Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 21 de junio de 2010

José Saramago: Literatura que gambetea al olvido


El miedo a la muerte como origen de la escritura, anotó Graciela Cabal en su libro La emoción más antigua, siempre tengo presente la línea mientras intento hacer mi historia de escritura. Y entre los pliegues de esa historia aparece la figura de José Saramago. Gracias al poeta Hugo Ditaranto que lo había conocido en España, tuve la oportunidad de estar cerca de él unas cuatro veces. De su obra hablaron y hablarán muchos; en mi caso, después de enterarme de su muerte, elijo quedarme en el recuerdo de su generosa manera de ser humano. Sí, además, el escritor me marcó, adherí a su forma de observar a las personas, y también a la crítica de este mundo globalizado en la miseria. Saramago no me enseñó a poner comas ni a armar frases; sí quizás a anotar los diálogos de manera curiosa, una estética que creo le va de maravillas a la prosa; pero por sobre todas las cosas me enseñó que no hay razón valedera que pueda torcer la esencia humana, cuando a ella se ha llegado. Saramago, junto a Pilar, su mujer, habitante ella de la misma esencia, luego de una charla de casi dos horas en un hotel, me pedía disculpas porque se le habían acabado los ejemplares de El hombre duplicado, quería obsequiarme uno y me pidió la dirección para enviármelo. En unos días recibí el libro y dedicado en relación a la charla que habíamos tenido. En esa misma mañana me dedicó Memorial del convento, un ejemplar que mi mujer había traído de España, en el país no se conseguía, y que en la primera página tenía una larga, larguísima dedicatoria por nuestro aniversario. Saramago leyó la dedicatoria y completó las palabras de amor. Saramago tuvo tiempo de cumplir con la palabra dada en aquella mañana, y esto es una diferencia, me digo, cuando todavía estoy aguardando que algún escritor argentino me envíe los libros prometidos, aclaro que vivimos en la misma ciudad (el tiempo sí debe ser relativo porque veinte minutos de bondi pueden muy bien ser una eternidad). El Saramago que conocí era una persona sumamente simple, era un hombre más que tenía el oficio de escribir historias; no había pedestal, hablaba tranquilo, buscaba las palabras, buscaba la mirada de la persona que tenía adelante: cada vez fue una charla de amigos en un café. Saramago escuchaba, me escuchó atentamente cuando le conté de mi último libro, tuvo el tiempo de hojear y leer partes del mismo, y en todo momento usó una expresión que poco se utiliza en estas tierras: dijo gracias cuando le dije que la feliz herida recibida al leer Historia del cerco de Lisboa no había cicatrizado (todavía no lo hace), y me dio las gracias la última vez que nos vimos al recibir un ejemplar de mi Morir por Perón, que Pilar había comprado para que se los dedicara. José María Arguedas quiso alguna vez estrechar la mano de Juan Carlos Onetti, y yo tuve la oportunidad, la suerte, de sentir la mano, humana, amiga, de José Saramago. Su escritura dejó marca de sangre en mi interior; cuando me di cuenta de sus alcances decidí racionarla, salí confiado a mi suerte de vida y dejé varios de sus primeros libros sin leer; leo los últimos y dosifico los primeros, esa es mi elección, porque no quiero que el Saramago de esos libros se me acabe mientras viva. Amanecí a este día y me ganó una sensación extraña, el lamento porque José ya no escribe, pero a la vez me sentí feliz porque pudo gambetear el olvido que la muerte lleva en el bolsillo. En El año de la muerte de Ricardo Reis Saramago plantea que así como hacen falta nueve meses para nacer, hacen falta nueve meses para morir: mientras la muerte sucede el muerto deambula por sus lugares, tengo el dato muy presente porque ese libro es mi lectura de estos días, y porque estoy escribiendo una novela sobre la muerte donde el este libro de Saramago es presencia importante. Así, en medio de esta escritura, supe que una persona que escribía historias a conciencia despierta se hizo memoria amiga. En Las pequeñas memorias José me anotó en la dedicatoria: Compañero. Gracias, escritor, siempre conmigo.

Nota aparecida en el diario Tiempo Argentino (sábado 19 de junio de 2010)