Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Las tierras blancas de Juan José Manauta (Libro recordado, Tiempo Argentino 15/12/2013)

Allá lejos y hace tiempo leí la novela de Manauta. Y esa lectura se prendió en el rastro que comenzaba a dejar mi alma: ahí su aroma durante 30 años. Hoy, el muchacho que fui, mira desde lejos, como si mirara desde Gualeguaychú, y el hombre que soy respira en Gualeguay, en la otra orilla del río: el abrazo que nos separa y une. Tan distinta el alma en que, a su tiempo, fundamos nuestras almas simples. Él y yo reunidos, revisitándonos hoy entre las páginas de esta novela. Él y yo tan increíblemente distintos, y tan iguales en recuerdos de infancia, en los muertos que llevamos ardiendo en la memoria. Él tan inmortal, yo tan cercano a cada día. Pero digo que existe una cercanía todavía mayor entre nosotros, y es el conocimiento acabado de lo que significa la infamia que vive el hombre que tiene hambre. Hay hambre en Las tierras blancas: imágenes, palabras que duran toda una vida. Por Manauta supo el muchacho, por releer a conciencia supo el hombre. En Gualeguay las descarnadas vivencias.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Nudos de hierro de Gabriel Montergous, mi amigo y maestro (Libro recordado, Tiempo Argentino 10/11/2013)

Los libros se quedan a vivir nuestras vidas por diversas razones. Por los personajes, no olvido a Francisco, a Bárbara, a Ennio Costello; y conmigo se quedó la casa de provincia que no paraba de achicarse por obra de los despreciables Caranchi. No me abandona la opresión vivida al ser testigo de cómo los patios y los lugares desaparecían: esa casa respiraba en la condena, porque su autor la había amanecido como ser vivo. Guardo en la biblioteca mi ejemplar firmado por Montergous. Lo coloqué algunas veces sobre la mesa del Tuñín de Rivadavia y Medrano, donde con Gabriel nos dedicábamos a la charla sobre la escritura. Fuimos amigos. Fue mi maestro, no de comas, sino de ética y oficio. Seguimos en contacto a pesar de su muerte. En los primeros días siguió sentado a la mesa del café, después viajó a las sierras, pero no dejó de ser compañía, y de leer mis escritos. Dentro de cada libro, hay un hombre: el autor, dijo Saramago. Es cierto: hay un hombre y su magia en la historia de este libro.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Una historia para Julia (LI)

La mona Jacinta, chancho Cholito, oso Teneme el oso, la muñeca Kitty y payaso Luigi son tus muñecos preferidos. Después acompañan en coro cuatro más: una hipopótamo, una ovejita a la que llamamos perrito, un títere sapo, un caracol. Nueve amigos. Durante tu día, sin falta, te detenés frente a la cama de una plaza que hay en tu habitación, al lado de tu cuna. Señalás con dedito al frente y ya entiendo. Cuando ves que entiendo se te escapa la primera sonrisa. Coloco dos almohadones contra la pared. Te levanto y te siento en la cama. Acto seguido comienzo con la recolección de tus amigos. Uno a uno los voy calzando entre mis brazos. Vos mirás contenta, emocionada, porque sabés qué es lo que va a pasar. No recuerdo cómo empezó este juego, pero la escena se estableció entre nosotros. Sentada, las manos nerviosas, no te perdés detalle de la convocatoria de muñecos que hace papá. Al fin: están todos a bordo. Entonces comienza el conteo: a la una, y en vos resuena el grito previo a la risa…  a las dos, y te veo todos los dientes… y a las tres, que es cuando mi abrazo se transforma en abrazo de muñecos, y entonces todos ellos, y todos los hombres que contiene este hombre que es papá, se abrazan a vos, y dan gracias, muchas gracias, por tanta maravillosa felicidad.

Una historia para Julia (L)

En Gualeguay, los sábados a la mañana guardan una pequeña ceremonia. Después de las nueve y cuarto, papá sale rumbo al almacén de Enrique y Mariano, que está al lado de nuestra casa. Va a buscar la bolsita que contiene seis tortas negras de la panadería Guerscovich. La distinción de la que goza una torta negra en esta ciudad, es distinta a la suerte triste que le toca en Buenos Aires, donde no es más que una factura del montón, una de esas que quedan últimas en el plato. Apenas tengo el néctar en mis manos, pienso en la expresión de tu cara. De regreso, espero en la puerta del pasillito hasta que te veo.
Me descubrís y ensayás un “ohhh”, a veces te llevás una de tus manos a la cabeza como para remarcar la monería. Te ofrezco el tesoro. Dejás lo que estás haciendo y te acercás. Los ojos bien abiertos, una sonrisa, siempre una sonrisa. Venís a buscar la bolsita. Te alejás al tranquito corto. Sabés que hay que llevársela a mamá Evangelina que prepara el desayuno en la cocina. Sabés que mamá te recibe con alegría. Sabés que es fiesta. También sabés que las tortas negras de Gualeguay son muy muy ricas.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Pintar con la sombra (Tiempo Argentino 29/09/2013)

La sombra habita, desde que era pibe, un lugar en el costado de mi destino. Soñé luego, cuando hombre, que la sombra tenía la facultad de hacerse en la sangre sin previo aviso. También soñé que se puede nacer sombra. Sucedió sin que me diera cuenta: durante mis días del pasado -soy un hombre viejo- me descubrí, y es más, me descubro, buscando las razones de mi voluntad de ser en la sombra, y a la vez tratando de burlar a la mismísima sombra. Descubrí que no es la lectura del alma la que permite el conocimiento del sujeto. Hay que saber leer la sombra. Quien sepa leer dentro de ella conocerá los secretos de ambos seres, porque ella también está viva. Supe de su presencia acentuada en estos últimos años cuando percibí un aroma dulzón, parecido al que despedían las tortas horneadas en la infancia, flotando alrededor de mi cabeza. El aroma me espera en casa. Flota en mi cercanía durante el día, y se guarda en la noche: entra por la nariz y hace nido entre mis ojos. Siempre fui un pintor oscuro, dueño de una paleta de gamas bajas. Aprendí a pintar recuerdos empastados en mi esencia sombría. Sé de qué hablo. Durante la vida el alma se hace visible en la sombra, en la muerte el alma se hace invisible para fundarse como fantasma. Es cuando la sombra muere. La vida es un eterno trajinar de sombras, pinté muchas de ellas. En cada cuadro un destino. La vida es un cuento que nos escribe una de nuestras almas, de acuerdo al impulso vital del instante el cuento puede hacerse realidad o no. Siempre fui el mismo incrédulo. Por eso elegí, desde el principio, retratar mentiras con la sombra.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Una historia para Julia (XLIX)

Te pregunto: ¿dónde está tu panza? Al instante tus ojos la buscan y la encuentran. Está, sigue estando en su lugar. Contestás: levantás la mirada que sonríe. Sí, sí, la panza. Después llegan tus manos. Nunca antes de mirar.

Una historia para Julia (XLVIII)

En un recreo hasta ahora no anotado de este invierno, es decir, solcito, nada de viento, y una verdadera apariencia de primavera, fuimos con los abuelos Olga y Gustavo, y mamá Evangelina hasta el Náutico. Creo que ya te conté que el Club Náutico Gualeguay tiene mucho que ver con la infancia de mamá. La tarde estuvo perfecta para tus gritos de alegría en la hamaca, y para una novedad: el río. Y a la presencia del agua y los pájaros en la otra ribera, descubriste la arena cuando caminábamos bien cerca de la orilla. Te sentaste y empezaste a escarbar, y a desgranar pequeños terrones de arena. Se me ocurrió entonces buscar alguno más grande para tirar al río. Primero llamó la atención el impacto, y enseguida el dibujo en el agua. Mirabas muy interesada, pero te aseguro que esa tarde en realidad escuchaste la música apacible que se movía sobre el agua del paisaje.

Una historia para Julia (XLVII)


La primera vez que cruzamos narices, vos estabas en el corralito. Me arrodillé, te miré por entre los agujeritos del tejido de protección, y avancé. Me copiaste. Avanzaste y embocaste tu nariz en un agujero. Yo retiré la mía, y busqué el roce con tu nariz, que había salido al patio. Cada vez que enseñabas la nariz al exterior, yo me arrodillaba y repetía el juego. Mirabas sorprendida. Sucedió pocas veces. Después busqué, esporádicamente, el roce de nuestras narices. Te hablé de hacer naricitas, me acerqué y toque tu nariz con la mía. Hasta aquí la historia de este juego. Pero hace una semana se agregó algo más. Te pregunté, sin pensarlo, como tantas cosas que decimos con mamá Evangelina sobre vos, haciendo juegos de palabras, pronunciando las pavadas más simples: Julia, ¿hacemos naricitas?, y entonces la sorpresa. Estabas sentada en la cama grande. Me miraste y en un segundo adelantaste la cara, es decir, tu naricita. Mi nariz llegó a la tuya y al mimo. Te sonreías. Tu cabeza fue para atrás, y luego volvió a avanzar: al frente tu ñata. Ahora, para que sea fiesta, no tengo más que preguntarte. Las palabras y sus significados ya empezaron a hacer sus magias.

Una historia para Julia (XLVI)

Me pasó varias veces mientras caminaba Buenos Aires. Me pasó, creo, después que entré en mis años 40. Cada vez que veía a un hombre de mi edad caminando de la mano con el hijo, chiquito, como ahora sos vos, Julia, lo miraba y sentía, y entendía, que algo muy importante me había perdido. Quiero contarte que cada vez que salimos a la vereda, a media mañana de este invierno, a caminar hasta las dos esquinas, y a saludar a Enrique y Mariano en el almacén, pienso en aquellos días de gran ciudad cuando yo caminaba sin llevarte de la mano. Hoy te acompaño los pasos, eso parece, porque en realidad sos vos la que ya acompaña los míos. Nos vamos de la mano. Tuve esta gran suerte en mi destino. Caminamos la vereda de Carmen Gadea 222, donde nos espera mamá Evangelina. Caminamos haciendo la vida. En Gualeguay, Entre Ríos.

domingo, 28 de julio de 2013

Cuestiones con la vida de Humberto Costantini (en Tiempo Argentino 28 de julio)

Cuando llegó el momento de abandonar mi ciudad, pensé en Cuestiones… y fui a buscarlo a la biblioteca. Ahí estaba, un libro en Buenos Aires, y ahí debe seguir el fantasma de mi ejemplar, de mi estante y también mi fantasma acercando la mano. Soy de Boedo y de San Cristóbal, a la manera de Costantini creo haberle apretado la cintura a Buenos Aires, y quizá, que otro lo diga, haberle hecho un hijo de sangre y memoria. Cuando llegó el momento de hallarme en mi nueva ciudad: Gualeguay, pensé en Cuestiones…, y ya no hubo que buscar, y no hubo necesidad de fantasmas, sólo pasar páginas, espiar, ausentarse y volver: “te aprieto como nunca, / te me entrego, / mientras como en un sueño / te digo amor, / te digo / ya nunca más exilio, / ya nunca más lejos de vos, / paloma, primavera, regazo, / Buenos Aires”. Cuando llegue el momento de dejar todas las ciudades del mundo, pensaré en Cuestiones…, ojalá lo tenga cerca, para irme desde Buenos Aires, mi ciudad cuna, no sin antes pasar por Gualeguay.

viernes, 26 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLV)


Cuando cumplí treinta y tres años recuerdo que el abuelo Rolando me dijo: Parece mentira, si ayer nomás te traje a casa recién nacido. Siempre me acuerdo de esto, y en esta anécdota pienso cuando te veo sentada sobre las baldosas y con un libro abierto entre las manos. Más allá de mi felicidad porque ya tengas trato con el amigo libro, pienso en la velocidad: si ayer nomás eras la recién nacida, cómo ahora sumás quince meses entre libros. El abuelo Rolando tuvo razón. Primero tuviste dos libritos plásticos, después apareció uno de cartón bien duro con una cabeza de títere en su parte superior. Libros juguetes que cumplen, pero la cuestión cambió cuando de mi biblioteca saqué dos libros de una amiga, la escritora Laura Roldán. “Zongos y borondongos” y “La marca del garbanzo” son libros que ella escribió junto a su mamá Laura Devetach, una gran autora de literatura infantil, casada, fijate qué dupla, con el notable Gustavo Roldán, uno de los más destacados escritores argentinos que trabajaron la literatura para chicos. El primero está ilustrado por Gustavo Roldán (h.), el hermano de mi amiga, ¡qué familia!, y de él es el cuadro que está colgado en tu dormitorio: El vibroperro. El segundo libro está ilustrado por Isol, y este señor es el creador de un dibujo que mucho te alegra. En “Orquesta con bichos raros”: el que toca los platillos. ¿Qué es?, no sé, ni él debe saber, pero te divierte cada vez que llegás a la página. Te veo venir con un libro en la mano. Pasito corto, el libro que casi toca el piso. A estos títulos se han agregado cuatro de María Elena Walsh, otra señora destacada: “Dailan Kifki”, “El mundo del Revés”, “Cuentopos de Gulubú” y “Manuelita ¿dónde vas?”. De todos mirás los dibujos. Aprendiste a pasar las páginas. Te hago upa para ubicarte sobre mi pierna derecha, así me lo pedís, y te preparás para mirar el libro. Sucede varias veces al día. Qué grande que estás, pienso, y cuando aparece el bicho dibujado por Isol, sencillamente me hago chiquito en tu alegría.
Como intento ser un padre sincero, voy a contarte que en estos momentos hay un libro más. Está muy linda la historia y te gustan los dibujos. Papá prefiere escritores que cuentan buenas historias y además son buena gente, con fallas, seguro, pero buenos seres humanos, sinceros. Hay escritores que son así, y hay otros que no, por eso no pude evitar dejar para el final el libro que te regaló nuestra amiga Paola de Bogotá: “Fonchito y la Luna” de Mario Vargas Llosa, que es un buen escritor, y nada más.

miércoles, 17 de julio de 2013

Estado desmesurado de conciencia

Acrílico de Rolando Lois
La calle del cementerio era adoquinada. Inicié el camino hacia la salida. Lloraba, hacía tiempo que no lloraba por la muerte de un amigo. No era la primera vez que desandaba el camino desde el Crematorio de La Chacarita. Mi amiga Liliana había elegido las cenizas.
En ese momento me descubrí entrando a un lugar donde, al menos en estado de conciencia, nunca había estado. Fue como estar dentro de una onda expansiva, fue sentirme sustancia e impulso de recién llegado, y a la vez sentir la pertenencia a esa misma fuerza en expansión. A poco de la experiencia encontré estas palabras para nombrar lo ocurrido: un estado desmesurado de conciencia. Experimenté una manera de quedarme sin límites. Fue ahí que sentí, entenderlo desde lo intelectual fue trabajo para después, que era parte de una sabiduría, del misterio de la naturaleza. Fue algo así como entender que no estaba solo. Sé que en muchos momentos de la vida del ser humano, la soledad es el gran peldaño, pero no hablo de ese correlato cotidiano, hablo de sentirme conectado en la profundidad donde arañan las raíces. Me hubiese encantado poder contarle esto a mi amiga Liliana, se hubiese apasionado, ella siempre caminó por mundos distintos.
Sucedió que en pocos días supe de abismarme dos veces, la primera: en el cementerio, la segunda: momentos después de haber salido de la sala de parto donde nació mi hija Julia, una semana después de la muerte de Liliana. Digo que momentos después de haber salido de la sala, porque todo sucedió cuando la doctora me entregó a Julia recién nacida. Apenas se movía, supongo que extrañaría el mar y el silencio, y tenía los ojos bien abiertos. Voy a hablar de otra mirada. Nada importa que alguien me quiera explicar que en el momento en que nace un bebé no puede distinguir formas precisas. Yo hablo, como anoté, de la otra mirada. Ella desde su mundo, y yo desde el mío. Hablo de un encuentro. Y en él, los temblores, las emociones, y las preguntas. Porque dentro de mi hija había fundada una manera de ser, de sentir y de sentirse, en Julia había un alma. Pero había un alma: ¿desde cuándo?, y desconociendo el dato temporal, ¿cómo es que nace un alma?, es más: ¿de dónde vino la suya? En voz muy baja le pregunté: ¿de dónde venís, hija?
Liliana era de andar caminando entre mundos distintos, y tal vez yo también practique esa manera de caminar, quizás a un ritmo más reposado, que es la mejor sintonía para encontrarse con las ideas y las palabras sobre el papel.
En todo mi papelerío manchado con mi intento de dar con la literatura, podría afirmar que siempre le anduve husmeando el rastro a la muerte. No por miedo, sino porque ella fue en mi vida, lo sigue siendo, inspiración y cachetada certera para no dejar las acciones para mañana. Si mañana puedo no estar, si los próximos cinco minutos pueden ser mis últimos cinco minutos, debo vivir hoy, ahora. Pensar lo contrario es ser un creído, un semidios de lo más estúpido y simplista. Debo admitir que esta clase de ejercicios cercanos a la búsqueda de algún tipo de filosofía de vida, lo llevan a uno a afantasmarse cuando, en tren pensamientos, búsquedas y cuestionamientos, uno da, por ejemplo, con la incómoda sensación que brinda entender la absurdidad que rodea la existencia toda.
Entonces me encuentro en una encrucijada. No toco blues, pero es cierto que lo escucho con pasión. Me descubrí en tratos con una pertenencia, un barrio que queda un poco más allá, pero en el “mientras tanto” lo absurdo de una existencia insípida llena casi todos los casilleros.
Los viernes por la noche acudo a la catedral. Se entra por una puertita plena de misterio y enmarcada por una gran persiana que preserva el teatro del mundo. Está ubicada a una cuadra de la plaza y a un lado de la catedral verdadera. Se la conoce como la catedral del asado. En ella se juntan diez o doce amigos a comer. Ellos también van por la carne y el vino tinto, “hacen” misa clandestina. Cuando se acerca el final de la ceremonia, cuando las brasas se alejan en soledad, todos levantan sus vasos al cielo de chapa y brindan por los ausentes: Mingo y el Negro Carnevale. Estoy seguro de que más de uno esconde, muerde la lágrima. Es emocionante ser testigo y ser parte del homenaje.
Ahí no quedan dudas: no hay soledad en la naturaleza, y no quedan dudas de lo absurdo del recurso, pleno de impotencia, ante el hambre voraz del abismo y el gran misterio. Mientras tanto, nosotros, los afantasmados, a conciencia limpia o fragmentada, porque nunca olvidamos que la muerte nos espera, nos aferramos a la memoria.

jueves, 11 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLIV)

En el comedor está el baúl de madera que hicieron los tíos Marta y Juan. Sobre el mismo teníamos algunas bebidas (ya las mudamos), y tenemos una planta muy linda, una foto tuya de tu primer día de vida, y una de las lámparas más lindas que hizo el tío Juan. La lámpara tiene dos bornes dorados y permanece desenchufada hasta que necesitamos encenderla. Desde que iniciaste las caminatas lunares por la casa, el baúl fue una especie de imán: debido a que estaban las botellas y unas copas, y a que era una superficie que quedaba de maravillas para tu altura. Mamá Evangelina se dio cuenta de que uno de los bornes estaba flojo. De vernos aprendiste rápido a que todo lo que sobresale en una superficie puede muy bien girar. Por eso los dedos de tu manito giran y giran sobre toda clase de utensilios. Cada vez giran con mayor precisión y el borne, el tornillo de caripela dorada flaqueó en su labor de ajustar. Otra acción que aprendiste es a pasar un trapo o una servilleta de papel sobre la mesa o tu silla para comer. Nos ves limpiar, y vos limpiás. Mamá te tejió una bufanda corta de color fucsia. Siempre estamos atentos a tus aterrizajes sobre el baúl debido a que tu foto tiene marco con vidrio, y por el detalle citado de la lámpara. La otra noche andabas con la bufandita en la mano. Llegaste al baúl y comenzaste a acercarte a la lámpara. Sabés que no hay que tocar, pero te acercabas. Comenzaste a limpiar todo aquello que había cerca: el baúl, el borde del corralito, un libro, y seguías acercándote en busca del borne que gira. La limpieza llegó a la lámpara. A cada momento me mirabas para saber si yo te espiaba, y sí, mi mirada era explícita. Vos dale que dale con la limpieza. Me volvés a relojear y entonces disimulo mi control. Enseguida largás la bufanda y tus deditos inician la labor. Te dejo hacer unos instantes, y vuelvo a mirarte. En un segundo tu manito estaba nuevamente sobre la bufanda y limpiabas con afán admirable. Tenés catorce meses, aprendiste muchas cosas, siempre estás atenta, tu mirada avisa de que en vos vive la inteligencia, por eso, de manera tan inteligente, hija, a tan corta edad ya aprendiste a hacer algo muy necesario en esta vida. Te miro y me digo: Julia ya aprendió a hacerse la boluda.

sábado, 6 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLIII)


Levantás la vista y te reís. Estamos lejos. Vos pegada a la mesada de la cocina, yo cerca de la mesa del comedor. Un trecho largo para tu destreza recién adquirida. Me mirás. ¿Pensarás en las posibilidades de éxito? Me agacho y te estiro los brazos: dale, vení con papá. Te reís. Das un paso y frenás. Soltás gritito de alegría y te largás. Levantás tus dos bracitos hasta la altura de tus hombros y venís, venís. Pasos cortos y balanceo. Avanzás cada vez con mayor seguridad. Manos en el aire. Te acercás. Estiro mis brazos. Llegás hasta papá y nos hacemos abrazo. En tu travesía la ubicación de tus brazos me hicieron recordar a la criatura del doctor Frankenstein, o mejor, a la criatura compuesta por el gran Boris Karloff para aquella vieja película. Me reí de la asociación y dejé que la maravillosa criatura me tomara del cuello.

lunes, 1 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLII)

Después de despertarte por última vez en tu cama, cerca de las cinco o seis de la mañana, pasás a dormir un rato más en la cama grande. Cuando despertás en cancha de 11 te gusta jugar entre nosotros: hablás, gateás, te cuento que aprendiste a gatear después de aprender a caminar, y llevás a cabo tu primer show de monerías. Existió el día en que desperté y vos estabas sentada bien cerca de mi cabeza. Me ganó el bostezo. Vos terminabas de sacarte una media: el movimiento fue perfecto, la guardaste en mi boca. En otra mañana, mientras mamá Evangelina preparaba la mamadera en la cocina, ocurrió la siguiente escena. Estabas sentada y te dejaste caer sobre la almohada. En un segundo empezaste a hablar en tu idioma indescifrable. Tuve la segura impresión de que en tu lengua había oraciones, expresiones claras y que tu palabra transmitía sensaciones que alguien entendía. Tuve la impresión de que charlabas amigablemente, tus brazos en movimiento reforzaban mi idea. En todo momento mirabas al techo. Explicabas andá a saber qué cosa o contabas una historia, que de eso se trata esta vida. Catorce meses y parecías sentada a una mesa de café. Habrás hablado un par de minutos, después el silencio, tu mirada, la sonrisa, el misterio, tu regreso a la cama.

viernes, 28 de junio de 2013

Texto presentación del libro Paletas Artísticas (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP)) por Edgardo Lois

La paleta del pintor como apaisada retorta de madera, lista para la destilación de la vida. El pintor como alquimista, como nexo sensitivo, entre aquello que todavía no es, y la esencia de la mirada primera, la que apenas vislumbra, la que adivina. El mago, en el silencio del taller, lo sabe, lo presiente. Alguna vez escuchó de boca de un viejo pintor, que el mundo, el universo todo, fue parido en la humedad florida de una paleta. En el barrio, un sabihondo de café, le batió al alquimista, al mago, al pintor, que todo, absolutamente todo, descansa, respira, se hace, y también muere, en el menjunje primordial que nace y que aguarda: que sueña en los recovecos emocionales de la paleta del pintor. Mejor se humedece la susodicha paleta cuando el hacedor sabe de la existencia de lluvias y garúas: porque las lleva en su alma. La primera lluvia repica adentro, y luego transmigra a la madera donde aguardan los colores.
La paleta del pintor puede descansar sobre una mesita, o un banco alto, y puede, alta en el cielo, habitar el aire del taller al compás de los vientos. El alma del mago también debe saber del viento. La mano como vela de mástil mayor, flameante, puro desafío ante el abismo de la luz o la de su ausencia.  
Pero el secreto mayor jugará sus cartas en la habilidad con que la otra mano, caricia va, caricia viene, sepa del amor sobre la tierra alumbrada. El pincel será el adelantado, el héroe en el sueño del pintor, será quien comprenda, quien lleve en su memoria efímera el mensaje de lo imaginado, lo visto por el mago, el alquimista. El dueño del pincel ha comprendido a través de los años (porque la pintura, como todo arte, es un compromiso que exige una vida de trabajo, nunca menos) que el mundo nace con cada día que amanece, con cada pintura que aguarda sobre la paleta, con cada minuto de esa vida en que un hombre intenta llamarse artista pintor. Cuando se ve, cuando se sabe de la existencia de los mundos (los que andan por la sangre, y los que callejean en veredas y esquinas), cuando se tiene registro de lluvias, garúas y vientos, mejor se encontrarán los colores del mundo sobre la paleta.

Hace cincuenta años que sé de la existencia de la paleta de pintor. Imagino a mi viejo haciendo la presentación poética sin que el bebé que fui entendiera de qué se trataba. A partir de esa paleta saludo la identidad de esta presencia hermana en el taller de todos los artistas pintores que intervienen en este libro.
En la paleta del pintor bien puede ser hallada la identidad del artista, es en esta herramienta donde debe quedar visible, explícito, el concepto que llamo “patrias internas”. Reconocerse en la paleta es un paso necesario en la historia del oficio de todo trabajador que intenta, luego de una vida a conciencia, llegar a habitar el territorio del arte. Porque todo es intento, ya que nunca se sabe quién, entre los tantos que laboran, llegarán a hacer propio el paisaje deseado. Patrias internas deberíamos tener todos. En definitiva sólo somos seres humanos con un oficio en el alma. Una patria interna es aquel territorio de la identidad que no se negocia, que está a la vista, y que siempre es necesario resguardar de las inclemencias del tiempo. La paleta de mi viejo, herramienta y sustancia: su pintura, tiene sus patrias internas. Su paleta de gamas bajas, cuando es el tiempo de pintar al óleo, fue y sigue siendo compañera de toda mi vida, también lo es la paleta más colorida de sus paseos por el acrílico. Llevo en mi memoria su imagen sobre la mesita alta, frente al caballete, frente a los estantes que sostienen el trabajo que mi padre alumbró durante toda su vida. Su universo íntimo, su concepción del mundo, su ideología: sus patrias internas, la vida toda destilándose en la retorta apaisada de madera que reconozco desde el comienzo de mis días. Cada artista plástico tendrá sus testigos para su arte, y para la herramienta de fundar, su paleta. Pueden cambiar los ámbitos, las disposiciones, porque los tiempos y gustos en la búsqueda de la creación son privados, íntimos, intransferibles. Pero siempre habrá alguien que vio, que puede dar prueba, que de ese paisaje apoyado sobre la mesita de patas flacas salió el paisaje que ahora sostiene el caballete. Y que frente a ellos, de pie, contemplaba el pintor, el mago, el alquimista.

Hay en este libro una propuesta distinta para el trabajo del pintor. Una propuesta que encuentra su justificación en la vereda del homenaje agradecido: un acto de poético reconocimiento, o de puesta en valor poético de la llanura amiga donde se juegan las cartas posibles de la creación. Este libro de la SAAP funda su esencia en la concesión que pide al artista. En voz baja, en un tono de charla intimista, los hacedores del libro, mientras adivinan colores sobre una mesa de café en Buenos Aires, hacen su pedido: Mirá, hermano, esta vuelta, el cuadro, y todo tu chamuyo de colores, dejalo ahí, no lo muevas, que “sea”, que “haga esquina” sobre tu paleta de pintor: la herramienta de fundar.
Como es de esperar, sangre adentro de cada pintor, de cada mago, de cada alquimista, sucederán lluvias, garúas y vientos.

miércoles, 26 de junio de 2013

Una historia para Julia (XLI)

El 22 de mayo a la tarde: uno, dos y tres. Tus primeros pasos entre los puertos más cercanos: mamá y papá. Hasta ese momento nuestra maravilla consistía en ser testigos del instante en que soltabas amarras y te quedabas paradita sola. Acentuabas el logro,  para festejarte y para contar con nuestra atención, con un gritito agudo de felicidad. Ahí estabas, puro brillo, porque te dabas perfecta cuenta de la novedad. Después del grito te mantenías un ratito con sonrisa y tensión al tono. Luego volvías al apoyo. Sabés, ver cómo venís caminando hacia mí, apuradita, brazos que se agitan y pasos cortos, es de las imágenes más maravillosas de las que he sido testigo. Te cuento que en esta vida he visto maravillas: vi la cara de mamá cuando le di el primer beso, vi el punto final de una novela que me llevó cinco años escribir, vi la felicidad en personas que quiero, ja, pero ver cómo caminás hacia mis brazos: tu sonrisa, la mirada, la emoción, sí, hija, como te decía, he visto maravillas en el cielo de este mundo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Una historia para Julia (XL)

Al final llegó el día: domingo 28 de abril, tu primer año. Te cuento, la casa donde vivimos es grande, cómoda, y estaba llena de personas. Todos de fiesta por Julia. De Buenos Aires vino la abuela Adela y se quedó con nosotros el fin de semana; también se hicieron una escapada Virginia y Mario, nuestros amigos de Boedo con los que tanto te reís. Después estaba toda la familia de mamá Evangelina, que son una banda, diría el abuelo Gustavo. Tus tíos y tus primas, los que vemos seguido, y después otra cantidad de primos de mamá y sus hijos, porque la familia Gálligo debe ocupar medio Gualeguay. A todo este despliegue familiar se sumaron nenas y nenes, chiquitos como vos, hijos de amigas de mamá de cuando ella vivía y estudiaba en esta ciudad. Yo nunca había participado en una reunión así, mi familia es chiquita y están alejados. Nunca había sido parte de la organización de un evento que dejara la cuadra llena de autos. Para que tu cumpleaños saliera bonito hubo dos personas que hicieron de todo para organizarlo: mamá Evangelina en casa, pensando y trabajando, y la abuela Olguita, que en su casa hizo todos los banderines, los adornos, preparó las bolsitas con regalitos para los nenes, todo pasó por sus manos, ella recortó, pegó, hizo moños, y anduvo colgando banderines en la galería donde se armó todo para los más chicos. Estabas hermosa. Te espié desde todos lados, fue el mejor cumpleaños al que asistí. Fue increíble ver cómo te reías en compañía de otros nenes. Los observabas muy bien, como mirás siempre, con detenimiento, y la misma atención le dabas al desafío de cada regalito, sabías que adentro de cada bolsa había algo para descubrir: el objeto no importaba, el placer estaba en encontrarlo. Se me ocurrió hacerte un regalo, y lo guardé en secreto hasta esta escritura. Te regalo tres de mis cuadros, tres acrílicos pintados por el abuelo Rolando. Ahora están colgados en el escritorio. En cada cuadro: la fachada de un café: el México, el Margot, el Cao. En esos cafés papá fue muy feliz, tenía a su Buenos Aires a la mano, y papel y tinta roja para contar historias. En estos lugares escribí la mayoría de mis libros. Pensé en los cuadros como símbolos de felicidad, porque quisiera regalarte en este primer año esa memoria que reflejan los cuadros del abuelo, una memoria para dejar a cuenta de la felicidad que vos nos das: mamá y papá en tu sonrisa de cada día.

viernes, 17 de mayo de 2013

Descolgar un cuadro


En el 2003 firmé la nota La diferencia entre Ingeborg y el soldado obediente, en ella anoté: A veces me digo que todo es una cuestión de memoria, de reconocerse frente al espejo y frente a los demás. Claro que para ello hay que poder mirarse al espejo, me digo mientras me alegro de que un tipo como Galtieri no respire un minuto más sobre esta tierra. Que Galtieri no haya terminado en un calabozo es otra historia a analizar, pero al menos ya no respira la misma ciudad que respiran sus víctimas y los familiares de sus víctimas. No murió un viejito, tampoco un soldado; no murió un escritor, tampoco un trabajador; no, no, murió un bicho que ahora precisa de discursos para amanecer patriota. Pienso en Malvinas, pude haber sido uno más, diez veces al polígono de tiro y a la guerra, guerra en el sur, guerra en el sur; para mi general, el saludo de mi memoria.
Acabo de enterarme de la muerte de otro asesino, del miserable de Videla, y ya van a aparecer palabras tratando de abrirle, de alguna manera, las puertas del paraíso, convengamos que no le faltaron misas ni bendiciones, y van a aparecer también aquellos que afirman, con convencimiento y los respeto, que la muerte no se desea ni se festeja. Los respeto, pero les cuento que tengo mis ceremonias para la obtención de la felicidad, y entre ellas figura una que trata del deseo y festejo de la muerte de los mal nacidos que contaminan esta vida. Fui feliz cuando murió Martínez de Hoz con detención domiciliaria, y soy feliz hoy con la muerte de este soldado de la patria, de la suya, jamás de la mía. ¿Por qué?, lo anoté por Galtieri, ni un minuto más sobre esta tierra.
Aprovecho para marcar una diferencia entre las muertes de estos seres despreciables, y es que Videla murió donde le correspondía, en la cárcel, y esto gracias a la decisión de un gobierno democrático con memoria.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXIX)

¿Sabés cuándo entré a ser conciente de que tenía una hijita grande, grande, es decir, que ya había dejado de ser un bebé indefenso y sólo contemplativo del mundo? Te cuento, creo que el nuevo estado mental de papá se armó a partir de dos momentos. Una mañana, estábamos justo en la curva donde se unen la cocina y el comedor. Estabas sentada sobre el cuadrilátero de colores. Empezaste a moverte, hasta ahora no gateás, tu especialidad es el avance con arrastre de cola. Así llegaste hasta el corralito, y una vez a tiro, tus manos fueron hasta la pata más cercana: fuerza, empeño y decisión te llevaron a pararte. Ahí estabas, casi un año, paradita a un lado del corralito, poniéndole al cerco el cartel de armadura obsoleta. Te miraba, vos te reías. Saqué un par de fotos. En otra mañana, mamá Evangelina y yo estábamos desayunando. Escuchamos a la distancia que repetías, desde la cama grande, tu característico “tatata”. Te fui a ver. Brillabas, no lo podía creer, habías sido tan chiquita, y en ese momento eras tan chiquita y tan grande en la cama de mamá y papá. Quedé tonto, se me caían las lágrimas, y vos no parabas de reírte, de moverte, de hacer morisquetas. Jugamos un rato a escondernos detrás de nuestras manos, te encanta. Saqué unas fotos. A partir de estas dos historias papá se dio cuenta de que el universo había cambiado, de que se había ensanchado feliz, con aire nuevo. Casi un año, Julia, un tiempo de ensueño.

martes, 14 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXVIII)

En medio del proceso de mudanza ocurrió algo azaroso. Pienso que a esa altura de los acontecimientos, ya tendrías real percepción de que el mundo de colores y formas que habías contemplado durante casi todo tu primer año, había dejado de estar a la vista. Papá lo guardaba en cajas de cartón y bolsas. Hilo y cinta de embalar, tornillos y maderas, todo había dejado de ser, y era extraño para nosotros, que en teoría comprendíamos más que vos. Sin dudas el desarmado del rompecabezas te habrá afectado. Faltaban pocos días para la partida, y me entero de que mi amigo poeta Rubén Derlis, presentaba su último libro, el sábado previo a la mudanza, en el café La Poesía de San Telmo. Mamá y vos viajaban a Gualeguay el viernes, el sábado la presentación y el lunes la mudanza. Preparé el mínimo indispensable de ropa hasta el lunes, el resto a la bolsa. Para el sábado dejé el saco en una percha. Y andaba con el saco de acá para allá, lo colgaba y enseguida lo tenía que correr debido a mi rol de papá embalador del mundo. Fue cuando me di cuenta de que había quedado libre el clavo de donde colgaba el cuadro del abuelo Rolando: El color que cayó del cielo. Claro que después de colgar el saco reparé en que quedaba exactamente sobre tu corralito. Fue inmediato, estabas seria, mirabas a la altura con desconfianza y me mirabas. Pensé que ibas a llorar, lo descolgué y te lo acerqué dando las explicaciones del caso. Vos lo tocaste y todo volvió a la normalidad: el saco de papá, pero hasta que volví a sostener la percha en la pared. Tu desconfianza volvió a decir presente. Dejaste de jugar, te molestaba esa impostura de hombre o de papá. Entonces lo entendí y lo descolgué definitivamente. Te dije: Julia, vas bien, que nunca te gusten los disfraces, que nunca aceptes que alguien te mire, confiado, desde arriba. Después pensé en que la mentira y la moneda muchas veces se sostienen de un clavo. Quiero que sepas que no figuran entre las bellas artes.

lunes, 13 de mayo de 2013

Buenos Aires a distancia


A Mariano Larra, personaje de mi novela Morir por Perón, le tocó en suerte recibir como herencia una de las señales que yo considero, desde hace años, de buen augurio para sostener la travesía cotidiana en Buenos Aires. Cada vez que pasaba a bordo del 160 por el puente sobre las vías del ferrocarril Sarmiento, ubicado en Salguero, entre Bartolomé Mitre y Díaz Vélez, miraba buscando el tránsito de un tren. Valía si lo veía venir, mucho mejor si mi permanencia sobre el puente coincidía con la formación debajo del mismo, y también valía ver cómo se alejaba. Tres tiempos posibles para que mi observación fuera validada como destino. Como sea, la señal, el buen augurio, se daba por la coincidencia en la encrucijada, y en la sustancia de la susodicha coincidencia geográfico/temporal: si yo podía ver pasar el tren, significaba que estaba ubicado en una posición desde la cual podía contemplar o imaginar tantas historias como personas viajaban en los vagones, y eso, señores, es una suerte: porque si hay historias para contar, hay vida y hay sueños. Es mejor cuando las historias deambulan por la faz de nuestros mundos. Esa era mi suerte, y esa misma suerte le obsequié a un torturado Larra para sus días de ficción.
Viajé a Gualeguay, Entre Ríos, unas tres veces antes de una travesía decisiva dentro de mi vida. En cada viaje a la ciudad de donde es oriunda mi mujer, reparé en el placer que me deparaba el cruce del complejo Zárate Brazo Largo. Desde los dos puentes, el Bartolomé Mitre sobre el Paraná de las Palmas, y el Justo José de Urquiza sobre el Paraná Guazú, miraba las márgenes del río, las casitas en torno, el laborar de los barcos, la lejanía. Imposible para un porteño con espíritu vivo ignorar el paisaje. Cada vez esperaba el paso sobre los puentes. Una vez descubrí en la lejanía, sobre tierra, un barco fuera de lugar. Una nao vieja, importante, que había sido de pasajeros, pintada de blanco, casi un fantasma sobre la tierra, ubicado muy cerca del verde de la arboleda que tenía de fondo. ¿Cómo habrá llegado hasta ahí? Tendrá su historia, como historia guardo en estos cincuenta y un años de vida que cumplo hoy, 22 de abril. Durante la travesía titulada decisiva (ya que iba a ver una casa para mudar nuestra familia a Gualeguay), pude ver, por un segundo, la estela que abandonaba la popa de una embarcación. La coincidencia en la encrucijada geográfico/temporal se daba con mi presencia sobre el segundo de los puentes del Complejo, y un barco que pasaba exactamente por debajo. Un buen augurio, me dije, al tiempo que recordaba el puente sobre Salguero y a Mariano Larra. Y fue así, la casa nos gustó, y ahora escribo, es decir, pretendo escribir sobre mi Buenos Aires a distancia, desde Gualeguay, desde mi escritorio de trabajo que tan bien me acompañó en mi ciudad.
Buenos Aires es galaxia, y como tal está habitada desde distintos mundos. Puedo afirmar que la estrella centro de esa galaxia, ubicada en la esquina de Boedo y San Ignacio, es el café Margot. A esta altura no me voy a poner a explicar la importancia de un café en una ciudad como esta, pero sí voy a anotar que los cafés, los centros de galaxia, se erigen, crecen, respiran, y hacen historia cuando son habitados por determinada zoología rica en componentes espirituales. Por ejemplo, el Margot es lo que es, por la presencia de personajes como el poeta Rubén Derlis, el periodista Mario Bellocchio, el historiador Diego Ruiz, el pensador Otto Carlos Millar, el músico Juan Tata Cedrón. Ellos, junto a un variopinto puñado de almas sensibles, y junto a los buenos fantasmas del Profe Ricardo De Biasse, el Gordo González y Carlos Caffarena, hicieron y hacen mi Margot: lugar de charla, de lectura y escritura, de memoria. Y de este café, a juzgar por un kilometraje certificado, de alguna manera me alejé. Hoy no escribo desde el Margot, desde mi barrio de Boedo, desde mi San Cristóbal (y ahí el café Cao como mi nave insignia). Hoy escribo desde Gualeguay para decir que me fui de mi ciudad. Y es cierto, miro por la ventana y ya no veo los techos de casas bajas que veía desde mi segundo piso. Veo un patio, varios metros de terreno con pasto ralo, y algunos árboles. Ya no llego hasta la verdulería que atiende Hugo y Ariel, dos hacedores de mi barrio, porque San Cristóbal fue amigo por varios motivos, y entre ellos está la presencia de mis verduleros, que trabajan sobre la misma vereda en la que todavía dice presente la casa de María La Vasca, milonga famosa de cuando Carlos Calvo se llamaba Europa. Evangelina, mi mujer, antes de que decidiéramos el cambio de paisaje, me preguntó muy seria: ¿Y tus amigos?, ¿el café?, ¿la escritura? Claro que preguntaba por Buenos Aires toda. Ella pensaba que yo nunca podría dejar la ciudad. Pero se equivocaba. Alguien dijo una vez / que yo me fui de mi barrio, / ¿Cuando?, ¿pero cuando? / Si siempre estoy llegando, anotó Troilo. A ella le contesté que a Buenos Aires me la llevaba puesta, que la llevo a salvo, sangre adentro. Le dije que a Buenos Aires la escribo desde cualquier lugar del mundo y del alma.
Pero claro, la distancia es la distancia, y entonces ya no me puedo llegar el sábado por el Margot, que me quedaba a diez cuadras de casa, ya no me puedo sentar a escribir en el Cao. Sucederá de vez en cuando, en los días de visita. Porque a Buenos Aires no se la deja, si no se la habita, se la visita, y en esas visitas será tiempo para ver a mis padres y mi hermano en Martín Coronado, para ver a los amigos de siempre. Habrá tiempo para el encuentro con el amigo poeta, y principal seguidor de las historias para Julia, Rafael Vásquez. Habrá tiempo para saber de los descubrimientos que Mónica López Ocón haga en su Azul natal. Me quedó un café pendiente con Alberto Di Nardo, Eduardo Noriega, Amanda Samia, Alicia Cao. Siempre hay pendientes en Buenos Aires, porque además de tanta poética, la damisela hoy tiene su costado oscuro: la velocidad que parte las calles y promueve los desencuentros: promueve la terrible estupidez de dejar una charla para mañana. Una mención especial merecen mis buenos fantasmas, ellos también se quedaron en la ciudad y a la vez se vinieron conmigo. Pienso en el escritor Gabriel Montergous, uno de mis maestros, en el cronopio Liliana Bustos, en el Gallego Pérez Bravo, en el poeta Hugo Ditaranto, otro de mis maestros (nace esta presencia sin importar nuestro alejamiento de los últimos años; cuando supe de su muerte, el 10 de abril, el día se quebró y ahí quedé, tironeado por el pasado y con un sabor amargo en el alma; después quedé buscando en la memoria alguna de sus líneas, alguna de sus buenas anécdotas, y las encontré).
Avisé a mis amigos más cercanos de mi alejamiento de Buenos Aires, a través de una de las historias que le escribo a Julia, mi hija, la número XXXV: En la historia anterior anoté: San Cristóbal, Boedo, Buenos Aires. ¿Sabés por qué, Julia? Para empezar a dibujar otro tiempo. Porque dentro de unos días nos vamos a vivir a Gualeguay, Entre Ríos. A Buenos Aires vamos a llegar de visita. ¿Por qué nos vamos?, te cuento. Mamá Evangelina y yo venimos hablando de cambiar de paisaje desde que naciste. Queremos una mejor calidad de vida para vos, para los tres. Queremos salir de la velocidad de Buenos Aires, una velocidad molesta que nos envuelve, pero de la que, por convicción, nunca participamos. Nos vamos porque buscamos tiempo y tranquilidad. No queremos que el “ganar guita” se convierta en un deporte cotidiano que nos robe el tiempo de los días. La guita es una herramienta necesaria en esta sociedad, pero si no la ponés en caja, puede hacerse trampera que te mande a bodega la vida. Buenos Aires desde hace años que es bicho que te acorrala. Es una ciudad cara y dura en demasiados aspectos. Por eso le decimos Chau mientras nos llevamos los buenos recuerdos. Ciudad origen, ciudad crecimiento, ciudad de amigos, ciudad de sueños. Dejamos los límites del departamento de la amiga María Teresa, para llegar a una casa con otro aire. Tu nuevo lugar va a tener pista para gateos y primeras caminatas, vas a tener árboles en el fondo, y vas a dormir en tu habitación. Julia, vas a saber de esas mesas grandes que juntan amigos y familia. Gualeguay es la ciudad, el barrio, de donde viene mamá Evangelina. Hacia ese origen nos vamos con la memoria.
El poeta Derlis me dejó un mensaje emocionado en el teléfono: La verdad que me conmovió tu aviso de partida, además, qué joder, te vas a la patria de Juan L., me parece bien la decisión que tomás, a mí me cuesta salir de Buenos Aires, no sé, tendría que hacerlo, pero creo que no podría respirar, cada uno está loco como quiere estar o puede, me parece bien tu opción.
Sabré al final de cuentas cómo es escribir de mi Buenos Aires desde mi Gualeguay, veré cómo pinta el cemento desde la orilla del río. Sabré en definitiva cómo es en realidad escribir desde un lugar que no sea Buenos Aires. Sabré cómo es vivir esta otra vida que de seguro agregará palabras a mi tinta. A una punta de kilómetros de Buenos Aires y sin embargo ahí estoy, sigo estando, quizás un estado del alma, del espíritu, de mi sombra, la memoria. Inauguro mis palabras desde la casa nueva, cómodo, así me siento, mi identidad a gusto en esta Gualeguay soleada. Estoy con ustedes y es una manera de no estar del todo por acá, y miro el patio y los árboles que me aseguran que ando por acá y no tanto por allá. Después de todo, quizás uno no sea más que la suerte de ser un barco fuera de lugar toda la vida, y esto sin consideraciones trágicas, hablo de la feliz travesía de un barco fuera de lugar, porque la suerte está en que no halla un solo río, un solo mar, un solo centro de galaxia, una sola galaxia, un solo café, una sola ciudad. Vi el barco fuera de lugar desde el puente: un habitante del agua llamado a la tierra. A no olvidar: hay distintas maneras de acercarse a la felicidad. De Buenos Aires a Gualeguay, y de Gualeguay para mi barrio de Boedo, San Cristóbal, y sí, también para mi Martín Coronado donde tuvo lugar la botadura/fundación de este escriba dado a las filosofadas baratas.
Poeta, parece que por acá se respira bonito.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXVII)


El “mostro” de polenta hizo una aparición salvaje, explícita. Cuando mamá Evangelina logró que aceptaras abrir la boca para empezar a comer, nuestra atención se la llevaba la novedosa ceremonia de la comida. Rápidamente te hiciste amiga de la polenta, los fideos, la morcilla. Parte del consejo de los que saben, era que tu contacto con el morfi debía ser directo, y para ello valía todo, desde ya la boca y sus aledaños, la ropa, las manos, o sea dedos libres sobre el barro fundacional. A resultas de tamaño consejo, las manitos te brillaban, la boca igual, la mayoría de las veces ibas directo a la bañera a hacer un “al agua, pato”, y tu ropa partía en vuelo directo al lavarropa. Hasta ahí todo bien, pero apareció el “mostro” y marcó una diferencia. Fue un mediodía de polenta, tu cara presentaba un maquillaje de arena amarilla muy trabajado, a lo Lon Chaney, en el que claramente se representaba una figura que metía miedo, al menos al contacto dado la apariencia pringosa del ser escapado de la olla anclada en la cocina. Te vi, me dio risa, y entonces dije: el monstruo de polenta, y enseguida me di cuenta de que sobraba la “n”, la aparición exigía una anomalía de la lengua, por eso corregí y dije: el mostro de polenta. Fue en ese momento, que vos, sonriente, enseñando tus dos dientes de arriba y el solito de abajo, emitiste un sonido corto y amenazante, algo así como el “ajjjgrrr” que aparecen en los globos de algunas historietas. Me reí, retrocedí un paso tapándome la cara debido a la aparición del mostro: oh, no, el mostro. Te reías, volviste a emitir el sonido, y entonces mamá Evangelina también tuvo miedo del mostro. El juego se repitió esa y otras veces, y vos respondías. El paso del tiempo lo convirtió en un clásico. Los que saben de su existencia, te preguntan por el mostro y vos le das entidad sonora. El otro día, tu prima Juana, de dos años y pico, mientras estaban en tu corralito, te preguntó por el mostro, y le devolviste el gruñido. Recuerdo que estábamos en la puerta de casa, porque ahora tenemos parecita y vereda. Por la vereda de enfrente caminaban unos chicos. Al oído te dije que había que avisarles que acá vivía el mostro de polenta: escuchaste mostro y soltaste el “ajjjgrrr” de convocar el juego. A veces, cuando te estás durmiendo en mis brazos, con tu cabeza apoyada en mi hombro, proponés un juego. Emitís un sonido o alguna de esas palabras misteriosas que no podemos descifrar, un ta, un titipi, solo un sonido, y esperás para escuchar el que yo te devuelvo, también corto y parecido a los tuyos. En medio de este juego te gusta deslizar un gruñido de mostro al que yo respondo divertido.

Siempre me gustó la polenta, y ahora mucho más.

Una historia para Julia (XXXVI)

En los días en que empezaron a dar su presente las cajas de cartón que nos servirían para la mudanza, mamá Evangelina armó una para guardar el grupito de amigos que ya formaban tus muñecos. Al final del día, la mona Jacinta, el perrito blanco, el oso “teneme el oso”, el chancho Cholito, y algunos de sus asesores a la hora de tu entretenimiento, terminaban haciendo la plancha dentro de la caja de champú Chandon. El dormitorio portátil cumplía su función de maravillas hasta el movimiento mágico realizado por la abuela Olga, que en una de las escapadas que se hacía desde Gualeguay hasta nuestra Buenos Aires, le sumó otra significancia. Olguita tomó la caja con los muñecos y la posó dentro del corralito donde vos jugabas. El descubrimiento fue instantáneo. Manito sujeta al borde de la caja dormitorio, cartón Chandon en plano inclinado, y la otra manito cachando del cogote al primer muñeco que estaba a tiro. Todos a jugar al patio, en fila, uno atrás del otro. Y enseguida empezaban a caer al dormitorio otra vez, y no era la hora de la siesta, y tampoco era de noche. Tu felicidad en esta vida va a tener muchas direcciones postales, vos misma vas a llevar el relato de tu lista. Cuando esto suceda, tené presente que ella, la susodicha felicidad, una vez vivió en una caja de Chandon, la de muñecos afuera, la de muñecos adentro, la arañada, la que fue tambor, la que recibía tu cabeza y tu mirada de investigadora. Te vi jugar con ella, en ella y en sus alrededores, por más de una hora. Silvia, tu pediatra, nos dijo: Ella se muda con los muñecos en la caja. Así lo hicimos. La magia hecha por la abuela colocó a la caja en una perspectiva lista para la vida. Que tu caja sólo libere muñecos y esperanzas. Que la eternidad, que consiste en tomarse el tiempo para hacer la vida, sea el paisaje por donde caminen vos, tus amigos, tu mirada.

viernes, 22 de marzo de 2013

Una historia para Julia (XXXV)

En la historia anterior anoté: San Cristóbal, Boedo, Buenos Aires. ¿Sabés por qué, Julia? Para empezar a dibujar otro tiempo. Porque dentro de unos días nos vamos a vivir a Gualeguay, Entre Ríos. A Buenos Aires vamos a llegar de visita. ¿Por qué nos vamos?, te cuento. Mamá Evangelina y yo venimos hablando de cambiar de paisaje desde que naciste. Queremos una mejor calidad de vida para vos, para los tres. Queremos salir de la velocidad de Buenos Aires, una velocidad molesta que nos envuelve, pero de la que, por convicción, nunca participamos. Nos vamos porque buscamos tiempo y tranquilidad. No queremos que el “ganar guita” se convierta en un deporte cotidiano que nos robe el tiempo de los días. La guita es una herramienta necesaria en esta sociedad, pero si no la ponés en caja, puede hacerse trampera que te mande a bodega la vida. Buenos Aires desde hace años que es bicho que te acorrala. Es una ciudad cara y dura en demasiados aspectos. Por eso le decimos Chau mientras nos llevamos los buenos recuerdos. Ciudad origen, ciudad crecimiento, ciudad de amigos, ciudad de sueños. Dejamos los límites del departamento de la amiga María Teresa, para llegar a una casa con otro aire. Tu nuevo lugar va a tener pista para gateos y primeras caminatas, vas a tener árboles en el fondo, y vas a dormir en tu habitación. Julia, vas a saber de esas mesas grandes que juntan amigos y familia. Gualeguay es la ciudad, el barrio, de donde viene mamá Evangelina. Hacia ese origen nos vamos con la memoria.

martes, 19 de marzo de 2013

Una historia para Julia (XXXIV)


Desde fines de enero que no me sentaba a escribirte. Pasaban los días y yo me repetía: voy a escribir sobre el cambio. Porque hasta hace un tiempito, cada vez que algo te llamaba la atención y estaba a tu alcance, tu manito avanzaba decidida al contacto. Cinco deditos cinco en pos de objetos de toda clase, cinco deditos cinco para desplegar tu curiosidad. Silvia, tu pediatra, ya nos había avisado, el avance de la manito en sintonía de orquesta va a ir desapareciendo para dejar lugar a los arabescos de un solo de dedo índice. Y así fue. Ahora avanza el bollito de violines dormidos, y en ristre el dedito de hurgar, de rascar o de acariciar botones de juguetes que tienen música, dedito de desgranar galletitas. Buscás capturar anteojos, investigar orejas y narices, hacer centro en la boca de la mona Jacinta o en los ojos del oso “teneme el oso”. Tu dedo índice funciona como el brazo de una sonda espacial que acaba de llegar a un planeta nuevo, y es así, es todo tan nuevo que no hay día que no estés fundando barrios y miradas. Mamá Evangelina y yo, en estos momentos en San Cristóbal, en Boedo, en Buenos Aires, somos los testigos agradecidos.

martes, 22 de enero de 2013

Una historia para Julia (XXXIII)

Creo que el secreto para andar atento y feliz en esta vida, es saber que los días te van a traer cantidad de sorpresas, algunas a favor y otras en contra. O sea, Julia, que vas a tener que pasar momentos que te van a gustar, y mucho, y otros que no. El asunto es tratar de tomar los hechos con la mayor tranquilidad posible. A esta altura del relato pensarás en qué es lo que te quiere contar el barbeta de papá. Quiero que sepas cómo fue, cómo pasaste, tu primera enfermedad. Y esto nada tiene que ver con andar revolviendo lo feo o incómodo, tiene que ver con la memoria y ciertas imágenes. Pasaste dos días un tanto molesta, muy llorona y demandante, y eso era raro en tu manera de ser. Después aparecieron unas pocas líneas de fiebre que a poco se transformaron en un montón. ¿Qué ocurre con los bebés cuando se sienten mal?, buscan refugio, y para refugio, no hay nada más seguro, más amado, que el calor, la presencia de mamá. A esta altura de la filosofada y el relato, aparece el nombre de la heroína de esta historia: mamá Evangelina. Es cierto, papá acompañó. Con mamá, en lo posible, nos repartimos tareas, nos ayudamos, y creo que formamos un buen equipo, pero quiero que sepas que fue ella la presencia definitiva para que hoy estés mejor, y yo pueda estar contándote lo ocurrido. Llegaste a tener mucha fiebre, rozando los 40 grados, te quejabas mucho, molestias, dolor, llegaban los vómitos y tu susto, y entonces querías mamá, y una y otra vez mamá estuvo con vos, para vos. La tormenta duró una semana, durante ese tiempo dormimos, los tres, a los saltos. El primer nombre malo que apareció fue faringitis viral, y la susodicha se la jugó ocultando el problema más jodido, una infección urinaria. Ya te dije un par de veces que en la vida siempre ocurren cosas por primera vez, bueno, esta es, fue, nuestra primera vez a la hora de saber que hay un hijo enfermo. Y mientras iba dentro de mi primera vez, nervioso, con miedo, asustado como nunca antes, fui testigo de cómo mamá le puso el alma, el cuerpo, para cuidarte. Que estuvo un par de veces cerca del “no puedo más”, sí, claro, pero ese detalle es el que destaca todavía más su “estar” para con vos: porque volvía a levantarse. Una y otra vez mamá Evangelina iba al abrazo que pedías. Verla así me emocionaba, pensaba en mi amor por ella, en el orgullo que sentía al ver lo que veía, y pensaba en el amor de madre que ella te brinda. Pensaba en tu suerte al tener esta mamá, porque no cualquiera puede, no creo que todas las mujeres puedan dar vida al título que entrega la magia de la naturaleza: una mamá se hace en la construcción del encuentro con el hijo. Tenés una mamá que te acompaña, nunca te olvides, ni en los momentos a favor ni en los que van a jugar en contra. Algo más, me encantaría que hoy pudieras frecuentar esa tranquilidad de la que te hablo. Ya sé, a casi nueve meses, no está entre tus posibilidades. Hoy entenderías estas palabras finales cuando todavía faltan varios días de antibiótico, ay, nena, no sabés qué difícil es que aceptes algo que no sea la leche de mamá. Tu intención de emular al gran boxeador Nicolino Locche, o sea, vos, mi Nicotina, es perfecta: todos sabemos que le embocaron algunas piñas, en este caso, suerte para todos, remedio a bodega, pero cómo cuesta.

Una historia para Julia (XXXII)

En nuestro lugar de vacaciones terminaste de hacer un descubrimiento. La presencia te intrigaba, tus investigaciones habían comenzado en casa, pero fue en Gualeguay donde al fin atrapaste la cara escurridiza de tu sombra. Un camino de cemento, una cinta gris sobre el pasto cortito del parque, comunicaba la puerta de calle y nuestro refugio cercano al gran sauce y las piletas. A un lado del camino se levantaban unas plantas de regular altura, unos arbolitos a los que vos, de pasada, le sacabas alguna hojita. Mamá Evangelina te sacó una linda foto practicando cacería en verde. Descubrí que disfrutabas mucho cuando te sostenía en el aire, paralela al piso, y vos mirabas hacia abajo, como si fueras en un avión. Te interesaba ver el pasto, la tierra, el camino de cemento, y fue así que mientras te llevaba de esta manera por ese camino, descubriste, en un regreso desde la calle, que a tu izquierda se deslizaba una mancha oscura sobre el pasto. Nos seguían nuestras sombras a buen paso. A partir del hallazgo y en viajes posteriores, tus ojos fueron en exclusividad para la presencia sombra. Luego ocurrió que una noche se me dio por sentarte en la camita que había en el comedor, y yo me tiré a un lado. Mamá Evangelina preparaba la cena. La luz del ambiente te acompañaba desde el mejor lugar, por lo que tu sombra dijo presente sobre el almohadón grande que estaba sobre la cama y que se apoyaba contra la pared. Te miré justito cuando descubrías la sombra, cuando te descubrías recortada en oscuro. Te quedaste quieta. Después te moviste un poco, siempre sin dejar de mirarte sobre el almohadón. Fue un lento reconocimiento. Duró unos minutos, hasta que vi cómo estirabas tu manito para tocar las manos de la sombra. La punta de tus deditos llegaron al almohadón y vos pegaste un grito de alegría. Enseguida pensé en la novela que escribo hace un par de años, trata de la sombra y de la vida del abuelo Rolando. Con mi dedo índice de la mano derecha rocé tu cara, y pensé en esas señales que aparecen mientras trato de contar mis historias: señales del misterio que provienen de ese costado mágico que tienen los días.

lunes, 14 de enero de 2013

Una historia para Julia (XXXI)

Bajo el sauce
Estábamos de vacaciones en Gualeguay. Alquilamos un departamento chico en un lugar ubicado a unos kilómetros de la ciudad. Tenía parque, dos piletas, cuatro churrasqueros, y varios árboles. Había cuatro departamentos más, y en uno de ellos una nenita de cinco años llamada Inti. Cada vez que la veías, sonreías y estabas atenta, Inti siempre se acercaba a saludarte. El primer día te trajo un obsequio hecho por ella: un palito de unos quince centímetros, un pañuelo de papel enrollado sobre la parte media del palito, y una de esas manitos chiquitas, de plástico, que sujetan el pelo, ajustando el pañuelo sobre la madera. Inti era flaquita, usaba ropa de muchos colores, y tenía las uñas de las manos pintadas de color amarillo. Su familia llegó de Perú en los 90. En uno de estos días de vacaciones por fin encontré el momento para hacerle a mamá Evangelina una pregunta que hacía meses me daba vueltas en el pensamiento: Eva, ¿qué es amamantar? Mamá dijo: Uno le da todo lo que necesita la persona que tiene que cuidar, con un solo acto lo abraza, lo mima, le da amor, lo alimenta, es como el estado ideal de acercamiento con otro individuo. Si uno quisiera a alguien y de tocarlo pudiera brindarle eso que uno brinda cuando da la teta, sería perfecto. Por ejemplo, cuando alguien está mal, alguien que querés, una amiga, un hermano, o tu viejo, es como tener el poder de curar todo. Está bueno, ella llora, hay veces que es de maña, otras de hambre, o porque se angustia, y vos sabés que con la teta solucionás todo. Julia se siente muy segura mientras toma la teta, juega, se ríe, se esconde, me pellizca, porque uno la coloca en un espacio que es de ella. Creo que mamá Evangelina hablaba de la felicidad, la tuya, la de ella, y la mía cuando las veo entre los juegos y las caricias en torno a la leche. Mientras mamá hablaba bajo el sauce y papá grababa sus palabras, se escuchaba el sonido misterioso de las chicharras: la voz de la naturaleza en el aire de Gualeguay.