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Rolando Lois (acrílicos) |
Aquello que
ya no es, y que sigue siendo. Regreso. Rescate. Historias que algunos hombres
guardan en la memoria. Se extiende el recuerdo de lectura en lectura, de boca
en boca. Entre miradas. A salvo quedan pequeñas señales. Otra vez, fragmentos
de aquello que ya no es, y que sigue siendo. La fantasmagoría como arte para
que ciertos sucedidos retornen sabores. Toda una galaxia: Buenos Aires calesita
gira atenta al regreso.
Transitaba
la ciudad del dolor. El país, el mundo. Andar de otro día en pandemia. Mis
pasos iban dirigidos hacia la esquina de Quito y Yapeyú. El impulso en la
mañana. Necesitaba ir a pararme en la puerta de la casa donde el pibe que fui
había visto el esqueleto del barrilete de los Marchi. Así apareció la primera
fantasmagoría de la jornada.
En la
caminata del regreso me detuvo el semáforo en Independencia y Quintino
Bocayuva. Algo hizo contacto en la memoria. Se bocetó un mapa del tesoro. Caminé
por la Avenida hasta la cuadra marcada por el recuerdo, entre Castro Barros y
Colombres. Crucé a la vereda de numeración par, y me detuve sobre el cordón,
cercano a la mitad de cuadra.
Desde la
vista en la media mañana, de a poco, emprendí mi camino hacia el rastro
aparecido. La construcción de mi fantasmagoría, la segunda del día, me llevó a
la figura de mi padre: Rolando Augusto (1930-2019). Primero apareció su
ausencia reciente, luego fue tomando forma su presencia y memoria.
Pude volver
a una mañana en Boedo, barrio donde mi padre –así afirmaba- se había hecho
hombre. En Boedo fue pibito, muchacho de bar, y hombre joven. Aquella mañana a
la que regreso se inició con nuestro encuentro en el Margot. Él viajaba desde
Martín Coronado, siempre una aventura y disfrute volver a un café en el corazón
de su barrio. En ese tiempo yo alquilaba un departamento sobre Muñiz, entre San
Juan y Carlos Calvo. Después de hablar en torno a la mesa margotiana, comenzó
una caminata tranquila. Mi padre tenía la costumbre de nombrar (de ver) los lugares
que ya no estaban, como si aún permanecieran a la mano; nombraba como si todo estuviera
ocurriendo en su ayer. Una vuelta de calesita y cuore al invisible permanente que escribió el poeta Rubén Derlis.
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Rolando por Alejandro Lois |
Como tantas
veces, andábamos juntos por el barrio, juntos hablando del barrio, el suyo y el
mío. La casualidad, en una de las volteretas de mi vida, me había llevado hasta
Boedo. Viviendo y escribiendo en Boedo fui consciente de la presencia del
barrio en mi memoria, y en mi oficio. Rolando siempre fue de contar pequeñas
historias. Me interesaron desde mis días de pibe hasta cuando hombre. Sin ser
muy consciente de lo que hacía, empecé a escribir algunos de esos sucedidos.
Apenas llegado a Boedo, un algo misterio se dejó ver; sobre los papeles ya se
escribía un pasado.
En el otoño
de 2001, parado junto a mi padre sobre Independencia, entre Castro Barros y
Colombres, sobre el cordón de la vereda par, ambos sabíamos que éramos, por “histórica”
pertenencia, ciudadanos de Boedo. Teníamos el sol de frente.
Rescato
aquel sol en la mañana. Lo regreso. Estoy en él 20 años después, sabiendo,
sintiendo la realidad de la fantasmagoría que, fiel a la mágica urbanía, entra, aparece, como si cada
memoria fuera bar de esquina, y dentro la mesa de café del ensoñante, el centro
sobre el que giran días y hacedores. Así fue como regresé al otoño de 2001 para
escuchar a mi padre. Y también para comprender que él, aquella vez, se vio
sumergido -con impulso decidido, porque yo preguntaba, quería saber e intentaba
ser parte de sus visiones- en el oleaje que lo llevaba hasta la casa de
Independencia 3765. Fui médium. Invité a mi padre. Volvé. Andá. Entonces hoy sé
que mi padre vivió una fantasmagoría que decía todo un universo, aparecido a
principios de los ‘40 y terminada su expansión hacia fines de los 50.
La casa ya
no era física. Pero mi padre regresó mientras hacía pie en el lugar. De a poco
se fue descorchando la memoria, comenzó a fluir. Y en ese momento, el escritor
que yo quería ser, tuvo temor de que tantos momentos y personas se perdieran, que
volvieran a dormirse una vez terminada la excursión y aventura en el tiempo.
Brotaban las señales como chorro de agua de bomba. Mi padre dijo en la mañana.
Luego
caminamos hasta mi departamento de Muñiz. Después de almorzar, encendí el
grabador para felicidad de quien recordaba, de quien procuraba el resguardo, y
de los tantos aparecidos devueltos a la vida. Aquel relato hecho por mi padre
dio origen a un texto que titulé: La
creativa ilegalidad del abuelo, y que circulara como cuadernillo de Informes del Sur de Baires Popular con
el título: Un intento de desalojo en los
años ’40.
Al regreso
de mis viajes en el susodicho día en pandemia, volví a ser viajero en el
tiempo, y leí, después de tantos años, la fantasmagoría de mi padre, su viaje
hasta un ayer lejano: recuerdos a 60 años; a ellos sumé mis 20 años de regresos
en el viento que dice el mundo orbital de una casa chorizo en Boedo.
Siempre la
palabra abriendo el juego: ¿Acá perdiste
las bolitas?, pregunto una vez más. Nunca
las encontré, dijo mi viejo. A principios de los ’40 enterró en el patio de
tierra del fondo, cerca del gallinero, una vieja salivadera repleta, hasta el
borde, de bolitas. No pudo volver a las bolitas, al tesoro; sin embargo, en la
memoria de mi padre, en la mía, en las historias que contaba, en el escrito de
2001, en estas líneas, persiste la realidad de las bolitas. Vuelve la casa toda
de Independencia. Al frente el local de la carpintería Serra. El pasillo del
costado llega a cinco habitaciones. La primera pertenece a la carpintería. Sigue
la habitación donde vive el matrimonio Chávez; después un matrimonio de
viejitos; y luego la de una pareja de cordobeses, padres del Lagrimita. Después
seguíamos nosotros, pegados a la cocina y el baño, dijo mi viejo. Regresa el Lagrimita y su llanto.
También regresa el Antonito, su verdugo. Vuelve el paso sugerente, saca pecho
la Licuadora, novia del Antonito. Sin nombre vuelven los viejitos de la tercera
habitación, pero vuelven. El viejito murió y la viejita se fue, y entonces llegó
el Turco y su joven mujer. Los Chávez se fueron, y llegó un matrimonio joven:
Alejandro y Angelita. En el fondo de la casa había dos galpones. Mi abuelo
Julio Martín administra el lugar. En esta cuadra de Independencia se suicidó el
hermano del Pulga. Lo había dejado la novia. Ya no sé... ¿quién era el Pulga...?, pero cómo jugaba a la pelota... se
los limpiaba a todos... jugó en la quinta de Racing, dijo mi viejo. En ese
mundo existe la farmacia San Luis, el almacén El buzón. En la esquina con
Castro Barros el almacén y bar Don Enrique. En la esquina con Colombres la
empresa de mudanzas Amancio Fernández, frente a la tienda que vende paraguas. En
Fernández trabaja el padre de tres hermanos que se llevaría la uremia; el
último fue Changato, así le decían, jugaba bien al fútbol: Es que me da una pena, dijo mi viejo mientras lloraba en 2001.
Hacia finales de los ’50, en uno de los galpones del fondo, se comprometían mis
padres. Después mi abuelo Julio Martín aplicaría una acción de creativa
ilegalidad para esquivar el desalojo. Pero dicen, con razón, que todo llega. Luego de la casa chorizo de
Independencia 3765, la familia Lois inició el largo viaje hacia Martín
Coronado.
Regreso,
desde este presente en Boedo pandémico, hasta aquella mañana de 2001 junto a mi
padre, y en esta fantasmagoría veo la fantasmagoría de mi padre, y entre tantos
regresos, en la escritura de ayer y en la de hoy, al fin entiendo una parte de mi
herencia: esa poética necesidad de resguardar las historias de ayer. Historias
simples, chiquitas, dibujadas a mano alzada desde la urbanía natal, para que sigan de ronda y fuga en el tiempo que toca
a los que trabajan y viven la memoria.
Mi padre, Rolando Augusto, mi viejo, vivió en estado de fantasmagoría, tuvo la poética necesidad de contar historias, y de pintarlas al óleo y al acrílico, con crayones, a pincel y espátula; y entonces quedó su esencia en las maneras de mi identidad y escritura, esa misma necesidad de contar, de vivir fantasmagorías, de rescatar. De regresar a los barrios. Otra manera de volver a casa, siempre.
Junto con
mi viejo tenemos la costumbre de andar señalando lugares y buenos fantasmas en
el aire.