Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 7 de junio de 2012

Una historia para Julia (VIII)

Era de mañana cuando escuchaste por primera vez la lluvia. Nada importa que hasta ahí, es más, nada importa que todavía no sepas de la lluvia. Estabas de ojos muy abiertos en el cochecito que te prestó Augusto. Escuchabas la novedad. Mamá Evangelina preparaba el mate, papá te espiaba mientras empezaban a caer las primeras gotas: una y una, de dos en dos, ellas unidas en su quehacer, en su húmeda ética del regreso, porque gotas son las que se van y las que vuelven en el diario trajinar, gotas como si de personitas se tratara. Las ventanas de la cocina se asoman, cada día, sobre un lago de chapas, árboles y tanques de agua. Techos bajos de un centro de manzana en el barrio de San Cristóbal. Música primera la de la lluvia y el metal, amigos que todavía se abrazan en algunos lugares de Buenos Aires. Siempre me gustó ser, estar, en la lluvia. Será por eso que te imagino en ella. Primeras gotas de una lluvia de siesta acariciando tus mejillas, acompañando la infinidad de besos recibidos e imaginados, porque son tantas las veces en que quisiera comerte a besitos chiquitos, lentos como la mejor de las lluvias: comerte en besos de garúa. La lluvia será compañera una vez que la lleves en la mirada. Ella te sueña, te quiere: Julia, mi amiga, se la escuchará murmurar por los barrios. Ojalá que siempre te guste más la lluvia que el cielo, porque en cada gota, marca, beso, sobre una chapa, un patio, la calle, tu refugio de ciudad, vas a poder saber de las personas, la tierra y los días. Julia, hija, que la lluvia acaricie tus patrias internas.