Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 23 de octubre de 2012

Una historia para Julia (XXIII)

El día de la madre, por la tarde, vos y mamá Evangelina se iban a la casa de los abuelos en Gualeguay. La verdad, no tenía ganas de que se fueran, es tan bueno tenerlas cerca; pero a la vez, sé que mamá precisa, porque lo disfruta mucho, volver al pago, y ver a su gente: papás, hermanos, sobrinos (tus primas: Martina, Julieta, Catalina, Juana). La tarde pintaba gris, y de tanto pintar se recibió de lluvia. Salimos de casa con unas pocas gotas en la cabeza, y ya en la estación de Retiro, el cielo fue un paredón sombrío. Mamá sacó el pasaje y nos sentamos a esperar la media hora que faltaba para la partida. En la Estación Terminal no te alcanzaron los ojos: querías ver todo, la contemplación de ese mundo nuevo te llevaba lejos, momentos en que aproveché para recuperarte con un beso. Te tuve sentada sobre mis piernas y te dije cosas al oído: que cuidaras a mamá, que te portaras bien, que te acordaras de mí. Subimos al micro, viajaban en la parte alta y casi al fondo de la nave. Dejé la valija de mamá, las besé, y bajé. Caminé por la dársena que guardaba el micro buscando la ventanilla. Vi la mano de mamá, y casi enseguida vi tu cara. Mamá te levantaba, yo te movía una de mis manos en el aire, como a vos te gusta, y miraste: Julia me miraba desde allá arriba. El paredón del cielo estalló en pedazos. La lluvia me mojaba mientras ustedes saludaban. Mamá apoyó tu mano en la ventana. Había mucho viento. No me quedó más remedio que secarme el agua de la cara. Pero no era lluvia, eran lágrimas. Tenía un nudo en la garganta, era una sensación nunca antes vivida. Te ibas, Julia, te ibas junto a Evangelina, y entonces se iban mis amores. No importaba el carácter de un viaje que no iba a durar más de dos días, no, importaba la reacción instintiva frente al alejamiento. Las quería conmigo. Llovía con ganas, y con granizo dentro de mi alma. Se movió el micro, apuntó a la calle, y le dio derecho hasta Gualeguay. Entré a la estación pensando que una vez había visto una escena parecida a la que terminaba de vivir. Pero había sido en una película. Sabés, creo que ya te lo dije en otro texto, es muy sano experimentar sensaciones por primera vez. Así me dije después, cuando me quedaba claro que además, y por suerte, nunca había sido un duro como Humphrey Bogart. Por eso, mientras buscaba mi bondi, fui feliz con mis lágrimas. Claro que quizá Rick no lloró porque sabía que en Casablanca la niebla ocultaba un avión de madera.

Una historia para Julia (XXII)

Café Margot, acrílico de Rolando Lois

Mantuve la tranquilidad. Estaba feliz, emocionado, no sé cómo las lágrimas contuvieron el último paso. Por primera vez te sentabas a una mesa del café Margot. Ya habías estado en el Cao, que es lugar amigo y que mucho me importa habitar. Pero el Margot es, de acuerdo desde dónde se mire, mi origen. El Margot, o sea, Boedo. Y ahí estabas vos, Julia, mi hija, en la trastienda del café que ahora lleva el nombre de Carlos Caffarena, un buen tipo que hace poco se fue de maestro para el barrio de la memoria. Fue en el Margot donde conocí dos amigos fundamentales en mi vida de escritor, te diría que de la mano de ellos pude fundar mi propia Buenos Aires: el poeta Rubén Derlis con sus libros, y Mario Bellocchio con su periódico Desde Boedo. Era sábado al mediodía, almorzábamos, y vos pediste tu parte. Mamá Evangelina estaba de espaldas a la puerta de dos hojas que da al pasaje San Ignacio. Te acomodó sobre tu costado izquierdo y entonces vi la foto a contraluz: en la penumbra: tu carita, tu mano asegurando la teta, el pezón al aire, el minuto previo. Tomé una primera foto, sin flash, cuando ya estabas en lo tuyo. Pero percibiste mi movimiento. Ah, tu curiosidad, Julita, y sucedió que tomé la siguiente foto justo cuando dejabas la teta para intentar ver quién era el que te espiaba. Tu cara revela sorpresa ante la intromisión. Me guardo esa mirada. Más arriba, la sonrisa de mamá. Atrás, la luz que rebotaba en los adoquines del pasaje. En el Margot, en Boedo, pensé en gente querida que habitó y que habita mi origen: el Profe Ricardo, el Gordo González, el Gallego Guillermo, el mozo Osvaldo, el abuelo Rolando, el Tata Cedrón, el poeta José Muchnik, el fotógrafo Eduardo Noriega, el historiador Diego Ruiz, el pensador Otto Carlos Miller, el memorioso Alberto Di Nardo. Todos en mi mesa de origen, espacio y tiempo que tus ojos vieron por primera vez.

domingo, 14 de octubre de 2012

Una historia para Julia (XXI)

Sabés, Julia, tengo una amiga que se llama Mónica López Ocón. Ella es una persona muy buena, sensible como pocas, atenta a la vida de las pequeñas cosas, a las historias chiquitas que se pierde la mayoría de la gente. Es escritora, periodista, y aunque lo niegue, poeta. Escribe en el diario Tiempo Argentino, y hoy en el suplemento de cultura escribió una columna (la llaman “la columna torcida”) titulada Dedicatorias. Es uno de los mejores regalos que recibimos desde que naciste, y se me ocurrió que fuera parte de tus historias: “Nunca tuve noticias de que Edison le dedicara la lamparita eléctrica a la mujer amada. Tampoco me enteré de que Bill Gates le haya dedicado a alguien sus innovaciones en el campo del software, ni que los cirujanos dediquen las operaciones de apéndice a sus seres queridos. En cambio, Enrique Vila-Matas le dedica todos sus libros a Paula de Parma. Antonio Muñoz Molina le dedicó La noche de los tiempos a Elvira Lindo y José Agustín Goytisolo llegó al punto de convertir su dedicatoria en el título de un poema: Palabras para Julia. Según parece, sólo las palabras pueden dedicarse. Es cierto que también se dedican los premios, desde el Martín Fierro al Oscar, pero sólo los textos admiten incluso una segunda dedicatoria escrita por alguien que ni siquiera es su autor. En la primera página de Fuego en Casabindo de Héctor Tizón cualquier hijo de vecino puede escribir su dedicatoria. Dedicar un libro ajeno es como endosar un cheque de terceros para que pase a engrosar nuestra propia cuenta. Cuando pregunto por qué sólo se dedican los libros y no el resto de los objetos del mundo, me contestan que es por el valor poético de las palabras, un valor del que carecen los enseres cotidianos. Creo que están equivocados. Por eso, he decidido dedicar a María Iribarren la vajilla de porcelana que heredé de mi abuela. Ella sabrá reconocer, estoy segura, las historias pintadas en color azul sobre la porcelana blanca. Aunque el paisaje y los carruajes parecen idénticos, no cuentan lo mismo en la tetera que en las tazas y el final varía según el plato sea hondo o playo. Dedico a Edgardo Lois mis viejos juguetes de hojalata para que reconozca en ellos su propia infancia y le cuente a la pequeña Julia (que se llama así por el poema de Goytisolo) cómo era la niñez cuando ella no estaba en el mundo. Dedico a Angélica Alberico mi limonero y el costurero de mi madre para que sentada en la sombra fresca y amarilla escriba poemas con la tiza de modista. Dedico mis abanicos a Cecilia Alcoba de Abril: algunos le regalarán aires gitanos y otros le darán vientitos orientales con olor a sándalo que la harán viajar sin salir de la cocina. Para terminar, dedico esta columna torcida a todos aquellos que sólo formulan preguntas que no tienen respuesta”. Una dedicatoria con gustito a tiempo, un puñado de palabras que se queda a vivir entre los sueños, y una de las invitaciones más hermosas que me han hecho: volver a la infancia con vos a mi lado, para así ir haciéndonos en la memoria.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Libros digitales de Edgardo Lois


Aviso de edición digital: mis primeros cuatro libros como ebooks, ya andan de gira en el espacio de la red:


Subordinación y valor (para defender a la patria), estructura no clasificable:  http://www.bajalibros.com/Ficcin/Subordinacin-y-Valor-Para-defender-la-patria-Edgardo-Lois-Libro-21656

martes, 2 de octubre de 2012

Una historia para Julia (XX)


Me encanta viajar con vos. Tu interés por el mundo es notorio, tu curiosidad hace especial cada aventura. Sólo hace falta cambiar los ángulos para tu mirada. Y después agregar detalles, como la apertura de las puertas del mueble alto de la cocina. Cada puerta se abre y muestra su tesoro de platos y cacharritos de plástico: colores brillantes, brillos de metal, cosas y cositas que ahí hacen la vida. Nuestros viajes por el departamento incluyen la cocina, la multitud de habitantes, y de distinta especie, que viven en los estantes de las bibliotecas, por ejemplo, el relojito de arena, con él tu mirada se agudiza, se afila siguiendo el fino hilo de arena de mentira de color celeste. Una curiosidad acentuada aparece cuando descubrís nuestro abrazo en el espejo alto y flaco que hay antes de entrar al dormitorio, cuando una y otra vez miramos por las ventanas sobre los techos bajos de San Cristóbal. Julia mira que te mira: en la frutera, y en las estepas de heladera adentro. Buscás misterios en el cajoncito de las galletitas, o en el especiero que gira como la calesita de la plaza de Boedo. Encontrás música en las tres campanitas de lata que cuelgan del señor sol, que tiene ojos, sonríe, y está hecho con grueso alambre: cuando suelta tu manito, el quía febo cae sobre el cielo vertical de chapa de la puerta de entrada al departamento. Ahora se agrega el balcón y su cargamento de macetas entre verdes, formas y flores, ahí la luz del día te hace brillar todavía más. Ojos con sed sobre las florcitas ínfimas del jazmín. Cinco meses de vos: Julia a las puertas de la primavera. Me encanta viajar con vos, paso a paso, arriba y abajo, y a todos los costados, para que ojalá aprendas que siempre, en todos los paisajes en los que puedas andar, existen los recovecos, los intersticios, donde intentar el encuentro con la magia. Viajamos cómodos, vos, mamá Evangelina y yo, en este universo maravilla de dos ambientes con vista a un pulmón de manzana. Que la magia siga creciendo como tu destino primero en este barrio: que mañana la lleves puesta en cada uno de los días.