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Francisco Lazo Toledo |
Novena selección a Mientras tanto:
Ayer salí a caminar unas cuadras. Por pura
desesperación. Por necesidad de saber del sol que salva, acompaña. Pero sabía
en el trayecto por el barrio que iba, que estaba en blanco. Poco veía, menos pensaba.
La desesperación nunca ayuda.
Al regreso leí un par de notas del Desde Boedo de julio. Una referida al
Día de la Independencia de Norberto Galasso, y la otra Boedonismo contra la peste de mi amigo poeta José Muchnik.
Hoy 9 de julio soplaba un viento frío. Tuve que vencer
el impulso de no volver a salir. Dejé en el refugio la bolsa con la compra en
el mercadito chino. Supuse que el sol del mediodía me llamaba, y puede ser,
siempre estoy pendiente de su presencia. Había transitado media cuadra por Garay
cuando supe exactamente dónde me dirigía. Iba hacia Boedo 1561.
La lectura tiene bellos riesgos. Una lectura que
abreva en humana sustancia deja finas nervaduras vitales, impensados bocetos,
pistas memoriosas, señales melanco, saudades de lo mejor. Presencias que se
adhieren al abrigo del puñado de almas que nos da color, aroma, sabor. Miradas
prendidas como aquellas flechitas que nacían en algunos yuyos, al costado de la
vía del Urquiza, cuando fui pibe en Martín Coronado. Los pibes del barrio
hacíamos ronda con las manos de soñar juegos simples.
Pienso que salí, sin saberlo, lustroso de flechitas
leídas. Por la vereda del sol sobre Avenida Garay. Una de las susodichas,
adiviné, me escribió el camino, los pasos, el alumbrado mientras tanto.
Parado frente al 1561 de Boedo pensé en mi amigo poeta
José, Josecito de la ferretería. Pensé, frente a la persiana baja del negocio
de hoy: Por acá anduvo, a mediados del siglo pasado, Josecito, el pibe que
devino poeta, el poeta que hoy vive en Montmartre, el que se tuvo que rajar
cuando fuimos derechos y humanos. Aquel pibe, en aquellos días, inició la
escritura del mejor de sus poemas: el de la fundación de su memoria de Buenos
Aires, una galaxia ferretería tan generosa para guardar afectos, y para después
querer anotarlos en tanto libro.
Caminé hasta el 1561 de Boedo porque la escritura de
una nota de José renovó la esperanza, y el credo asumido alrededor de quien
trabaja de palabrero.
El buen fantasma de la ferretería como memorial.
También hubo sol. Llevaba flechitas prendidas en mi puñado de almas. De regreso
al refugio anoté alegría en esta tarde de aislamiento.
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Cuando volvía -por Pavón, vereda del sol- desde Boedo
1561 vi a una mujer mayor parada a un lado de un auto, junto al cordón. Hablaba
con otra mujer mayor que, ubicada en la puerta de un edificio, sostenía una
bolsita con su mano derecha. Esta mujer dijo, cuando me acercaba a ella:
Saludos a mi sobrina. Y comenzó, con el brazo libre, a saludar como si fuera
enorme molino de viento. Pensé, mientras pasaba entre las señoras, en un aspa
fantástica. El brazo, la mujer toda, parecía saludar desde un puerto
imaginario. Movimiento para ser visto desde un barco aún más imaginario.
Sonreí. De pie en la esquina, giré para verla saludar. Cuánto saludo, cuánto
gesto para no más de seis metros.
Después aprecié la realidad de todas las distancias:
el abrazo, el beso, la caricia. Saber de nosotros a través del cuerpo. Luego
pensé en las memorias.
La mujer saludaba desde el puerto de Pavón. Poco
después la nao soltó amarras. El viento que lleva recuerdos, que infla la gran
vela de la vida junto a la que llevan nuestros muertos, nacía en un molino de
aspa solitaria.
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Una última puerta cancel nos separa del escalón de
entrada al infierno.
Se lee en el cartel pegado sobre el vidrio trasero de
un auto de alta gama: Fase 1: fusilar políticos, Fase 2: fusilar sindicalistas,
Fase 3: Argentina despega. En otro cartel pegado sobre auto al tono, se lee, se
pide por: Libertad de prensa. Al mismo tiempo los que dicen manifestarse en
defensa de la República atacan a periodistas que consideran enemigos. Oh,
alabado sea el eterno ejercicio del odio. No es una diferencia de ideas entre
ciudadanos. El falso libertario (así autodenominados) no discute ideas porque
es dueño de su única verdad. La triste encerrona del pensamiento nulo. El falso
libertario desea el mal, la muerte, odia al otro: siempre delincuente, sucio,
despreciable: la ilegalidad en masa que intenta tomar parte de su República. Se
habla de justicia con voz única de dueño. A su lado los que suspiran por
pertenecer, los que repiten el rezo. Enfrente el otro, el odiado que propone
justicia para todos.
9 de Julio, Día de la Independencia, en los
alrededores del Obelisco. Banderas argentinas. Carteles ofensivos.
Declaraciones a puro delirio en los manifestantes. La ausencia de las fuerzas
de seguridad de la Ciudad Autónoma. El jefe de gobierno, una vez más, mira para
otro lado. Todos actúan dentro de una supuesta legalidad. Todo es mentira. Nada
se sabe del aislamiento obligatorio en medio de la avenida y la plaza. El Rey
de Amarillo, en días previos, agitó aguas desde una entrevista. Completó el
spot publicitario del neoliberalismo por la tarde. Te invito a la tormenta de
la independencia. Vení, que se puede.
Escribo porque la tristeza se hace pensamientos,
imágenes, tinta. Para dejar marca, memoria, en este Mientras tanto de aislamiento en esta aldea natal de encrucijada.
Parece que no hay lugar para un blues de todos, pero igual lo sostengo.
Viento de odio. Flamea la bandera de la patria. Alta
en el cielo.
Y una última puerta cancel nos separa del escalón de
entrada al infierno.
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Cuenta Josecito de la ferretería que allá, en la
Francia, para condimentar la saudade melanco de no estar en Boedo, escribió
poema culinario titulado Pegrimón. Escribió sobre renglones espiralados de
pastas boedónicas, así las nombra el poeta. Pegrimón es escritura nacida de la
mixtura entre el pesto y el lagrimón, allí la esencia primordial que suma
presencias de alcaucil y aceitunas negras. Morrones en rojo fuerte para
decorar. Mantel rojo. Servilleta negra. Una pintura impresionista en ofrenda a
la amistad.
Así ocurre en la Francia que recupera la vida, luego
del aislamiento, y así nace la propuesta de José: preparar las pastas en Garay
para compartir con los amigos, cuando la vida en Boedo sea, luego del
aislamiento.
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Recién hoy, 22 de julio, vuelvo a la escritura de este
Mientras tanto.
Mi amigo Horacio, el bluesman, salió bien de la
operación de corazón a cielo abierto.
El aislamiento sigue en pie en el Área Metropolitana
de Buenos Aires, es decir los barrios de la Ciudad Autónoma y municipios de la
provincia. Aumentaron los contagios por el virus y los muertos. Pasamos de un
aislamiento más estricto a uno más relajado. Los ciudadanos de la pandemia
están agotados, como agotados los bolsillos. Hay para repartir desesperaciones.
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Puedo leer, en las nubes ancladas en la red que hay en
el cielo, que Antonio Machado –¿será cierta la frase?, ¿cuál el libro?-
escribió alguna vez: La muerte es algo
que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte
es, nosotros no somos. Cuando terminé de leerla pensé en la mujer que vivía
bajo la autopista, sobre Virrey Ceballos. Vivía allí hasta que alguien decidió
prenderla fuego. Murió asesinada. Sin tener tiempo para temer. Y tanto es que
esta mujer dejó de ser: cuando primero fue ignorada en vida, cuando después fue
tragada por las llamas, las especies vivas que hasta recortaron su identidad,
en pocos días, de las memorias ciudadanas, las especies casi muertas que
registran hechos hasta que se esfuman como noticias urgentes, esas especies
emocionales que, por lo general, indignan, y pasan, y vuelven a girar en la
calesita desde donde otea el mareado.
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En pleno aislamiento una mujer decide permitirse un
recreo, un trago de vida. Decide correr el riesgo. Le envía a su hombre una
frase que encontró en la red, la nube, en el cielo mismo. Al parecer Julio
Cortázar escribió: Yo quiero proponerle a
usted un abrazo, uno fuerte, duradero, hasta que todo nos duela. Al final será
mejor que me duela el cuerpo por quererle, y no que me duela el alma por
extrañarle.
Cada uno en su casa. La frase parece escrita para la
ocasión. Afilada la palabra de decir. La mujer y el hombre leen, piensan, se
dicen palabras dulces, prometedoras, y juegan a los sueños. La frase es
argumento perfecto para ir, golpear la puerta y lograr el abrazo. ¿Fue
Cortázar?, ¿cuándo, dentro de qué pandemia? Así se preguntan los amantes. No
salen de sus casas.