Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 27 de julio de 2007

Cuadernos del Fogón III



Publicado por Editorial Zendrera Zariquiey
(Francia/España) (2007)
El buen fuego (finalista)

El hombre que entró solo a la parrilla se sienta a una de las mesas.
La mesa está contra la ventana que da sobre la avenida. La mesa, luego, la parrilla a la que entró el hombre, está ubicada en la ciudad Buenos Aires; es cierto que bien podría tratarse de cualquier otra ciudad, pero Buenos Aires es la única que conozco.
Se acercó el mozo, y el hombre pidió la carta. El mozo trajo una hoja de papel, una fotocopia de mala calidad, y se alejó, luego de dejar dos surcos húmedos sobre la formica de la superficie de la mesa. El trapo dibujó dos surcos y ninguno tenía o tuvo que ver con el arte hasta que se evaporaron como por arte de magia.
El hombre leyó la hoja de papel.
Afuera, la vereda, la calle, quemaban de personas y autos. Siempre igual en estos nudos terminales que a veces tienen que ver con el ir y venir de micros, o con el ir y venir de trenes, o con el ir y venir de ambos medios de transporte. De la misma manera como cualquiera podría ser la ciudad, cualquiera podría ser el nudo terminal de micros y trenes donde el hombre ha entrado a una parrilla, los alrededores de Plaza Miserere, Plaza Constitución, o el hormiguero monstruoso ubicado en Retiro. No importa entonces dónde ocurre lo que ocurre. Sucede, va a suceder en un momento de esta noche, y con esa información alcanza.
El hombre tiene hambre, pero no se concentra en la comida ofrecida en el margen izquierdo de la hoja, se interesa por la columna de la derecha. Comer luego de analizar los precios, es una acción casi infaltable en parrillas y en pizzerías cercanas a estas estaciones terminales. Hombres y mujeres pobres son los que ocupan sus mesas. El hombre, es cierto, no tiene mucho dinero, pero algo tiene. Las monedas suficientes para no verse obligado a revolver la basura, para tener que esperar a la salida de esta misma parrilla para comer de las sobras. Al menos esta noche, el hombre no va a buscar en la comida que se sirve dentro de la basura. Hoy no, mañana no lo sabe, en Buenos Aires nunca se sabe hasta cuándo se puede ocupar una mesa o una baldosa de la vereda.
El hombre no va a buscar en la basura, pero sí va a buscar en su tristeza; búsqueda necesaria en su vida para así poder llegar a la tristeza primordial, a su soledad contra el vidrio de la ventana de la parrilla, hoy, como en cada noche.
Un hombre, casi siempre, guarda recuerdos. Pocos logran desconectar la memoria, y el hombre sentado a una mesa de la parrilla, no puede, nunca pudo. Hoy recuerda el día en que dijo a su mujer que se iba, que no sabía qué le pasaba, pero que algo le decía andate, andate de acá, pibe, esto no es para vos.
De su relación con su mujer recuerda cenas, un asadito a las brasas, ensalada mixta, un buen vino tinto, o sea el vino que el bolsillo permitía, y que nunca había sido el mejor ni el peor. Parrillas con mozos de vestimenta impecable, mesas con manteles y servilletas de tela, la charla, y el sexo al volver al departamento. Ella recostada sobre la mesa; ella, los dos, sobre una silla del comedor; ella acostada sobre la mesa mientras él la bebía; ella arrodillada cuando era ella la que bebía, como aquella primera vez en el auto, ella arrodillada en el piso del auto, así la primera vez. Después el whisky, luego las sábanas y el final de la noche.
El hombre pidió un choripán, un chorizo simple encerrado entre dos pedazos de pan. Un choripán puede ser rico si es elegido; comer solo puede ser edificante, placentero, cuando la soledad es elegida.
El choripán era lo más barato, y un sifón de soda era el segundo elemento barato de la noche. Todavía más barata era la cama conseguida para dormir, y la ducha diaria, que un amigo ofrendaba sin costo alguno en cada uno de los días.
El mozo ya sabía, ni una moneda de propina, sólo un “gracias” que se despedazaría en letras sueltas, entre los rincones, el aire y el aroma de la parrilla. No, no es lo mismo, elegir, que estar obligado.
Otras parrillas, en el pasado, cuando era una persona distinta. Recuerdos de ella, la mujer amada hasta que ya no pudo seguir en sintonía con el amor. La vida se da cuando la sintonía se establece y se mantiene, cuando los buenos momentos, cuando la fugacidad de los buenos momentos. Cuando era otro, y al parecer tenía una vida, el hombre leía, o jugaba a que leía de un viejo libro de cocina, jugaba quizá buscando la receta ideal. Recetas buscadas y encontradas bajo la luz de su velador antes de dormir. Ella dormía y él buscaba platos en el Practicón Tratado completo de cocina al alcance de todos y aprovechamiento de sobras, escrito en 1893 y aparecido misteriosamente entre sus días comensales. Recuerdos de cenas, de comidas, recuerdos de otra vida, de lo que parecía era, había sido, otra vida.
El padre del hombre que está en la parrilla cercana a una estación terminal, recordaba de manera parecida, a través de la comida. Si le preguntaban dónde estaba cuando murió Perón, él ubicaba el día, el lugar, las acciones, fijando la memoria en qué había comido ese día; lo mismo ocurría cuando alguien preguntaba por la muerte de Evita. La comida y la muerte también pueden construir una memoria.
A través de la ventana descubrió una cantidad de personas, de rostros, aparecían movidos por la acción del movimiento. Caminantes de la noche, muchos buscando la oportunidad de la única comida del día. El hombre se sentía solo en medio de la parrilla, pero no era el único, había otros hombres solos en soledad sentados a otras mesas; nada más había una mujer. Soledades solas, incomunicadas, dentro de la parrilla concurrida de soledades y de historias que sólo pueden ser contadas, modificadas, en la memoria; desde la memoria y el tiempo de tanta mentira selectiva y silenciosa.
Buenos Aires es la única ciudad que conozco, es verdad, y es verdad lo que el hombre, alguna vez, leyó del Practicón: El rey de los combustibles para asar es la leña. Pero la leña floja que produzca llama viva y que se transforme rápidamente en brasa ardiente. El humo o mejor dicho, el humeo que sale de las llamaradas de la leña, comunica un gusto dulcísimo a las carnes asadas. El aire libre que circula en torno de la carne la seca un poco exteriormente y hace que los jugos se concentren en el interior, produciendo por fuera una corteza o costra dorada.
La instrucción quedó fija en su memoria, como la imagen de ella arrodillada en el piso del auto, acostada boca abajo sobre la cama, o como los besos cortos que él le daba en las orejas para que ella suspirara.
Llegó el choripán, escaso, el plato se deslizó unos centímetros sobre la formica; al sifón, como siempre, le faltaba presión, gas, ganas.
Del Practicón volvió a leer, alguna vez, y entonces la memoria que se empecina en traer hilachas, recortes, caricias, búsquedas, Hay en París una industria, la rotisserie (asaduría), que se explota en locales de puerta abierta a la calle, en que una monumental chimenea cargada de leña, sirve para asar toda clase de carnes y de aves de todos tamaños a la vista del transeúnte y del comprador, que adquiere la mercancía por piezas enteras o fracciones, presentando todo de un modo muy apetitoso y con una pulcritud lujosa.
Los asados de las rotisseries parisienses son excelentes y pueden llamarse asados de verdad.
También en Madrid la célebre casa de Botín, en la plazuela de Herradores, tiene fama secular, y sus corderos asados en su pebre, las aves y los cochinillos salen de los asadores de Botín perfectamente hechos
.
Bien de argentino el metejón de la carne asada, así piensa el hombre mientras asesinaba su choripán, mientras se le daba por recorrer las caras de los demás solos de la parrilla cercana a la estación terminal de tantas vidas. Recorría las caras, de perfil, de frente, gracias a los espejos que había en las paredes. Afuera, Buenos Aires, su noche, sus sobrevivientes, los que pueden tener una noche en la parrilla, los que nada más tienen la noche en la calle, y los todavía afortunados que, en los patios del fondo que alquila el señor, todavía tienen un lugar para volver, regresar, y cerrar los ojos.
De ella no supo nada más, sí sabía que muchas veces se hacía sus recorridos por el recuerdo. El libro dice haberlo perdido en una mudanza, y entonces, de él, también, solo el recuerdo, y se sabe, en soledad. El trabajo diario, el sueldo, ya no está, y tampoco hay rastro de los días. El tiempo pasa en los alrededores de la estación terminal, en sus calles, donde el destino sirve sus peores platos.
En esta noche, en este pedazo de noche, el hombre piensa, elegir es tan distinto a estar condenado; se le ocurre pensar en las instrucciones para un buen fuego, para que siendo carne hacerse, consumirse, al buen fuego, sea en Francia, España, o la Argentina. Piensa en la receta, en la posibilidad de encontrar otra receta, una que termine con la soledad.
Un segundo dura la alegría de la esperanza, al segundo siguiente sus dientes se hunden en el choripán, como condena, como imposibilidad de volver a arañar otra vida, nada especial, es cierto, pero una vida con menos fantasmas. Una vida sin ventanas a la noche de Buenos Aires, a mesas para una sola persona, a miradas indiscretas estrelladas contra los espejos.
La imagen suprema de la soledad la entrega un hombre comiendo solo, de noche, cerca de una estación terminal de micros, de trenes, o de vidas.
El choripán llegó a su fin, el sifón entregó el último suspiro, el hombre pagó; dijo al mozo, sabiendo que jamás serían amigos, Gracias, hasta mañana.
La imagen suprema de la soledad, así la llamo, en Buenos Aires, la única ciudad que conozco.