Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Una historia para Julia (XXVIII)

Muchas veces, Julia, ocurre que uno, en este caso papá escribiendo, no piensa demasiado en lo que está haciendo. Funciono por impulso, y fue así como empecé a escribirte desde que estabas en la panza de mamá Evangelina. Y está bueno no pensar en todo. Siempre debe quedar la puerta un poquito abierta, porque por la abertura se puede dudar, respirar, y es tan necesario; porque por ese espacio puede escaparse parte de nuestra verdad, esa que creemos absoluta; y porque por ahí mismo pueden entrar las sorpresas. Hay sorpresas que se visten de maravilla en esta vida. Tengo un amigo nuevo, un poeta, se llama Rafael Vásquez, leí sus libros, lo entrevisté para el diario, y hoy está entre mi gente querida. Rafael es un hombre mayor, de ochenta y tantos años como el abuelo Rolando. Es lector de estas historias que te escribo y habla de ellas con felicidad. Pensar que empecé escribiendo para vos, para nosotros. Hace unos días tomé un café con él y en sus manos traía una carpeta azul. En ella guarda todas tus historias y una foto que le envié de la abuela Adela, mamá Evangelina, vos y yo. La foto es en la plaza de Boedo y la tomó otro amigo de papá: Mario Bellocchio, ya te voy a hablar de él. Todo estaba dispuesto con mucho cariño dentro de la carpeta. Prometí enviarle las tres últimas historias para que las tuviera todas. Y lo hice. Una sorpresa fue la carpeta, y otra sorpresa fueron las palabras que Rafael te escribió a vos, sí, a vos, unos días después:
Querida Julia:
        Sé que no tengo derecho de copiarme de las cartas (así las llamo yo) que te escribe tu papá. Pero si él me perdona...
        Ocurre que yo soy un amigo bastante nuevo de él. Pero lo que más le admiro es su capacidad de escribirte, de sentirte, de vivir tanto en función de vos, de tus mínimos gestos, de lo que vos le das.
        Tu papá es un excelente periodista, un buen escritor y, aunque él lo niegue, también un poeta. Por lo menos siempre, cuando te escribe a vos.
        Algún día podrás decírselo.      
        Ahora, nada más que un beso chiquito de mi parte.
Estas sorpresas, estas suertes en la vida, ocurren cuando la puerta está un poquito abierta. Fue así como conocí un amigo nuevo, un buen tipo: el máximo galardón a obtener en esta vida. Rafael Vásquez, un buen tipo que es poeta notable de la vida y de su Buenos Aires.

Una historia para Julia (XXVII)

Veredas, esquinas, autos, personas, gente, ruidos, cemento, locura de esta gran ciudad, locura de velocidades, porque la gente corre mucho para nada. Sabés, Julia, en esta vida hay muy pocas razones por las cuales correr. Se puede vivir errado en esta ciudad grandota que casi siempre anda de coqueteo con la desmesura, pero que aún así, tan llena de nombres, sigue guardando el barrio y la buena gente, las mesas de café como las que habitás vos en el Cao o en el Margot, y están las plazas y los paseos por las veredas, esas que tienen distinto dibujo y que entonces te tocan distintas músicas a través de las ruedas del cochecito. Cada vez que te llevo en nave pienso en las diferentes vibraciones que recibís durante el viaje. Cuando el cochecito lo lleva mamá Evangelina, me gusta ir al lado tuyo y acercar la mano para que me agarres un dedo. Así viajamos de la mano. Yo veía a hombres de mi edad ir de la mano con hijos de tres o cuatro años. Pensaba que eso debería ser muy lindo. Hoy sé que es maravilloso. Todavía no caminás, pero ya voy por Buenos Aires de tu mano. Y te digo más, ¿sabés qué me encanta hacer?, llevarte en brazos en casa, en el barrio, en la ciudad, en esta Buenos Aires que tanto me gusta y tanto detesto. Siento mi abrazo profundo, voy atento a tus movimientos, disfruto tu abrazo, tu manito sobre un hombro. Me siento distinto, no mejor, nunca me gustó creerme mejor que nadie, sino distinto, siento que camino por una felicidad nueva, una felicidad que no se parece a ninguna otra. Nunca quieras ser la mejor, apuntale, hija, a la felicidad con tu gente y con todo lo que te guste hacer. La felicidad no se gana, no se compra, no la regalan, simplemente se encuentra o no. Una de mis felicidades, tan linda, tan simple, y tan encontrada, sucede mientras te llevo en brazos y espío tu mirada sobre la aldea.