Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 21 de abril de 2014

Edgardo Lois por Tuky Carboni, poeta de Gualeguay (Diario El Debate Pregón (Gualeguay) 20 abril 2014)



Siempre  me he preguntado a qué se debe el desconcertante hecho de que grandes escritores y artistas en general que residen en provincias, no trasciendan ni alcancen lo que la sociedad en que vivimos denomina “fama”. Repaso la lista de escritores y poetas maravillosos que me han hecho vibrar en una secuencia más alta y que permanecen injustamente ignorados y siento una aguda punzada en el corazón. No sé si de tristeza o, francamente, de rebeldía.  Por ejemplo, Alfonso Sola González, el más encumbrado poeta que ha tenido la provincia de Entre Ríos (para mi modesto criterio), no ha sido reconocido ni siquiera en su propia provincia. Es también inexplicable para mí, que Mario Busignani, Poeta con mayúscula, nacido en Jujuy, no haya tenido casi repercusión a nivel nacional. O Jorge Ramponi, mendocino, haya permanecido ignorado para el gran público lector de la Argentina. O que a Esteban Antonio Agüero sólo se lo conozca masivamente en San Luis. Y así tantos otros heroicos escritores y artistas de provincia que dedican toda su vida a expresarse a través de la palabra escrita, los trazos del pincel o las notas, acaso sabiendo que jamás sus obras serán conocidas, ni siquiera por los que amamos la literatura y el arte; porque, así como otras personas no han oído hablar de los autores que cito más arriba, ¿cuántos existirán que yo no he descubierto y tal vez nunca descubriré? Además de injusto (tanto para el autor como para el lector), me parece una especie de desperdicio ecológico que obras tan hermosas e impecables no estén a disposición de gente que podría haber caído, al leerlos, contemplarlos o escucharlos, en esa  bendita “especie de incandescencia del espíritu”, como dice  Enrique Molina. Yo creía, hasta ahora, que el centralismo de Buenos Aires, tiránico y feroz, era el causante de que voces más límpidas, libres de smog e inocentes de esas trampas que se aprenden en la gran ciudad, silenciara deliberadamente las grandes voces provinciales; bien porque, si no entraban en la “trenza” capitalina no valía la pena proporcionarles un escalón para que  trascendieran; o bien porque el ciudadano de las grandes urbes y sus correspondientes popes culturales estaban literariamente empachados de asfalto, rascacielos y suficiencia intelectual y, por eso mismo,  no tenían la universalidad necesaria para apreciar a los que hablan del paisaje comarcal, las costumbres del hombre de la tierra o la gloria de los sembradíos que le dan de comer el pan de cada día hasta a los más prominentes señores capitalinos.
Desde hace no mucho, he comprendido cuán equivocada estaba. Puntualmente, desde que Edgardo Lois se radicó en nuestro pueblo. No debe hacer más de tres meses que lo conozco, personal y literariamente. Él viene de la Capital. Sabe hablar con conocimiento de causa de tango, de bares, de cafés, de gente de la noche que “se las sabe a casi a todas”, de muñecas rusas que no cesan de dar sorpresas, de hombres que “se la rebuscan” enseñando a hacer a otros lo que ellos saben hacer bien, de grandes avenidas profusamente iluminadas, de grandes aglomeraciones, de grandes “pavos reales”. Edgardo, tal vez porque el aire barrial de Boedo tiene la cualidad de tiernizar el corazón, resguardando esa parte más preciosa de nosotros mismos que nos hace esencialmente humanos y abiertos a otros horizontes, conserva intacta su capacidad de asombro. Un asombro y un deseo-capacidad de integración que se refleja en los muchos y muy buenos artículos que ha escrito sobre gente de Gualeguay o directamente relacionada a nuestro pueblo: Emma Barrandéguy, Carlos Montella, Derlis Maddonni, Pipo Etulain, Cachete González, Daniel González Rebolledo, Negro Medrano, Carlitos Ántola…
Edgardo tiene, si no me equivoco, ocho libros escritos en su haber; yo tengo tres  de ellos; mejor dicho, dos; porque uno, con hermosas fotografías y muy bellos textos, poéticos diría, me lo arrebató mi nieta Bianca que está siguiendo la carrera  en la F.U.C. de San Telmo. Los otros dos son: “Miradas escritas al acrílico” y “La Virutera”. “Miradas…” es una recopilación muy feliz de estampas vivenciales, iluminadas por el afecto y la sorpresa cotidiana. Está muy bien escrito, con una prosa rica, variada y personal. Una prosa lúcida; una prosa con un sentido estético-ético que, por momentos, incursiona en la filosofía; pero sin desbarrancarse jamás por los acantilados de la pedantería ni levantar vuelos acrobáticos destinados a deslumbrar. Dentro de su riqueza, es concisa y muy bien situada. Tiene estampas (no sé cómo llamarlas de otra manera) entrañables, como “Hipérbaton en la panadería”(con gusto y aroma de infancia universal), o “David Álvarez Morgade”, una conmovedora historia donde Edgardo Lois hizo “lo que cualquier amigo”: “acompañó el viaje al interior del llanto”. O “Héctor González, homo boedensis”, que “transitó el centro del Universo: su barrio y  las periferias un tanto desangeladas de los distintos más allá siderales”. Otras son jubilosamente  desacralizantes, como “La Hermenéutica de un documento de Samuel Tesler” que me provocó esa carcajada tan saludable, y tan necesaria para respirar, que instila en un texto esa especie de chispazo dorado: el sentido del humor bien manejado.
“Miradas escritas al acrílico” no es un libro para leer rápidamente y después olvidar en un estante de la biblioteca; es para leer pausadamente, tomándole el gusto, saboreando cada oración, deteniéndose para captar el sentido profundo del contexto, tomando distancia para volver a releer y experimentar nuevamente ese íntimo regocijo que se genera cuando se lee un texto bien escrito.
Y pensar que hace tres meses, yo no tenía ni idea de que existía “Miradas escritas al acrílico”, ni su autor, Edgardo Lois; pero tampoco tenía idea de que existía Mónica López Ocón; ni Rubén Derlis. Ni Hugo Ditaranto. Rostros humanos que se presentan ante mí, aureolados por el afecto sincero que Edgardo pone en su libro al hablar de ellos; letra que se encarna y dice: aquí estoy; yo también escribo; yo también merezco que me conozcas. Porque, como para muestra basta un botón, tres o cuatro líneas de ellos (siempre desde “Miradas…”) me bastan para saber que escriben buena literatura, que me deleitaré leyéndolos en el futuro, (Dios lo quiera) si mi nuevo amigo me alcanza otras páginas de ellos. Entonces creo, ahora, que  poetas y escritores porteños y provincianos nos debemos un acercamiento, una aproximación a través de la letra escrita. Para enriquecernos mutuamente. Para que tanta página que merece trascender no se pierda sin alcanzar su blanco. Para integrarnos. Para conocer más y mejor una idiosincracia, que también es nuestra; aunque a veces nos desconcierte un poco. Necesitamos muchos más embajadores de buena voluntad, como Edgardo Lois, este muchacho que ahora reside entre nosotros y nos ha traído de regalo otras voces, otros acentos, otras pasiones.
Otro día hablaré de “La Virutera”. Porque ¿sabés, Edgardo? “Tus libros se ganaron la lectura”.