Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 6 de julio de 2014

Arder (La foto, Diario Tiempo Argentino: 06 de julio 2014)



Es la fragilidad de la vida la que siempre me empujó a más, la que me llevó a que nunca bajara los brazos por más que desde el norte vinieran degollando ceibos. Porque es la vida, hermano, como el grito de esta vela: palabra de luz y de calor, un punto vivo que siempre está dibujando un nuevo contorno. Es también la palabra de fuego. Hay un desgarrón a cada estocada del viento: no sabe de un día de ausencia. La llama tiembla, duda, se estremece, sueña, parece que se muere, que ya no quiere ni un minuto más sobre la frontera. Cuidado, el abismo que acompaña a la existencia está siempre a la mano, es una sombra atenta a los paisajes. La fragilidad, la finitud acecha. Sin embargo, muchas veces, la cintura de la llama se las arregla y sigue el baile durante tres minutos más, y hace esquina, y vuelve a presentar batalla en el barrio que la vio nacer. La vida es una vela encendida que pasa de una mano a otra: el tiempo de viaje, el tránsito entre las señales de nuestros días y el aroma de nuestras almas. Si mañana no voy a estar, así me dije siempre, debo trabajar la llama de este empeño. Entonces pude arder hasta el grito y la despedida. Y corrí el riesgo de mirar más allá, porque estaba vivo, porque tenía una idea: rendir homenaje a cada centímetro de la cuerda, la que nos acomoda el aliento necesario para levantarnos cada mañana. Lo hice cada vez: desperté y abrí los ojos, como lo hace cualquiera que siente el empuje. Me levanté rápido, lavé mi cara y me encontré en el espejo. Pensé: está bien, estuvo bien. Esta vela se puede apagar cuando nazca el silbo del último viento.