Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 24 de mayo de 2012

Una historia para Julia (VII)

Los sueños hacen su juego durante tu sueño. Te ausentás con aviso de ojitos cerrados. Sin embargo, no se acalla tu decir, y no se detiene tu misterioso código de señales: tus manos también hablan. ¿Sueños de la mar enigma? ¿Sueños de tus primeras miradas sobre este pedazo de San Cristóbal? ¿Sueños de mamá, papá, los amigos, los familiares? Todo se hace posible en tu relato de palabras cortas, nuevas, chiquitas: palabritas abiertas entre el aroma de los pezones y el chasquido del piquito de labios finos que a veces permite el asomo, y el asombro, de lengua tan tenue, como concebida en noches de acuarelas y silencios. Sueños en pinceladas y entonces te imagino navegando en barquitos de papel por el agua primordial, acompañada de marinos con cara de monito de colores y ojos de mamá Evangelina, y todos barbudos como papá. La canción del Tata dale que dale de día y de noche para que tus manitos atrapen el aire, para que del aire hurten los sonidos que acarician, y para que detengas los que no. Porque nace tu seña rápida, segura: Sí, vos, che, pá, que no con el ruido de la bolsa plástica que guarda galletitas. Tu manito salió rauda hacia el ángulo de tu cielo y detuvo la queja intrusa. Ayer a la noche volví a pensarte. Te vi dormida en la cama grande. Mamá dormía, desmayada, un tanto lejos de vos. Contemplé tu sueño de recuerdos recitado con pases de escultora que sabe de amasar abstracciones en el aire. Escuché el idioma que cantan los recién llegados. No sé cómo logré seguir con mi vigilia de espía: ¿cómo andar de adivino entre tus sueños al tiempo que intentaba atrapar un puñado feliz de mis lágrimas?, ¿cómo pretender el resguardo de tus sonrisas con mis manos?

miércoles, 16 de mayo de 2012

Una historia para Julia (VI)

Foto: Eduardo Noriega
A las once de la noche del viernes 27 de abril hizo agua el mar donde vivías y como río inició el desborde piernas abajo de mamá Evangelina. Ella se aferró a un almohadón mientras permanecía parada, flotando, al lado de la cama. Reía, dijo: No sé qué hacer. Tu abuela Olga se asomó al dormitorio: ella también reía. A la medianoche mamá, Irma, la partera, y yo, estábamos ocupando las mejores ubicaciones en la sala de parto. De manera lenta comenzaron los aprontes. Que gotitas mágicas en el suero, que preguntas sobre cómo iba a ser: es decir, volvimos a hacer las preguntas de siempre. Que caricias en el pelo, que nos mirábamos mucho con Evangelina. Es increíble cómo sucede la vida, Julia, porque ella transcurre, parece que sube o que baja: ella la que alumbra. La vida empujada por el viento o siendo el mismísimo viento, y entonces todo, absolutamente todo termina llegando, sucediendo, y uno ahí: de pura vida y pura sorpresa. Pensé en que todo llega cuando me vi en el vestuario de la clínica: con ropa de enfermero, con un gorro blanco en la cabeza. Tanto pensar en ese momento y el momento ya era, ahí estaba, presente mi imagen en el espejo. Mamá se portó de maravillas, hizo caso a la partera, hizo chistes, se reía de papá, estaba feliz. Hubo diez minutos en que mamá sintió dolores, un rato de susto, pero todo estaba controlado, seis personas sabían qué hacer mientras te esperábamos. Tres veces pujó mamá, tres veces te llamó, y vos que empezaste a habitar la luz del primer instante, la luz de los días en este barrio. Vi cómo te deslizabas camino hacia nuestra vereda, vi cómo hacías esquina sobre el pecho de mamá Evangelina. Te limpiaron, venías de la mar misterio, ya te dije. Las agujas del reloj marcaban las dos cincuenta y dos de la mañana del 28 de abril. Llegó la luz, te vi y encontré los ojos de mamá.

jueves, 10 de mayo de 2012

Una historia para Julia (V)


Gran convocatoria de familiares y amigos encronopiados de alegría se dieron cita en la clínica Bazterrica. Habías nacido unas pocas horas antes y las manos festejantes, en un puñadito de momentos, trabajaron felicidades varias. Era sábado de mediodía cuando los papás de Azul llamaron por teléfono: Que saludos y besos, dijo Antonia, Que te felicito, dijo el Tata. Dijo también el Tata: Decime qué le dedico esta noche. Él es músico y esa noche tocaba en un boliche de San Telmo. Pedí La cerveza del pescador Schiltigheim, un poema de Raúl González Tuñón que tanto me emociona: el Tata lo hizo música y maravilla. Entonces, esta noche, en San Telmo, la toco para Julia. Fijate, pibita, cómo ciertos hechos de la vida, de la parte mágica de la vida, se juntan para dar flor. Venís desde el beso de la poesía y la música, y desde el primer día en este refugio de San Cristóbal, escuchamos uno de los últimos discos del Tata: Corazón de piel afuera. Sorpresa volver a escuchar la “Canción del niño y el caracol”: Sol / por aquí / baja, / caracol / caracol de mi corazón. / Vuelve / sube, / manito / por el aire, / dedito / suave / a mi frente, / caracol / caracol de mi corazón. Porque son sorpresa desde el primer momento tus manitos. Ellas dibujan fantásticas coreografías en tu aire cercano: chiquitas, perfectas, tranquilas mientras las lleva la música. No me canso, Julia querida, de mirar tus manitos, de esperar su roce, su hacer: ellas las que hablan, las que cantan y bailan. La música las acompaña, a veces la del mismísimo misterio de lo humano; a veces, la música del quehacer arduo de los hombres. La canción pequeña la escribió el poeta Miguel Ángel Bustos, desaparecido durante la noche del espanto, y la música la acuñó tu amigo el Tata Cedrón.
Julia, vos, la que viene desde el beso.

martes, 1 de mayo de 2012

Un historia para Julia (IV)

Naciste el 28 de abril de 2012, exactamente a las 02.52 del sábado. Te esperamos durante casi tres horas, tan contentos como nerviosos. La verdad era la misma para los tres: todos nos asomábamos a un mundo nuevo lleno de nuevos mundos más pequeños. Paisajes sucesivos, como si fuéramos mirando desde la ventanilla de un tren: en la sala de parto las primeras miradas, los primeros roces con la vida, la unión definitiva de nuestras presencias. Te quejabas un poco cuando te tuve por primera vez en mis brazos. Callaste enseguida. Tus ojos oscuros me llamaron la atención, también tus pestañas largas. Te miré y sentí que vos me mirabas. Un instante de silencio. Fue en ese silencio que me dije: ¿De dónde venís, Julia? Y cuando pregunté “de dónde” entendí que no preguntaba por la historia reconocible de tu cuerpo, preguntaba porque sentí que vos llegabas de un lugar desconocido y maravilloso. ¿De dónde tu alma, Julia? Lo sé: Del misterio. Tus ojos guardan el secreto.