Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Una historia para Julia (XIX)

El jueves 13 de septiembre pintó de llanto cerquita del mediodía. Tres pinchazos y unas gotitas, vacunas para vos, Julia. Mamá Evangelina te abrazaba en la camilla, yo movía mis manos para distraerte. Fue un llanto de veinte segundos, te portaste bárbaro, enseguida andabas ofrendando sonrisas. A mamá se le ocurrió ir a comer al Bar de Cao. Fuimos, desde que naciste, y vamos para los cinco meses, que teníamos ganas de retomar el encuentro en el Cao. ¿Qué es el Cao?, un lugar querido, unos de mis lugares en Buenos Aires, porque mientras una persona va haciendo la vida, elije lugares, o todavía mejor, hay lugares que se le acomodan en el alma, en la memoria, y uno de los míos es este café, como también lo es el Margot, o como es La Caramba en Merlo, San Luis. Fuimos hasta el Cao, y te cuento, ahí mamá y papá hablaron por primera vez, ahí empezamos a conocernos; y en el Cao estuvimos de charla y comiendo ricos sánguches muchas veces, en el principio de nuestra historia y mientras esperábamos tu nacimiento. En el Cao escribí mis últimos libros; hará siete años, tal vez un poco más, que es mi lugar preferido de escritura. Llegamos al café y ahí estaba mi mesa libre, la de siempre, ahora nuestra mesa, donde hablé con mamá Evangelina aquella primera vez, la mesa donde siempre que está libre, me siento a escribir mis historias en el mientras tanto del tiempo. Sobre esa mesa doble puedo decir que escribí mis mejores páginas, contra la ventana que da hacia los adoquines de Matheu. Sobre la mesa acomodamos el huevito, y desde su balanceo miraste por primera vez en la memoria del Cao. También paseamos: te llevé en brazos, fuimos hasta la entrada en la ochava, hasta la barra, donde hasta no hace mucho trabajaba el Gallego, un amigo del café que se fue a dibujar en el otro barrio. Fuimos hasta el primer mástil que está al principio de la barra, el Cao parece barco de tres mástiles, y te mostré cómo colgaban salames y chorizos colorados, también los sabores dan su presente en el cielo cercano de esta memoria escrita.

martes, 11 de septiembre de 2012

Una historia para Julia (XVIII)

Una de las maravillas amanecidas con tu presencia, Julia querida, se manifiesta en el momento de asomarnos a tu cuna. Tanto mamá Evangelina como yo, esperamos el instante, las imágenes. Una mención especial merece tu show de pases mágicos a la hora del despertar, una danza de manos frente a tu cara o bien sobre ella; por lo general despertás en rojo, carita refregada por las últimas respiraciones del sueño, arabescos en el aire tan cercanos a la más hermosa de las fiacas. Percibimos movimiento o nace el simulacro de llanto, una de tus maneras de decir: estoy, volví, hola. Y hacia vos emprendemos el viaje corto en nuestro departamento. No hay una vez que no nos recibas con una sonrisa, vos de cara iluminada, y nosotros al tono. Nunca pensé que podía ser tan hermoso encontrarte en la cuna. Sabés, tu presencia me hizo revisitar mi pasado, volver a imaginarme bebé, a imaginar que, como ahora nos pasa a nosotros, hubo días en que mi mamá Adela, mi papá Rolando, se asomaban a mi cuna y los recibía con una sonrisa, la misma que ellos me regalaban, y cada vez que pienso en mis papás, ahora, siendo tu papá, sé que mucho les debo agradecer. No es que esto ya no lo supiera, pero cuando te veo, Julia, tan chiquita, tan de necesitarnos, ahí, digo, diez veces, gracias a mis padres. Tu presencia invita a un acto total de amor y solidaridad, y quiero anotarlo para que lo leas muchas veces, para que nunca te olvides de estas dos palabras básicas en esta vida: amor y solidaridad. Muchas palabras pueden desdibujarse, se pueden cambiar por otras, pero estas no. Yo no recuerdo la imagen de mi cuna, y vos quizá no recuerdes la tuya, pero tanto vos, mamá Evangelina y yo, sabremos que los momentos y las miradas, cuando nos encontramos en la felicidad del borde de tus sábanas, existieron, y fueron sonrisa acompañada de ciertas palabras.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Fantasma amigo: Guillermo Pérez Bravo

Guillermo (el Gallego) en el bar de Cao. Foto: Mario Bellocchio.

Creo que sin “querer queriendo” me ausenté del Cao. Sabía que el Gallego estaba jodido, pero no quería saber hasta dónde podía llegar el puñal. No fui su amigo, apenas compañero de café, de charlas esporádicas, pero esos diálogos nos fueron dando la pista de que andábamos por las mismas veredas artísticas, éticas, humanas. Él dibujaba, y fue un lector atento de mis historias. En el Cao, de tarde, escribí varios libros. El Gallego abandonaba el timón del barco ubicado detrás de la barra (el Cao es barco de tres mástiles, por si no lo notaron), para encender las luces. Veía que escribía en la sombra y me decía: ¿Y encima con tinta roja? Las pequeñas charlas me tentaron y en abril del año pasado lo entrevisté para Desde Boedo. Titulé la nota: Navegar mar afuera, y quedé muy conforme con sus conceptos, su pensamiento, su memoria de vida: Bueno, detrás de la barra, en algún papelito, siempre dibujo algo, un esbozo mínimo, una mujer que me interesó, un viejo leyendo el diario, en Estímulo aprendí a plantar una imagen en poco tiempo. El trabajo me gusta, este es un lugar que está vivo, la gente lo hace así, viene gente de valor. No creo que pueda vivir solo dibujando, en algún lado soy bastante vago, soy de dar mucha vuelta, porque tengo fe en mi facilidad y rapidez, y muchas veces me pierdo en la contemplación. Era el Gallego quien sintonizaba la radio en el Cao: tango, rock, y encontraba momentos especiales de Los Beatles, Led Zeppelin, Deep Purple. El Gallego, después del día de trabajo, se sentaba en la última mesa por Matheu para saborear un fernet y fumar un cigarrillo. Era una de sus ceremonias.
Acabo de entrar al Cao, acabo de enterarme que dos viernes atrás, a mitad de este agosto, el Gallego se fue a dibujar al otro barrio. Era del 49. Luego de muchos días vine con la idea de reencontrarme con la escritura en mi café, y así lo hago, escribo sobre este personaje de Buenos Aires. Por la mañana le escribía a Julia, mi hija, sobre la memoria. El día transcurre y sigo anotando memoria. Buena señal.
Guillermo Pérez Bravo figura en las páginas, y en la dedicatoria de mi novela Fantasmas en el cemento: Guillermo en el Cao como fantasma amigo: el Gallego, otro buen tipo, en mi memoria.