
Me enseñaron que el mundo era rectangular, y era cruzado. Sucedió en
los tiempos en que me inauguré como sala de exposición, como siervo del señor.
Lo acepté porque el señor es de temer: habla de amor, pero procede con el fuego
y la venganza. No le faltes al señor, es decir, a sus empleados. Ellos me
enseñaron a acariciar los límites del rectángulo, a colocar mis ojos en cruz.
Ay, la cruz, una vez escuché al poeta Polycrates: Llevar una cruz al cuello es
como colgarse una picana. Hoy es la electricidad, antes fue la cruz, también el
fuego, y el metal de los instrumentos necesarios para ejecutar el tormento que
aseguraba que el mundo siguiera siendo tan rectangular, y tan cruzado. El
cuadro, el simulacro de libro que cuelga de mi cabeza, o mejor, que es mi
cabeza, lleva una cruz al frente, arte y disimulo, alguien dijo en voz baja. La
misma cruz del frente, se repite en la contracara. Él murió por nosotros, también
me enseñaron ellos. Otra tragedia, me dije, en este mundo que se mantiene en el
tiempo. Rectangular, o casi cuadrado, más o menos así era el mundo sobre el que
se movieron los primeros navegantes. Animales, bestias, hombres sin alma, sin
la más mínima idea sobre cómo era el mundo. Llegaron ellos junto a la cruz que
reza en la empuñadura de la espada, junto a los templos, y contaron la
historia, y de alguna manera, los que escribieron simulacros como el que llevo
en mi cabeza, borraron los límites en los mapas y el mundo progresivamente fue
dejando de ser rectangular y cruzado. Ahí el engaño: ellos siguen enseñando un
mundo diferente al que aparece en los mapas.