Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Una historia para Julia (XXVI)

Julia, seguí enganchado con tu sonrisa, y con tus ojos. Todos lo dicen: que los ojos son del papá… que esos ojos así… que esos ojazos… y que esa mirada… Y ocurrió que un día te vi sonreír, y podés creer, no me perdí en tu labio finito como renglón y la escritura del poema, sino que en el momento mismo de la sonrisa, y en el momento mismo en que esa sonrisa que no terminaba y que además traía el saludo cercano de la risa, te miré exclusivamente a los ojos. ¿Qué vi?, dos líneas finitas, dos guiones marcados por tus pestañas largas, porque qué pestañas que tenés: son las del papá, eso también se dice, dos rayitas que me llevaron en vuelo rasante, urgente, hacia mi pasado de pibito de escuela primaria, allá en Martín Coronado. Así nomás, hijita, papá se hizo chiquito para encontrarse allá lejos en el tiempo. Fue en ese instante cuando te dije: ¿Qué hacés, chinita?, porque tenés cara de chinita, mirá esos ojos chinitos. Y te cuento un secreto, cuando papá iba a la escuela primaria, sus compañeros le decían “chinito”, y esa cargada nunca le gustó, hasta hoy, cuando te vi tan feliz y tan chinita.

Una historia para Julia (XXV)


Mamá Evangelina y yo nos miramos sorprendidos. Lo dice ella, lo digo yo: Qué grande que estás. Hoy cumplís siete meses, pero esta sorpresa de la que te hablo viene desde hace un tiempito. Pesás lindo, como nueve kilos, medís lindo, como sesenta y cinco centímetros. Pero la aventura está en tus ojos, en tu mirada. Es en tus ojos donde se registra el primer movimiento de la sonrisa. Nos avisás, guarda que se viene. Y sí, viene, llega, acaricia. En tus ojos vemos el reconocimiento cada vez que te despertás: ah, ustedes otra vez, y como quien hace regalos al pasar, sea en la penumbra del dormitorio, sea de día o de noche, vos dale que vas de sonrisa al frente. Cuando se suelta el juego de la sonrisa, desaparece tu labio superior y se hace finito para fundar un renglón: quisiera ser poeta para escribirte el amor en una línea. Son tus ojos los que descubro atentos a mis movimientos, a mi quehacer cuando estoy sentado al escritorio. Siento que algo me llama y te busco, te veo, a mi derecha, en la hamaca con tu mirada de queriendo mucho a papá, y entonces, sí, tu sonrisa, tus manos al aire, y a veces algún gritito. Qué grande que estás, Julia, lo dice mamá, lo digo yo. Qué feliz que te vemos, y entonces es el principio de nuestro sueño.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Una historia para Julia (XXIV)

Mamá Evangelina estaba cansadísima, más dormida que despierta. Eran las dos de la mañana y vos no aflojabas con tu discurso juguetón. Desde que descubriste el gusto por escucharte, la emprendés con cuentos llenos de misterio y emoción, una ofrenda para todo aquel que quiera escuchar tu música, la de significados ocultos. Tu juego derivó en principio de queja y entonces te rescaté del fondo de la cuna. En el dormitorio solo había encendido el foquito que vive escondido debajo de tu cama. Te hice alta en el cielo en esa parte de la noche, y salimos. Las luces que venían de afuera acompañaban el silencio. Desde que alguien agregó una luz entre los techos bajos que se ven desde nuestras ventanas, una magia de rebote de luz amiga nos regala un dibujo indefinido en el techo del comedor. Éramos: en el silencio y la mirada. Decidí quedarme quieto, nada de caminar hasta la cocina. Mirabas el techo, y volvías tus ojos a la puerta que da al balcón. Sobre las cortinas, el rastro de las plantas de mamá: movimiento suave, motor de brisa en primavera. El impulso fue hablarte a la oreja, contarte del día y de la noche. Te dije que en la noche las personas duermen, descansan, y que todo parece apagarse, pero que no es tan así, ocurre que se respira más lento para que ese aire que recibimos llegue hasta el alma, y te dije que ese aire, no importa si en el barrio hace frío o calor, llega siempre con un fresquito de acariciar. Por eso es importante descansar bien. Te dije que el día llega cuando otra vez se enciende toda la luz, el cielo, los árboles, las plantas, las voces, los colores. El día llega, Julia, cuando vuelve a encenderse nuestra sonrisa y la pista de la felicidad. Te estaba por contar más del día, justo cuando un momento después de apoyar tu cabeza sobre mi pecho, cerraste los ojos y un aire, chiquito y remolón, fue a hacer nuevo nido en tu alma.