Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Boedo navideño


Caminaba por Carlos Calvo rumbo a la inmobiliaria Gailus a pagar el alquiler de mi techo en San Cristóbal. En el momento en que esquivaba una moto atravesada sobre la vereda, en su cuerpo rojo se leía cool boy, me di cuenta de que en esa zona febo venía pegando duro sobre las terrazas de las personas. No me gusta el sol en la cabeza, así que busqué sombra y enseguida detecté sombrita: flaca, fina, nacida de una especie de alero amarrete ubicado en un primer piso. Caminé en la sombra dos pasos: pero me asaltó un miedo, qué horror de inseguridad: imaginé que había palomas, buitres civilizados, en el susodicho alero. Volví a febo en el mismísimo instante en que dos gotas de materia fecal acariciada por plumas, sustancia más conocida como mierda de paloma, hacían impacto sobre el vacío por mí ocasionado sobre el corredor-trampera que ofrecía apenas un sueño de fresquito. Trato de vivir atento al devenir de la mierda en Buenos Aires, muchas veces me sale bien o muy bien, pero claro, hay excepciones, no siempre pude escapar de la mierda de manera tan rápida y eficaz.
Esperaba en la inmobiliaria. Estaba de pie a un lado de la puerta de vidrio. Veo una cara conocida: Bombón. Estacionó su carrito de llevar diarios y latas en la puerta y entró al local. Caminó dos metros, se detuvo, giró la cabeza para mirarme y me regaló un saludo con su mano izquierda. Me había reconocido: nos conocíamos de las calles de Boedo, de los bares de Boedo, en especial del Margot. Bombón junta diarios, latas y algunas monedas en las mesas de los cafés. Siempre me saluda, y hacía meses que no nos veíamos.
Entró a la inmobiliaria y, como si fuera el jefe supremo, caminó hacia el interior. Desapareció de mi vista. Volvió cinco minutos después. Ninguno de los empleados le dijo nada, quedaba claro que las visitas y su carácter de habilitado era algo establecido, parte del paisaje de cada mañana.
Me miró. No dijo nada hasta que tuvo entornada la puerta de vidrio. Ahí volvió a mirarme y pronunció, con voz gruesa, un jojojo digno de un papá noel de publicidad. El burlón navideño hizo calle en el barrio de Boedo luego de regalarme la mejor de las sonrisas irónicas.
Después direccionó su trineo y se fue a su día.
Siempre que veo a Bombón me quedo con la sensación de que él sí entiende por dónde hay que entrarle a la vida.
(Foto de Mario Bellocchio: Bombón y el poeta Rubén Derlis en la vereda del Margot (2004))