Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 15 de febrero de 2015

La vida es elección y tironeo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 15 de febrero de 2015)

Para dejar nuestro registro en el universo hay que saber elegir, tomar una decisión. Para dejar huella en el cielo cercano, en la tierra: en una ciudad, y así hasta llegar a la célula madre: el barrio, hay que saber elegir, tomar una decisión. La vida es velocidad y tironeo constante. A veces las diferencias de chamuyo son claras; en otras situaciones las palabras son como niebla sobre el Riachuelo o el Gualeguay: las ideas, las posturas no poseen un troquelado perfecto, y entonces las figuras parecen cortadas por una tijera en manos de un pibe de primer grado. Y hay que tomar una decisión en el mundo de las marionetas y sus amos. Recuerdo que el amigo Salvador afirmaba que hoy, en estos días, la pregunta obligada se relacionaba con la ética. Fijate de qué lado de la mecha te encontrás, cantó El Indio. La ética del artista, la del periodista, la del vecino. Elegir la esquina desde donde mirar el paisaje, elegir la comida teniendo en cuenta los gustos propios: que no importe tanto la moneda y sí la cosecha de una identidad. No andar tragando alimento balanceado para pollos. El Profe Ricardo me dijo antes de morir: Pollo no como, pollo comen los suicidas. Lo dijo por esto de estar embobados por una luz, sin sueños. Un pensador de Boedo anotó: Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara. La vida es elección y tironeo, un partido confuso en el que hay que tratar de elegir sobre qué pared recostaremos nuestra memoria y la de los nuestros, con o sin Dios, que ese es un detalle en el alma. Cuidar la memoria: a resguardo del olvido, de la destrucción.

domingo, 1 de febrero de 2015

Palabra de fantasma (Diario Tiempo Argentino: 01 de febrero de 2015)

Era pibito cuando me habló al oído el primer fantasma. Me dijo: Tu abuelo, el papá de tu mamá, está muerto. No tuve miedo mientras ese primer mensaje entreabría la puerta del más allá. Luego tampoco sentí algún tipo de reserva. Otro fantasma me dio pista de la muerte de mi compañerito de segundo grado. La muerte descalabra el mundo, y hubo razón para el llanto y la pena frente al nacimiento del muerto, pero casi enseguida emergía la presencia fantasma para relativizar la ausencia amanecida. Un fantasma me avisó que había muerto mi otro abuelo. Siempre sucedía que me avisaba un fantasma otro, anónimo, y sólo después yo registraba mi buen fantasma amigo, el que me acompañaría como en vida lo hiciera su persona. No hay soledad en mis días. Tengo fantasmas a mi alrededor o entre mis almas. Me cuidan. Con ellos mantengo una amistad, compartida la vida y la muerte. Se está un poco muerto desde el nacimiento. Recuerdo con claridad el día en que un fantasma me avisó de la muerte de Gabriel: El escritor está muerto. Después su fantasma inició la compañía, diría que iniciamos una escritura en conjunto, está a mi lado desde hace varios libros. Frente a la pantalla, sobre una mesa de café, cuando pienso en la nueva novela en la orilla del Gualeguay, ahí está, iniciando el diálogo. El último fantasma que me visitó me dijo que mi tío Juan había muerto en Estados Unidos. Aguardo su fantasma. Vendrá dentro de los nueve meses que lleva morir, el mismo lapso que lleva nacer, sostiene José Saramago y doy fe de esta verdad. Habrá brindis con Jack Daniel’s. A la salud de Juan y mis fantasmas.