Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 17 de febrero de 2008

ARTHUR CONAN DOYLE Y SHERLOCK HOLMES

(Fragmentos del prólogo de la edición de Editorial Díada)


“[...] Decidí quemar definitivamente las naves y confiar sin reservas en mis poderes de escritor.”

“Si he sido capaz de sostener este personaje durante un buen período de tiempo, y si el público encuentra el último relato tan bueno como el primero, como parece ser así, ello se debe enteramente a que yo nunca, o casi nunca, he escrito precipitadamente.”


[...] Es la época del nacimiento de su criatura más famosa: “[...] El magistral detective de Poe, M. Dupin, había sido desde mi niñez uno de mis héroes. Pero ¿podía yo aportar algo nuevo de mi propia cosecha? Pensé en mi viejo profesor Joe Bell, en su cara de águila, en su singular comportamiento, en su enigmático método para descubrir pormenores. Si lo convertía en un detective, seguro que reduciría el fascinante pero desorganizado asunto de la investigación a algo muy parecido a ciencia exacta. Pues bien, yo intentaría que aquello se produjera. Si era posible en la vida real, ¿por qué no podía yo hacerlo igual de verosímil en la ficción? [...] Primero fue Sherringford Holmes; luego, Sherlock Holmes. No podía contar sus propias hazañas, por lo que debía haber un hombre corriente que le sirviera de acompañante, un hombre de acción suficientemente instruido y capaz a la vez de participar en sus hazañas y de narrarlas después. Para semejante personaje, nada amigo de la ostentación, necesitaba un nombre gris y tranquilo. Watson venía al pelo. Así, ya tenía mis dos protagonistas. No me quedaba sino escribir mi Estudio en escarlata”.

[...] Una lucha interna comenzaba a darse en Doyle; su personaje, Sherlock Holmes, le deparaba placer y una fama creciente, pero la dualidad manifiesta frente a su personaje lo llevó a escribir: “[...] Todas las cosas acaban encajando en su sitio, pero creo que si yo no me hubiera interesado nunca por Holmes, que ha tendido a oscurecer mi obra más enjundiosa, ocuparía actualmente en la literatura un puesto mucho más alto”.

[...] No tardaría mucho en asumir el rol definitivo del escritor: “[...] Repasando toda mi vida anterior, vi lo necio que había sido al emplear mis ganancias literarias en mantener un gabinete oftalmológico en Wimpole Street, y, con una salvaje sensación de alegría, decidí quemar definitivamente las naves y confiar sin reservas en mis poderes de escritor. [...] Por fin sería mi propio dueño. Ya no tendría que ponerme ninguna bata ni tendría necesidad de agradar a nadie. Sería libre para vivir como y donde me gustara. Fue uno de los grandes momentos de exaltación de mi vida. Corría el mes de agosto de 1891”.

[...] La presión y el interés del público por saber todos los detalles posibles en torno al escritor y el personaje, fue una constante en la vida de Doyle. Holmes era el tema obligado, su creador cuenta: “[...] Con frecuencia me han preguntado si poseo las facultades de Holmes, o si soy simplemente el Watson que parezco. Por supuesto, soy consciente de que una cosa es lidiar con un problema real y otra completamente distinta resolverlo según las reglas de juego establecidas por nosotros mismos. Sobre esto no me hago ilusiones. Pero, al mismo tiempo, no se puede fabricar un personaje a partir de la propia consciencia y hacerlo realmente verosímil si no se tienen algunos elementos de ese personaje, confesión peligrosa para quien, como yo, ha dibujado a tantos granujas”.

[...] Finalizó la guerra; Conan Doyle ofrendó al imperio a su hijo mayor, Kingsley; perdió a su hermano menor, Innes, y a tantos más que aparecen en su relato del conflicto. El espiritismo había pasado a formar parte importante de su vida; el convencimiento y la práctica activa de los mecanismos que, según Doyle, abren las puertas de comunicación, lo llevó a escribir estas líneas sobre la vida en el más allá de aquellos que murieron en la Primera Guerra Mundial. Sobre ellos afirma: “[...] Gracias a Dios, desde entonces he descubierto que las puertas no están cerradas, sino sólo entornadas, para quien muestra la debida seriedad en su búsqueda. De todos los que acabo de mencionar, no hay uno solo de cuya existencia póstuma no haya podido obtener una prueba clara”. Casi cuarenta años dedicó Arthur Conan Doyle al contacto psíquico con el más allá. El escritor afirma, asegura, anota, una larga lista de fenómenos físicos y auditivos que presenció durante sus investigaciones. Aquí una pequeña muestra: “[...] Yo he estrechado manos materializadas. He mantenido largas conversaciones con la voz de los espíritus. He olido el peculiar olor a ozono del ectoplasma. He escuchado profecías que se han cumplido enseguida. He visto a “muertos” reflejarse en una placa fotográfica, que no había tocado ninguna mano más que la mía”. Destaca en sus afirmaciones sobre la vida después de la muerte, todo lo referido a su hijo. Sobre la muerte de su hijo, el médico, el científico, y luego, tras un largo recorrido, el espiritista convencido, anota entre sus memorias: “[...] ¿No estoy mucho más cerca de mi hijo que si estuviera vivo y ejerciendo en el Servicio Médico del Ejército, que probablemente lo habría destinado a los confines de la tierra? Casi nunca pasa un mes, y a veces ni una semana, sin que me comunique con él. ¿No es evidente que tales hechos cambian todo el aspecto de la vida y tornan la neblina gris de la disolución en un amanecer rosado?”

[...] En relación a su cuerpo el detective se regía de un curioso sistema de valores: “Sherlock Holmes era un hombre que rara vez hacía ejercicio físico por el puro placer de hacerlo. Pocos hombres eran capaces de un esfuerzo muscular mayor, y resultaba, sin duda alguna, uno de los más hábiles boxeadores de su peso que yo he conocido; pero el ejercicio corporal sin una finalidad concreta considerábalo como un derroche de energía, y era raro que él se ajetrease si no existía alguna finalidad de su profesión a la que acudir. Cuando esto ocurría, era hombre incansable e infatigable. Resultaba digno de notar que Sherlock Holmes se conservase muscularmente a punto en tales condiciones, pero su régimen de comidas era de ordinario de lo más sobrio, y sus costumbres llegaban en su sencillez hasta el borde de la austeridad. Salvo que, de cuando en cuando, recurría a la cocaína, Holmes no tenía vicios, y si echaba mano de esa droga era como protesta contra la monotonía de la vida, cuando escaseaban los asuntos y cuando los periódicos no ofrecían interés”.

[...] Es sumamente notable la concepción que Sherlock Holmes tiene de la belleza y tranquilidad de la campiña inglesa. Viajaban en un tren rumbo hacia el lugar de un crimen, cuando Watson hizo referencia al paisaje hermoso que se veía por las ventanillas: “Ya sabe usted, Watson –dijo–, que una de las maldiciones de una mente como la mía es que tengo que mirarlo todo desde el punto de vista de mi especialidad. Usted mira esas casas dispersas y se siente impresionado por su belleza. Yo las miro, y el único pensamiento que me viene a la cabeza es lo aisladas que están, y la impunidad con que puede cometerse un crimen en ellas. [...] Siempre me han producido un cierto horror. Tengo la convicción, Watson, basada en mi experiencia, de que las callejuelas más sórdidas y miserables de Londres no cuentan con un historial delictivo tan terrible como el de la sonriente y hermosa campiña inglesa. [...] Si esta dama, que ha solicitado nuestra ayuda, se hubiera ido a vivir a Winchester, no temería por ella. Son las cinco millas de campo las que crean el peligro”.

Escribir desde el murmullo

Lo descubrí en el ir y venir del rodillo sobre las paredes del salón, durante el tiempo en que jugué a ser un pintor. Un rodillo es un artefacto de mango plástico que sostiene un dispositivo de metal que a su vez recibe el cilindro que, vestido como osito de peluche, se empapa con pintura, y en este caso pintura látex con un agregado mínimo de agua para facilitar la acción cubritiva sobre el tipo de superficie que ponía el pecho al beige clarito.
El recorrido del rodillo cargado con pintura me llevó una y otra vez a una misma imagen y sonido: una calle cualquiera de Buenos Aires cuando la lluvia fina es manto sobre el paisaje, mientras ella misma calla, cuando ella es muda o silenciosa en el contacto con dicho paisaje. Tan distinta la lluvia fina, o su ínfima expresión: la garúa, de la lluvia violenta con sus sonoridades efectistas.
Cuando la lluvia fina es sobre la ciudad nace en las calles un murmullo mínimo, suave. Las ruedas de los autos en su plenitud de giro mágico, misterioso, sobre el asfalto húmedo, son el origen de dicho murmullo.
El rodillo rueda y recorre la pared que, seca en la primera pasada, va tomando humedad y entonces el rodillo o la rueda húmeda pasa, se desliza, sobre la calle vertical de la pared. Es el látex con su toque de agua el que llega hasta el brazo que lleva y trae el rodillo. Llega como si fuera lluvia fina, no violenta, como si llegara la garúa y su murmullo sobre mi cuerpo, la ciudad primera.
Nada más placentero que escribir en un café, cerca de una ventana abierta a una Buenos Aires de lluvia fina, calles y autos.
En los cafés escribo tan solo y a la vez tan acompañado que a veces me da miedo la fuerza del extravío que me aleja y me acerca: ¿volveré al café?, ¿saldré de la página?, ¿final para esta tinta roja?
El murmullo de la gente arrulla mi escritura en su momento interior, antes de salir a jugar, pero el arrullo o el extravío nacido del aroma de ese sonido se multiplica cuando el murmullo es el otro, el murmullo mínimo, suave, de la lluvia, la calle y los autos, que pasa a través de mí, de la ventana, de mi ventana.
Cuando el rodillo iba y venía reparé en que para que un paño de la pared quedara cubierto, pintado, hacía falta que yo pasara el artefacto, mi brazo, mi mano de escribir varias veces por el lugar. Con la repetición, con la vuelta al territorio delineado momentos antes, se lograba, se iba logrando, la textura, la carnadura requerida para hacer de la pared pintada, una pared o un personaje pintado, creíble. Mientras tanto la lluvia fina sobre mi brazo, como si estuviera en un café, en mi Buenos Aires y todo, absolutamente todo, quisiera pasar por mi ventana para hacerme feliz durante la labor, en capítulos, sobre las distintas maneras de escribir.

Enero 2008