lo bien que hace contar con su presencia. Y este hombre además escribe, y lo hace bien, por más que él siga llamando a su escritura “garrapateo”, porque es un tipo respetuoso ante el trabajo del otro, y esa es otra de sus bondades: puede disfrutar de la escritura del otro, de su crecimiento, y puede decírselo sin problemas. Porque a Mario le importa el hermano que se esfuerza, le importa su destino como hombre. Me unen con el Dire muchas puntas, una de ellas es que nos importa mirar y acompañar al otro, que es sinónimo de patria.
Junto a mis amigos: Rubén Derlis y Mario Bellocchio
Casi a mano alzada, utilizando mis herramientas: la mirada, la palabra y la memoria, anoté esta serie de coordenadas emotivas. Traté de esquivar toques edulcorados, espero haber tenido éxito, y si se escapó alguno, sepan disculpar, vengo de regreso desde mi más allá de chacra gualeya, medio afantasmado, y justo vengo a caer en una noche de suprema felicidad. Y a la felicidad no hay que descuidarla, hay que estar atento a los recreos que prueban su existencia. Hace unos días, mi amigo, y vecino de calle de tierra con mucho verde, Luis Curvale, me dijo: La felicidad se come a pedacitos, como las rodajas finas de salame. Lo anoté al lado de una línea propia: A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero. Entonces brindo por esta, nuestra felicidad de ahora mismo, y por la felicidad de mi amigo.
Hasta aquí mi palabrería.

Hasta la memoria siempre, que es una victoria.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Una memoria para Diego Ruiz

Ante la muerte de un buen tipo como Diego Ruiz, ante la muerte de un amigo, de uno de los compañeros de espíritu dentro del gran espíritu llamado Periódico Desde Boedo -esa presencia que, desde la tormenta del 2001, llegó a nuestro barrio de la mano de su nacedor: Mario Bellocchio-, decido escribir. Ante la muerte de un buen tipo, la máxima distinción a obtener en esta vida, digo que decido seguir el impulso de escribir, o de escribirlo, o de escribirle, o de escribirme porque definitivamente estoy triste; anoto que soy impulso en este momento, y que desde la mañana hago los movimientos necesarios para la vida en este presente de chacra gualeya, pero es como si no estuviera en los lugares en que aparentemente estoy, sino en aquellos lugares otros que surgen de la memoria, aquellos en que alguna vez estuve, y entonces, afirmo, en los que siempre estoy y estaré. Pequeñas películas desde donde sé que Diego mira mientras lo veo.
Quizá la palabra memoria haya sido acuñada para que un día Diego Ruiz la hiciera florecer desde las calles de nuestra Buenos Aires. Era Diego un trabajador apasionado de la memoria, de las pequeñas historias: un convencido de su importancia fundacional en muchas de las otras historias, las grandes, esas que en definitiva se construyen con las mismas palabras que siempre tratan de acomodar los hombres. Porque casi todo ha nacido en la pulsión de los barrios, en la mirada hacedora de los vecinos que dieron forma y sustancia a la aldea chica, el barrio, la patria primera, y a las aldeas que después entran unas dentro de otras: provincia, país, región, mundo.
Diego sabía, hacía uso de esa virtud que tienen algunos habitantes del pensamiento: unía calles, tiempos, tendía puentes entre historias, establecía relaciones, diría que a veces las descubría mientras transitaba la charla en una mesa de café. Claro que su lucidez crecía cuando la mesa era del Margot, el caldero fundacional, el centro orbital desde donde, sin saberlo, hacíamos algo de historia siendo homo boedensis a bordo de la nao Desde Boedo; su poético puente nos deja, luego de más de 15 años, dentro de la vida cultural del barrio, y por extensión, de nuestra Buenos Aires. Y si fue necesaria la palabra y el empuje, el compromiso de Mario Bellocchio y el poeta Rubén Derlis para salir a la ría adoquinada del barrio en papel y letra de molde, fue también, y en gran medida, el trabajo sustancioso y apasionado de Diego Ruiz, este cronista callejero de la historia ciudadana que acaba de mudarse al otro barrio; su toque especial ganó cantidad de lectores. La presencia de su trabajo en cada número del periódico acentuaba la sintonía del compromiso intelectual, elemento esencial para la publicación; su escritura clara no era una más cumpliendo con la parada, era decisiva.
Se me ocurrió, en un día cualquiera, llamarlo: “La memoria que humilla”, sentencia con pretensión de humorada. Le causó alguna gracia, y se corrió del elogio. Diego nada más contaba aquello que sabía, todo era muy simple, natural, pero claro, el que debía procesar al personaje era el espectador; yo lo escuchaba con admiración y asombro: cómo podía conocer tantos temas, tantas historias; Diego era un hombre que estaba más allá, distinto, tan feliz en su sabiduría, porque Diego, desde sus puentes siempre comunicados, titilantes, plenos de lamparitas de colores, tenía a la mano, fechas, nombres completos, títulos de libros, calles, y cuanto detalle pudiera necesitar para cerrar el relato de manera satisfactoria. Imposible ser parecido a Diego, solo me quedaba la contemplación y el respeto. Y otra vez: qué suerte la nuestra que este buen tipo y su mundo memorioso escribiera en Desde Boedo.
Diego Ruiz y Mario Bellocchio, de chamuyo fino.
Hay imágenes que decididamente ya entraron en la mitología del barrio de Boedo. Y una de ellas es ver en la esquina de Boedo y San Ignacio, en la vereda del Margot, la mesa de publicaciones de Baires Popular. Al comando de esta otra nao, dos vigías, dos amigos. Cada sábado por la mañana y hasta la primera hora de la tarde: Mario Bellocchio y Diego Ruiz abrían su boliche. Mesa con libros, con el periódico para los vecinos, fotos, y ante todo, se abría el boliche para la charla con el otro. Curiosos, habitués, boleados, personajes y locos, cualquiera sabía que encontraba refugio en las almas de estos dos buenos tipos. Esta imagen ya está instalada, y sí, claro que de ahora en más, saldrá al ruedo Mario, con flor de buraco en el cuore, pero es necesario decir que, además de la segura insistencia del Dire y demás ayudantes, los vecinos del barrio, cuando miren detrás de la mesa, siempre los verá a ellos dos. Es que estos hombres han hecho historia desde una esquina de la ciudad. Cuando se me antoja vuelvo en el recuerdo hasta la que también es mi esquina y, se los aseguro, ahí están ellos desentrañando misterios.
La última vez que nos vimos con Diego y Gabriela fue en casa de Mario y Virginia, se sumó al asado el poeta -otro bravo colaborador del periódico- José Muchnik y Ester. Nosotros habíamos dejado Gualeguay por unos días; ahí, en el recuerdo, y en las fotos, están ellos, mis amigos, junto a mi Julia y mi Evangelina. Este escriba recuerda esa noche como perfecta.
Y voy a detenerme en una imagen de Diego, esta vez una foto que salió al ruedo de las redes sociales. La foto tomada por Gabriela ubica a Diego en un paisaje acorde con la categoría fantástica en la que se movía el cronista callejero. Desde hace un par de meses que no puedo correrme de esta foto. El lugar pertenece a Tandil. Árboles y cielo de fondo. A metros de una calle o una ruta angosta, se levanta un banco de plaza inmenso. De madera, color rojo, como para una plaza donde fuera a jugar Gulliver. Cerca del borde izquierdo del banco está sentado Diego. Mira hacia el frente, un tanto hacia su izquierda. Otea el paisaje y esto lo hace feliz. Mira hacia un dique, con seguridad se entretiene contando algunos de los muchos patos que hacen su vida en el lugar. El tamaño del asiento se corresponde con la estatura humana del cronista callejero, y es por esto mismo que no se agranda, no se la cree, y entonces sigue del tamaño de los hombres que laburan en cada día que les toca. Esta es otra imagen en la eterna travesía de esas pistas que el hombre puede dejar en la huella. Imágenes como miguitas de pan, así la de la mesa en la esquina, así la mirada desde el banco de plaza, es sabido que armar semejante caminito posibilita el regreso desde el otro barrio, y es sabido también que semejante caminito y puente solo se le da a aquellos que fueron buenos tipos sobre esta tierra humana, porque ellos serán los convocados por los recuerdos, por los afectos; son ellos los buenos fantasmas que siempre regresan a casa o a sus lugares queridos.
José Saramago plantea en su novela El año de la muerte de Ricardo Reis, la idea de que así como hacen falta 9 meses para nacer, lleva 9 meses morir, y entonces ese puñado de almas que es el hombre en tránsito, recorre sus lugares amados. Diego en sus lugares, y en las páginas de los Desde Boedo por venir, pero él sin límite o frontera temporal. Diego en mi memoria hasta el último de mis días, cuando recuerde tanta buena gente que tuve oportunidad de conocer.
Atendeme un momentito, me dice Diego, y me cuenta.
Hasta la memoria siempre, amigo.


2016 / 2 y 3 de septiembre / Gualeguay

martes, 24 de mayo de 2016

Amanecer

Hace tiempo que vivo de recuerdos.
Llegó la entrenoche, como anotó alguna vez la poeta. Entonces ocupé el lugar en mi sombra. Aunque debo admitir que algo de sombra llevé entre mis almas desde el nacimiento. Me hice hombre siendo sombra: un cuarto menguante de la luna negra que hizo ronda sobre el techo de mi planeta.
Recuerdo la casa del amigo Gabriel en las sierras. Todavía lo veo caminar entre los árboles. Caminaba pensando en el próximo paso en la novela que escribía, la que quedaría inconclusa. La Parca se llevó a Gabriel de manera inesperada, casi en un susto, en un susurro en medio de la noche. También recuerdo la sonrisa de una mujer que usó boina blanca, la mirada de la compañera como motor de mis almas. Qué es el mundo sin cariño, sin amor. Tuve la suerte de conocer esos caminos. Me tocó como destino tener memoria de mis alegrías, de la felicidad: tan necesaria como efímera.
Recuerdo que un día dejé la gran ciudad. Dejé las calles de Buenos Aires para fundarme -juro que lo intenté- en las calles de la ciudad de Gualeguay -a tres horas de mi cuna de barrio, amigos y cafés-, en la provincia de Entre Ríos, a veinte cuadras del Gualeguay. Cambié el río, vine buscando uno más tranquilo y cercano.
Recuerdo la casa fundada en las afueras de la ciudad, en la zona de chacras. Mucho verde, muchos pájaros, y hasta el cielo de los árboles llegaba el canto misterioso de las ranas. Sobre el techo de chapas escuchaba la llegaba de la lluvia de pájaros. Sucedía a veces, en las mañanas. Un manto de aves oscuras se posaba sobre el techo. Saltitos, filos apenas punzantes. Los picos hurtando bichitos, basuritas: llegaba entonces la lluvia sonora sobre las chapas tibias. Cuando recién asomaba el sol.
Recuerdo el hogar en la sala amplia, la chimenea, y la llegada del último otoño. El fuego en los troncos. Mirando el fuego comprendí su entidad como ser vivo. Además es artista. En el fuego, creo, sospecho, viven, recuperan la vida muchos de nuestros muertos. El fuego dibuja sobre la madera roja. Sobre un tronco vi la cara de Gabriel, en otra descubrí a mi tío Juan, el hacedor de las lámparas de luz difusa que iluminaban mi casa en la zona de chacras, la casa del silencio en la noche, la que mejor acompañó el trago de whisky en los finales del día.
Una noche de ese otoño seguí el impulso. Fundé botella nueva, quebré la rosca, y descorché la memoria en tragos cortos, reflexivos.
No era nuevo en el ejercicio de la memoria. Fui escritor, jugué a hacer periodismo. Conté historias, escribí algunos libros. Guardé las palabras de otros, de escritores y de gente de barrio. Todo es materia, sustancia de la memoria. Cada relato puede tener su propio nido.
Aquella noche de otoño recosté un par de lágrimas en una idea, y mis ojos sobre el fuego. Escuché su voz, porque el fuego también dice, cuenta. Pasaron horas.
Toda oscuridad sueña con una caricia de luz. Una primera astilla del amanecer que correspondía a mi noche, pasó vidrio y cortina, y la luz empezó a ser murmullo entre mis almas. Era tiempo de amanecer.
Siempre seguí los impulsos. Con las mujeres, con la escritura; cuando mis manos recorrían el estante de una biblioteca. La caricia manda, cara o cruz, después se verá.
El impulso fue correrme del fuego y llegar hasta el ventanal que da al fondo de la casa.
Aparecía la luz filtrada entre las ramas y la altura de los árboles. El sol iniciaba su tránsito de alta en el cielo. Una vez más, bandera de la vida. En mi jardín daban su presente el espinillo, a la derecha del terreno, y el joven jacarandá, en el centro.
Fue entre estos árboles que descubrí el carro pobre hecho de niebla. La luz lo tallaba en la bruma, aparecieron las ruedas, el simulacro de ellas, y las barandas. Un carro de campo. No había caballos. Una vez formada la presencia -resuelta en unas pocas pinceladas, como pintaba mi padre- aparecieron los fantasmas. Rodeaban el carro. Diez fantasmas. Reconocí a Cachete, un artista plástico amigo de mi padre. Nacido en Gualeguay y muerto en Buenos Aires. Gualeguay es una ciudad que vive en el límite, mucho vivo que aún no se entera de su condición, y tanto muerto devenido en buen fantasma que sigue de ronda en los amaneceres. Los fantasmas, hasta que salen de juego y encuentro, habitan las copas altas de los árboles del Parque Quintana, a la orilla del río.
Recuerdo el carro pobre tomando altura. Recuerdo sus pasajeros: habitués de esta aldea.
Recuerdo el llamado de Cachete, fue con su mano de pintar.
Recibí la luz de lleno. Miré el fuego.
Recuerdo a mi hija jugando alrededor del jacarandá que crece en el centro del terreno, en el jardín del fondo. Tenía tres años. Aquella vez tomé la foto que guardo en la memoria.

Vivo de recuerdos. Fui sombra. Mi hija jugaba en torno al jacarandá. Soy un puñado de cenizas cerca de su raíz.

domingo, 31 de enero de 2016

Contravida de Augusto Roa Bastos (Libro recordado, Diario Tiempo Argentino (31/01/2015), texto sin firma: el diario no paga los sueldos)

Sucede cuando me dispongo a leer en la cama. Enciendo con comodidad el velador. Elevo plegaria con fuerza al dios de los bichos que vuelan: que todos tus seguidores estén en misa. No molestar en la noche. Al fin tomo el libro, lo abro y procedo hacia el abismo. Después de la lectura de Contravida, siempre pienso en su autor. Roa Bastos, el hombre, el gran escritor, y ayer, allá lejos y hace tiempo, el pibe pobre que en Paraguay había descubierto que quería escribir. Pulsiones irrefrenables: lectura y escritura. Podía intentarlo mientras dormía su padre. Y no valía con luz de vela. El escritor cuenta que para poder escribir en la noche, atrapaba bichitos de luz en el terraplén y los juntaba en un frasco de vidrio. El pibe construía su lámpara. Leía hasta que la luz de los portadores del secreto, moría. La muerte de las luciérnagas no le causaba culpa. Sucede: abro mi libro y recuerdo aquella lámpara natural en el campo. Pienso en la vida y en la muerte, como debe ser cada vez que abrimos un libro, o escribimos, o encendemos un velador.

domingo, 3 de enero de 2016

El caballo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 03 de enero de 2016: sin firma: el diario no paga sueldo ni aguinaldo)

Me contó el amigo Deolindo Romero que promediando el 1600 Hernandarias cruzó con un contingente de españoles el río Paraná. Esos fueron los primeros hombres blancos que atravesaron la provincia de Entre Ríos. Afirma Romero que hacerlo a caballo facilitó la empresa. El caballo no es oriundo de América. El porte del animal (murmuro: empequeñecía a la bestia que lo montaba, por eso aparecieron cascos y demás metales en la bijoutería asesina) se sumó a perros y armas de fuego. Asustaban al nativo, sembraban el pánico. Sabe Deolindo que quedaron muchos caballos por el departamento de Federal, lugar que en sus principios llevó el nombre de Paso de las Yeguas.
Romero guarda historias donde el caballo dice presente entre los hombres. Su padre fue carrero, llevaba los muebles que construía la carpintería Sperandío de Gualeguay. Deolindo cuenta que nació por segunda vez cuando el caballo tiró y en un salto del carro, el pibe que fue se golpeó la cabeza. Tenía dos años. Afirma que cuando abrió los ojos vio a sus padres, al cielo y a la barriada de otro modo. Recuerda Deolindo que en su barrio pobre, temprano por la mañana, lo despertaban, además de los golpes de hacha naciendo leña, el estrépito de los caballos que tiraban de los carros lecheros. También sabe que el preso más famoso que tuvo Gualeguay, Giuseppe Garibaldi, huyó con caballos hacia la libertad. Allá en 1837 los caballos cerraron el hocico, pero el baqueano, no: lo delató al comisario Millán, que torturó al futuro padre de Italia colgado de un brazo de la cumbrera de la comisaría/rancho.

Llamo “el memorioso” a Deolindo Romero porque construye su relato diario a partir de la memoria. La barriada, el barrio pobre, fue en sus principios un asentamiento de familias a orillas del río Gualeguay. Deolindo, nacido en 1942, es tercera generación de pueblos originarios. Su barrio pobre existió sobre una tierra que haría famosa otro hijo de Gualeguay: el escritor Juan José Manauta, el Chacho. La novela: “Las tierras blancas”.

domingo, 13 de diciembre de 2015

El cielo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 13 de diciembre 2015)

El secreto está en el cielo, dijo mi padre. Desde mis días de infancia guardo sus pensamientos referidos al cielo. Aprendí para toda la vida que allá en la altura hay caminos sinuosos; veredas muchas veces oscuras, aunque también existen unas pocas que pueden transitarse a cara limpia para, entonces sí, brindar al hermano y a uno mismo el costado de luz que puede llevarnos hasta la imagen por tanto tiempo buscada. En el cielo flota el barullo nacido de las criaturas aladas (las de la magia), de los elementos dibujados a través de la naturaleza, de las almas de los muertos que se dejan ver desde el continuo murmullo con que intentan guiar a los que aún están vivos.
Yo era un pibito de Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Miraba televisión en mi casa y en casa de amigos. Sucedió que en una de ellas, un día cerca de las seis de la tarde, vi por primera vez un dibujo animado que me llamó la atención. Un superhéroe: un murciélago que peleaba contra personas malas. Era murciélago, no hombre-murciélago. Mameluco amarillo con una letra B en rojo; botas y guantes en rojo. Cara de murciélago en azul tenue. Alas negras: “Mis alas son como un escudo de acero”. De la altura de un hombre. Su nombre: Batfink. Tenía un fiel ayudante: un gigantón con poco cerebro: Karate.
Batfink era transmitido por Canal 2 de la ciudad de La Plata. Los años ‘60 fueron suerte para unos, y no tanta para otros. Yo estaba entre los que la antena no les leía la señal del 2. No podía ver Batfink. Años después no pude ver la serie Rumbo a lo Desconocido.

Recuerdo el televisor encendido, a mi viejo subido a una escalera apoyada en el tanque de agua. Recuerdo su humanidad estirada para alcanzar la antena, y su esfuerzo para hacerla girar de a un centímetro. ¿Se ve?, me gritaba. Yo estaba parado frente a la ventana del comedor, en el patio: No. Todo era blanco mientras mi viejo movía la antena. Hubo una aparición fugaz, y vuelta a la nada.  Mi viejo tuvo razón: el secreto está en el cielo.