Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 20 de junio de 2012

Una historia para Julia (IX)

Ayer fue mi primer día del padre. Tenía cierta expectativa con el día, cómo será, qué me pasará cuando me digan: Che, feliz día, porque hace cuarenta y tantos días con yapa que vino Julia, y entonces, sí, señor, feliz día, sos papá: Soy tu papá. Los amigos, la familia, las personas conocidas, todos estuvieron de feliz día para mí, y todo gracias a vos. La pregunta estuvo cantada cada vez: ¿Y, papá, qué se siente?, y tanto preguntar en ellos, y tanto encontrar en mí qué decir, cómo contar, es que terminé preguntándome: Che, barbeta, papi de Julia, qué onda, qué sintonía, qué revuelto Gramajo anda de feliz día en tu interior. Fue así, hija, que caí en la cuenta de que en realidad vengo de día del padre sostenido. Si por este día felicidad se entiende y se desea, vengo de fiesta desde el 28 de abril, porque la constelación del padre, una de las pocas que no crece en el cielo estrellado sino en el barrio de los hombres, se camina a través de la búsqueda de las esquinas más felices, y eso siempre me gustó, buscar los cruces en la vida. Encontrar esquinas, también elegirlas, algunas efímeras y otras eternas. Entre estas últimas, hoy, ahora, me quedo en la esquina de tu mirada, en la de tu cuerpo dentro de mi abrazo. Descubro buzones rojos que guardan palabras en tránsito, escribo cartas de ayer y de hoy, dejo señales en todas las esquinas en las que busco dar con tu alma: en cada caricia, en cada beso chiquito, en mi dedo atrapado por tu manito, y desde hace un puñado de días, hago esquina en tu sonrisa, en la luz de tu cara de pibita haciendo señales en nuestro universo de San Cristóbal, siempre tan cerca de Boedo. Vengo de feliz día desde que naciste, y así quiero seguir, así queremos seguir con mamá Evangelina, seguir en nosotros con las mismas ganas de encuentro. Claro que hay veces que nos cachetea un llanto que todavía no entendimos y pinta tormenta, pero luego todo se aplaca cuando mamá hace magia, cuida que te cuida con su imaginación que no para hasta que otra vez llega la calma, sea chupete respirando a buen ritmo, sea piquito de amasar sonrisas en reposo. Ahí es cuando logro desatar el moño de payaso asustado que se empecina en ajustarme la garganta. Feliz día del padre, sí, desde que te vi.

jueves, 7 de junio de 2012

Una historia para Julia (VIII)

Era de mañana cuando escuchaste por primera vez la lluvia. Nada importa que hasta ahí, es más, nada importa que todavía no sepas de la lluvia. Estabas de ojos muy abiertos en el cochecito que te prestó Augusto. Escuchabas la novedad. Mamá Evangelina preparaba el mate, papá te espiaba mientras empezaban a caer las primeras gotas: una y una, de dos en dos, ellas unidas en su quehacer, en su húmeda ética del regreso, porque gotas son las que se van y las que vuelven en el diario trajinar, gotas como si de personitas se tratara. Las ventanas de la cocina se asoman, cada día, sobre un lago de chapas, árboles y tanques de agua. Techos bajos de un centro de manzana en el barrio de San Cristóbal. Música primera la de la lluvia y el metal, amigos que todavía se abrazan en algunos lugares de Buenos Aires. Siempre me gustó ser, estar, en la lluvia. Será por eso que te imagino en ella. Primeras gotas de una lluvia de siesta acariciando tus mejillas, acompañando la infinidad de besos recibidos e imaginados, porque son tantas las veces en que quisiera comerte a besitos chiquitos, lentos como la mejor de las lluvias: comerte en besos de garúa. La lluvia será compañera una vez que la lleves en la mirada. Ella te sueña, te quiere: Julia, mi amiga, se la escuchará murmurar por los barrios. Ojalá que siempre te guste más la lluvia que el cielo, porque en cada gota, marca, beso, sobre una chapa, un patio, la calle, tu refugio de ciudad, vas a poder saber de las personas, la tierra y los días. Julia, hija, que la lluvia acaricie tus patrias internas.