Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 14 de octubre de 2012

Una historia para Julia (XXI)

Sabés, Julia, tengo una amiga que se llama Mónica López Ocón. Ella es una persona muy buena, sensible como pocas, atenta a la vida de las pequeñas cosas, a las historias chiquitas que se pierde la mayoría de la gente. Es escritora, periodista, y aunque lo niegue, poeta. Escribe en el diario Tiempo Argentino, y hoy en el suplemento de cultura escribió una columna (la llaman “la columna torcida”) titulada Dedicatorias. Es uno de los mejores regalos que recibimos desde que naciste, y se me ocurrió que fuera parte de tus historias: “Nunca tuve noticias de que Edison le dedicara la lamparita eléctrica a la mujer amada. Tampoco me enteré de que Bill Gates le haya dedicado a alguien sus innovaciones en el campo del software, ni que los cirujanos dediquen las operaciones de apéndice a sus seres queridos. En cambio, Enrique Vila-Matas le dedica todos sus libros a Paula de Parma. Antonio Muñoz Molina le dedicó La noche de los tiempos a Elvira Lindo y José Agustín Goytisolo llegó al punto de convertir su dedicatoria en el título de un poema: Palabras para Julia. Según parece, sólo las palabras pueden dedicarse. Es cierto que también se dedican los premios, desde el Martín Fierro al Oscar, pero sólo los textos admiten incluso una segunda dedicatoria escrita por alguien que ni siquiera es su autor. En la primera página de Fuego en Casabindo de Héctor Tizón cualquier hijo de vecino puede escribir su dedicatoria. Dedicar un libro ajeno es como endosar un cheque de terceros para que pase a engrosar nuestra propia cuenta. Cuando pregunto por qué sólo se dedican los libros y no el resto de los objetos del mundo, me contestan que es por el valor poético de las palabras, un valor del que carecen los enseres cotidianos. Creo que están equivocados. Por eso, he decidido dedicar a María Iribarren la vajilla de porcelana que heredé de mi abuela. Ella sabrá reconocer, estoy segura, las historias pintadas en color azul sobre la porcelana blanca. Aunque el paisaje y los carruajes parecen idénticos, no cuentan lo mismo en la tetera que en las tazas y el final varía según el plato sea hondo o playo. Dedico a Edgardo Lois mis viejos juguetes de hojalata para que reconozca en ellos su propia infancia y le cuente a la pequeña Julia (que se llama así por el poema de Goytisolo) cómo era la niñez cuando ella no estaba en el mundo. Dedico a Angélica Alberico mi limonero y el costurero de mi madre para que sentada en la sombra fresca y amarilla escriba poemas con la tiza de modista. Dedico mis abanicos a Cecilia Alcoba de Abril: algunos le regalarán aires gitanos y otros le darán vientitos orientales con olor a sándalo que la harán viajar sin salir de la cocina. Para terminar, dedico esta columna torcida a todos aquellos que sólo formulan preguntas que no tienen respuesta”. Una dedicatoria con gustito a tiempo, un puñado de palabras que se queda a vivir entre los sueños, y una de las invitaciones más hermosas que me han hecho: volver a la infancia con vos a mi lado, para así ir haciéndonos en la memoria.