Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 14 de junio de 2015

La máquina (La foto, Diario Tiempo Argentino: 14 de junio de 2015)

Un milonga poco rana le dijo mil veces a la percantina que no le diera más letra para que él encendiera su máquina de sacar chispas. La susodicha máquina cortaba humo de cigarrillo, palabras, frases de amor: las que eran lugar común y las que no, sábanas, sonrisas, momentos. Ella, según el galán, se especializaba en sentarse en una butaca un tanto más alta que el resto, y desde ahí proclamaba sus verdades. Ella era artista surrealista. Pintaba un eterno cuadro con toros y libélulas que tomaban vodka en vaso chico y a fondo blanco. En el cielo volaban hombres felices que escupían para arriba. Había lugar para el obelisco, un tranvía, Gardel, una fina transparencia olvidada, y el suelo estaba cubierto de agujeros de taco aguja, arte que ella también había descartado. El milonga le preguntó qué era todo ese embrollo. Ella, empapada de surrealismo, cumplió con una palabrería con aroma a cadáver exquisito, poema tan distinto al tango que los dos venían escribiendo. El milonga le batía: Qué decís, chirusa, que no todo es recorta y pega bretoniano, y entonces ahí nomás, se le salía la cadena y en un segundo se encendía su máquina de sacar chispas. Es posible que artefacto semejante lo hubiera heredado de su padre; el sueño de un diálogo sensato, también. De muchacho aprendió que la vida no es un poema, y menos surrealista. El milonga salía por las noches, tenía su refugio en un sótano de Palermo que la jugaba de milonga globalizada: cartón pintado y pretensión. Ahí soñaba, junto a un puñado de abacanados milongueros, que eran hombres de antes, que eran el reaseguro de la amistad porque vivían entre los códigos del tango. La filosofía del milonga era: no desearás la mujer del próximo. Creía ser el último macho con una máquina de sacar chispas. Pero después de la revolcada que refería a los amigos, no se iba a un bulín, volvía a casa. La percantina seguía tomando vodka con las libélulas, y él bebía, en copita, una medida de tiempo espeso cortado con un pelo de bigote de Dalí.