Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 13 de diciembre de 2015

El cielo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 13 de diciembre 2015)

El secreto está en el cielo, dijo mi padre. Desde mis días de infancia guardo sus pensamientos referidos al cielo. Aprendí para toda la vida que allá en la altura hay caminos sinuosos; veredas muchas veces oscuras, aunque también existen unas pocas que pueden transitarse a cara limpia para, entonces sí, brindar al hermano y a uno mismo el costado de luz que puede llevarnos hasta la imagen por tanto tiempo buscada. En el cielo flota el barullo nacido de las criaturas aladas (las de la magia), de los elementos dibujados a través de la naturaleza, de las almas de los muertos que se dejan ver desde el continuo murmullo con que intentan guiar a los que aún están vivos.
Yo era un pibito de Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Miraba televisión en mi casa y en casa de amigos. Sucedió que en una de ellas, un día cerca de las seis de la tarde, vi por primera vez un dibujo animado que me llamó la atención. Un superhéroe: un murciélago que peleaba contra personas malas. Era murciélago, no hombre-murciélago. Mameluco amarillo con una letra B en rojo; botas y guantes en rojo. Cara de murciélago en azul tenue. Alas negras: “Mis alas son como un escudo de acero”. De la altura de un hombre. Su nombre: Batfink. Tenía un fiel ayudante: un gigantón con poco cerebro: Karate.
Batfink era transmitido por Canal 2 de la ciudad de La Plata. Los años ‘60 fueron suerte para unos, y no tanta para otros. Yo estaba entre los que la antena no les leía la señal del 2. No podía ver Batfink. Años después no pude ver la serie Rumbo a lo Desconocido.

Recuerdo el televisor encendido, a mi viejo subido a una escalera apoyada en el tanque de agua. Recuerdo su humanidad estirada para alcanzar la antena, y su esfuerzo para hacerla girar de a un centímetro. ¿Se ve?, me gritaba. Yo estaba parado frente a la ventana del comedor, en el patio: No. Todo era blanco mientras mi viejo movía la antena. Hubo una aparición fugaz, y vuelta a la nada.  Mi viejo tuvo razón: el secreto está en el cielo. 

viernes, 30 de octubre de 2015

En pocas palabras 2

2
En mis noches no existe soledad. Aquellos que acariciaron con pasión la memoria se descuelgan del techo de todas mis habitaciones. No piden, no exigen, cuentan con palabras silenciosas. Vienen a repetir lo dicho ayer, como el amigo muerto que escribía libros, la muchacha de la boina blanca, la persona de tinta que escribí durante años. Preguntan: ¿es que así debe ser? Vuelven a ser carne y paisaje, llegan para contarse cada vez mejor. Me anotan en su novela. Contesto sin usar guiones de diálogo. Aceptan las rotas cadenas de la puntuación, de la obligación de ser como fuimos ayer.

En pocas palabras 1

1
Sobre un río de adoquines, que corre a diez cuadras del río Gualeguay, en la calle San Lorenzo, Catón recibía al cortejo fúnebre. ¿Quién es el finadito?, preguntaba. Olvidaba el nombre al instante e iniciaba el camino hacia el cementerio. Una vez acompañó a un niño muerto. Era un indiecito como yo, de las tierras blancas, le dijo un muchachito de unos doce años. Catón sabía: mucho río, laguna y arroyo, también había mucho ahogado. Catón tenía cara de perro amigo, hablaba poco, vivía en la puerta grande de la iglesia. Tenía madre. Cuando murió no tuvo necesidad de acompañante.

domingo, 11 de octubre de 2015

El desalojo (La foto, diario Tiempo Argentino, 11 de octubre de 2015)

El pibe Rolando fue testigo de la jugarreta desesperada de su padre. Plena década del 40 en el barrio de Boedo. En noche de luna pobre, Julio Martín, el padre, abrió el cajoncito de la mesa y extrajo el tesoro. Todos dormían en la pieza. Abrió el envoltorio de papel de diario. Observó. Dio dos pasos hacia la puerta, pero desde la oscuridad Rolando dijo presente. Intentó que el pibe siguiera en la cama, pero fue imposible. Caminaron los dos por el patio de tierra hasta el galponcito de madera. Sobre ese patio Rolando, un día, enterró un tesoro: una vieja escupidera repleta de bolitas. No hizo mapa y se perdió el dato del lugar en su memoria: pudo volver a las bolitas sólo en sueños. Julio Martín buscó las herramientas necesarias y la escalera. Enfilaron hacia la puerta de calle. Independencia dormía tranquila. El hombre extrajo del bolsillo del pantalón la primera señal: la chapa enlozada con el número 3769, y entonces el local del frente perdió su número original: 3763. Julio Martín miró su obra y procedió a correr la escalera. Del bolsillo salió el número 3771, que al ser izado bajó el 3765. Vuelta a mirar: padre e hijo, en la noche y el silencio, trabajando por la familia. Se movió la escalera y entonces subió el 3773 para ser arriado el 3767, que era el número de la casa del gallego Ortega, el padre de Pichín. Julio Martín sabía desde hacía unos días que se venía el desalojo, una vez más en la vida familiar había que ganar tiempo para la huida. Entonces actuó de manera decidida. Marchó en la noche con destornillador, escalera, y Rolando. El oficial de justicia de pie, eterno, con su mano derecha apoyada sobre la puerta. Pasaron los años de su eternidad y nunca pudo despegarse de esa imagen. En sueños volvía sobre la chapa enlozada donde se leía el número del domicilio: Independencia 3771, y la dirección errada que llevaba el papel de la justicia. Así lo sueña Rolando. Él me contó la gambeta que hizo mi abuelo. Es una historia que voy a contarle a Julia, mi hija.

domingo, 13 de septiembre de 2015

El puerto y el carro (La foto, Diario Tiempo Argentino: 13 de septiembre de 2015)

La tierra de los hombres está salpicada de puertos. Si el dibujo se hace a partir de los sentimientos de pertenencia de las criaturas, el mapa portuario resulta imperfecto y cambiante. Un puerto: un territorio: una ciudad y su zona de influencia. El hombre que quiere y puede, elige dónde morir. Junto a cada puerto hay un socio de la muerte. Este personaje, durante su vida, y lo seguirá haciendo durante su muerte, será el encargado de tener trato con los fantasmas amanecidos. En Gualeguay, el elegido por la suerte o el destino, fue Catón. Nacido a principios del 1900 y muerto un día cualquiera de 1970. Catón realiza su servicio con un agregado. Se toma el trabajo de acompañar los cortejos hasta el cementerio. Luego de la hora de cierre del camposanto, acomoda sus elementos: balde con agua y jarro, y una bolsa de galleta. Después de la cena vuelve al cementerio e inicia la recorrida por las tumbas del día. Los fantasmas lo siguen hasta la orilla del Gualeguay, donde Catón toma prestado el bote pobre de un pescador. Pregunta a sus seguidores: Quién quiere partir hacia los confines de la naturaleza, quién quiere quedarse en la ciudad y el río. Avisa: El que se queda, trabaja más. La mayoría elige partir. Catón ofrece un jarro con un poco de agua y media galleta a los que suben al bote. Los cruza de orilla. Dice a los que se quedan: Es más trabajo porque hay que tentar la memoria de los vivos, cada día. Los fantasmas aguardan siesteando en la arboleda del parque Quintana. En la oscurecida construyen un carro de etérea apariencia de lata. Algunos montan la nao, otros tiran de ella, otros corren contra la brisa. El carro y su compañía baja en los fondos de las casas, en las plazas, en las chacras. En cada lugar los fantasmas hacen la vida como si nada los hubiera desplazado. Así se recuesta la memoria en la noche. La comitiva se establece sobre un último lugar, y allí aguarda hasta que el sol indica que es tiempo de hacerse niebla, humito, una simple apariencia de humedad.

domingo, 2 de agosto de 2015

Un helado en la Luna (La foto, Diario Tiempo Argentino: 02 de agosto de 2015)

El caballero de Providence le contó a Charles Dexter Ward, su amigo, que los gatos saltaban a la Luna desde los tejados más altos de algunas mansiones. Porque el salto no era posible desde todas, le expliqué a mi hija Julia mientras mirábamos por la ventana cómo el gato negro y blanco del vecino caminaba las alturas rumbo a la Luna. Lo que veíamos no era a orillas del Miskatonic, sino a unas cuadras del Gualeguay, dos ríos con historias. Se ve que tanto en Arkham como en Entre Ríos, se goza de lunas maravillosas que fomentan el misterio felino. En la ciudad, Julia y yo, ya teníamos una Luna de considerables dimensiones, pero nada que ver con la que hoy nos visita en la zona de chacras, que es donde vivimos. Es más, puedo afirmar que mi familia goza de una Luna propia. Es la que sale de entre los árboles, a la izquierda del jardín. Esplendorosa, poética luz que en sus mejores noches nos permite ver el jacarandá y el espinillo, que se guardan hacia el final del terreno. Tan fuerte y clara es su presencia que Julia, la otra noche, me dijo que la Luna no tenía ojos ni boca, que tampoco tenía, y no me dijo pómulos, pero los señaló en mi cara. Muchas cuestiones se desvirtúan en Gualeguay debido a la presencia de esta Luna. Por ejemplo, la mayor cantidad de apariciones de hombres lobo en la zona: una Luna tan tentadora agita distintas sangres. El hombre lobo, confundida su esencia, sale en noches en que definitivamente no hay la Luna que sabemos hace falta. Esta bestia gualeya tiene características propias, de ahí mi calma al citar su presencia. Esta criatura mata sólo la vaquilla que se va a comer en los fogones del campo, donde corre el mate, el vino y la galleta. Muchos ciudadanos comunes son aceptados en las enramadas y entonces las bestias y los hombres, gracias a la Luna,  viven de asado en asado. Le dije a Julia que una noche la voy a llevar a tomar un helado de limón, pistacho y crema del cielo a la Luna más grande, donde dicen que se ve la figura de un burrito.

martes, 28 de julio de 2015

Nuevo libro: Una historia para Julia

Luego de unos años de silencio, estoy de festejo con un nuevo libro: Una historia para Julia. Textos cortos que empecé a escribir desde antes de nacer Julia, mi hija. En los 100 textos le cuento a Julia pequeñas historias que tienen que ver con su crecimiento, con las sorpresas que hay en el mejor paisaje en el que estuve: la paternidad. Es un libro de autoría compartida: nada podría haber hecho sin mamá Evangelina, mi compañera, y sin Julia y su mirada. Tres años de Julia en 100 textos, esta es la propuesta de lectura.
El motivo de tapa es un óleo de mi viejo: Rolando. Una maternidad pintada en 1962. Los modelos del artista plástico: mi mamá Adela y yo.
La editorial es Ediciones del Clé del poeta Ricardo Maldonado, que realiza sus magias, la escritura y la edición, en su casa de Nogoyá, Entre Ríos.
La edición es cuidada, de buen gusto. Las historias de Julia están bien vestidas de libro, da gusto tener un ejemplar en las manos.
Julia anda por la casa con su libro, sonríe. El libro de Julia, le digo.

domingo, 5 de julio de 2015

Presentación de "Voz Varia" de Ricardo Maldonado

Por primera vez en esta vida soy parte de la presentación de un libro.

Miedo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 05 de julio de 2015)

El miedo inicia su ronda en los tiempos más tempranos de la vida. En el centro de esa calesita quedó mi memoria. El miedo básicamente se construye de sucesivas capas de soledad. Quizás el miedo se funde en el momento mismo en que perdemos el mar primordial, el refugio en la madre. A la soledad heredada luego se sumaron las criaturas extrañas, aquellas que viven o que usan las sombras para tomar forma y avanzar sobre hombrecitos que, como yo, intentaban cumplir con el descanso de la siesta y la noche. Por más que mis padres me daban pista de la no existencia de estos monstruos, yo sabía que estaban, y que sabían esconderse cuando había adultos en mi pieza. Recuerdo también una historieta en donde se derretía un espantoso tío Silas. La leí sentado en la escalera que llevaba a la terraza de la casa. Era otoño, de tarde. Con esa lectura volvieron todos los espantos almacenados en la memoria. Todos reunidos en torno a mi soledad. Busqué refugio en la casa donde mi mamá me tejía un chaleco contra fantasmas, para llevar debajo del saco mayor. Creo recordar que dijo: Es contra el frío de los aparecidos. Mi mamá tiene Dios como toda la buena gente. Ella tiene Dios porque tiene miedos, y miedo le tiene al mismísimo Dios. Es el miedo una de las mejores maneras de conservar el rebaño. Cuando era pibe, el miedo, la posible amenaza, se guardaba también al otro lado de la vía y en los pasillos de la casa abandonada. En ella había, además de miedo, un altar con una virgen y en una chapa nombres de personas, fecha de nacimiento y muerte. El miedo de mamá era a la muerte, a lo desconocido. El socialismo de papá tuvo que transar con el miedo de mamá, y me bautizaron ya grandecito. El cura cobró. Ellos no eran casados por iglesia. Fui por un pasillo largo hacia la luz que debía salvarme. Yo miraba hacia atrás y a la derecha, siempre los monstruos aparecen de ese lado. Pensé: mejor un chaleco de mamá, que un Dios que alquila la luz con plata de papá. Me llevaba mamá, pero iba solito.

martes, 16 de junio de 2015

Guía de Buenos Aires (una ficción) en bar La Poesía, Chile 502, San Telmo

Doce fotos de Eduardo Noriega pertenecientes a nuestro libro: Guía de Buenos Aires (una ficción), están siendo expuestas en la sala Raúl González Tuñón de La Poesía. La muestra cierra a finales de julio.

domingo, 14 de junio de 2015

La máquina (La foto, Diario Tiempo Argentino: 14 de junio de 2015)

Un milonga poco rana le dijo mil veces a la percantina que no le diera más letra para que él encendiera su máquina de sacar chispas. La susodicha máquina cortaba humo de cigarrillo, palabras, frases de amor: las que eran lugar común y las que no, sábanas, sonrisas, momentos. Ella, según el galán, se especializaba en sentarse en una butaca un tanto más alta que el resto, y desde ahí proclamaba sus verdades. Ella era artista surrealista. Pintaba un eterno cuadro con toros y libélulas que tomaban vodka en vaso chico y a fondo blanco. En el cielo volaban hombres felices que escupían para arriba. Había lugar para el obelisco, un tranvía, Gardel, una fina transparencia olvidada, y el suelo estaba cubierto de agujeros de taco aguja, arte que ella también había descartado. El milonga le preguntó qué era todo ese embrollo. Ella, empapada de surrealismo, cumplió con una palabrería con aroma a cadáver exquisito, poema tan distinto al tango que los dos venían escribiendo. El milonga le batía: Qué decís, chirusa, que no todo es recorta y pega bretoniano, y entonces ahí nomás, se le salía la cadena y en un segundo se encendía su máquina de sacar chispas. Es posible que artefacto semejante lo hubiera heredado de su padre; el sueño de un diálogo sensato, también. De muchacho aprendió que la vida no es un poema, y menos surrealista. El milonga salía por las noches, tenía su refugio en un sótano de Palermo que la jugaba de milonga globalizada: cartón pintado y pretensión. Ahí soñaba, junto a un puñado de abacanados milongueros, que eran hombres de antes, que eran el reaseguro de la amistad porque vivían entre los códigos del tango. La filosofía del milonga era: no desearás la mujer del próximo. Creía ser el último macho con una máquina de sacar chispas. Pero después de la revolcada que refería a los amigos, no se iba a un bulín, volvía a casa. La percantina seguía tomando vodka con las libélulas, y él bebía, en copita, una medida de tiempo espeso cortado con un pelo de bigote de Dalí.

domingo, 31 de mayo de 2015

Brisa blanca (La foto, Diario Tiempo Argentino: 31 de mayo de 2015)

Ayer pensaba, con la vista puesta en el jardín del fondo, en la llegada del frío. Mi casa supo estar dentro de una tempestad en una de esas noches en que la luz ciertamente habita en los cielos. Rayos y truenos. En los recortes caprichosos del flasheado, el paisaje en la zona de chacras se desdibuja. Árboles que parecen olas, luces débiles sugieren botes pobres de condenados pescadores del Gualeguay. Anoto el nombre de mi ciudad y pienso en Las Tierras Blancas del maestro Manauta, donde todo se transforma salvo la miseria. Mi casa también estuvo dentro de una niebla fantasma. Era verano, y recién cerca de las ocho de la mañana, los fantasmas que tiraban del mundo etéreo comenzaron a izar el barrilete de las almas. Sucede: a Gualeguay también la habitan sus muertos, los espíritus que se quisieron quedar en ella en lugar de derivar hacia los confines de la naturaleza. Imagino entonces que con la llegada del frío, mi casa, donde se refugia el testigo, quedará rodeada, en poco tiempo, de una brisa blanca, esas brisas que trabajan toda la noche para dejar crocante el pasto y quebradizo el charquito de juguete. A Julia, mi hija, le hago tostadas y le digo que es pan con ruido. Estoy ansioso porque conozca el pasto y el agua con ruido de galletita. Manos chiquitas descubriendo mundos sonoros. Imagino que el jacarandá y el espinillo serán destino de pequeños silbidos de escarcha. Silbidos helados avisando en la estación que los días grises han llegado. La letanía que llega desde el universo de las ranas de la arboleda cercana, sabrá entender el silbido. Estoy ansioso por volver a pisar pasto escarchado como cuando caminaba a orillas del ferrocarril Urquiza, en Martín Coronado, rumbo a la escuela. Todavía llevo al pibe riendo: recuerda el frío pegado al caminito de durmientes. Madera fuerte bajo un manto de alquitrán. Cobertura negra y sobre la repostería, la pátina transparente, silenciosa, de la escarcha. Una brisa blanca llega desde lejos, es la de ayer y es la de mañana.

domingo, 26 de abril de 2015

Barriletes (La foto, Diario Tiempo Argentino: 26 de abril de 2015)

Alquiló dos mesas, una silla para descansar y una canasta para bien cuidar los rollos de hilo. Mañana es 1° de noviembre. Ella vende barriletes. En otras tierras los llaman pandorgas o papalotes. Vende muy barato para que todos puedan tener el suyo, para que todos puedan recibir a los muertos que aún viven en el inframundo. En el alba del 1° su dios abre la puerta durante un día para que las almas visiten sus casas. La familia amanece con el sol y esparce flores de muerto en el umbral y ramos en las ventanas. Hay velas, frutas y legumbres frescas, un vaso de agua y una botella de aguardiente. Que ellos sepan: no fueron olvidados. Lo sabían sus antepasados, lo sabe la vendedora. Malos espíritus hubo en todas las épocas. La gente comenzó a colocar cintas de papel, que en contacto con el viento, producen un sonido molesto para los malignos. Ellos pueden atentar contra las cosechas, causar enfermedades, matar. Esas defensas en papel y viento derivaron en la forma mágica del barrilete: defensa y puente. Se terminan de armar en el camposanto y son izados a las cuatro de la mañana del 1°. Vuelan hasta las cuatro de la tarde. A la madrugada del día siguiente la gente vuelve al cementerio con velas, para que sus muertos encuentren el camino de regreso. Los niños rompen los barriletes que volaron, y se elevan los que quedaron en tierra. Con ellos y la ayuda de los ancianos, los espíritus jóvenes suben al cielo. Luego del vuelo, los barriletes son quemados en el cementerio, para que el humo sea la guía de algún espíritu vagabundo rezagado. Hay un barrilete que no sirve. Ella no lo sabe.

domingo, 5 de abril de 2015

Banderas (La foto, Tiempo Argentino: 05 de abril de 2015)

Distintas maneras de llevar la misma bandera. Distintos los vientos que mueven los pliegues de todas las banderas y todas las patrias: la apariencia es una. El grito mueve el viento, luego el pliegue y la patria. En mi memoria guardo una primera bandera: la de los trabajadores que en marzo del 82 fueron a gritar contra el dictador Galtieri. Llegaron hasta Plaza de Mayo con banderas de la patria. Los recibieron a puro palo, escudos y gases lacrimógenos. Vi desbandarse la bandera por Callao y Corrientes. Días después vi a mucha gente volver a la plaza. Banderas al viento por las calles de Buenos Aires. Los gritos eran vivas para el General que ayer nomás fueron a insultar. Algo había cambiado, el General había metido mano a la bandera y con ella a la patria. La gesta de Malvinas. Gesta de gestación malsana, porque a los pocos meses, la patria parió muertos pibes, muchachos con diez sesiones de polígono fueron a la guerra. Pude ser uno de ellos. La bandera, la patria y el viento que soplaba desde la Rosada ganaba tiempo, vida para sustentar el engendro político/económico de la dictadura. Luego de la derrota frente al imperio, los que gritaban para elevar la bandera y la patria de la gesta, maquillaron la cara de los pibes muertos y les dieron apariencia de héroes. Aquella bandera y su patria, la de los que pateaban la puerta de los ciudadanos, asesinaba jóvenes: los mandaba a la muerte, como en el sur de la gesta. Hubo luego banderas otras de violencias sutiles. Hoy contemplo la bandera y la patria desde la memoria. La adivino otra, la descubro en la esperanza de mi hermano.

domingo, 1 de marzo de 2015

Una pared para todos (La foto, Diario Tiempo Argentino: 01 de marzo de 2015)

A veces pienso que en el origen, allá por los días del Big Bang, en medio de la nube de polvo, porque ahí se sentenció todo principio en una noche apasionada y luego también aquello de polvo al polvo que siempre serás, en esos amaneceres, además del verbo que dicen que fue, veo, imagino, estoy seguro, había una gorra, la madre gorra empolvada por el espíritu del viento que todo lo descalabra cuando de polvo se trata. Y la gorra fue tanto en el cielo como en la tierra. Papá me prohibió la gorra: Ni la de cartero, che, así me dijo. Él pintó toda la vida, entonces, papá también, en medio de su impulso creador, me acercó, me reveló la grandiosidad del pincel. Al principio no vi la luz, pero luego me hice hermano del pincel, de la herramienta y su sociedad de colores. Decidí pintar en la calle. Creo que desde hace años, luego de un gran esfuerzo, mucho laborar tratando de desmierdar la herramienta y la mano: el alma, pude avanzar en la eliminación de lugares comunes y fallas de origen para acercarme a los esquivos territorios del arte. No quise pintar cuadros para ser colgados en casas o museos, quise que mi pintura fuera una pared, en el afuera, una pared para todos. Pinté las gorras y los escudos, el bastón en el aire, el odio, el vacío en la mirada. Yo no existo sin mi pincel, por eso aparezco junto a él, de espaldas. Los de la gorra van de frente, porque la pared de una calle enseña, contribuye a la memoria. Mi cara no importa, alcanza con la línea y el color. Importa la mirada, la memoria de los muchachos que se detengan a ver. La vida pinta de aprendizaje. Luego de recuerdo.

domingo, 15 de febrero de 2015

La vida es elección y tironeo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 15 de febrero de 2015)

Para dejar nuestro registro en el universo hay que saber elegir, tomar una decisión. Para dejar huella en el cielo cercano, en la tierra: en una ciudad, y así hasta llegar a la célula madre: el barrio, hay que saber elegir, tomar una decisión. La vida es velocidad y tironeo constante. A veces las diferencias de chamuyo son claras; en otras situaciones las palabras son como niebla sobre el Riachuelo o el Gualeguay: las ideas, las posturas no poseen un troquelado perfecto, y entonces las figuras parecen cortadas por una tijera en manos de un pibe de primer grado. Y hay que tomar una decisión en el mundo de las marionetas y sus amos. Recuerdo que el amigo Salvador afirmaba que hoy, en estos días, la pregunta obligada se relacionaba con la ética. Fijate de qué lado de la mecha te encontrás, cantó El Indio. La ética del artista, la del periodista, la del vecino. Elegir la esquina desde donde mirar el paisaje, elegir la comida teniendo en cuenta los gustos propios: que no importe tanto la moneda y sí la cosecha de una identidad. No andar tragando alimento balanceado para pollos. El Profe Ricardo me dijo antes de morir: Pollo no como, pollo comen los suicidas. Lo dijo por esto de estar embobados por una luz, sin sueños. Un pensador de Boedo anotó: Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara. La vida es elección y tironeo, un partido confuso en el que hay que tratar de elegir sobre qué pared recostaremos nuestra memoria y la de los nuestros, con o sin Dios, que ese es un detalle en el alma. Cuidar la memoria: a resguardo del olvido, de la destrucción.

domingo, 1 de febrero de 2015

Palabra de fantasma (Diario Tiempo Argentino: 01 de febrero de 2015)

Era pibito cuando me habló al oído el primer fantasma. Me dijo: Tu abuelo, el papá de tu mamá, está muerto. No tuve miedo mientras ese primer mensaje entreabría la puerta del más allá. Luego tampoco sentí algún tipo de reserva. Otro fantasma me dio pista de la muerte de mi compañerito de segundo grado. La muerte descalabra el mundo, y hubo razón para el llanto y la pena frente al nacimiento del muerto, pero casi enseguida emergía la presencia fantasma para relativizar la ausencia amanecida. Un fantasma me avisó que había muerto mi otro abuelo. Siempre sucedía que me avisaba un fantasma otro, anónimo, y sólo después yo registraba mi buen fantasma amigo, el que me acompañaría como en vida lo hiciera su persona. No hay soledad en mis días. Tengo fantasmas a mi alrededor o entre mis almas. Me cuidan. Con ellos mantengo una amistad, compartida la vida y la muerte. Se está un poco muerto desde el nacimiento. Recuerdo con claridad el día en que un fantasma me avisó de la muerte de Gabriel: El escritor está muerto. Después su fantasma inició la compañía, diría que iniciamos una escritura en conjunto, está a mi lado desde hace varios libros. Frente a la pantalla, sobre una mesa de café, cuando pienso en la nueva novela en la orilla del Gualeguay, ahí está, iniciando el diálogo. El último fantasma que me visitó me dijo que mi tío Juan había muerto en Estados Unidos. Aguardo su fantasma. Vendrá dentro de los nueve meses que lleva morir, el mismo lapso que lleva nacer, sostiene José Saramago y doy fe de esta verdad. Habrá brindis con Jack Daniel’s. A la salud de Juan y mis fantasmas.

lunes, 12 de enero de 2015

Con su blanca palidez (La foto: Diario Tiempo Argentino: 11 enero de 2015

Una mujer blanca como el azúcar trabaja sobre el océano palabrero. Construye una identidad, la suya. Acaricia el teclado como solo puede hacerlo una mujer. Hay una cuota de erotismo en ello. Las manos delicadas van y vienen montadas sobre el ratón. El pensamiento atento a la palabra dictada en el ciberespacio. Aparecen unas fotos, podría afirmarse que iguales, o casi, a las de ayer o a las de antes de ayer. Ella apenas las mira. De las manos nace un registro que se funde en la identidad de quien escribe, en las almas desde donde la inteligencia funda una manera de ser, de relacionarse con el mundo y sus criaturas. Piensa en el hombre, porque es un hombre el que espera en el otro extremo de esta historia. El movimiento que ella hizo sobre el teclado fue ínfimo. Miró como para asegurarse de que la señal fuera la correcta. Ella se adivina una mujer dulce, y dulce es, se lo decía a una amiga, su hacer a través de la palabra y la imagen. Lleva años repitiendo la ceremonia: no hay cansancio, no hay otro estímulo que la desvíe de su quehacer y compromiso. Es cierto que la felicidad existe, y que se la puede encontrar en distintos lugares, porque no hay un mundo solo: hay otros mundos, pero están en este. No recuerda quién lo escribió. Una vez segura de lo escrito, se dispuso a hacer el envío. Soltó las amarras del mensaje y el ciberespacio engulló su presencia, su esencia, en un instante. Alcanzó a leerlo: Ja. Enseguida picó fuerte al pie de las fotos: me gusta, y se sintió libre. Le contaron, no se acuerda quién, que hubo mujeres esclavas, pero ella también está libre de culpa.