Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 11 de octubre de 2015

El desalojo (La foto, diario Tiempo Argentino, 11 de octubre de 2015)

El pibe Rolando fue testigo de la jugarreta desesperada de su padre. Plena década del 40 en el barrio de Boedo. En noche de luna pobre, Julio Martín, el padre, abrió el cajoncito de la mesa y extrajo el tesoro. Todos dormían en la pieza. Abrió el envoltorio de papel de diario. Observó. Dio dos pasos hacia la puerta, pero desde la oscuridad Rolando dijo presente. Intentó que el pibe siguiera en la cama, pero fue imposible. Caminaron los dos por el patio de tierra hasta el galponcito de madera. Sobre ese patio Rolando, un día, enterró un tesoro: una vieja escupidera repleta de bolitas. No hizo mapa y se perdió el dato del lugar en su memoria: pudo volver a las bolitas sólo en sueños. Julio Martín buscó las herramientas necesarias y la escalera. Enfilaron hacia la puerta de calle. Independencia dormía tranquila. El hombre extrajo del bolsillo del pantalón la primera señal: la chapa enlozada con el número 3769, y entonces el local del frente perdió su número original: 3763. Julio Martín miró su obra y procedió a correr la escalera. Del bolsillo salió el número 3771, que al ser izado bajó el 3765. Vuelta a mirar: padre e hijo, en la noche y el silencio, trabajando por la familia. Se movió la escalera y entonces subió el 3773 para ser arriado el 3767, que era el número de la casa del gallego Ortega, el padre de Pichín. Julio Martín sabía desde hacía unos días que se venía el desalojo, una vez más en la vida familiar había que ganar tiempo para la huida. Entonces actuó de manera decidida. Marchó en la noche con destornillador, escalera, y Rolando. El oficial de justicia de pie, eterno, con su mano derecha apoyada sobre la puerta. Pasaron los años de su eternidad y nunca pudo despegarse de esa imagen. En sueños volvía sobre la chapa enlozada donde se leía el número del domicilio: Independencia 3771, y la dirección errada que llevaba el papel de la justicia. Así lo sueña Rolando. Él me contó la gambeta que hizo mi abuelo. Es una historia que voy a contarle a Julia, mi hija.