Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 22 de enero de 2013

Una historia para Julia (XXXIII)

Creo que el secreto para andar atento y feliz en esta vida, es saber que los días te van a traer cantidad de sorpresas, algunas a favor y otras en contra. O sea, Julia, que vas a tener que pasar momentos que te van a gustar, y mucho, y otros que no. El asunto es tratar de tomar los hechos con la mayor tranquilidad posible. A esta altura del relato pensarás en qué es lo que te quiere contar el barbeta de papá. Quiero que sepas cómo fue, cómo pasaste, tu primera enfermedad. Y esto nada tiene que ver con andar revolviendo lo feo o incómodo, tiene que ver con la memoria y ciertas imágenes. Pasaste dos días un tanto molesta, muy llorona y demandante, y eso era raro en tu manera de ser. Después aparecieron unas pocas líneas de fiebre que a poco se transformaron en un montón. ¿Qué ocurre con los bebés cuando se sienten mal?, buscan refugio, y para refugio, no hay nada más seguro, más amado, que el calor, la presencia de mamá. A esta altura de la filosofada y el relato, aparece el nombre de la heroína de esta historia: mamá Evangelina. Es cierto, papá acompañó. Con mamá, en lo posible, nos repartimos tareas, nos ayudamos, y creo que formamos un buen equipo, pero quiero que sepas que fue ella la presencia definitiva para que hoy estés mejor, y yo pueda estar contándote lo ocurrido. Llegaste a tener mucha fiebre, rozando los 40 grados, te quejabas mucho, molestias, dolor, llegaban los vómitos y tu susto, y entonces querías mamá, y una y otra vez mamá estuvo con vos, para vos. La tormenta duró una semana, durante ese tiempo dormimos, los tres, a los saltos. El primer nombre malo que apareció fue faringitis viral, y la susodicha se la jugó ocultando el problema más jodido, una infección urinaria. Ya te dije un par de veces que en la vida siempre ocurren cosas por primera vez, bueno, esta es, fue, nuestra primera vez a la hora de saber que hay un hijo enfermo. Y mientras iba dentro de mi primera vez, nervioso, con miedo, asustado como nunca antes, fui testigo de cómo mamá le puso el alma, el cuerpo, para cuidarte. Que estuvo un par de veces cerca del “no puedo más”, sí, claro, pero ese detalle es el que destaca todavía más su “estar” para con vos: porque volvía a levantarse. Una y otra vez mamá Evangelina iba al abrazo que pedías. Verla así me emocionaba, pensaba en mi amor por ella, en el orgullo que sentía al ver lo que veía, y pensaba en el amor de madre que ella te brinda. Pensaba en tu suerte al tener esta mamá, porque no cualquiera puede, no creo que todas las mujeres puedan dar vida al título que entrega la magia de la naturaleza: una mamá se hace en la construcción del encuentro con el hijo. Tenés una mamá que te acompaña, nunca te olvides, ni en los momentos a favor ni en los que van a jugar en contra. Algo más, me encantaría que hoy pudieras frecuentar esa tranquilidad de la que te hablo. Ya sé, a casi nueve meses, no está entre tus posibilidades. Hoy entenderías estas palabras finales cuando todavía faltan varios días de antibiótico, ay, nena, no sabés qué difícil es que aceptes algo que no sea la leche de mamá. Tu intención de emular al gran boxeador Nicolino Locche, o sea, vos, mi Nicotina, es perfecta: todos sabemos que le embocaron algunas piñas, en este caso, suerte para todos, remedio a bodega, pero cómo cuesta.

Una historia para Julia (XXXII)

En nuestro lugar de vacaciones terminaste de hacer un descubrimiento. La presencia te intrigaba, tus investigaciones habían comenzado en casa, pero fue en Gualeguay donde al fin atrapaste la cara escurridiza de tu sombra. Un camino de cemento, una cinta gris sobre el pasto cortito del parque, comunicaba la puerta de calle y nuestro refugio cercano al gran sauce y las piletas. A un lado del camino se levantaban unas plantas de regular altura, unos arbolitos a los que vos, de pasada, le sacabas alguna hojita. Mamá Evangelina te sacó una linda foto practicando cacería en verde. Descubrí que disfrutabas mucho cuando te sostenía en el aire, paralela al piso, y vos mirabas hacia abajo, como si fueras en un avión. Te interesaba ver el pasto, la tierra, el camino de cemento, y fue así que mientras te llevaba de esta manera por ese camino, descubriste, en un regreso desde la calle, que a tu izquierda se deslizaba una mancha oscura sobre el pasto. Nos seguían nuestras sombras a buen paso. A partir del hallazgo y en viajes posteriores, tus ojos fueron en exclusividad para la presencia sombra. Luego ocurrió que una noche se me dio por sentarte en la camita que había en el comedor, y yo me tiré a un lado. Mamá Evangelina preparaba la cena. La luz del ambiente te acompañaba desde el mejor lugar, por lo que tu sombra dijo presente sobre el almohadón grande que estaba sobre la cama y que se apoyaba contra la pared. Te miré justito cuando descubrías la sombra, cuando te descubrías recortada en oscuro. Te quedaste quieta. Después te moviste un poco, siempre sin dejar de mirarte sobre el almohadón. Fue un lento reconocimiento. Duró unos minutos, hasta que vi cómo estirabas tu manito para tocar las manos de la sombra. La punta de tus deditos llegaron al almohadón y vos pegaste un grito de alegría. Enseguida pensé en la novela que escribo hace un par de años, trata de la sombra y de la vida del abuelo Rolando. Con mi dedo índice de la mano derecha rocé tu cara, y pensé en esas señales que aparecen mientras trato de contar mis historias: señales del misterio que provienen de ese costado mágico que tienen los días.