Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Autopsia (La foto, Diario Tiempo Argentino: 21 de diciembre de 2014)

Estos jinetes abandonan la monta. Juran compromiso, cercanías éticas, pero después dejan el caballo o la yegua al costado del cemento. Alunizados y alucinados en su esencia, cuatro jinetes apocalípticos buscan el centro del universo para afirmar su filosofía de pestes y palos. Tan lejos en la memoria, en aquella odisea que soñaba el 2001, el mono exhibe el hueso, su sexo. Los jinetes detectan un invasor. Lo sospechan. No hace falta comprobar si lleva su dedo meñique duro. La sangre completa su músculo y se cierran los cascos. Ninguna gorra es buena, amiga el pensamiento con su ausencia. No hay plato volador a la vista, tampoco nave cigarro, pero sí están los invasores por todos lados. Y está ese invasor con cara de susto y remera a listones horizontales azules y blancos. Viene de otro cielo, adivinan urgentes los jinetes. Entonces lo rodean, como si cada uno de ellos fuera uno de los apoyos de la nave que cuentan en la Biblia vio Ezequiel, porque invasores hubo en todas las épocas. El invasor pareció reconocer el dibujo espacial y bajó la guardia, puso cara de: No, muchachos, si yo también soy de acá. Pero el hueso devenido en falo lustroso con mango invitó certero. Llegaron después los otros al banquete y le dieron al et como en bolsa. Acostaron el alien sobre uno de los escudos protectores. Quedó sobre una mesa de autopsias provisoria. Alguien acarició su cabeza. En esa despedida supo de una poesía de Marcos Silber, que también es de acá e imagina el frío de la injusticia: “Hurga acerito / del altillo al subsuelo; / su filo desciende / penetra en la gladiadora cuerpería”.

martes, 25 de noviembre de 2014

Quiero recordar a Juan Korb, mi tío, fallecido ayer en tierras del Imperio del norte. Cuando dejó la Argentina por última vez, en 2012, escribí una nota para Desde Boedo. Su título: Juan y la lámpara mágica, que publico a continuación:

Mi tío Juan modela lámparas desde hace varios años. Químico de profesión se dedicó a jugar en distintas sintonías del plástico y con distintas texturas y cuerpos. Con el tiempo hubo una forma que lo fue atrapando: el cilindro alargado, de boca más o menos ancha, de espesor diferente en los cuerpos, y de alturas antojadizas: cilindros devenidos en lámparas de una luz tenue en su interior. Mi tío Juan fue durante gran parte de su vida un hombre viajero, como él mismo se definió: un barco fuera de lugar toda su vida, esto dicho porque vivió más de treinta años en las tierras imperiales del norte. Volvió a la Argentina por unos años a tomar unas buenas bocanadas de aire del sur (nunca olvidó que era hombre de por acá), y después emprendió el regreso. En esta nueva travesía fue que las circunstancias lo llevaron a aliviar la bodega, a desprenderse de objetos varios, y entre ellos, dejó para retirar en un después, sus preciadas lámparas. Quedaron en mi poder, guardo varias, y entre ellas una, la que quizá simbolice la cúspide de su creación, porque Juan es, tal vez sin saberlo o de modesto o reacio a los grandes títulos, antes que químico, un artista.
Enciendo la lámpara sobre la biblioteca. Está acompañada de libros y de adornos, sobre la pared donde se apoya cuelgan dos cuadros de mi papá, el acrílico del café Margot y el que aparece en la tapa del libro de poesías de mi abuelo paterno, Julio Martín. Desde la primera vez que la vi encendida que sueño con este momento, es decir, el de la escritura. Hace meses que quiero escribir la lámpara: parece cielo de tormenta, se ve claridad en la base, cerca del horizonte, y claridad en el cielo alto, esa parte que conecta, engancha, con el camino cierto al universo profundo; la mayor parte del cilindro de unos treinta y cinco centímetros de altura está ocupado por una mancha: el germen tormentoso que en su mitad muestra una leve brecha clara. La lámpara es la imagen del misterio, se me ocurre pensar en el misterio fundacional de la vida. Al menos así lo sentí, lo supe, a la primera contemplación. Fue cuando mi tío Juan dijo que estaba hecha con una sustancia fotosensible, y que con el tiempo la masa oscura iba a terminar aclarándose.
En la noche de este fin de año me propuse un juego, prenderla y apagarla mientras a continuación pensaba en alguna imagen hurtada a Buenos Aires, una imagen que contuviera un toque de fantasía. La lámpara mágica de mi tío Juan, como si de arbolito navideño se tratara, iluminó un puñado de fotos narradas.
Sostengo que lo primero que iluminó fue la cercanía de un río o de una laguna, porque además, Buenos Aires cada vez se parece más a un gran charco: el charco primigenio donde tanto bicherío variopinto se da a la vida en tránsito, porque es inevitable, el bicherío irá, por instinto (ojalá que sí), en la búsqueda de una huella de río o de laguna sobre el cemento ardiente de la ciudad. Luego de encender y apagar la lámpara volví a ver al pescador de San Cristóbal. Llevaba una caña de pescar (obvio), un morral, gorra de pescador y caminaba con tranco de pescador. Oteaba la calle buscando el horizonte que supongo imaginaba cercano a la esquina de Matheu y Estados Unidos. El pescador buscaba su río o su laguna sobre la vereda del Cao. Yo llegaba al café con Eduardo Noriega, el fotógrafo, pero lamentablemente iba desarmado. La presencia me sorprendió, ¿qué hacía un pescador pronto a disponer su oficio a metros de mi café sobre Independencia?
La avenida Independencia fue alumbrada con el arte de mi tío en el recuerdo. Porque al ver al pescador cercano al Cao pensé en agua de río y luego en barcos, y especialmente en barcos fuera de lugar, como mi tío Juan. En el pasado caminaba por Independencia hacia mi departamento, unos quince minutos después de la medianoche. Dejé de mirar el piso cuando descubrí que avanzaba por la avenida desierta y el invierno, una camioneta atiborrada de luces amarillas. Avisaba, abría paso para los barcos. Es sabido, los fantasmas eligen andar por las avenidas, y entonces es factible toparse con uno, pero lo que no sabía es que en las avenidas uno puede encontrarse con barcos fantasma. No sólo fantasmas de la tierra, ahora fantasmas de río sobre la casi totalidad de la anchura de Independencia. Dos barcos lentos y oxidados sobre plataformas rodadas, barcos transitando desde la muerte en el Riachuelo de la fantástica mugre.
Vi la tormenta otra vez, click que enciende y click para un final, y entonces fue el turno del colectivo 23. Un mediodía de la primavera del año anterior abordo la nave en Catamarca y Estados Unidos. Camino hasta los asientos del fondo. Ocupo el lugar vecino al de la ventanilla, que está habitado por un hombre de unos sesenta años. Tiene alguna apariencia extraña, pensé cuando detecté su murmullo: era constante, imposible de entender. Miraba hacia las veredas, parecía estar buscando a una persona. De repente giró la cabeza y me miró a los ojos. Habló, no entendí, o sí, pero quería volver a escuchar y entonces dije: ¿Cómo?, al tiempo que me acercaba unos centímetros: Me tiran los bonaerenses y me tiran los federales, se me va todo al estómago, y me hace dar mal aspecto. Asentí con la cabeza, guardamos silencio, él volvió a la ventanilla, y yo me quedé con su declaración en la memoria.
Faltaban unos minutos para la última medianoche del año cuando el saludo de la lámpara alumbró a mi diariero amigo, Lucas, en su puesto de batalla de la esquina de Estados Unidos y Jujuy. Hace unos días me detuve a saludar y Lucas andaba con un sucedido en la punta de la lengua: Sabés que había un chabón parado en la esquina, lo vi, no hacía nada, estaba ahí (señala el punto exacto en la baldosa). Me ve, se acerca y dice: Vi un águila calva, me pasó a cuarenta centímetros de la cara. Pregunté: ¿Un águila calva? El tipo me dice: Sí, era como un cóndor. No podía creer lo que contaba: ¿De dónde venía?, pregunté. Venía por Independencia, dobló en Jujuy. Lucas luego refirió el silencio posterior a la escena y la desaparición del avistador de pájaros de gran porte.
La avenida Independencia a esta altura del relato parece convocar situaciones extrañas, pero la que sigue comenzó en el cruce exacto de Belgrano con Jujuy. Entre las cinco y las seis de la mañana volvía yo de mi viaje al fin de la noche en la tierra virutera, entiéndase: de La Viruta, la milonga de Palermo, mi lugar de trabajo, cuando veo que un muchacho de veintipico de años, con las manos libres, es decir, no usaba capote de color, no llevaba espadín, tampoco usaba el sombrerito típico ni el traje ajustado y con brillos, la iba de torero en la mañana. Encaraba sin miedo, asustaba a la bestia, ah, sí, ¿la bestia?, un colectivo de la línea 84, que permanecía varado en la encrucijada de arena. El torero amagaba correrse, el bondi avanzaba un metro y vuelta a empezar. Reía el torero, puteaba el bondinero. El lance duró hasta que el muchacho vio que doblaba un 118 y tomaba Jujuy. Perdonó la vida al 84 y salió corriendo hasta superar al 118, justo cuando este se detenía en la parada. Se renovó la corrida en las cercanías de Once, un río especial dentro del gran río, de la gran laguna mi ciudad. Abandoné al torero y seguí con mi camino, y vuelvo a dejarlo después de haber encendido y apagado una vez más la lámpara de mi tío Juan.
En la lámpara mágica presentí el misterio fundacional de la vida, vi la parte tormentosa y vi la cuota de luz. Cuando Juan me aclaró (justamente) la clave de elaboración de la misma, la condición fotosensible de la materia, cerré, entendí, disfruté del círculo perfecto. Lo oscuro devendrá en luz a través de los días, me dije que así la vida de las personas, incluida la vida del creador de la lámpara mágica, porque mucho lleva hecho Juan sobre esta tierra humana (sí, otro tipo al que nunca le hizo falta un dios), y quizás en este viaje mi tío la juegue de soltar un poco de bulto, de acercarse un cachito más a la sabiduría, la luz o su sinónimo, el espíritu. Vivir solo cuesta vida, cantó el Indio Solari cuando era Redondito y de Ricota, y Juan sabe de la tormenta y sabe de la luz.
Imagino y quiero una llegada digna a la luz para los fantásticos de este relato: el pescador, los capitanes de los barcos, el señor del 23, el observador del águila calva, el torero de Once. Una especie de deseo de fin de año, ojalá que todos tengamos el descubrimiento del espíritu o la luz en camino de colisión frente a nuestra mirada, como sucede y sucederá en la lámpara mágica de mi tío Juan.

Estoy lejos y cerca de mi tío; establecimos, antes de su partida al norte, un compromiso de comunicación: el primero de nosotros que pase al otro lado de la sombra debe tratar, si se puede, y si hay paisaje que referir, de dar noticia y pistas al que todavía ande en estas cuestiones del vivir. Me dijo que él me avisa, siempre un caballero. Imagino que será emotivo y muy interesante, ya que el comunicador sabe de las cuestiones que encierran tanto la tormenta como la conciencia y su luz. El hacedor de la lámpara transitó en repetidas oportunidades la línea del horizonte de este río, de esta laguna: nuestra Buenos Aires, y como nunca olvida, volverá a hacerlo.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Cruzado (La foto, Diario Tiempo Argentino: 23 de noviembre de 2014)


Cruzado
Me enseñaron que el mundo era rectangular, y era cruzado. Sucedió en los tiempos en que me inauguré como sala de exposición, como siervo del señor. Lo acepté porque el señor es de temer: habla de amor, pero procede con el fuego y la venganza. No le faltes al señor, es decir, a sus empleados. Ellos me enseñaron a acariciar los límites del rectángulo, a colocar mis ojos en cruz. Ay, la cruz, una vez escuché al poeta Polycrates: Llevar una cruz al cuello es como colgarse una picana. Hoy es la electricidad, antes fue la cruz, también el fuego, y el metal de los instrumentos necesarios para ejecutar el tormento que aseguraba que el mundo siguiera siendo tan rectangular, y tan cruzado. El cuadro, el simulacro de libro que cuelga de mi cabeza, o mejor, que es mi cabeza, lleva una cruz al frente, arte y disimulo, alguien dijo en voz baja. La misma cruz del frente, se repite en la contracara. Él murió por nosotros, también me enseñaron ellos. Otra tragedia, me dije, en este mundo que se mantiene en el tiempo. Rectangular, o casi cuadrado, más o menos así era el mundo sobre el que se movieron los primeros navegantes. Animales, bestias, hombres sin alma, sin la más mínima idea sobre cómo era el mundo. Llegaron ellos junto a la cruz que reza en la empuñadura de la espada, junto a los templos, y contaron la historia, y de alguna manera, los que escribieron simulacros como el que llevo en mi cabeza, borraron los límites en los mapas y el mundo progresivamente fue dejando de ser rectangular y cruzado. Ahí el engaño: ellos siguen enseñando un mundo diferente al que aparece en los mapas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

El llanto (La foto: Diario Tiempo Argentino: 02 de noviembre de 2014)



Va tantas veces el cántaro a la fuente que sí: efectivamente puede romperse. De manera mutua se empiezan a ver a la distancia, después comienzan a dejar la vida para mañana. Sucede una vez, la primera: ella mira a la derecha mientras él hace lo propio con la ventana de la izquierda. En el centro nada, o casi nada: un par de juegos y palabras hipócritas, la pequeña mentirita, que como decía la canción, a veces, salva, y es cierto, pero sucede de vez en cuando: y casi nunca dentro de una pareja. Maquillaje amoroso mientras los días se van, mientras la piel se calma prometiéndose que mañana va a ser distinto. Porque puede esta historia de final estar limpia de maldades afines, de traiciones. Simplemente fue la tormenta de la que ninguno de los dos se supo resguardar. Después, siempre, llega el silencio. Llega el día en que sobre la puerta de la ausencia se abre el lamento. Aquí nadie se ha muerto, no hay mal que por bien no venga: los lugares comunes que respiran afuera. Luego de la tormenta queda el lamento de los quebrados por la historia. Mañana puede que los quebrados pinten otro paisaje, pero de momento viven en la herida: él y el llanto en la calle, en la mesa de café, en el banco de plaza: no sabe qué hacer, a qué amigo llamar. Ella está de llanto en el aire fresco que nace al pie del ascensor, en el descanso de las escaleras. Llora desde el séptimo piso. De vez en cuando el ascensor se mueve y enturbia el llanto. El ascensor no se detiene: nadie abre la puerta a espaldas de la mujer. Nadie sube por las escaleras. Él no vuelve, llora en la plaza, en domingo, en soledad.

domingo, 12 de octubre de 2014

El amanecido de Leopoldo "Teuco" Castilla (Libro recordado, Diario Tiempo Argentino: 12 de octubre 2014)



La emoción me gana cuando recuerdo El amanecido. Recuerdo al Teuco Castilla diciéndome que escribió sus poemas en las amanecidas. Y me digo que en esos amaneceres el poeta logró la maravilla: “Y estoy yo, ateo, sin iglesias, / milagroso”. Siempre tomo el libro, lo abro al azar, espío unas líneas. El Teuco sonríe y mira, ay, la mirada del Teuco: en la palabra sus muertos, su tierra, la infancia, felices las obsesiones del poeta. “Hay que entrar callado: la muerte es otro monte”, aconseja; “Dentro de sus hijos, indefenso, / dura el padre, / intruso en su propio nacimiento”, revela. El Teuco me habla cada vez que abro su libro, porque no resisto la tentación de entrarle a la memoria de la sangre y el paisaje. Hay un hombre apasionado detrás de esta poesía, de este libro fundamental para entrar y salir de la vida y la muerte. Maravilla del recuerdo, hallazgo vital en cada verso. Por eso lo recuerdo: me invita a vivir y a morir en la poesía de un lugar, un tiempo, de un alma milagrosa de ateo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Tensar la línea (La foto, diario Tiempo Argentino: 21 septiembre 2014)



Allá lejos, cuando la adolescencia, tuve el impulso de comprar una caña de pescar. Una decisión acompañada por las historias de mi viejo: de muchacho iba a pescar con sus amigos de Boedo a la Costanera. Tuve mi experiencia sobre el borde de cemento, de cara al Río de La Plata; fui de pesca y campamento de fin de semana sobre el Paraná de las Palmas. Pude tensar la línea disparada hacia el cielo y ver luego el freno del plomo en el aire. Una manera de detenerme a pensar: ay, el presente y su mejor cara, lo efímero. Luego caí hacia las aguas, al misterio, a la maravilla dolorosa de ser consciente de la caída, porque caída habrá, y misterio, siempre. La vida bien puede ser transitada en el misterio, desde el misterio. Se ve que lo aprendí mientras la caña de fibra de vidrio se combaba, y se acercaba a la tierra para apuntar presta al cielo, el otro misterio. La vida toda es misterio, me dije, me digo. Recordé que mi viejo dejó la pesca en la memoria y siguió con esa manera de tensar que nunca dejó: vivió tensando su paleta de de pintor de gamas bajas: su manera de zambullirse en el óleo. Dejé la pesca, esa otra manera de tensar, y comencé a tensar mi tanza de vida alrededor de la lectura y la escritura. Como el abuelo Julio, que fue poeta, y que casi con seguridad, supo de tensar la cuerda, su pesca, y también la dejó por su poesía. Mi viejo lo imaginó, eso pienso, como yo lo imaginé tantas veces arrancando en Boedo para luego bocetar un paisaje sobre la tela, una acción de recordación inventiva: tensó su pintura en el paisaje que recordó y el que imaginó, y así pescó la vida.

domingo, 31 de agosto de 2014

Sangre (La foto, Diario Tiempo Argentino, 30 de agosto de 2014)



El empleado de uno de los tantos dioses bendijo con sangre. Como si desde el principio de los tiempos de cada historia, el dios y el empleado hubieran olvidado, o peor, ignorado, las lágrimas de la víctima: el suplicio. La sangre de un cuerpo a otro: el quebranto, el fogonazo de uno a otro. La historia de la sangre derramada completa la biblia donde el hombre se narra. Espada y estilete al corazón de la criatura. Munición en la recámara, sacar seguro, modalidad tiro a tiro o en ráfaga: unción perforante. La sangre y su historia de río que va desde los rápidos hasta el discurrir manso: los minutos se acomodan por última vez. La sangre fuera de cauce moja presta la oreja de la Parca. Cuando el hombre llega a viejo piensa en el momento cercano en que la sangre no sea río. Entonces salta con ritmo acentuado sobre la soga que une los extremos de la vida y la muerte. Cuánto hubo de felicidad, cuánto de su ausencia. El hombre piensa y entonces a las verdades las tapa la bruma. Es posible que la paz se pierda. Sobre la sangre fuera de cauce también piensa el poeta viejo, que viene de andar la vida entre su alma maravillada y la muerte que lamerá las rocas y la filosofía de su vaso. El vaso sobre el escritorio. Hoja en blanco, lapicera de tinta roja. El poeta viejo de exacerbado trago trata de mantener en pie su arboladura, la nao sobre la sangre, el río: su cauce. Hace memoria y encuentra feliz el rastro de su primera sangre. Lamenta, además, que sea uno de los grandes ocultamientos de los dioses y de sus empleados: es necesario saber por qué, cuándo fue derramada la primera sangre.

domingo, 10 de agosto de 2014

La sombra (La foto, Diario Tiempo Argentino: 10 de agosto de 2014)



La sombra es el perro más fiel que conocí, le dije a Batuque, mi perro, que muerto duerme su ausencia bajo la sombra del limonero. El mundo es una sombra, pensé después. Alma pura, cuentan que es todo el cuerpo de la sombra. Recomiendan también que hacia ella hay que mirar, que a ella hay que invitar un café para saber de quién, o de qué se trata la persona que nos interesa desentrañar. Llegar a la mujer a través de la sombra de su mano, de su pelo, de su pollerita de dibujar nuevos barriletes sobre el cemento. Nada más hermoso que intentar ver la sombra de una mujer que usa boina, una sombra de esas que salen a desestabilizar la noche. Intentar ver el dibujo para conocer sus secretos y sus placeres. Ver en la sombra como si leyera la mejor poesía, como si oteara las señales en la borra del mejor café. Es que mirar en la sombra es un oficio que roza y se nutre en lo fantástico. Hay infinidad de sombras en el mundo de adentro y en el de afuera; tantas sombras como almas cuando se mira desde un quinto piso o cuando se mira hacia las memorias de quienes fuimos. Un alma y una sombra, luego un puñado de decisiones. Le digo a Batuque que Rolando, nuestro padre, siempre pintó sombras en el cielo y en la tierra. Él no cree en Dios, cree en la sombra. Por eso, pienso, pero no le digo, que Batuque duerme bajo la sombra del limonero, y yo miro en las sombras de la mujer, y obvio, en las mías. Tomé la mano de la muchacha de la boina, la noche quedaba en San Telmo, y con una luz en la ochava, vi sobre los adoquines que nuestras sombras andaban de la mano. Íbamos camino al primer abrazo.

viernes, 18 de julio de 2014

Bitácora de lluvia, la primera novela de Edgardo Lois por Tuky Carboni



Generalmente, los escritores solemos tener reparos en mostrar nuestros primeros trabajos. En esa cautela, hay algo de la necesaria autocrítica que debemos ejercer sobre lo que escribimos; estamos aprendiendo a caminar por el bello sendero de las letras y nos sentimos vulnerables, inseguros. De todas maneras, esta actitud de responsabilidad ante el lector es, creo, mucho más deseable que la posición opuesta: creernos genios o escritores iluminados que sólo debemos lanzarnos al ruedo y esperar que los demás aplaudan, deslumbrados por nuestra pericia en manejar el lenguaje. La primera actitud, la de caminar con pie de plomo por la explanada de las letras es, creo, más inteligente; sobre todo si somos sensibles; porque nos permite estar conscientes del riesgo que corremos: lastimarnos seriamente e infligirnos una herida que tardará en cicatrizar; si cicatriza. La segunda, la de la confianza ciega, tal vez sea más brillante y tentadora; pero, al dar la impresión de saberlo todo acerca de la escritura, desanimamos los aportes constructivos que los demás podrían hacernos para mejorar nuestro trabajo. Y nos perdemos la lección. Este sería, de cualquier forma, un mal comienzo. Cuando, con el correr del tiempo, presentemos otro trabajo, más burilado, más mesurado, más digno de un escritor, ya se habrá instalado en los lectores o los críticos ese sentimiento de rechazo que generamos, a medias con nuestro texto y a medias con nuestra actitud.
Cuando mi nuevo amigo Edgardo Lois me obsequió “Bitácora de  Lluvia”, su primera novela, me aconsejó “que lo tomara con calma”; así está escrito en la dedicatoria. Me preparé entonces, anímica e intelectualmente, para leer un típico trabajo de principiante. Falsa alarma. El libro, por fuera, da toda la sensación de ser una edición cuidada, y prolija. Buen tipo de letra, buen papel, hermosa portada (“El Diluvio” de Vito Campanella) y ese “algo” misterioso pero innegable, que nos hace elegir un libro de entre otros muchos.
Por dentro, esta novela se “ganó la lectura” desde el inicio. Desde “Palabras Previas” que, muy bien elegidas, saben presentar un portal sumamente atractivo para comenzar a transitar el texto.
La idea central me pareció muy interesante y original. Los diálogos son ágiles y muy creíbles; los capítulos breves permiten seguir el desarrollo de la historia, bastante compleja, sin perdernos en el laberinto que proponen. Me gustó, especialmente, esa interacción con un personaje que se fuga de las páginas de una novela y hace su incursión en lo que llamamos “realidad”: el  viejo “contador de historias”; éste es y se comporta como un indigente; pero no habla como uno; para hacer patente la distinción, basta leer su sabia disquisición sobre la esencia del Ser: dónde termina el Ser, si el Ser  puede expandirse mediante la gracia del amor y si es posible su fusión con lo que amamos. Maravilloso.
El paisaje donde se desarrolla la novela tiene mucho de esa inconsistencia que tienen las  situaciones oníricas: cierta levedad vaporosa, escenarios que se transforman súbitamente, la presencia infaltable de la lluvia, con su doble propuesta: intimidad e intemperie. Además, hay afirmaciones que no puedo sino compartir; por ejemplo, la de que, al escribirse, un texto se transforma en real (ya lo dijo Archibald Mac Leish: “un texto no significa algo; Es  algo”.); otro tópico interesante y compartido es la tesis de la multiplicidad del Yo, ya propuesto por grandes poetas y escritores, como Rilke o Proust. Tema apasionante para debatir en una  larga charla entre amigos.
Para destacar: con el correr de las páginas, Julio, el hombre muerto entre cuyas ropas se encuentra el manuscrito, se gana un lugar en nuestro espectro afectivo por su condición de librero apasionado, enamorado de los libros, por su culto a la amistad y por la delicada ternura que manifiesta en su trato diario y en sus diálogos con Edesma, la mujer que ama. Una ternura que sólo se permiten los hombres bien hombres, los que no tienen duda alguna acerca de su condición de tales.
Otro recurso que utiliza Edgardo y que me pareció excelente, es hacer entrar en el texto de su novela a amigos entrañables, esta vez de carne y hueso, como Hugo Ditaranto y Gabriel Montergous; es como si hubiera un intercambio tácito de responsabilidades, los amigos queridos, para custodiar la novela; y para ellos, un pase de magia para que accedan a esa suerte de eternidad que, según “Bitácora de lluvia” tienen los personajes, mediante la ópera prima de otro escritor.
Como corolario de esta novela apasionante, me queda una duda; pero esa duda me confirma la cualidad onírica del relato: Edesma, ¿existió, realmente? ¿Abandonó a Julio? O, ¿se diluyó en la lluvia? Misterio muy, pero muy bien logrado.

domingo, 6 de julio de 2014

Arder (La foto, Diario Tiempo Argentino: 06 de julio 2014)



Es la fragilidad de la vida la que siempre me empujó a más, la que me llevó a que nunca bajara los brazos por más que desde el norte vinieran degollando ceibos. Porque es la vida, hermano, como el grito de esta vela: palabra de luz y de calor, un punto vivo que siempre está dibujando un nuevo contorno. Es también la palabra de fuego. Hay un desgarrón a cada estocada del viento: no sabe de un día de ausencia. La llama tiembla, duda, se estremece, sueña, parece que se muere, que ya no quiere ni un minuto más sobre la frontera. Cuidado, el abismo que acompaña a la existencia está siempre a la mano, es una sombra atenta a los paisajes. La fragilidad, la finitud acecha. Sin embargo, muchas veces, la cintura de la llama se las arregla y sigue el baile durante tres minutos más, y hace esquina, y vuelve a presentar batalla en el barrio que la vio nacer. La vida es una vela encendida que pasa de una mano a otra: el tiempo de viaje, el tránsito entre las señales de nuestros días y el aroma de nuestras almas. Si mañana no voy a estar, así me dije siempre, debo trabajar la llama de este empeño. Entonces pude arder hasta el grito y la despedida. Y corrí el riesgo de mirar más allá, porque estaba vivo, porque tenía una idea: rendir homenaje a cada centímetro de la cuerda, la que nos acomoda el aliento necesario para levantarnos cada mañana. Lo hice cada vez: desperté y abrí los ojos, como lo hace cualquiera que siente el empuje. Me levanté rápido, lavé mi cara y me encontré en el espejo. Pensé: está bien, estuvo bien. Esta vela se puede apagar cuando nazca el silbo del último viento.

domingo, 22 de junio de 2014

Muerte súbita (La foto, Diario Tiempo Argentino: 22 de junio 2014)



Neruda eligió mirar el océano, junto a su compañera, desde la tumba. Estuve en la casa de Isla Negra, frente al Pacífico. John Houston en su última película “Desde ahora y para siempre”, basada en el cuento “Los muertos” de James Joyce, enfoca la mirada hacia el amor: sobre algunas tumbas la nieve cae desconsolada. Nieva sobre Dublín. Cuando supe que yo quería una tumba con forma de pirámide, deseché la posibilidad del sol rabioso, lo odio, y en cambio imaginé la eternidad rodeado de aire frío y arropado con nieve. Alejada de la casa, en el parque, construí yo mismo la pirámide. San Martín de los Andes sería mi cementerio. Mi mujer se rió. Me miró con lástima. Llegado el momento solo le pedía silencio y discreción. En la comunidad siempre fui una sombra. Nadie notaría mi ausencia. Todo quedó dispuesto para mi muerte. Pero la historia al parecer no fue autorizada por el destino. Morí de forma repentina, casi súbita. Tuve que dejar mi vida, mis quehaceres en el escritorio silencioso, dejé de escribir allá en el sur. Ella me dijo que no me aguantaba más. Andate, morí rápido. Tuve que dejar la casa y mi futura tumba. Planteé enigmas en sus medidas que a nadie importan, hice mis cuentas como los egipcios, y tampoco se cumplirán mis pintadas proféticas: soy la prueba del fracaso. Cuando nieva me hago una escapada y le tomo una foto. En la última, ella y su nuevo faraón intentan retirarle la nieve. Lo hace con cada nevada para que no tenga ni siquiera la posibilidad de imaginar el sueño cumplido. Ella sabe que vuelvo del más allá. Al final, cuando nieva muero entre los árboles.

lunes, 16 de junio de 2014

Sepia (La foto, Diario Tiempo Argentino: 15 de junio 2014)



Hay momentos en que los colores de un paisaje suspenden sus funciones vitales. Ocurre ahora mismo: la mujer camina dentro de un cuadro que muta. Desde este banco de madera veo claramente la presencia viva y envolvente del aroma, que solo esta vez simulará ser un color. Cuando un paisaje torna sus silencios hacia el sepia, el tiempo se dispara alto en el cielo, y aquello que era rodeado por una mañana más, deviene al instante en final de último atardecer. Las fronteras entre los reinos atenúan su decisión, el aire se hace niebla, y las sombras se transforman en decididas espectadoras. Puede que el sol en su retroceso produzca un leve silbido en la escena, pero no estoy seguro. El paisaje que llega a su centro sepia es como la memoria de un hombre mayor, pierde contornos, deja escapar detalles: los pequeños habitantes de historias sin importancia. Se purifica y aligera el alma porque se presiente que el final de la gran historia se acerca. La mujer sabe que va hacia su muerte en sepia. Escribí una serie de relatos mínimos, pero quedaron en la nada del aroma, que es testigo y parte mientras no arremete. El título fue “En sepia”. Nunca lo publiqué. El aroma sepia, en el único instante en que atenta contra el paisaje todo, se funda sangre adentro de la persona atravesando la piel de la cara. Anida unos instantes entre los ojos, donde se guarda la memoria. No se respira mientras sucede la mutación de la luz, de la historia. La mujer camina hacia su muerte. Lo sabe. Va hacia la niebla del puerto, que siempre está más allá del encuadre. Recuerdo el día en que caminé sobre el aroma.

domingo, 11 de mayo de 2014

Un bote sobre adoquines (La foto, Tiempo Argentino: 11/05/2014)



Desde que supe que en Gualeguay vivió Catón, el río de adoquines de la calle San Lorenzo, que pasa junto a la iglesia San Antonio, me atrae decidido. Lo contemplo desde la escalinata de la iglesia, camino sobre sus aguas y sobre los distintos brillos con que el sol acompaña su discurrir calmo. Es inevitable, pienso en este río, y también en el Gualeguay, que corre unas cuadras más abajo. Pienso en los dos ríos cuando Catón es hombre muerto desde hace tantos años. Vivía con su madre en una casa que hoy nadie ubica. Pasó sus días, y muchas de sus noches en la puerta de la iglesia. El café con leche se lo regalaban en el Irún. Los cortejos fúnebres venían por San Lorenzo. Camino al cementerio pasaban frente a su mirada. Incluso los que provenían de los asentamientos en las tierras blancas. Él los recibía. Su vocabulario era escaso. Cuentan que fue un niño, un muchacho y un hombre con problemas bajo la boina. Preguntaba: ¿quién es el finadito? Escuchó los nombres de cantidad de gualeyos difuntos. Se colocaba entonces a la cabeza del cortejo. Como si se subiera a un bote pobre, tanto o más que él, y derivara por el río de adoquines que, en alguna vuelta de los misterios que hacen al hombre, bien podría unirse al Gualeguay de siempre, que muertos también se lleva cada verano. Catón a veces lloraba. Siempre guardaba respeto. El muerto, se cree, iba a su lado en el bote. Como si fuera un amigo que, con cara de perro bonachón, acompaña el alma a la otra orilla. Dicen que Catón se fue solo, que nadie lo acompañó. Preocupa la muerte en Gualeguay desde que falta el llevador en su bote.

viernes, 25 de abril de 2014

Marinero como papá (mi recuerdo para El Gallego Guillermo Pérez Bravo, hoy en el café La Poesía de SanTelmo se inaugura su muestra, y un sitio que avisa que este hombre nunca se fue de sus barrios).



Conocí a Guillermo Pérez Bravo, el Gallego, en la trastienda del Margot, en las primeras horas de una tarde de invierno. Sucedió en mis inicios como habitante explícito del barrio de Boedo. Me refugiaba a leer y escribir en la hermosa soledad que amanecía en los fondos de la esquina de San Ignacio y Boedo. Sucedió que en la susodicha tarde, allá por el 2000 y monedas, creí mi soledad entrecomillada por una amenaza. No me gusta que enturbien mis ceremonias. En mi mundo había otro habitante. Sospecha nefasta y recelo. Mantuve la educación: me saludaron y di mis buenas tardes. Me senté a la mesa con vista a los adoquines del pasaje. Distribuí libro, lapicera roja y hojas en blanco. Y automáticamente presté atención a los utensilios y el quehacer del invasor. Al instante reparé en que no tenía el meñique duro, y que se aprestaba a filetear un paño de madera. Pensé: un fileteador, que es como pensar en un poeta del pincel. No leí, hablamos un buen rato mientras él pintaba. Le obsequié un ejemplar del que en ese momento era mi único libro publicado. El Gallego prometió leerlo, y lo hizo. Nos encontramos tiempo después. Nos saludamos con afecto. Fue vernos pasar mutuamente hasta que lo encontré en el timón ubicado detrás de la barra del Cao. Me gusta ver el café todo como si fuera un barco, a la vista están sus tres mástiles sosteniendo su cuerpo alargado. Y más disfruto de saberlo y nombrarlo barco, desde que entrevisté al Gallego para el periódico Desde Boedo. Me contó que era nacido en Galicia, en el pueblo más lindo de Pontevedra: O’Grove, fundado por una familia de origen celta. Me dijo que volvió al pueblo para hacer la vida que había hecho su viejo, que había sido marinero. Quise hacer la entrevista porque de tanto cruzar la charla en el café sabía que era, además de un buen tipo, un buen observador del mundo que lo rodeaba. No me equivoqué, el Gallego era de espiar y de pensar la realidad. Era además un artista plástico que elegía llevar su oficio en silencio, lejos de toda exhibición, porque ante todo pintaba para él. Fue mi compañero de muchas tardes, yo iba con mi oficio a trabajar al Cao, iba feliz con mi tarea, y la felicidad era todavía mayor porque estaba el Gallego. Esa felicidad era bien simple: entrar al lugar donde te recibe el apretón de manos de un amigo. Se ocupaba de que yo tuviera la iluminación justa, elegía buena música. Era el hacedor de la comunión entre su barra y mi mesa.
Está la ausencia, desde el principio sabemos de la muerte, pero también sabemos de la memoria, que debemos practicar, junto a los vivos y los muertos, todos los días.

lunes, 21 de abril de 2014

Edgardo Lois por Tuky Carboni, poeta de Gualeguay (Diario El Debate Pregón (Gualeguay) 20 abril 2014)



Siempre  me he preguntado a qué se debe el desconcertante hecho de que grandes escritores y artistas en general que residen en provincias, no trasciendan ni alcancen lo que la sociedad en que vivimos denomina “fama”. Repaso la lista de escritores y poetas maravillosos que me han hecho vibrar en una secuencia más alta y que permanecen injustamente ignorados y siento una aguda punzada en el corazón. No sé si de tristeza o, francamente, de rebeldía.  Por ejemplo, Alfonso Sola González, el más encumbrado poeta que ha tenido la provincia de Entre Ríos (para mi modesto criterio), no ha sido reconocido ni siquiera en su propia provincia. Es también inexplicable para mí, que Mario Busignani, Poeta con mayúscula, nacido en Jujuy, no haya tenido casi repercusión a nivel nacional. O Jorge Ramponi, mendocino, haya permanecido ignorado para el gran público lector de la Argentina. O que a Esteban Antonio Agüero sólo se lo conozca masivamente en San Luis. Y así tantos otros heroicos escritores y artistas de provincia que dedican toda su vida a expresarse a través de la palabra escrita, los trazos del pincel o las notas, acaso sabiendo que jamás sus obras serán conocidas, ni siquiera por los que amamos la literatura y el arte; porque, así como otras personas no han oído hablar de los autores que cito más arriba, ¿cuántos existirán que yo no he descubierto y tal vez nunca descubriré? Además de injusto (tanto para el autor como para el lector), me parece una especie de desperdicio ecológico que obras tan hermosas e impecables no estén a disposición de gente que podría haber caído, al leerlos, contemplarlos o escucharlos, en esa  bendita “especie de incandescencia del espíritu”, como dice  Enrique Molina. Yo creía, hasta ahora, que el centralismo de Buenos Aires, tiránico y feroz, era el causante de que voces más límpidas, libres de smog e inocentes de esas trampas que se aprenden en la gran ciudad, silenciara deliberadamente las grandes voces provinciales; bien porque, si no entraban en la “trenza” capitalina no valía la pena proporcionarles un escalón para que  trascendieran; o bien porque el ciudadano de las grandes urbes y sus correspondientes popes culturales estaban literariamente empachados de asfalto, rascacielos y suficiencia intelectual y, por eso mismo,  no tenían la universalidad necesaria para apreciar a los que hablan del paisaje comarcal, las costumbres del hombre de la tierra o la gloria de los sembradíos que le dan de comer el pan de cada día hasta a los más prominentes señores capitalinos.
Desde hace no mucho, he comprendido cuán equivocada estaba. Puntualmente, desde que Edgardo Lois se radicó en nuestro pueblo. No debe hacer más de tres meses que lo conozco, personal y literariamente. Él viene de la Capital. Sabe hablar con conocimiento de causa de tango, de bares, de cafés, de gente de la noche que “se las sabe a casi a todas”, de muñecas rusas que no cesan de dar sorpresas, de hombres que “se la rebuscan” enseñando a hacer a otros lo que ellos saben hacer bien, de grandes avenidas profusamente iluminadas, de grandes aglomeraciones, de grandes “pavos reales”. Edgardo, tal vez porque el aire barrial de Boedo tiene la cualidad de tiernizar el corazón, resguardando esa parte más preciosa de nosotros mismos que nos hace esencialmente humanos y abiertos a otros horizontes, conserva intacta su capacidad de asombro. Un asombro y un deseo-capacidad de integración que se refleja en los muchos y muy buenos artículos que ha escrito sobre gente de Gualeguay o directamente relacionada a nuestro pueblo: Emma Barrandéguy, Carlos Montella, Derlis Maddonni, Pipo Etulain, Cachete González, Daniel González Rebolledo, Negro Medrano, Carlitos Ántola…
Edgardo tiene, si no me equivoco, ocho libros escritos en su haber; yo tengo tres  de ellos; mejor dicho, dos; porque uno, con hermosas fotografías y muy bellos textos, poéticos diría, me lo arrebató mi nieta Bianca que está siguiendo la carrera  en la F.U.C. de San Telmo. Los otros dos son: “Miradas escritas al acrílico” y “La Virutera”. “Miradas…” es una recopilación muy feliz de estampas vivenciales, iluminadas por el afecto y la sorpresa cotidiana. Está muy bien escrito, con una prosa rica, variada y personal. Una prosa lúcida; una prosa con un sentido estético-ético que, por momentos, incursiona en la filosofía; pero sin desbarrancarse jamás por los acantilados de la pedantería ni levantar vuelos acrobáticos destinados a deslumbrar. Dentro de su riqueza, es concisa y muy bien situada. Tiene estampas (no sé cómo llamarlas de otra manera) entrañables, como “Hipérbaton en la panadería”(con gusto y aroma de infancia universal), o “David Álvarez Morgade”, una conmovedora historia donde Edgardo Lois hizo “lo que cualquier amigo”: “acompañó el viaje al interior del llanto”. O “Héctor González, homo boedensis”, que “transitó el centro del Universo: su barrio y  las periferias un tanto desangeladas de los distintos más allá siderales”. Otras son jubilosamente  desacralizantes, como “La Hermenéutica de un documento de Samuel Tesler” que me provocó esa carcajada tan saludable, y tan necesaria para respirar, que instila en un texto esa especie de chispazo dorado: el sentido del humor bien manejado.
“Miradas escritas al acrílico” no es un libro para leer rápidamente y después olvidar en un estante de la biblioteca; es para leer pausadamente, tomándole el gusto, saboreando cada oración, deteniéndose para captar el sentido profundo del contexto, tomando distancia para volver a releer y experimentar nuevamente ese íntimo regocijo que se genera cuando se lee un texto bien escrito.
Y pensar que hace tres meses, yo no tenía ni idea de que existía “Miradas escritas al acrílico”, ni su autor, Edgardo Lois; pero tampoco tenía idea de que existía Mónica López Ocón; ni Rubén Derlis. Ni Hugo Ditaranto. Rostros humanos que se presentan ante mí, aureolados por el afecto sincero que Edgardo pone en su libro al hablar de ellos; letra que se encarna y dice: aquí estoy; yo también escribo; yo también merezco que me conozcas. Porque, como para muestra basta un botón, tres o cuatro líneas de ellos (siempre desde “Miradas…”) me bastan para saber que escriben buena literatura, que me deleitaré leyéndolos en el futuro, (Dios lo quiera) si mi nuevo amigo me alcanza otras páginas de ellos. Entonces creo, ahora, que  poetas y escritores porteños y provincianos nos debemos un acercamiento, una aproximación a través de la letra escrita. Para enriquecernos mutuamente. Para que tanta página que merece trascender no se pierda sin alcanzar su blanco. Para integrarnos. Para conocer más y mejor una idiosincracia, que también es nuestra; aunque a veces nos desconcierte un poco. Necesitamos muchos más embajadores de buena voluntad, como Edgardo Lois, este muchacho que ahora reside entre nosotros y nos ha traído de regalo otras voces, otros acentos, otras pasiones.
Otro día hablaré de “La Virutera”. Porque ¿sabés, Edgardo? “Tus libros se ganaron la lectura”.

domingo, 6 de abril de 2014

Madrugada (La foto, Tiempo Argentino: 06 de abril 2014)


Leí al poeta Víctor Cuello de González Catán, quiere que a su muerte cubran su cuerpo con: “pedazos de amapola / perfume de piedra / lluvia color vino / pasto / trozos de libro”. Leí ayer y entonces salí de casa con el primer aire de la madrugada. Tiré de mi coche fúnebre: sobre la bicicleta fui mi propio caballo. Caminé unos metros hasta la mitad de la calle. Me detuve. Miré el cemento tratando de identificar el límite de la luz. Pensé en morir cuando me rodeara la niebla. La niebla es una trampera silenciosa: creemos que todavía no llega cuando en realidad ya estamos dentro de ella. Puede que la niebla tenga algo o mucho de la sintonía de la muerte. Pensé: este es un buen momento para morir. De pie en la niebla, cabeza gacha, recreando las historias que fueron cara, las que nacieron cruz. Morir sin miedo, en la tranquilidad de un destino de hombre tibio. De morir en una madrugada, y si hubiera cambiado mi dirección postal: del beso del fuego al hogar húmedo en la tierra, me pregunto: ¿con qué señales cubriría mi cuerpo? Y entonces mi memoria se va de boca, desbarrancan mis tesoros, se amontonan por lograr un lugar en esta escritura y luego entre las velas de mi nao. La disputa amanece, adivino que el trabajo será arduo, quizá demasiadas memorias/amores de personas, objetos, e imaginaciones bárbaras, juegos para mi boca cerrada. Es posible, creo, que cuando un hombre está listo para irse en la niebla enseguida señala el puñado de recuerdos con que se arropará en la tumba. Cuando llega la niebla, la memoria es escueta, no desespera. No somos más que un puñado de recuerdos.

jueves, 13 de marzo de 2014

Una historia para Julia 66


Mamá Evangelina y papá acaban de dejarte en el jardín de infantes Tru-la-la. Es tu sexto día. Me dije: hoy le cuento a Julia que va muy contenta a jugar y bailar con nenes y nenas, que nunca tuvo un amague de llanto, que queda tan bonita con una remera blanca y un pantaloncito negro, zapatillas y medias blancas, gomita blanca que te agarra un poco de pelo: un plumerito al viento. Se te ve feliz cuando entrás, y feliz al salir. Tratamos de llevarte y retirarte mamá y papá juntos. Sabés, te veo caminar por la vereda rumbo al jardín, y otra vez lo que ya te anoté no sé cuántas veces: no lo puedo creer. Ayer, mientras esperábamos para entrar, una nena, que estaba a upa de la mamá, empezó a llorar. Vos llevabas el Chancho Cholito en las manos. Desde abajo, brazo estirado hacia la altura, le ofrecías el muñeco. Tenés 22 meses y unos días: hoy 12 de marzo te escribo, te cuento una más de tus historias.

Una historia para Julia 65


Estaban de visita la abuela Adela y el tío Alejandro. Jugabas en el patio. Ibas y venías, hablabas, pateabas una pelota, jugabas con un muñeco. Estábamos todos bajo la galería. Quisiste ver las antenas de cerca, qué papá más exagerado, y entonces te hice upa. Pero el protagonismo de las antenas fue dejado de lado por la presencia de una avioneta que volaba en círculos a buena altura. La viste y entonces nos movimos entre los árboles para que pudieras seguirla con la mirada. Se fue. Cuando al rato volvió a aparecer, vos estabas parada en el patio: ¡oooohhhh!, dijo tu asombro, y señalabas con el dedo al cielo. En un segundo bajaste la vista, y buscaste a tu muñeca Kitty para que ella también viera la avioneta. Pasaba igual que con las antenas. Pero cuando alzaste a Kitty te diste cuenta de que tu amiga no miraba al cielo, te miraba a vos. Se miraron. Y rápidamente la hiciste girar y quedó de cara al cielo. Sí, Julia, en esta vida, muchas veces, vas a tener que resolver igual de rápido.

Una historia para Julia 64


A la mañana te despertás, llamás desde tu habitación: mamápapá o papámamá, así: todo junto y a velocidad. Uno de los dos acude a tu pedido y te acerca a la cama grande, pero contra todo lo supuesto, el sitio no tiene para vos especial interés. Así que enseguida viene el cambio de pañales y la colocación de la armadura para la mañana. Querés la mamadera, vas hasta la mesa de la cocina. La señalás. Tomás la leche recostada en el sillón mientras ves Paka Paka en la tv. Con mamá Evangelina desayunamos en la cocina. Terminás la mamadera y la llevás hasta la mesada. Te ofrezco una galletita. Esta combinación de movimientos se repite y se repite. Podría decirte que todos la sabemos de memoria, aunque no por eso es menos linda de transitar. Claro, que le diste una vuelta de tuerca al asunto cuando hace unos días te pregunté: ¿una galletita?, indicaste que sí con la cabeza, y cuando terminabas de agarrarla, dijiste: Y una papá. Fue la primera vez que ataste tres flores en un ramo.

Una historia para Julia 63


En marzo de este año, ahora, en estos días, Julia querida, comenzamos a construir nuestra casa. Mamá Evangelina y papá trabajaron siempre, antes y después de conocerse. En ese pasado no tan lejano, trabajar siempre no significaba tener una casa, comida, educación y salud. Mamá y papá son trabajadores que sin el apoyo del estado no podríamos estar levantando una casa. El estado debe apoyar la posibilidad del crédito: la gente empieza a devolver el dinero prestado desde el momento en que habita la casa. Esto es fundamental, pocos trabajadores pueden pagar el alquiler del lugar donde viven y la cuota del crédito por la construcción de la vivienda donde van a vivir mañana. Para que exista la posibilidad de este tipo de crédito, tiene que haber en el gobierno del estado: personas que piensen en el otro. No siempre se piensa en los demás desde la altura del poder. Tenemos hoy la suerte de vivir un tiempo distinto, ¿imperfecto?, sí, pero con señales donde aparece el registro de lo humano y lo solidario. Quiero contarte que el artífice de la obtención del crédito, de preparar los papeles, de tener todo en la cabeza y de ser insistente, es mamá Evangelina. Yo la acompañé, estuve a su lado, sí, pero es ella quien lo hizo posible. Estoy orgulloso de ella, y soy doblemente feliz: por contarte de mamá, y por contarte de esta realidad. Soy feliz porque mañana sé que vas a tener tu casa, pero no por una cuestión puramente económica, se sabe que esto es importante, pero ante todo, mi felicidad es porque vas a poder hacer tuyo un lugar. No vas a tener que andar de mudanza en mudanza por el alquiler de distintas casas. Vas a poder hacer “tuya” la sintonía de un lugar: tu casa de infancia, esa que te vas a llevar en el alma cuando emprendas tu propio viaje.

Una historia para Julia 62


Sobre el techo de la casa en la que vivimos, se levanta una gran torre de metal que sostiene, a gran altura, un vestigio de otra época: dos viejas antenas de televisión. Empezaste a registrar la presencia de a poco, y con más decisión cuando viste que algunos pipi detenían el vuelo sobre el armatoste. Con pipi o sin pipi, comenzaste a pedirme que te hiciera upa para estar más cerca de las antenas que llegan casi hasta el cielo. Disfrutás el juego, la mirada te vende. Y yo feliz, nunca me sentí más útil. Te alcé muchas veces, cuando hay sol busco el reparo del alero de la galería para que puedas mirar con la misma comodidad que cuando lo hacés desde el llano. Menuda sorpresa, Julia querida, me llevé cuando te descubrí parada cerca de la hamaca, casi pisando el jardín, y con la muñeca Kitty, que tanto querés y que te regaló la abuela Adela, alzada apenas sobre tu cabeza. No podía creerlo. La antena y papá eran una sola pieza. Ahí estabas, compartiendo tu juego con la muñeca. Compartir, hija, es una palabra sintonía de vida: hay que tenerla siempre en la punta de la lengua de cada idea.

Una historia para Julia 61


La tormenta se acerca. El cielo va tomando la apariencia de cielo escapado de un cuadro del abuelo Rolando. El viento te despeina. La misma suerte para los naranjos, las rosas, todo el verde amigo que nos ilumina el jardín. Los pájaros, los pipi, vuelan urgentes buscando refugio. Yo te digo que se van a la casa. Las nubes se nos vienen encima. Es una tarde que va camino a una noche prematura. El viento fuerte es un juego. Saltás con cada ráfaga. Señalás el cielo. Te hago upa, y no me puedo contener, dejo de mirar al frente para mirar tu perfil de mascarón de proa que en la altura le entra con más ganas al juego. El viento es más fuerte. Se te escapa un grito de pura alegría. Después fugan en bandada. Relámpagos sobre nuestro techo. Caen las primeras gotas sobre las baldosas, y una marca tu mano derecha. Mirás tratando de descubrir el rastro del beso que te dejó este fantasma de naturaleza enamorada. El viento y tu pelo. Tu perfil. Tu mirada intrigada.

Una historia para Julia 60


Mientras descubrís estos tiempos de vida gualeya, vos y yo guardamos una ceremonia, un guiño que nos hace felices. Tiene que ver con la música. Vos estás jugando: en lo que sea: dibujando, paseando a la mona Jacinta. Si estás muy entretenida y me lo permitís, aprovecho y escribo en la computadora. Por lo general esto sucede de mañana, mientras mamá Evangelina trabaja en el estudio. A veces busco la música que tengo almacenada dentro de mi herramienta, y sin avisar, toco la tecla indicada. Tus manos se detienen, me buscás con la mirada, te parás y te acercás. Estás a mi lado, muy sonriente mi Julia. Te miro y vos estirás los brazos: querés upa. Así empieza lo mejor: te alzo, apoyás la cabeza en mi hombro, trato de pasearte al ritmo de mi blues, digo que trato porque papá nunca bailó, y entonces es medio de madera, pero te juro que con vos en brazos tengo la sensación de remontar este sueño en un barrilete. Descubrís tu cara para mirar tu manito izquierda, que juega en el aire al compás de la música. Yo espío tu perfil mientras sumo mi mano al juego de la tuya. De felicidad está hecho tu retrato. Nos alejamos de la computadora, regresamos: felices durante dos o tres blues: Eric Clapton, B. B. King, Johnny Winter, Buddy Guy, Steve Ray Vaughan, Otis Spann, Freddie King, Pappo. Tu felicidad en mis guitarras, en mi blues, en la sintonía de mi abrazo. Como si bailáramos, pero en barrilete.

domingo, 9 de marzo de 2014

La cocina (La foto: Tiempo Argentino 09/03/2014)

La vida es una suma de tiempo que deja rastro visible en los cacharros de la cocina. Vuelta y vuelta se cocinan los días. Condimento a gusto de esperanza, sueños, miedos, muertes silenciosas. Cacharros en tensión: en ello pienso cuando miro la vida del que cuenta historias: cuántas más saldrán del caldero, cuántas más entrarán en el silencio tiznado de la historia. Cuánto dura la cocina de la escritura, cuánto tarda en cocinarse un personaje creíble en una cocina económica que respira con la leña justa. Un hombre de tinta que muchas veces tarda en tener nombre y que nace en los recreos del que tiene que ganar la moneda para su sustento. La idea es sorprender al arte con la mejor caricia. De caradura este escritor mete mano, toca, ofende, raspa, la pollerita de los días y noches sin fisuras: revuelve, sin paz, con el pensamiento, en el papel, con la tinta, con teclas, repitiéndose ideas sobre los cacharros fundacionales de su cocina. Una batería chamuscada le resguarda la inventiva, las dudas: a qué inventar, si la mejor literatura esta en la calle, en las brasas, la leña, en el fuego inesperado de mi propia cocina. El escritor sabe de la última cena. Sabe que llegará sin aviso, lenta o rápido serán detalles que solo importarán a los demás, los que todavía tengan lugar en la mesa, los que sigan manchando cacharros de cocina. Con el barco escorado habrá que encarar la última página en blanco, mancharla, dejar constancia del límite de la sombra en la pared más cercana. Habrá que utilizar una braza apagada mientras bajo la económica quedan tres tirantes y el corte de una rama.

martes, 4 de marzo de 2014

Cuando el cielo se oscurece (La foto: Tiempo Argentino: 02 de marzo de 2014)


Cuando el cielo se oscurece no puedo dejar de pensar en los cuadros que pinta mi viejo. Cielos de puras sombras son los que abren la tranquera para que entre la noche. Mi viejo juega al alquimista sobre una vieja paleta de madera. En ella amansa la esencia de la luz para ir acomodando su manera de sentir la noche. Una vez lograda la oscuridad primigenia, inicia el pincel su simple laborar. Lleva noche, y recorta para el regreso un momento del día. Lo acerca a la paleta donde enseguida, en la espesura de sus gamas bajas, se silencian los reclamos de la luz. Óleo color tierra, color nubes de tormenta. Recuerdo un cuadro: El cielo bajó a los campos. La tierra y el cielo, nuestros límites, formando una galería, un túnel, un destino. La vida, la mayoría de las veces, transcurre bajo un cielo de tormenta como los que pinta mi viejo. Los veo desde pibe. Me sigue resultando extraño levantar la vista y ver el azul cielo que anida sobre mi casa en la provincia. Los cielos de mi viejo son oscuros porque en ellos se mezcla una pizca de su personalísima poética del desencanto: una sincera enumeración de destinos desafortunados que vieron la luz por propia mano, por manos extrañas, y por las manos que siempre están antes de las nuestras. Todos debemos terminar el cuadro que empezó a pintar otro. Quizá por saber que esas historias ‘vieron la luz’ mala, mi viejo trata de controlar la claridad: tenerla a tiro, con poca soga. Siempre anduvo atento por la vida, sabe que se siente mejor en la noche, bajo los cielos de tormenta. Él mira desde su proa. Como Turner, uno de sus pintores admirados.