Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 18 de noviembre de 2008

La escritura de Edgardo Lois

por Mónica López Ocón (*)

Los textos de Edgardo Lois pueden reconocerse aunque no tengan su firma. Ya se trate de una novela extensa y literariamente ambiciosa como Morir por Perón, o de apuntes rápidos sobre situaciones concretas, sus notas literario-periodísticas publicadas en el periódico Desde Boedo y reunidas en Miradas escritas al acrílico. El dato no es anecdótico, ya que el reconocimiento se da partir de que Lois ha generado en su literatura un mundo propio.
Ese mundo es, fundamentalmente, un mundo urbano, en el que aparecen personajes de Buenos Aires que no son precisamente los que recoge cierto folklore ciudadano de exportación. Por lo general se trata de personajes que sufren cierto tipo de marginalidad, de exclusión social, desde quien vive a la intemperie en una esquina (Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (tango novelado)) a quien pierde de a poco su biblioteca a la que va vendiendo a precios módicos para sobrevivir día a día.
Pero esa mirada sobre lo social es, sin embargo, intimista: se posa sobre el detalle, sobre lo pequeño, sobre el gesto ínfimo a través del cual puede intuirse la gran tragedia, el derrumbe interior. Bares, esquinas, interiores sombríos, librerías, son los espacios fundamentales de sus relatos. Sus historias se desencadenan indistintamente a partir de un personaje o de un acontecimiento a veces mínimo en cuanto anécdota, pero que logra significación a través de la escritura.
La actitud del narrador frente a los personajes –cuya sordidez, por momentos, recuerda a los de El astillero de Onetti– es de una piedad áspera, de una ternura siempre contenida.
En Morir por Perón Lois apuesta a una jugada mezcla discursiva. Lejos de “novelar” el contexto histórico en que se desarrolla la novela, elige incluir directamente el relato histórico, sin ningún tipo de “maquillaje” novelístico, con lo que crea en la novela un interesante juego entre “la realidad” (con todo lo conflictivo y difícil de definir que conlleva el concepto) y “la ficción”. Es decir que la historia, contada “en crudo”, actúa a modo de “afuera”, de marco de referencia de la historia ficcional y, a la vez, al incluirse en ella, se “ficcionaliza”.
Por último, creo que puede atribuírsele a Lois, una nueva fundación de Buenos Aires. Ha refundado una ciudad que es reconocible más que por presencia, por omisión. Según Borges, en el Corán, libro árabe por excelencia, no hay camellos precisamente porque fue escrito por un árabe. En la Buenos Aires de Lois no hay obelisco, ni “porteños” prefabricados, ni ninguno de los elementos que se toman como emblemáticos de la ciudad. Es la ausencia de ese “color local” “fabricado” con intenciones literarias que tanto repugnaba a Borges, lo que hace que la Buenos Aires de Lois sea reconocible como Buenos Aires.

(*) Periodista y escritora, editora de cultura de la revista Noticias y colaboradora de la revista Ñ.

viernes, 8 de agosto de 2008

El proceso de la soledad


Empezamos a escribir en soledad, con vergüenza, con una mezcla de miedo y valentía. Empezamos a escribir porque se hizo insoportable practicar la lectura como deporte único, la maravillosa lectura que también necesitó de la soledad para expresarse. Es desde la soledad que la lectura y la escritura pueden hacerse un lugar en la mañana.
El proceso de escritura comienza en la privacidad absoluta, se escribe para uno mismo, quizá para mirarnos, para espiar mientras la respiración da los primeros pasos. A la vuelta de los años cada vez estoy más convencido de que la escritura es una cuestión respiratoria, la búsqueda del equilibrio dentro del camino, también de búsqueda, que puede llevar o no a la voz propia.
Luego de un tiempo, la vida de agente secreto da el primer viraje y en el juego de mirar, el proyecto de autor comienza a enseñar sus primeras páginas a su círculo más cercano, si hay paisaje favorable, será en la familia donde el secreto desatará la tinta. Después llega el tiempo de los amigos, siempre los más cercanos, y ellos serán los que leerán (sólo porque son cortitos) los acertijos (escribí por suerte muchos) que exentos de todo valor literario, se transforman en unos pocos meses en materia indescifrable hasta para el autor. Luego de la familia y los amigos, será el tiempo para todo aquel que quede a tiro de lectura, que mansamente se entregue al sacrificio ritual de leer unas hojitas sueltas. Toda esta mecánica en funcionamiento, escritura en soledad y lectura de los otros en el afuera, empuja al dueño de la lapicera a querer escribir más y, en el mejor de los casos, a querer hacerlo de la mejor manera posible (se puede encontrar un buen maestro en un taller de escritura, pero no es fácil, los escribidores que necesitan de la mensualidad son plaga; en cambio es ayuda decisiva confiar en las lecturas elegidas y simplemente disfrutar de ellas). Hay que estar preparados, porque escribir mejor no siempre sucede, no es una ley de la naturaleza, en este costado de la vida no todas los chupetines Topolín vienen con sorpresa. Para escribir más y mejor, el dueño de la lapicera necesitará más de lo mismo: soledad.
Es muy posible que los días de laborioso solitario traigan como consecuencia el establecimiento del oficio junto a su cara y buen nombre; a la hora de presentarlo frente a un extraño, algunos dirán como complemento: escribe, y ahí el extraño pondrá cara de mirar a un extraño o de estar mirando a otro payaso más que dice que escribe. Porque, a no engañarse, que este mundo parece circo por tanto payaso escritor que anda suelto; es muy fácil encontrar poetas en Buenos Aires, siempre digo que esta es una ciudad en la que no debería haber baldosas flojas, porque es debajo de ellas donde pueden vivir hasta cincuenta poetas, y todos injustamente ignorados por el sistema.
En el camino de la escritura de los primeros tiempos, el dueño de la lapicera cuenta con un puñado de relatos que considera los mejores, y es casi seguro que se va a topar en su ruta de iniciado con la posibilidad de aparecer en una antología editada en los arrabales del mundillo literario. Dos relatos, tres con suerte, irán a parar a letra de molde y en comunidad: diez o doce noveles frente al gran desafío de bancar la edición.
En los momentos de la antología, el aspirante todavía no ha podido terminar con el proceso de desmierdado de su mano y cabeza, es más, salvo que sea caso de genialidad, está a poco de haberlo comenzado. Salvo el genio, los demás venimos al mundo de las artes con las manos llenas de mierda, y si las manos lo están, la cabecita también. No hay nada mejor que escribir mucho y malo, escribir acertijos con límite de utilidad, es decir textos que sólo duren el tiempo en que el autor todavía pueda explicárselos; es bueno porque es con el trabajo fallido que la mierda se va gastando, la mano desmierdada gana en seguridad, en posible tranquilidad; es la única manera en que el interesado pueda comenzar con la respiración dentro de la escritura, y lo mismo ocurre con las ideas, el paisaje se va aclarando, se va entendiendo que, por ejemplo, no es bueno querer abarcar el todo cuando todavía estamos tomando carrera para ver si nos alcanza el envión para llegar a algún lado, y que siempre hay que elegir lo que se quiere contar, y para hacerlo hay que hacer foco y primeros planos sobre apenas un puñado de cuestiones. El encuentro con la tranquilidad que entrega la progresiva limpieza de mano y cabeza puede llevar al dueño de la lapicera a encontrarse con lo que diferencia a un escritor de un escriba, el escritor sabe que debe trabajar y que para ello necesita de la libertad, en cambio el escriba vive apurado por la necesidad de generar páginas brillantes (y si brillan famosas: el ego agradecido). No hay mejor manera de desmierdarse que hacerlo en soledad, o sea, hacer como todos los días: trabajar, vivir en órbita alrededor de la escritura.
Terminado el momento de la letra de molde compartida, aparece el desafío del libro propio, otra vez y siempre: solito y solo: el libro de autor, por factura de edición y autoría. La antología fue algo así como abrir la puerta para salir a jugar, el libro propio es el regreso a la soledad, a casa, a una soledad que tiene un registro distinto, pero que ahí está: al editar seguimos tan solos como cuando aparecieron las primeras líneas de la historia.
Si el proceso de crecimiento del autor es saludado con la suerte, a esa altura contará con un círculo de lectores especializado, y maravilloso será que en sus mesas de café se sienten pares que sean dueños de un buen pulso con la lapicera y el consejo. De nada sirve ser el rey de los escritores del café de la esquina, el desafío está en rodearse de autores que escriban mejor que quien todavía busca hacerse para encontrar su posible voz. Una buena manera de vivir es ir acompañado de referentes en el proceso de la soledad.
Por lo general el primer libro suele abrir el camino “adulto” de la escritura. Luego del acto fundacional, espera el trabajo a conciencia. La historia dirá si el escritor en ciernes va de crecimiento o si se quedó en las gateras, pero eso nadie lo sabe, lo seguro está en la presencia del trabajo solitario. Escribir lleva una vida: nadie es escritor en un año, y nadie es escritor porque sepa poner todos los puntos y las comas (más allá de que hay que aprender a usarlos bien). Los libros que vayan apareciendo apuntalarán o no el oficio del escritor, y esto nada tiene que ver con el éxito editorial, un asunto que empieza con un “después” de escritura que nada tiene que ver con la escritura propiamente dicha.
La soledad de la escritura conduce a actos inevitables de egoísmo porque no hay manera de compartir ciertos momentos, y entonces sólo aparecen las migajas. Se pueden contar algunas de las aventuras vividas en el trabajo de escritura de una novela, pero al ser referidas adquieren la careta de anécdota simple, una más; así la recibe el que escucha, que se interesará más o menos en la cuestión, pero el autor sabe que para él fue otra cosa, la marca fue otra: secreta e intransferible. Quizás uno de los mayores placeres para quien escribe sea vivir el proceso en que ciertos momentos de la vida cotidiana se van guardando en apariencias diversas dentro de la historia que está contando: una cara en el colectivo que le recuerda a la odiada profesora de castellano de tercer año, Clarita Di Nisio; el diseño de una pistola automática que vio en la película del domingo a la tarde; el recuerdo de la muerte del escritor japonés Yukio Mishima (1925-1970) aparecida en la charla. Luego la historia avanza, se escribe, y en ella quedan los detalles venidos desde distintos universos: retazos, hilachas, elementos varios que giran en órbita alrededor de la escritura, también en silencio, en soledad.
La soledad tiene, como todo, diversas caras, y entre las que pueden tocarle a un escritor, hay dos que le hacen tomar aire para poder renovar fuerzas y sentarse para seguir con su trabajo. Pienso en los que sí son escritores o que van en camino de serlo, no en el que juega a la escritura como motor para el encuentro social, no digo que este entretenimiento sea malo, pero el esfuerzo, el compromiso del escritor “verdadero” es distinto. Al no ser reconocido, el escritor, y así lo hace la mayoría de ellos, intenta presentarse en sociedad. Podría decirse que está obligado al intento. Como primer paso: la presentación del libro, y como segundo: el intento con la prensa en los medios de comunicación. Es sabido que los lugares de la prensa están acotados por un sin fin de condicionantes, y es casi seguro que un escritor que no venga apoyado por un sello editor importante o con suficiente dinero para comprar espacios, terminará en soledad a la hora de algún comentario o difusión.
Ahora bien, la suerte, podría creerse, debería ser distinta con la presentación. Pero la tristeza inunda los recintos donde se llevan a cabo las presentaciones de libros (de escritores) por fuera de la industria. Vi dieciocho personas en la última a la que fui, la cifra incluía al autor, al presentador y al músico acompañante. Está claro, nadie puede exigir la presencia a ninguna persona y, por muchas razones, la asistencia a eventos culturales va en seguro declive. A estas presentaciones se invita a los amigos (que por lo general no leen los libros del amigo escritor), familiares, personas conocidas, personas convocadas por afinidad de actividades, desde ya periodistas que jamás asisten, y el escritor que, de tanto invitarse, a esta altura debería saber que se escribe, siempre, en soledad y que también se vive en ella.

domingo, 23 de marzo de 2008

Los hombres de la bolsa

La puerta de madera del ascensor se cierra. Giro para empezar a caminar hacia la puerta del edificio, y me encuentro con dos policías que vienen hacia mí. El primero lleva puestos unos guantes blancos de latex, el segundo se los acomoda mientras hace malabarismos con la bolsa negra que lleva entre las manos. La bolsa con letras en azul es la bolsa portacadáveres que mil veces vi en la televisión. Me digo que para mí no es, no puede ser si todavía viajo en ascensor.
La viejita del tercero, dice el encargado.
Voy camino al mercadito, apenas unos segundos atrás sólo pensaba en qué ofrecerle de cena a mi piba de Escalada.
Afuera del edificio dos patrulleros 911 aguardan bajo los árboles de la cuadra, una camioneta con las puertas de la caja trasera cerradas avisa que ella pertenece a la misma familia de los azul y celeste.
En mi camino busqué y encontré baldosas rotas en las veredas; vi una paloma fresca estampillada sobre el asfalto; miré el changuito de todos los días encadenado a la reja de una ventana, es propiedad de la mujer que vive en la calle desde hace años, la del gorrito de lana para invierno y verano.
El sabor raro en mi boca avisa, un posible sabor a susto por estar vivo, porque en algún momento habrá que morir, que transitar.
Cambié de planes, mercadito afuera, bienvenida la fábrica de pastas: tarta de zapallitos y empanadas, vino tinto en copas y ella agradecida.
Cuando el regreso, los móviles de azul y celeste ya no estaban, el encargado tampoco, sólo el policía de consigna avisaba, después lo supe, ¡cuidado!, porque es muerte dudosa.
Alrededor de las nueve de la noche llega mi piba de Escalada, lo pienso mientras miro la bolsita blanca donde transporto la cena.

martes, 4 de marzo de 2008

Tromba marina en Buenos Aires

Presión mínima a la tecla de encendido de la TV. Luz ambiente casi nula, elijo la penumbra en este domingo de tormenta sobre Buenos Aires. Domingo amanecido luego de mi sábado de tormenta; domingo lento, sin sentido. En uno de los canales de noticias Buenos Aires se inunda y puertas adentro mi día no tiene norte, un día sin para qué, veinticuatro horas a puro tango.
La lluvia en imágenes, la calle, la esquina de Santa Fe y Humboldt, el caos en el tránsito, lo de siempre hasta el videograph y la foto. Una presencia de fino cucurucho se suelta de una gran nube oscura e intenta llegar a la superficie del agua. Esa es su apariencia, un cucurucho que quiere y no puede, que termina en una nebulosa, como cuando el aire se quema sobre el fuego. Son dos, una parejita de cucuruchos; al pie de la imagen las letras de molde anuncian, definen: tromba. En distintos canales de cable el mismo experto explica: las palabras giran, como en tromba, alrededor del calentamiento global. Los periodistas necesitan confirmar el riesgo: ¿puede la tromba llegar a tierra?
La amenaza marina dio de lleno sobre el terreno de mi memoria. Una tromba de descorche llevó mi noche de día domingo hasta mi infancia. Recordé que de pibe había leído la palabra y que cuando la repetía me daba una sensación de inmensidad, una palabra total; algo así debe suceder con el término “Dios” en la boca de sus seguidores. Tromba sonaba importante, y ese detalle era la punta del cucurucho del recuerdo. Creí, creo, ver un dibujito de una tromba, quizás dentro de un cuadro de historieta, blanco y negro, y solitario como tromba en mi regreso un tanto amarrete.
Un amigo me dijo que pensó que la palabra tromba era un invento de los medios. Le expliqué que no, que la palabra encierra cierta poética de la devastación, y que primero pasó por mi casa el sábado a la noche; después, en domingo, hizo como que venía por primera vez al vocabulario de estas tierras.

domingo, 17 de febrero de 2008

ARTHUR CONAN DOYLE Y SHERLOCK HOLMES

(Fragmentos del prólogo de la edición de Editorial Díada)


“[...] Decidí quemar definitivamente las naves y confiar sin reservas en mis poderes de escritor.”

“Si he sido capaz de sostener este personaje durante un buen período de tiempo, y si el público encuentra el último relato tan bueno como el primero, como parece ser así, ello se debe enteramente a que yo nunca, o casi nunca, he escrito precipitadamente.”


[...] Es la época del nacimiento de su criatura más famosa: “[...] El magistral detective de Poe, M. Dupin, había sido desde mi niñez uno de mis héroes. Pero ¿podía yo aportar algo nuevo de mi propia cosecha? Pensé en mi viejo profesor Joe Bell, en su cara de águila, en su singular comportamiento, en su enigmático método para descubrir pormenores. Si lo convertía en un detective, seguro que reduciría el fascinante pero desorganizado asunto de la investigación a algo muy parecido a ciencia exacta. Pues bien, yo intentaría que aquello se produjera. Si era posible en la vida real, ¿por qué no podía yo hacerlo igual de verosímil en la ficción? [...] Primero fue Sherringford Holmes; luego, Sherlock Holmes. No podía contar sus propias hazañas, por lo que debía haber un hombre corriente que le sirviera de acompañante, un hombre de acción suficientemente instruido y capaz a la vez de participar en sus hazañas y de narrarlas después. Para semejante personaje, nada amigo de la ostentación, necesitaba un nombre gris y tranquilo. Watson venía al pelo. Así, ya tenía mis dos protagonistas. No me quedaba sino escribir mi Estudio en escarlata”.

[...] Una lucha interna comenzaba a darse en Doyle; su personaje, Sherlock Holmes, le deparaba placer y una fama creciente, pero la dualidad manifiesta frente a su personaje lo llevó a escribir: “[...] Todas las cosas acaban encajando en su sitio, pero creo que si yo no me hubiera interesado nunca por Holmes, que ha tendido a oscurecer mi obra más enjundiosa, ocuparía actualmente en la literatura un puesto mucho más alto”.

[...] No tardaría mucho en asumir el rol definitivo del escritor: “[...] Repasando toda mi vida anterior, vi lo necio que había sido al emplear mis ganancias literarias en mantener un gabinete oftalmológico en Wimpole Street, y, con una salvaje sensación de alegría, decidí quemar definitivamente las naves y confiar sin reservas en mis poderes de escritor. [...] Por fin sería mi propio dueño. Ya no tendría que ponerme ninguna bata ni tendría necesidad de agradar a nadie. Sería libre para vivir como y donde me gustara. Fue uno de los grandes momentos de exaltación de mi vida. Corría el mes de agosto de 1891”.

[...] La presión y el interés del público por saber todos los detalles posibles en torno al escritor y el personaje, fue una constante en la vida de Doyle. Holmes era el tema obligado, su creador cuenta: “[...] Con frecuencia me han preguntado si poseo las facultades de Holmes, o si soy simplemente el Watson que parezco. Por supuesto, soy consciente de que una cosa es lidiar con un problema real y otra completamente distinta resolverlo según las reglas de juego establecidas por nosotros mismos. Sobre esto no me hago ilusiones. Pero, al mismo tiempo, no se puede fabricar un personaje a partir de la propia consciencia y hacerlo realmente verosímil si no se tienen algunos elementos de ese personaje, confesión peligrosa para quien, como yo, ha dibujado a tantos granujas”.

[...] Finalizó la guerra; Conan Doyle ofrendó al imperio a su hijo mayor, Kingsley; perdió a su hermano menor, Innes, y a tantos más que aparecen en su relato del conflicto. El espiritismo había pasado a formar parte importante de su vida; el convencimiento y la práctica activa de los mecanismos que, según Doyle, abren las puertas de comunicación, lo llevó a escribir estas líneas sobre la vida en el más allá de aquellos que murieron en la Primera Guerra Mundial. Sobre ellos afirma: “[...] Gracias a Dios, desde entonces he descubierto que las puertas no están cerradas, sino sólo entornadas, para quien muestra la debida seriedad en su búsqueda. De todos los que acabo de mencionar, no hay uno solo de cuya existencia póstuma no haya podido obtener una prueba clara”. Casi cuarenta años dedicó Arthur Conan Doyle al contacto psíquico con el más allá. El escritor afirma, asegura, anota, una larga lista de fenómenos físicos y auditivos que presenció durante sus investigaciones. Aquí una pequeña muestra: “[...] Yo he estrechado manos materializadas. He mantenido largas conversaciones con la voz de los espíritus. He olido el peculiar olor a ozono del ectoplasma. He escuchado profecías que se han cumplido enseguida. He visto a “muertos” reflejarse en una placa fotográfica, que no había tocado ninguna mano más que la mía”. Destaca en sus afirmaciones sobre la vida después de la muerte, todo lo referido a su hijo. Sobre la muerte de su hijo, el médico, el científico, y luego, tras un largo recorrido, el espiritista convencido, anota entre sus memorias: “[...] ¿No estoy mucho más cerca de mi hijo que si estuviera vivo y ejerciendo en el Servicio Médico del Ejército, que probablemente lo habría destinado a los confines de la tierra? Casi nunca pasa un mes, y a veces ni una semana, sin que me comunique con él. ¿No es evidente que tales hechos cambian todo el aspecto de la vida y tornan la neblina gris de la disolución en un amanecer rosado?”

[...] En relación a su cuerpo el detective se regía de un curioso sistema de valores: “Sherlock Holmes era un hombre que rara vez hacía ejercicio físico por el puro placer de hacerlo. Pocos hombres eran capaces de un esfuerzo muscular mayor, y resultaba, sin duda alguna, uno de los más hábiles boxeadores de su peso que yo he conocido; pero el ejercicio corporal sin una finalidad concreta considerábalo como un derroche de energía, y era raro que él se ajetrease si no existía alguna finalidad de su profesión a la que acudir. Cuando esto ocurría, era hombre incansable e infatigable. Resultaba digno de notar que Sherlock Holmes se conservase muscularmente a punto en tales condiciones, pero su régimen de comidas era de ordinario de lo más sobrio, y sus costumbres llegaban en su sencillez hasta el borde de la austeridad. Salvo que, de cuando en cuando, recurría a la cocaína, Holmes no tenía vicios, y si echaba mano de esa droga era como protesta contra la monotonía de la vida, cuando escaseaban los asuntos y cuando los periódicos no ofrecían interés”.

[...] Es sumamente notable la concepción que Sherlock Holmes tiene de la belleza y tranquilidad de la campiña inglesa. Viajaban en un tren rumbo hacia el lugar de un crimen, cuando Watson hizo referencia al paisaje hermoso que se veía por las ventanillas: “Ya sabe usted, Watson –dijo–, que una de las maldiciones de una mente como la mía es que tengo que mirarlo todo desde el punto de vista de mi especialidad. Usted mira esas casas dispersas y se siente impresionado por su belleza. Yo las miro, y el único pensamiento que me viene a la cabeza es lo aisladas que están, y la impunidad con que puede cometerse un crimen en ellas. [...] Siempre me han producido un cierto horror. Tengo la convicción, Watson, basada en mi experiencia, de que las callejuelas más sórdidas y miserables de Londres no cuentan con un historial delictivo tan terrible como el de la sonriente y hermosa campiña inglesa. [...] Si esta dama, que ha solicitado nuestra ayuda, se hubiera ido a vivir a Winchester, no temería por ella. Son las cinco millas de campo las que crean el peligro”.

Escribir desde el murmullo

Lo descubrí en el ir y venir del rodillo sobre las paredes del salón, durante el tiempo en que jugué a ser un pintor. Un rodillo es un artefacto de mango plástico que sostiene un dispositivo de metal que a su vez recibe el cilindro que, vestido como osito de peluche, se empapa con pintura, y en este caso pintura látex con un agregado mínimo de agua para facilitar la acción cubritiva sobre el tipo de superficie que ponía el pecho al beige clarito.
El recorrido del rodillo cargado con pintura me llevó una y otra vez a una misma imagen y sonido: una calle cualquiera de Buenos Aires cuando la lluvia fina es manto sobre el paisaje, mientras ella misma calla, cuando ella es muda o silenciosa en el contacto con dicho paisaje. Tan distinta la lluvia fina, o su ínfima expresión: la garúa, de la lluvia violenta con sus sonoridades efectistas.
Cuando la lluvia fina es sobre la ciudad nace en las calles un murmullo mínimo, suave. Las ruedas de los autos en su plenitud de giro mágico, misterioso, sobre el asfalto húmedo, son el origen de dicho murmullo.
El rodillo rueda y recorre la pared que, seca en la primera pasada, va tomando humedad y entonces el rodillo o la rueda húmeda pasa, se desliza, sobre la calle vertical de la pared. Es el látex con su toque de agua el que llega hasta el brazo que lleva y trae el rodillo. Llega como si fuera lluvia fina, no violenta, como si llegara la garúa y su murmullo sobre mi cuerpo, la ciudad primera.
Nada más placentero que escribir en un café, cerca de una ventana abierta a una Buenos Aires de lluvia fina, calles y autos.
En los cafés escribo tan solo y a la vez tan acompañado que a veces me da miedo la fuerza del extravío que me aleja y me acerca: ¿volveré al café?, ¿saldré de la página?, ¿final para esta tinta roja?
El murmullo de la gente arrulla mi escritura en su momento interior, antes de salir a jugar, pero el arrullo o el extravío nacido del aroma de ese sonido se multiplica cuando el murmullo es el otro, el murmullo mínimo, suave, de la lluvia, la calle y los autos, que pasa a través de mí, de la ventana, de mi ventana.
Cuando el rodillo iba y venía reparé en que para que un paño de la pared quedara cubierto, pintado, hacía falta que yo pasara el artefacto, mi brazo, mi mano de escribir varias veces por el lugar. Con la repetición, con la vuelta al territorio delineado momentos antes, se lograba, se iba logrando, la textura, la carnadura requerida para hacer de la pared pintada, una pared o un personaje pintado, creíble. Mientras tanto la lluvia fina sobre mi brazo, como si estuviera en un café, en mi Buenos Aires y todo, absolutamente todo, quisiera pasar por mi ventana para hacerme feliz durante la labor, en capítulos, sobre las distintas maneras de escribir.

Enero 2008