Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 29 de enero de 2014

Una historia para Julia (LVIII)


Cuando te ayudo a sostener la mamadera, vos jugás con tus deditos entre los míos: roces leves reconociendo formas, y mi presencia en la oscuridad. Cada vez que sucede, papá se va a su infancia. Recuerda Martín Coronado, la franja de tierra al costado de la vía y los yuyos de altura mediana que saludan el tren. Papá recuerda este paisaje porque entre esos yuyos, en verano, en la noche más pura, volaban infinidad de bichitos de luz. Yo avanzaba mis manos de pibe entre las luces diminutas: así los roces leves. Yo, menos oscuro, reconocido por tu vuelo.

Una historia para Julia (LVII)


En estos veintiún meses de Julia, tus palabras son: mamá, papá, gato o tato, babau, moto, nena, Cata: tu prima, mirá, agua, dame, pato pato: cuando te vamos a hacer: al agua pato en la bañadera que te regaló la Rusa. Y hay una palabrita que necesita una mayor explicación, y que a papá se le pegó: “titó”. Cuando algo se cae de tus manos, cuando algo se rompe contra el piso, cuando la mona Jacinta se cae del cochecito en el que pasea: todo eso se gana un “titó”. Cuando a papá no le gusta una frase, titó, cuando se acaba la botella de tinto, titó, cuando estaba interesado en escuchar o terminar de leer algo, y vos venís con un lápiz, una pelotita o un libro para mirar, titó papá, y ni hablar las veces que titó mamá Evangelina. La vida entera, verás querida hija, es un jardín de titós. Hay que hacerles frente, y es la mejor manera de andar: sabiendo que existe “titó”.

Una historia para Julia (LVI)


En tardes de calor, cuando el sol va marchando hacia el bolsillo de la noche, vos y mamá Evangelina se preparan en el patio. Vos con la regadera que te trajo la abuela Adela mientras mamá dispone su juego de mangueras para cubrir todas las distancias del jardín. Nace el riego. Te encanta. Te vas empapando de a poco, pero guardás para el final tu cabeza. En el extremo de la manguera más larga se aferra la figura del sapito de plástico azul: el fabricante de lluvia. Ves la flor de agua hacerse lugar en el aire, y enseguida te gobierna la mirada pícara. Primero caminás, después corrés en círculos, entrás en órbita sapital, y empezás con la risa el desafío de los acercamientos y retrocesos. Pura diversión mientras tus círculos se van cerrando para que te encuentres casi cara a cara con la garganta fina del volcán. La risa deriva en grititos muy agudos. Así el festejo del agua amiga entre las plantas de mamá, sobre el pasto, entre los árboles de naranja, el laurel, los rosales, entre los momentos donde nace la felicidad y se moja tu cabeza.

Una historia para Julia (LV)


Nunca fuiste bebé de andar durmiendo con facilidad, y ojalá sea esto señal de que mañana vas a ser una mujer bien despierta de conciencia a la que no será fácil engañar. Porque hay que buscarle una utilidad a todas las horas de sueño perdidas por mamá Evangelina y papá tratando de entender cada situación nocturna, cada reclamo tuyo. Atendimos con no poco esfuerzo tus llamados, y acá estamos: los tres muy sonrientes. Anoto en esta hoja de nuestra bitácora de Julia, que vos, Momoshi, porque seguís llevando este nombre, a finales de diciembre de 2013, por primera vez desde tu nacimiento: dormiste siete horas seguidas. Esa noche, te extrañamos. No recuerdo si dormimos.

Una historia para Julia (LIV)


Transcurre la media mañana. Saliste a caminar con mamá Evangelina. Quiero sumarme a ustedes y voy hacia la vereda. No vi hacia qué dirección enfilaron. Parado en la puerta miro hacia la derecha al tiempo que pienso en que por ahí están en el almacén de Mariano y Enrique. Antes de caminar hasta la puerta del almacén, miro hacia la izquierda. Mi mirada llegó justito para encontrarme con ustedes dos: doblaban en la esquina. Me viste. Después el grito: Papá. Fui a encontrarlas con un nudo en la garganta. Hacía tan poco que me llamabas papá.

Una historia para Julia (LIII)


Sabés, papá tiene una amiga nueva: Leticia, es hija de un gran escritor argentino nacido en Gualeguay, donde ahora vivimos: Juan José Manauta. Escribí una nota sobre él en un diario y ella me escribió para agradecerme; así nos hicimos amigos, todavía no la conozco personalmente. Leticia escribe como el padre. Ella está leyendo nuestras historias, y me comentó la número XLVI. Ahí yo te cuento el significado que tiene para mí caminar con vos tomados de la mano. Y junto a las palabras, papá colocó dos fotos de nosotros en la vereda de casa. Cuando Leticia vio esta historia para Julia, me mandó, nos mandó, una foto de ella con su papá.

Una historia para Julia (LII)


Hace unos tres meses tuviste algunos días de escondite y refugio. Tus desapariciones hasta ese momento consistían en taparte la cara con las dos manos o con un trapo: pañuelo, repasador, remera o pantalón. No está, Julia, repetíamos a coro, hasta que nuevamente regalabas la sonrisa y decías algo cercano al “Atá”. El escondite en cuestión, entonces una vuelta de tuerca en las artes del borrarse, estaba ubicado entre el sillón y la puerta corrediza que da al patio. Te acostabas en el piso -te encanta el fresquito de la baldosa y no importa la estación- y el espacio rectangular te cubría a la perfección. No está, Julia, decíamos, y vos nada, te demorabas y te demorabas, hasta que decidías pararte y asomar la cabeza por sobre el costado del sillón. Sabés salir de escena, y esto es algo bueno. Verás que la vida también tendrá lugar para el refugio, un lugar, un encuentro privado con diversos usos. A veces a esconderse. A veces a hacer frente. ¿Cuándo una cosa o la otra?, no tengo dudas de que vas a saber decidir, lo sabe todo aquel que se conoce a sí mismo.