Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Una historia para Julia (XXX)


La primera vez que fuiste a la casa de los abuelos Adela y Rolando en Martín Coronado, medías tres milímetros. La segunda vez, que fue el sábado pasado, a tus siete meses y medio. Hasta ese día, eran los abuelos los que hacían la visita. El sábado nos tocó a nosotros hacer el viaje. Entraste a mi casa paterna de sonrisa plena, y te fuiste de la misma manera. En toda esa tarde y el principio de la noche, y esto te lo puedo asegurar, desataste en mi tierra de origen una tranquila garúa de felicidad. Imagino la felicidad cuando nací yo, y cuando nació el tío Alejandro, pero salvo esos momentos, creo que no hubo en esa casa, una instancia mayor a esta felicidad que cuento. Todo giraba a tu alrededor. Vos te divertías: la casa de Martín Coronado era una fiesta. Conociste al hermano perro, a Trueno, a la persona canina, que es como el gran escritor portugués José Saramago llama a estos animales de pura bondad. Trueno lloraba, de puro inquieto, en el patio. Tuve miedo de que ese lloriqueo te asustara, era un registro nuevo en tus días, pero vos lo mirabas al peludito, como le dice el abuelo Rolando, y te reías. Después le acariciaste la cabeza. Los dos se portaron bonito. Hacía calor y entonces llenamos un gran fuentón con agua tibia y lo colocamos en medio de la cocina. Qué felicidad, Julia, fue verte a las cachetadas con el agua. Hubo que secar el gran charco que quedó sobre las mismas baldosas sobre las que jugué cuando fui bebé. Apenas dormiste un ratito, no te querías perder nada. Los abuelos encantados con todo tu show de monerías, tus sonrisas de chinita, tus miradas. El abuelo Rolando me dijo que quería sacar una foto con vos, que había separado dos de sus cuadros. Lo dijo y supe cuáles eran esos cuadros. Fui con él a su taller, y sobre la cama estaban los dos óleos, que apoyaban contra la pared. La parte alta de la pared presentaba cantidad de cuadros, banderines y fotos del club Independiente, cuadro de fútbol del que el abuelo y papá somos hinchas. Miré cómo pegaba la luz de la ventana sobre los cuadros y me pareció posible hacer la foto. Te fui a buscar. Mamá Evangelina te sostuvo en un primer momento, pero enseguida te quedaste sentadita por tus propios medios. Hubo tiempo para varias fotos, después se sentó el abuelo sobre la cama y saqué más fotos. En el cuadro de la derecha aparecía una señora anciana sentada en una sillita de paja; en el cuadro de la derecha, un señor también mayor y también sentado en la misma sillita de paja. Los óleos pintados por el abuelo Rolando representaban a su mamá Ángela y a su papá Julio. Los había hecho posar en la silla para pintar los cuadros, en la misma silla en la que después, en el patio, el abuelo Rolando se sentó frente a vos. Él quiso que te sacaras una foto con tus bisabuelos. Su idea, su ocurrencia, me pareció un gesto maravilloso, de pura ternura hacia el pasado y hacia el futuro, porque pensó en ellos y en vos. A la tardecita llegó el tío Alejandro con una botella de champagne. Después de la cena hubo brindis en el patio: por el momento, por vos, por esta felicidad. A través de la ventanilla del auto, durante el viaje de regreso, hiciste lo mismo que en el de ida: tus ojos no pararon de intrigarse con el mundo.

Una historia para Julia (XXIX)

En un mediodía de noviembre al fin arrancamos, gordita Julia en brazos, hacia el registro civil de la calle Uruguay. Todavía nos quedaban unos meses de plazo, pero como los padres responsables que queremos ser, fuimos a hacer los trámites para que tengas tu Documento Nacional de Identidad: DNI. Entramos al edificio y encandilaste de ojazos al señor de los informes. Había mucha gente y el aire acondicionado se hacía sentir. Ibas con un gorrito que te regaló la abuela Olga. Mamá Evangelina te arrimó un saquito, y yo, que te llevaba en brazos, te abracé un poquito más. El trámite pintó rápido, esperamos unos diez minutos, pero en ese lapso, vos te acurrucaste bonito y chau: Julia se durmió. Mamá Evangelina contestó preguntas: dirección, teléfonos, clínica donde naciste, y firmó. Te tomaron las impresiones digitales de los dedos gordos de las manos, todo muy moderno y digital, porque antes te ensuciaban los dedos con tinta para sacarte la imagen. Todo iba bien: dormida y maniobrable, los movimientos fueron posibles, hasta que la muchacha que nos atendía avisó que faltaba la foto. A espaldas de mamá estaba el espacio blanco que servía de fondo para las tomas. La muchacha que nos atendía era la fotógrafa: tenía una camarita apuntando al lugar donde debíamos colocarte. Te recuerdo que vos seguías dormida. ¿Entonces?, mamá y papá te llamamos: Julia, Julia, y Julia, no, nada, dormía. Pero si en casa se despierta fácil, dijo mamá. Pero con este bochinche y tanta gente, dijo papá. Dormías. Vino la primera foto, no convenció. La muchacha propuso tomar una más. Ahí estabas vos, en la altura, te alzaba buscando el mejor click y abriste los ojos. Te sacaron la foto que no vimos: al parecer estabas bien. Hace una semana que recibimos tu DNI, y por sobre la legalidad ciudadana adquirida, ya te enterarás de qué se trata este asuntito, quedaste, una vez más, tan bonita, y sí, tan despierta en tus casi siete meses.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Una historia para Julia (XXVIII)

Muchas veces, Julia, ocurre que uno, en este caso papá escribiendo, no piensa demasiado en lo que está haciendo. Funciono por impulso, y fue así como empecé a escribirte desde que estabas en la panza de mamá Evangelina. Y está bueno no pensar en todo. Siempre debe quedar la puerta un poquito abierta, porque por la abertura se puede dudar, respirar, y es tan necesario; porque por ese espacio puede escaparse parte de nuestra verdad, esa que creemos absoluta; y porque por ahí mismo pueden entrar las sorpresas. Hay sorpresas que se visten de maravilla en esta vida. Tengo un amigo nuevo, un poeta, se llama Rafael Vásquez, leí sus libros, lo entrevisté para el diario, y hoy está entre mi gente querida. Rafael es un hombre mayor, de ochenta y tantos años como el abuelo Rolando. Es lector de estas historias que te escribo y habla de ellas con felicidad. Pensar que empecé escribiendo para vos, para nosotros. Hace unos días tomé un café con él y en sus manos traía una carpeta azul. En ella guarda todas tus historias y una foto que le envié de la abuela Adela, mamá Evangelina, vos y yo. La foto es en la plaza de Boedo y la tomó otro amigo de papá: Mario Bellocchio, ya te voy a hablar de él. Todo estaba dispuesto con mucho cariño dentro de la carpeta. Prometí enviarle las tres últimas historias para que las tuviera todas. Y lo hice. Una sorpresa fue la carpeta, y otra sorpresa fueron las palabras que Rafael te escribió a vos, sí, a vos, unos días después:
Querida Julia:
        Sé que no tengo derecho de copiarme de las cartas (así las llamo yo) que te escribe tu papá. Pero si él me perdona...
        Ocurre que yo soy un amigo bastante nuevo de él. Pero lo que más le admiro es su capacidad de escribirte, de sentirte, de vivir tanto en función de vos, de tus mínimos gestos, de lo que vos le das.
        Tu papá es un excelente periodista, un buen escritor y, aunque él lo niegue, también un poeta. Por lo menos siempre, cuando te escribe a vos.
        Algún día podrás decírselo.      
        Ahora, nada más que un beso chiquito de mi parte.
Estas sorpresas, estas suertes en la vida, ocurren cuando la puerta está un poquito abierta. Fue así como conocí un amigo nuevo, un buen tipo: el máximo galardón a obtener en esta vida. Rafael Vásquez, un buen tipo que es poeta notable de la vida y de su Buenos Aires.

Una historia para Julia (XXVII)

Veredas, esquinas, autos, personas, gente, ruidos, cemento, locura de esta gran ciudad, locura de velocidades, porque la gente corre mucho para nada. Sabés, Julia, en esta vida hay muy pocas razones por las cuales correr. Se puede vivir errado en esta ciudad grandota que casi siempre anda de coqueteo con la desmesura, pero que aún así, tan llena de nombres, sigue guardando el barrio y la buena gente, las mesas de café como las que habitás vos en el Cao o en el Margot, y están las plazas y los paseos por las veredas, esas que tienen distinto dibujo y que entonces te tocan distintas músicas a través de las ruedas del cochecito. Cada vez que te llevo en nave pienso en las diferentes vibraciones que recibís durante el viaje. Cuando el cochecito lo lleva mamá Evangelina, me gusta ir al lado tuyo y acercar la mano para que me agarres un dedo. Así viajamos de la mano. Yo veía a hombres de mi edad ir de la mano con hijos de tres o cuatro años. Pensaba que eso debería ser muy lindo. Hoy sé que es maravilloso. Todavía no caminás, pero ya voy por Buenos Aires de tu mano. Y te digo más, ¿sabés qué me encanta hacer?, llevarte en brazos en casa, en el barrio, en la ciudad, en esta Buenos Aires que tanto me gusta y tanto detesto. Siento mi abrazo profundo, voy atento a tus movimientos, disfruto tu abrazo, tu manito sobre un hombro. Me siento distinto, no mejor, nunca me gustó creerme mejor que nadie, sino distinto, siento que camino por una felicidad nueva, una felicidad que no se parece a ninguna otra. Nunca quieras ser la mejor, apuntale, hija, a la felicidad con tu gente y con todo lo que te guste hacer. La felicidad no se gana, no se compra, no la regalan, simplemente se encuentra o no. Una de mis felicidades, tan linda, tan simple, y tan encontrada, sucede mientras te llevo en brazos y espío tu mirada sobre la aldea.